miércoles, 8 de noviembre de 2017

RECORDANDO Oración ecuménica conjunta en la Catedral luterana de Lund

Intervenciones del Papa Francisco en Suecia 

«Permaneced en mí, y yo en vosotros» (Jn 15,4). Estas palabras, pronunciadas por Jesús en el contexto de la Última Cena, nos permiten asomarnos al corazón de Cristo poco antes de su entrega definitiva en la cruz. Podemos sentir sus latidos de amor por nosotros y su deseo de unidad para todos los que creen en él. Nos dice que él es la vid verdadera y nosotros los sarmientos; y que, como él está unido al Padre, así nosotros debemos estar unidos a él, si queremos dar fruto.
En este encuentro de oración, aquí en Lund, queremos manifestar nuestro deseo común de permanecer unidos a él para tener vida. Le pedimos: «Señor, ayúdanos con tu gracia a estar más unidos a ti para dar juntos un testimonio más eficaz de fe, esperanza y caridad». Es también un momento para dar gracias a Dios por el esfuerzo de tantos hermanos nuestros, de diferentes comunidades eclesiales, que no se resignaron a la división, sino que mantuvieron viva la esperanza de la reconciliación entre todos los que creen en el único Señor.
Católicos y luteranos hemos empezado a caminar juntos por el camino de la reconciliación. Ahora, en el contexto de la conmemoración común de la Reforma de 1517, tenemos una nueva oportunidad para acoger un camino común, que ha ido conformándose durante los últimos 50 años en el diálogo ecuménico entre la Federación Luterana Mundial y la Iglesia Católica. No podemos resignarnos a la división y al distanciamiento que la separación ha producido entre nosotros. Tenemos la oportunidad de reparar un momento crucial de nuestra historia, superando controversias y malentendidos que a menudo han impedido que nos comprendiéramos unos a otros.
Jesús nos dice que el Padre es el dueño de la vid (cf. v. 1), que la cuida y la poda para que dé más fruto (cf. v. 2). El Padre se preocupa constantemente de nuestra relación con Jesús, para ver si estamos verdaderamente unidos a él (cf. v. 4). Nos mira, y su mirada de amor nos anima a purificar nuestro pasado y a trabajar en el presente para hacer realidad ese futuro de unidad que tanto anhela.
También nosotros debemos mirar con amor y honestidad a nuestro pasado y reconocer el error y pedir perdón: solamente Dios es el juez. Se tiene que reconocer con la misma honestidad y amor que nuestra división se alejaba de la intuición originaria del pueblo de Dios, que anhela naturalmente estar unido, y ha sido perpetuada históricamente por hombres de poder de este mundo más que por la voluntad del pueblo fiel, que siempre y en todo lugar necesita estar guiado con seguridad y ternura por su Buen Pastor. Sin embargo, había una voluntad sincera por ambas partes de profesar y defender la verdadera fe, pero también somos conscientes que nos hemos encerrado en nosotros mismos por temor o prejuicios a la fe que los demás profesan con un acento y un lenguaje diferente. El Papa Juan Pablo II decía: «No podemos dejarnos guiar por el deseo de erigirnos en jueces de la historia, sino únicamente por el de comprender mejor los acontecimientos y llegar a ser portadores de la verdad» (Mensaje al cardenal Johannes Willebrands, Presidente del Secretariado para la Unidad de los cristianos, 31 octubre 1983). Dios es el dueño de la viña, que con amor inmenso la cuida y protege; dejémonos conmover por la mirada de Dios; lo único que desea es que permanezcamos como sarmientos vivos unidos a su Hijo Jesús. Con esta nueva mirada al pasado no pretendemos realizar una inviable corrección de lo que pasó, sino «contar esa historia de manera diferente» (Comisión Luterano-Católico Romana sobre la Unidad, Del conflicto a la comunión, 17 junio 2013, 16).
Jesús nos recuerda: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5). Él es quien nos sostiene y nos anima a buscar los modos para que la unidad sea una realidad cada vez más evidente. Sin duda la separación ha sido una fuente inmensa de sufrimientos e incomprensiones; pero también nos ha llevado a caer sinceramente en la cuenta de que sin él no podemos hacer nada, dándonos la posibilidad de entender mejor algunos aspectos de nuestra fe. Con gratitud reconocemos que la Reforma ha contribuido a dar mayor centralidad a la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia. A través de la escucha común de la Palabra de Dios en las Escrituras, el diálogo entre la Iglesia Católica y la Federación Luterana Mundial, del que celebramos el 50 aniversario, ha dado pasos importantes. Pidamos al Señor que su Palabra nos mantenga unidos, porque ella es fuente de alimento y vida; sin su inspiración no podemos hacer nada.
La experiencia espiritual de Martín Lutero nos interpela y nos recuerda que no podemos hacer nada sin Dios. «¿Cómo puedo tener un Dios misericordioso?». Esta es la pregunta que perseguía constantemente a Lutero. En efecto, la cuestión de la justa relación con Dios es la cuestión decisiva de la vida. Como se sabe, Lutero encontró a ese Dios misericordioso en la Buena Nueva de Jesucristo encarnado, muerto y resucitado. Con el concepto de «sólo por la gracia divina», se nos recuerda que Dios tiene siempre la iniciativa y que precede cualquier respuesta humana, al mismo tiempo que busca suscitar esa respuesta. La doctrina de la justificación, por tanto, expresa la esencia de la existencia humana delante de Dios.
Jesús intercede por nosotros como mediador ante el Padre, y le pide por la unidad de sus discípulos «para que el mundo crea» (Jn17,21). Esto es lo que nos conforta, y nos mueve a unirnos a Jesús para pedirlo con insistencia: «Danos el don de la unidad para que el mundo crea en el poder de tu misericordia». Este es el testimonio que el mundo está esperando de nosotros. Los cristianos seremos testimonio creíble de la misericordia en la medida en que el perdón, la renovación y reconciliación sean una experiencia cotidiana entre nosotros. Juntos podemos anunciar y manifestar de manera concreta y con alegría la misericordia de Dios, defendiendo y sirviendo la dignidad de cada persona. Sin este servicio al mundo y en el mundo, la fe cristiana es incompleta.
Luteranos y católicos rezamos juntos en esta Catedral y somos conscientes de que sin Dios no podemos hacer nada; pedimos su auxilio para que seamos miembros vivos unidos a él, siempre necesitados de su gracia para poder llevar juntos su Palabra al mundo, que está necesitado de su ternura y su misericordia.

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martes, 7 de noviembre de 2017

“Comprender la gratuidad de la invitación de Dios” Homilía del Papa Francisco en la misa matutina



Homilía del Papa Francisco en la misa matutina

Misa en Santa Marta 7/11/2017 © L´Osservatore Romano
Misa en Santa Marta 7/11/2017 © L´Osservatore Romano
(ZENIT – 7 Nov. 2017).- El Papa ha explicado que si no se comprende la gratuidad de la invitación de Dios “no se entiende nada”.
La reflexión del Santo Padre en la Misa matutina celebrada hoy, primer martes de noviembre, en Santa Marta ha sido en torno a este concepto, la gratuidad.
“Si se pierde la capacidad de sentirse amados, se pierde todo”, dice el Papa Francisco.
El Santo Padre comentó el pasaje del Evangelio de San Lucas propuesto por la liturgia del día, en el que Jesús narra una parábola para responder a uno de los comensales que le había dicho: “¡Bienaventurado el que tomará la comida en el Reino de Dios!”. El Señor aconseja a quien debe invitar a alguien a su casa, que invite a quien no puede devolver la invitación.

Un hombre ofreció una gran cena –relata la parábola– e invitó a muchas personas. Los primeros invitados no quisieron ir porque no tenían interés ni por la cena, ni por la gente, ni por la invitación del Señor: estaban ocupados en sus propios intereses que eran más grandes que esa invitación. Estaba el que había comprado cinco pares de bueyes, el que había comprado un campo, o el que estaba recién casado. En una palabra –subrayó el Papa– se preguntaban qué habrían podido ganar. Estaban “ocupados” como aquel hombre que había construido depósitos para acumular sus bienes, pero que murió aquella noche.
Estaban apegados a sus intereses hasta el punto de que esto los llevaba a una “esclavitud del Espíritu”, es decir a ser “incapaces de comprender la gratuidad de la invitación”. 

Una actitud ante la cual el Papa Francisco recomendó comprender la gratuidad de Dios: “La iniciativa de Dios siempre es gratuita. Pero para ir a este banquete, ¿cuánto hay que pagar? El boleto de entrada es estar enfermo, es ser pobre, es ser pecador… Así estos te dejan entrar. Este es el boleto de entrada: estar necesitado, tanto en el cuerpo como en el alma. Pero, para la necesidad de cuidado, de curación, hay que tener necesidad de amor…”.
En este contexto, el Papa ha señalado que existen dos actitudes: por una parte la de Dios, que no hace pagar nada y dice después al siervo que conduzca a los pobres, a los lisiados, a los buenos y a los malos. Se trata de una gratuidad que “no tiene límites”. Dios –subrayó el Santo Padre– “recibe a todos”.
Por otra parte, está el modo de actuar de los primeros invitados que, en cambio, no comprenden la gratuidad. “Como el hermano mayor del Hijo Pródigo, que no quiere ir al banquete organizado por el padre para su hermano que se había ido, y que no entiende”. 

Este no entiende la gratuidad de la salvación, piensa que la salvación es fruto del “yo pago y tú me salvas”. Pago con esto, con esto, con esto… No. ¡La salvación es gratuita! Y si tú no entras en esta dinámica de la gratuidad no entiendes nada. La salvación es un don de Dios al que se responde con otro don, el don de mi corazón”.
“El Señor no pide nada a cambio” –dice el Papa– “sólo amor y fidelidad, como Él es amor y Él es fiel” evidenciando que “la salvación no se compra, sencillamente se entra en el banquete”. “Bienaventurado quien tomará alimento en el Reino de Dios”: ésta es la salvación.

Pero aquellos que no están dispuestos a entrar en el banquete, porque así “se sienten seguros”, “salvados a su modo, fuera del banquete”. Estos –advierte el Papa– “han perdido el sentido de la gratuidad, el sentido del amor. Han perdido una cosa más grande y más bella aún y esto es muy malo: han perdido la capacidad de sentirse amados”.
El Papa Francisco finalizó la homilía exhortando que pidamos al Señor que “nos salve de perder la capacidad de sentirse amados”.

domingo, 5 de noviembre de 2017

La autoridad nace del buen ejemplo

   www.revistaecclesia.com › Papa Francisco

Ángelus del Papa Francisco, domingo 5 noviembre 2017
Queridos hermanos y hermanas: ¡buenos días!
El Evangelio de hoy (Mt 23: 1-12) está ambientado en los últimos días de la vida de Jesús en Jerusalén; días cargados de expectativas y también de tensiones. Por un lado, Jesús dirige severas críticas a los escribas y los fariseos, y por el otro, realiza importantes entregas a los cristianos de todos los tiempos, por lo tanto también a nosotros.


Él le dice a la multitud: «En la cátedra de Moisés, se han sentado los escribas y los fariseos» Ustedes hagan y cumplan lo que ellos digan». Esto para hacer entender que ellos tienen la autoridad para enseñar lo que es conforme a la ley de Dios. Sin embargo, inmediatamente después, Jesús añade: «pero no los imiten; porque dicen y no hacen. (V 2- 3). Hermanos y hermanas, un defecto frecuente en quienes tienen una autoridad, sea civil que eclesiástica, es exigir de los demás cosas, inclusive justas, pero que ellos no practican en primera persona. Hacen una doble vida. Jesús dice: «Atan fardos pesados, difíciles de llevar, y se los cargan en la espalda a la gente, mientras ellos se niegan a moverlos con el dedo» (v. 4). 

Esta actitud es un mal ejercicio de la autoridad, que en cambio debería tomar su principal fuerza precisamente del buen ejemplo. La autoridad nace del buen ejemplo para ayudar a otros a practicar lo que es justo y debido, sosteniéndolos en las pruebas que se encuentran en el camino del bien. La autoridad es una ayuda, pero si se ejerce mal, se vuelve opresiva, no permite que la gente crezca y crea un clima de desconfianza y hostilidad, y también conduce a la corrupción.
Jesús denuncia abiertamente algunos comportamientos negativos de los escribas y fariseos: «Les gusta ocupar los primeros puestos en las comidas y los primeros asientos en las sinagogas; que los salude la gente por la calle y los llamen maestros » (vv.6-7).

 Esta es una tentación que corresponde a la soberbia humana y que no siempre es fácil de vencer. La actitud de vivir sólo de la apariencia.
Luego, Jesús realiza las entregas a sus discípulos: «Ustedes no se hagan llamar maestros, porque uno solo es su maestro, mientras que todos ustedes son hermanos […] Ni se llamen jefes, porque solo tienen un jefe que es el Mesías. El mayor de ustedes que se haga servidor de los demás» (vv. 8-11).
Nosotros, los discípulos de Jesús, no debemos buscar títulos de honor, de autoridad o supremacía. Yo les digo que personalmente me duele ver a personas que psicológicamente andan corriendo detrás de las honorificaciones. Nosotros, discípulos de Jesús, no debemos hacer esto porque entre nosotros debe haber una actitud sencilla y fraternal. www.revistaecclesia.com › Papa Francisco

Todos somos hermanos y no debemos dominar a los demás de ninguna manera ni mirarlos de arriba a abajo. No, somos todos hermanos. Si hemos recibido cualidades de nuestro Padre Celestial, debemos ponerlas al servicio de los hermanos, y no aprovecharlas para nuestra satisfacción e interés personal. No debemos considerarnos superiores a los demás; la modestia es esencial para una existencia que quiere estar conforme a las enseñanzas de Jesús, que es manso y humilde de corazón; y ha venido, no para ser servido, sino para servir.
La Virgen María, «humilde y alta más que otras criatura» (Dante, Paradiso, XXXIII, 2), nos ayude con su intercesión maternal, a rehuir del orgullo y la vanidad, y a ser dóciles al amor que viene de Dios, para el servicio de nuestros hermanos y para su alegría, que también será la nuestra.

jueves, 2 de noviembre de 2017

Todos somos pequeños ante el misterio de la muerte. Pero ¡qué gracia si en ese momento custodiamos en el corazón la llama de la fe!


Papa Francisco ✔ @Pontifex_es





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Papa Francisco en el Ángelus 1-11-17: «Los santos son como los vitrales que dejan entrar la luz de Dios»



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y buena fiesta!
La Solemnidad de Todos los Santos es “nuestra” fiesta: no porque nosotros somos buenos, sino porque la santidad de Dios ha tocado nuestra vida. Los santos no son figuritas perfectas, sino personas atravesadas por Dios. Podemos compararlas con los vitrales de las iglesias, que hacen entrar la luz en diversas tonalidades de color.

 Los santos son nuestros hermanos y hermanas que han recibido la luz de Dios en su corazón y la han transmitida al mundo, cada uno según su propia “tonalidad”. Pero todos han sido transparentes, han luchado por quitar las manchas y las oscuridades del pecado, de tal modo de hacer pasar la luz afectuosa de Dios. Este es el objetivo de la vida: hacer pasar la luz de Dios; y también el objetivo de nuestra vida.
De hecho, hoy en el Evangelio Jesús se dirige a los suyos, a todos nosotros, diciéndonos “Felices” (Mt 5,3). Es la palabra con la cual inicia su predicación, que es “evangelio”, buena noticia porque es el camino de la felicidad. Quien esta con Jesús es bienaventurado, es feliz. La felicidad no está en el tener algo o en el convertirse en alguien, no, la felicidad verdadera es estar con el Señor y vivir por amor. ¿Ustedes creen esto? ¿Más o menos, no?

La felicidad verdadera no está en el tener algo o en convertirse en alguien; la felicidad verdadera es estar con el Señor y vivir por amor. ¿Creen en esto? ¡Va un poco mejor! Debemos ir adelante, para creer en esto.

 Entonces, los ingredientes para una vida feliz se llaman bienaventuranzas: son bienaventurados los sencillos, los humildes que hacen lugar a Dios, que saben llorar por los demás y por los propios errores, permanecen humildes, lejos de la justicia, son misericordiosos con todos, custodian la pureza del corazón, trabajan siempre por la paz y permanecen en la alegría, no odian e, incluso cuando sufren, responden al mal con el bien.
Estas son las bienaventuranzas. No exigen gestos clamorosos, no son para súper hombres, sino para quien vive las pruebas y las fatigas de cada día. Para nosotros. Así son los santos: respiran como todos el aire contaminado del mal que existe en el mundo, pero en el camino no pierden jamás de vista el recorrido de Jesús, aquel indicado en las bienaventuranzas, que son como un mapa de la vida cristiana.


Las bienaventuranzas son el mapa de la vida cristiana. Hoy es la fiesta de aquellos que han alcanzado la meta indicada en este mapa: no sólo los santos del calendario, sino tantos hermanos y hermanas “de la puerta de al lado”, que tal vez hemos encontrado y conocido. Hoy es una fiesta de familia, de tantas personas sencillas, escondidas que en realidad ayudan a Dios a llevar adelante el mundo. ¡Y existen tantos hoy! Son tantos. Gracias a estos hermanos y hermanas desconocidos que ayudan a Dios a llevar adelante el mundo, que viven entre nosotros, saludémoslos con un fuerte aplauso: ¡todos!

Sobre todo – dice la primera bienaventuranza – son «los pobres de espíritu» (Mt 5,3). ¿Qué cosa significa? Que no viven para el éxito, el poder y el dinero; saben que quien acumula tesoros para sí no se enriquece ante Dios (Cfr. Lc 12,21). 

Creen en cambio que el Señor es el tesoro de la vida, y el amor al prójimo la única verdadera fuente de ganancia. A veces estamos descontentos por algo que nos falta o preocupados si no somos considerados como quisiéramos; recordémonos que no está aquí nuestra felicidad, sino en el Señor y en el amor: sólo con Él, sólo amando se vive como bienaventurado.
Quisiera finalmente citar otra bienaventuranza, que no se encuentra en el Evangelio, sino al final de la Biblia y habla del conclusión de la vida: «Felices los que mueren en el Señor» (Ap 14,13). Mañana seremos llamados a acompañar con la oración con la oración a nuestros difuntos, para que gocen por siempre del Señor. Recordemos con gratitud a nuestros seres queridos y oremos por ellos.

La Madre de Dios, Reina de los Santos y Puerta del Cielo, interceda por nuestro camino de santidad y por nuestros seres queridos que nos han precedido y han ya partido para la Patria celestial.

(Después de la oración mariana del Ángelus el Papa ha dicho:)
Queridos hermanos y hermanas:
Estoy profundamente entristecido por los ataques terroristas de estos últimos días en Somalia, Afganistán y ayer en Nueva York. Mientras deploro tales actos de violencia, ruego por los difuntos, por los heridos y sus familiares. Pidamos al Señor que convierta los corazones de los terroristas y libere al mundo del odio y de la locura homicida que abusa del nombre de Dios para sembrar muerte.
Saludo con afecto a todos vosotros peregrinos italianos y de diversos países, a los provenientes de Courbevoi, Francia y de Derry, Irlanda, así como a los fieles de Terrasini, a los jóvenes confirmados de Módena, a la Asociación ‘Comprometerse sirve’.
Dirijo un saludo especial a los participantes en la Carrera de los Santos, promovida por la Fundación ‘Don Bosco en el mundo’ para ofrecer una dimensión de fiesta popular a la celebración religiosa de Todos los Santos. Gracias por vuestra bella iniciativa y por vuestra presencia.

Mañana por la tarde iré al Cementerio Americano de Neptuno y luego a las Fosas Ardeatinas: les pido que me acompañen con la oración en estas dos etapas de memoria y de sufragio por las víctimas de la guerra y de la violencia.

 Las guerras no producen nada más que cementerios y muerte: es por ello que he querido dar este signo en un momento en el que nuestra humanidad parece que no ha aprendido la lección o no la quiere aprender.
A todos, deseó buena fiesta con la compañía espiritual de los Santos. Por favor, no se olviden de rezar por mi. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!
Francisco





Pedir a Dios la conversión del corazón de los terroristas: llamada del Papa Francisco

Ángelus del día de Todos los Santos 2017

Angelus 01/11/2017, CTV
Angelus 01/11/2017, CTV
(ZENIT – Roma 1 de noviembre de 2017) El Papa expresa su dolor por los atentados sucedidos en Somalia, Afganistán y Nueva York y deplora “el abuso del Nombre de Dios” para justificar: invita a orar no solo por las víctimas, los heridos y sus familias sino también por la “conversión de los terroristas”.
El Papa habló de estos  atentados después del ángelus de este 1º de noviembre de 2017, fiesta de Todos los Santos, en la plaza San Pedro.
En Italia el Papa ha expresado su “dolor” por los “ataques terroristas de estos últimos días en Somalia, en Afganistán y ayer en Nueva York”.
“Deploro estos actos de violencia, ha añadido el Papa, y oro por los difuntos, por los heridos y por sus familias”
Después ha invitado a orar por la conversión de los violentos: “Pidamos al Señor que convierta el corazón de los terroristas y que libere al mundo del odio y de la locura homicida que abusa del Nombre de Dios para sembrar la muerte”.
No sin recordar la oración de Santa Teresa de Lisieux, que amaba tanto, al condenado a muerte Pranzini, el Papa Francisco invita  regularmente a la oración por la conversión de los violentos.
Él hizo por ejemplo después de los atentados que golpearon a Turquía en junio de 2016: “Que el Señor convierta los corazones de los violentos y sostenga nuestros pasos por el camino de la paz. Oremos en silencio”.
© Traducción de ZENIT, Raquel Anillo

domingo, 29 de octubre de 2017

“El sueño de Dios para el hombre es hacerlo partícipe de su vida de Amor”

 Ángelus del último domingo de octubre de 2017. - ANSA

29/10/2017 12:06
Texto completo de las palabras del Papa Francisco en el Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Este domingo la liturgia nos presenta un pasaje evangélico breve, pero muy importante (Cfr. Mt 22,34-40). El evangelista Mateo narra que los fariseos se reunieron para poner a prueba a Jesús. Uno de ellos, un doctor de la Ley, le dirige esta pregunta: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?» (v. 36). Es una pregunta insidiosa, porque en la Ley de Moisés son mencionados más de seiscientos preceptos. ¿Cómo distinguir, entre todos estos, el mandamiento más grande? Pero Jesús no tiene duda alguna y responde: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu». Y agrega: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (vv. 37.39).



Esta respuesta de Jesús no es presupuesta, porque, entre los múltiples preceptos de la ley hebrea, los más importantes eran los diez Mandamientos, comunicados directamente por Dios a Moisés, como condición del pacto de alianza con el pueblo. Pero Jesús quiere hacer entender que sin el amor por Dios y por el prójimo no existe verdadera fidelidad a esta alianza con el Señor. Tú puedes hacer tantas cosas buenas, cumplir tantos preceptos, tantas cosas buenas, pero si tú no tienes amor, esto no sirve.
Lo confirma otro texto del Libro del Éxodo, llamado “código de la alianza”, donde se dice que no se puede estar en la Alianza con el Señor y maltratar a quienes gozan de su protección. ¿Y quiénes son estos que gozan de la protección? Dice la Biblia: la viuda, el huérfano, el migrante, es decir, las personas más solas e indefensas (Cfr. Ex 22,20-21).



Respondiendo a esos fariseos que lo habían interrogado, Jesús trata también de ayudarlos a poner en orden en su religiosidad, para restablecer lo que verdaderamente cuenta y lo que es menos importante. Dice: «De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas» (Mt 22,40). Son los más importantes, y los demás dependen de estos dos. Y Jesús ha vivido justamente así su vida: predicando y obrando lo que verdaderamente cuenta y es esencial, es decir, el amor. El amor da impulso y fecundidad a la vida y al camino de fe: sin el amor, sea la vida, sea la fe permanecen estériles.
Lo que Jesús propone en esta página evangélica es un ideal estupendo, que corresponde al deseo más auténtico de nuestro corazón. De hecho, nosotros hemos sido creados para amar y ser amados.


 Dios, que es Amor, nos ha creado para hacernos partícipes de su vida, para ser amados por Él y para amarlo, y para amar con Él a todas las personas. Este es el “sueño” de Dios para el hombre. Y para realizarlo tenemos necesidad de su gracia, necesitamos recibir en nosotros la capacidad de amar que proviene de Dios mismo. Jesús se ofrece a nosotros en la Eucaristía justamente por esto. En ella nosotros recibimos su Cuerpo y su Sangre, es decir, recibimos a Jesús en la expresión máxima de su amor, cuando Él se ofreció a sí mismo al Padre por nuestra salvación.

La Virgen Santa nos ayude a acoger en nuestra vida el “gran mandamiento” del amor a Dios y al prójimo. De hecho, si incluso lo conocemos desde cuando éramos niños, no terminaremos jamás de convertirnos a ello y de ponerlo en práctica en las diversas situaciones en las cuales nos encontramos.
(Traducción del italiano, Renato Martinez)

miércoles, 25 de octubre de 2017

“Con humildad pidamos que todo se cumpla y sea transformado en el amor”

Audiencia General del último miércoles de octubre de 2017del Papa Francisco



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Esta es la última catequesis sobre el tema de la esperanza cristiana, que nos ha acompañado desde el inicio de este año litúrgico. Y concluiré hablando del paraíso, como meta de nuestra esperanza.
«Paraíso» es una de las últimas palabras pronunciadas por Jesús en la cruz, dirigida al buen ladrón. Detengámonos un momento en esta escena. En la cruz, Jesús no está sólo. Junto a Él, a la derecha y a la izquierda, están dos malhechores. Tal vez, pasando delante de esas tres cruces izadas en el Gólgota, alguien exhaló un suspiro de alivio, pensando que finalmente se hacía justicia condenando a muerte a gente así.

Junto a Jesús esta también un reo confeso: uno que reconoce haber merecido aquel terrible suplicio. Lo llamamos el “buen ladrón”, el cual, oponiéndose al otro, dice: nosotros recibimos lo que hemos merecido por nuestras acciones (Cfr. Lc 23,41).
En el Calvario, ese viernes trágico y santo, Jesús llega al extremo de su encarnación, de su solidaridad con nosotros pecadores. Ahí se realiza lo que el profeta Isaías había dicho del Siervo sufriente: «fue contado entre los culpables» (53,12; Cfr. Lc 22,37).
Es ahí, en el Calvario, que Jesús tiene la última cita con un pecador, para abrirle también a él las puertas de su Reino. Esto es interesante: es la única vez que la palabra “paraíso” aparece en los evangelios. Jesús lo promete a un “pobre diablo” que en la madera de la cruz ha tenido la valentía de dirigirle el más humilde de los pedidos: «Acuérdate de mí cuando entrarás en tu Reino» (Lc 23,42).
 
 No tenía obras de bien por hacer valer, no tenía nada, sino se encomienda a Jesús, que lo reconoce como inocente, bueno, así diverso de él (v. 41). Ha sido suficiente esta palabra de humilde arrepentimiento, para tocar el corazón de Jesús.
El buen ladrón nos recuerda nuestra verdadera condición ante Dios: que nosotros somos sus hijos, que Él siente compasión por nosotros, que Él se derrumba cada vez que le manifestamos la nostalgia de su amor. En las habitaciones de tantos hospitales o en las celdas de las prisiones este milagro se repite numerosas veces: no existe una persona, por cuanto haya vivido mal, al cual le quede sólo la desesperación y le sea prohibida la gracia. Ante Dios nos presentamos todos con las manos vacías, un poco como el publicano de la parábola que se había detenido a orar al final del templo (Cfr. Lc 18,13).
 
Y cada vez que un hombre, haciendo el último examen de conciencia de su vida, descubre que las faltas superan largamente a las obras de bien, no debe desanimarse, sino confiar en la misericordia de Dios. ¡Y esto nos da esperanza, esto nos abre el corazón!
Dios es Padre, y hasta el último espera nuestro regreso. Y al hijo prodigo que ha regresado, que comienza a confesar sus culpas, el padre le cierra la boca con un abrazo (Cfr. Lc 15,20). ¡Este es Dios: así nos ama!
El paraíso no es un lugar como en las fábulas, ni mucho menos un jardín encantado. El paraíso es el abrazo con Dios, Amor infinito, y entramos gracias a Jesús, que ha muerto en la cruz por nosotros. Donde esta Jesús, hay misericordia y felicidad; sin Él existe el frio y las tinieblas. 
 
A la hora de la muerte, el cristiano repite a Jesús: “Acuérdate de mí”. Y aunque no existiese nadie que se recuerde de nosotros, Jesús está ahí, junto a nosotros. Quiere llevarnos al lugar más bello que existe. Quiere llevarnos allá con lo poco o mucho de bien que existe en nuestra vida, para que nada se pierda de lo que ya Él había redimido. Y a la casa del Padre llevará también todo lo que en nosotros tiene todavía necesidad de redención: las faltas y las equivocaciones de una entera vida. Es esta la meta de nuestra existencia: que todo se cumpla, y sea transformado en el amor.
Si creemos en esto, la muerte deja de darnos miedo, y podemos incluso esperar partir de este mundo de manera serena, con mucha confianza. 
 
 Quien ha conocido a Jesús, no teme más nada. Y podremos repetir también nosotros las palabras del viejo Simeón, también él bendecido por el encuentro con Cristo, después de una entera vida consumida en la espera: «Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación» (Lc 2,29-30).

Y en ese instante, finalmente, no tendremos más necesidad de nada, no veremos más de manera confusa. No lloraremos más inútilmente, porque todo es pasado; incluso las profecías, también el conocimiento. Pero el amor no, es lo que queda. Porque «el amor no pasará jamás» (Cfr. 1 Cor 13,8).

(Traducción del italiano, Renato Martinez – Radio Vaticano)

domingo, 22 de octubre de 2017

“Tú perteneces a Dios”

 No huir de la realidad, palabras antes del ángelus.

(Traducción completa)

Angelus 24/09/2017 CTV
Angelus 24/09/2017 CTV
(ZENIT – Roma, 22 de octubre de 2017).-
¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!
El Evangelio de este domingo (Mt 22, 15-21) nos presenta un nuevo cara a cara entre Jesús y sus oponentes. El tema afrontado es el del tributo al César: una pregunta “espinosa”, sobre el carácter lícito o no de pagar el tributo al emperador de Roma, al cual estaba sujeta Palestina en tiempos de Jesús. Había diversas posiciones. Como consecuencia la pregunta dirigida por los fariseos: “Está permitido, sí o no, pagar el impuesto al César, el emperador? “(v. 17) constituye una trampa para el Maestro. En efecto, según lo que responda, sería acusado de estar a favor o en contra de Roma.


Pero Jesús, en este caso también, responde con calma y se aprovecha de la pregunta maliciosa para dar una enseñanza importante, levantándose por encima de la polémica y de los enfrentamientos opuestos. Dice a los fariseos: “Enséñame la moneda de los impuestos”. Ellos le presentan una moneda de un denario, y Jesús, observando la moneda, pregunta: “Esta imagen y esta inscripción, de quién son?” Los fariseos no sabían qué responder: “De César”. Entonces Jesús concluye: “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”. (cf. Vv. 19-21). 

Por una parte, incitando a dar al emperador lo que le pertenece, Jesús declara que pagar el impuesto no es un acto de idolatría, sino de un acto debido a la autoridad terrestre; por otra parte – y es aquí donde Jesús da el” golpe de gracia” – recordando la primacía de Dios, pide de darle aquello que le retorna en tanto que es el Señor de la vida, del hombre y de la historia.

La referencia a la imagen del César, grabada en la moneda, dice que es justo sentirse en pleno título – con los derechos y deberes – ciudadano del Estado; pero simbólicamente esto hace pensar a la otra imagen que está impresa en todo hombre: la imagen de Dios. Él es el Señor de todo, y nosotros, que hemos sido creados “a su imagen”, pertenecemos primeramente a Él. Jesús saca de esta pregunta, que le ha sido hecha por los fariseos, una interrogación más radical y vital para cada uno de nosotros, una pregunta que podemos hacernos: ¿a quién pertenezco? ¿A la familia, a la ciudad, a los amigos, a la escuela, al trabajo, a la política, al Estado? Sí, ciertamente. 

Pero ante todo – nos recuerda Jesús – tú perteneces a Dios. Es la pertenencia fundamental. Es él quién te ha dado todo lo que eres y todo lo que tienes. Por lo tanto nuestra vida, día tras día, podemos y debemos vivirla en el reconocimiento de nuestra pertenencia fundamental y en el reconocimiento del corazón hacía nuestro Dios, que crea a cada uno de nosotros individualmente, único, pero siempre a imagen de su Hijo amado, Jesús. Es un magnífico misterio.
El cristiano está llamado a comprometerse concretamente en las realidades humanas y sociales sin oponer “Dios” y “César”; oponer Dios y César sería una actitud fundamentalista. 

El cristiano está llamado a comprometerse concretamente en las realidades terrestres, pero iluminándolas con la luz que viene de Dios. La confianza prioritaria en Dios y l esperanza en Él no comportan una huida de la realidad, sino más bien de darle activamente a Dios lo que le pertenece. Por eso el creyente mira la realidad futura, la de Dios, para vivir la vida terrestre en plenitud, y responder con valentía a sus desafíos.
Que la virgen María nos ayude a vivir siempre en conformidad a la imagen de Dios que llevamos en nosotros, en nuestro interior, dando así nuestra contribución a la construcción de la ciudad terrestre.
(C) Traducción de Zenit, Raquel Anillo







  El Papa por los cristianos perseguidos

Palabras después del ángelus (Traducción completa)



Queridos hermanos y hermanas, Ayer en Barcelona, Mateo Casals, Teófilo Casajús, Ferrán Saperas y 106 compañeros mártires, pertenecientes a la Congregación religiosa de los Claretianos y muertos por el odio de la fe durante la guerra civil española, han sido beatificados. Que su ejemplo heroico y su intercesión sostengan a los cristianos que aún en nuestros días – y son muchos -, en diversas partes del mundo, sufren discriminaciones y persecuciones.

Hoy celebramos la Jornada mundial de las misiones, con el tema “La misión en el corazón de la Iglesia”. Os Exhorto a todos a vivir la alegría de la misión dando testimonio del Evangelio en los medios donde vive y trabaja cada uno de vosotros. Al mismo tiempo, estamos llamados a sostener a los misioneros que han ido para anunciar a Cristo a aquellos que no le conocen todavía, por el cariño, la ayuda concreta y la oración. Os recuerdo que mi intención es la de promover un Mes Misionero Extraordinario en octubre de 2019, para alimentar el ardor de la actividad evangelizadora de la Iglesia ad gentes. El día en el cuál se celebre la memoria de litúrgica de San Juan Pablo II, Papa misionero, confiemos a su intercesión la misión de la Iglesia en el mundo.

Os pido que os unáis a mi oración por la paz en el mundo. En estos días, estoy particularmente atento a Kenia, que visité en el 2015, y por quien oro para que todo el país sepa afrontar sus dificultades actuales en un clima de diálogo constructivo, teniendo en el corazón la búsqueda del bien común.
Y ahora os saludo a todos, peregrinos provenientes de Italia y de diferentes países. En particular, a los fieles de Luxemburgo y a los de Ibiza, al Movimiento Familiar del Corazón Inmaculado de María de Brasil, las hermanas de la Santa Madre de los Dolores. Saludo y bendigo con afección a la comunidad peruana de Roma, aquí reunidos con la imagen del Señor de los Milagros.
Saludo a los grupos de fieles de tantas parroquias italianas, y les animo a continuar su camino de fe con alegría.
Y a todos, os deseo un buen domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Buen apetito y hasta luego!