Ángelus: Jesús enviado a cumplir su misión
Palabras del Papa antes del Ángelus
(ZENIT – 3 febrero 2019).- A las 12 del mediodía de hoy,
IV domingo del tiempo ordinario, el Santo Padre Francisco se asoma a la
ventana del estudio en el Palacio Apostólico Vaticano para recitar el
Ángelus con los fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro
para la cita habitual del domingo antes de partir hacia su 27º Viaje
Apostólico Internacional, esta vez con destino a los Emiratos Árabes
Unidos.
***
Palabras del Papa antes del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El domingo pasado, la liturgia nos propuso el episodio de la sinagoga de Nazaret, donde Jesús lee un pasaje del profeta Isaías y finalmente revela que esas palabras se cumplen “hoy” en él. Jesús se presenta como aquel en quien se ha depositó el Espíritu del Señor, que lo consagró y lo envió a cumplir la misión de salvación en favor de la humanidad.
El Evangelio de hoy (cf. Lc 4, 211) es la continuación de esa historia y nos muestra el asombro de sus conciudadanos al ver que uno de sus compatriotas, “el hijo de José” (v. 22), afirma ser el Cristo, el enviado del Padre. Jesús, con su capacidad de penetrar en las mentes y los corazones, entiende inmediatamente lo que piensan sus conciudadanos. Creen que, dado que él es uno de ellos, debe demostrar esta extraña “pretensión” haciendo milagros allí, en Nazaret, como lo hizo en los pueblos vecinos (v. 23). Pero Jesús no quiere y no puede aceptar esta lógica, porque no se corresponde con el plan de Dios:
Dios quiere la fe, ellos quieren milagros, Dios quiere salvar a todos, y ellos quieren un Mesías para su propio beneficio. Y para explicar la lógica de Dios, Jesús trae el ejemplo de dos grandes profetas antiguos: Elías y Eliseo, a quienes Dios envió para sanar y salvar a personas no judías, de otros pueblos, pero que habían confiado en su palabra. Ante esta invitación a abrir sus corazones a la gratuidad y universalidad de la salvación, los ciudadanos de Nazaret se rebelan, e incluso adoptan una actitud agresiva, que degenera hasta el punto de que “se levantaron, lo sacaron de la ciudad y lo condujeron a un lugar escarpado […], con intención de despeñarlo “(v. 29). La emoción del primer instante se convirtió en una rebelión en contra en contra de él.
Este Evangelio nos muestra que el ministerio público de Jesús comienza con un rechazo y con una amenaza de muerte, paradójicamente precisamente por parte de sus conciudadanos. Jesús, al vivir la misión que el Padre le confió, sabe bien que debe enfrentar la fatiga, el rechazo, la persecución y la derrota. Un precio que, ayer como hoy, la auténtica profecía está llamada a pagar. El duro rechazo, sin embargo, no desanima a Jesús, ni detiene el camino y la fecundidad de su acción profética. Sigue su camino (v. 30), confiando en el amor del Padre.
Incluso hoy, el mundo necesita ver en los discípulos del Señor profetas, es decir, de las personas valientes y perseverantes en responder a la vocación cristiana. Personas que siguen el “empuje” del Espíritu Santo, que los envía para proclamar esperanza y salvación a los pobres y excluidos; personas que siguen la lógica de la fe y no de lo milagroso; personas dedicadas al servicio de todos, sin privilegios ni exclusiones. En resumen: personas que están abiertas a acoger en sí mismas la voluntad del Padre y se comprometan a dar testimonio fiel a los demás.
Oremos a María Santísima, para que podamos crecer y caminar en el mismo celo apostólico por el Reino de Dios que animó la misión de Jesús.
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Palabras del Papa antes del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El domingo pasado, la liturgia nos propuso el episodio de la sinagoga de Nazaret, donde Jesús lee un pasaje del profeta Isaías y finalmente revela que esas palabras se cumplen “hoy” en él. Jesús se presenta como aquel en quien se ha depositó el Espíritu del Señor, que lo consagró y lo envió a cumplir la misión de salvación en favor de la humanidad.
El Evangelio de hoy (cf. Lc 4, 211) es la continuación de esa historia y nos muestra el asombro de sus conciudadanos al ver que uno de sus compatriotas, “el hijo de José” (v. 22), afirma ser el Cristo, el enviado del Padre. Jesús, con su capacidad de penetrar en las mentes y los corazones, entiende inmediatamente lo que piensan sus conciudadanos. Creen que, dado que él es uno de ellos, debe demostrar esta extraña “pretensión” haciendo milagros allí, en Nazaret, como lo hizo en los pueblos vecinos (v. 23). Pero Jesús no quiere y no puede aceptar esta lógica, porque no se corresponde con el plan de Dios:
Dios quiere la fe, ellos quieren milagros, Dios quiere salvar a todos, y ellos quieren un Mesías para su propio beneficio. Y para explicar la lógica de Dios, Jesús trae el ejemplo de dos grandes profetas antiguos: Elías y Eliseo, a quienes Dios envió para sanar y salvar a personas no judías, de otros pueblos, pero que habían confiado en su palabra. Ante esta invitación a abrir sus corazones a la gratuidad y universalidad de la salvación, los ciudadanos de Nazaret se rebelan, e incluso adoptan una actitud agresiva, que degenera hasta el punto de que “se levantaron, lo sacaron de la ciudad y lo condujeron a un lugar escarpado […], con intención de despeñarlo “(v. 29). La emoción del primer instante se convirtió en una rebelión en contra en contra de él.
Este Evangelio nos muestra que el ministerio público de Jesús comienza con un rechazo y con una amenaza de muerte, paradójicamente precisamente por parte de sus conciudadanos. Jesús, al vivir la misión que el Padre le confió, sabe bien que debe enfrentar la fatiga, el rechazo, la persecución y la derrota. Un precio que, ayer como hoy, la auténtica profecía está llamada a pagar. El duro rechazo, sin embargo, no desanima a Jesús, ni detiene el camino y la fecundidad de su acción profética. Sigue su camino (v. 30), confiando en el amor del Padre.
Incluso hoy, el mundo necesita ver en los discípulos del Señor profetas, es decir, de las personas valientes y perseverantes en responder a la vocación cristiana. Personas que siguen el “empuje” del Espíritu Santo, que los envía para proclamar esperanza y salvación a los pobres y excluidos; personas que siguen la lógica de la fe y no de lo milagroso; personas dedicadas al servicio de todos, sin privilegios ni exclusiones. En resumen: personas que están abiertas a acoger en sí mismas la voluntad del Padre y se comprometan a dar testimonio fiel a los demás.
Oremos a María Santísima, para que podamos crecer y caminar en el mismo celo apostólico por el Reino de Dios que animó la misión de Jesús.



Jesús
revela el ahora de Dios que sale a nuestro encuentro para convocarnos
también a tomar parte en su ahora de «llevar la Buena Noticia a los
pobres, la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, dar
libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia en el Señor» (cf.
Lc 4,18-19). Es el ahora de Dios que con Jesús se hace presente, se hace
rostro, carne, amor de misericordia que no espera situaciones ideales o
perfectas para su manifestación, ni acepta excusas para su realización.
Él es el tiempo de Dios que hace justa y oportuna cada situación y
espacio. En Jesús se inicia y se hace vida el futuro prometido.
E
incluso a ustedes, queridos jóvenes, les puede pasar lo mismo cada vez
que piensan que su misión, su vocación, que hasta su vida es una promesa
pero solo para el futuro y nada tiene que ver con vuestro presente.
Como si ser joven fuera sinónimo de sala de espera de quien aguarda el
turno de su hora. Y en el “mientras tanto” de esa hora, les inventamos o
se inventan un futuro higiénicamente bien empaquetado y sin
consecuencias, bien armado y garantizado con todo “bien asegurado”.
No
mañana, ahora, porque allí, ahora, donde esté su tesoro, está también
su corazón (cf. Mt 6,21); y aquello que los enamore conquistará no solo
vuestra imaginación, sino que lo afectará todo. Será lo que los haga
levantarse por la mañana y los impulse en las horas de cansancio, lo que
les rompa el corazón y lo que les haga llenarse de asombro, alegría y
gratitud. Sientan que tienen una misión y enamórense, que eso lo
decidirá todo (cf. PEDRO ARRUPE, S.J., Nada es más práctico). Podremos
tener todo, pero queridos jóvenes, si falta la pasión del amor, faltará
todo. La pasión del amor hoy, y dejemos que el Señor nos enamore y nos
lleve hasta el mañana.
María no compró un seguro de vida, María ¡dijo sí! Es una influencer, la influencer de Dios. El “sí” y las ganas de servir fueron más fuertes que las dudas y las dificultades.
¿Por
qué? Porque solo lo que se ama puede ser salvado. Solo lo que se abraza
puede ser transformado. El amor del Señor es más grande que todas
nuestras contradicciones, fragilidades y pequeñeces, pero es
precisamente a través de nuestras contradicciones, fragilidades y
pequeñeces como Él quiere escribir esta historia de amor. Abrazó al hijo
pródigo, abrazó a Pedro después de sus negaciones y nos abraza siempre,
siempre, después de nuestras caídas ayudándonos a levantarnos y
ponernos de pie. Porque la verdadera caída, la que es capaz de
arruinarnos la vida es permanecer en el piso y no dejarse ayudar. (…) No
permanecer caído.
Como
nos decía Alfredo, cuando uno se descuelga y queda sin trabajo, sin
educación, sin comunidad y sin familia al final del día nos sentimos
vacíos y terminamos llenando ese vacío con cualquier cosa. Porque ya no
sabemos para quién vivir, luchar y amar.
Pienso
en muchos lugares de nuestra América Latina que promueven lo que llaman
familia grande hogar de Cristo que, con el mismo espíritu de la
Fundación Juan Pablo II que nos contaba Alfredo y tantos otros centros,
buscan recibir la vida como viene en su totalidad y complejidad porque
saben que «una esperanza guarda el árbol: si es cortado, aún puede
retoñar, y no dejará de echar renuevos» (Jb 14,7).

El
camino de Jesús hacia el Calvario es un camino de sufrimiento y soledad
que continúa en nuestros días. Él camina y padece en tantos rostros que
sufren la indiferencia satisfecha y anestesiante de nuestra sociedad
que consume y se consume, que ignora y se ignora en el dolor de sus
hermanos.
Qué fácil es caer en la cultura del bullying, del acoso y de la intimidación.
El
vía crucis de tu Hijo se prolonga en tantos jóvenes y familias que,
absorbidos en una espiral de muerte a causa de la droga, el alcohol, la
prostitución y la trata, quedan privados no solo de futuro sino de
presente. Y así como repartieron tus vestiduras, Señor, queda repartida y
maltratada su dignidad.
Se
prolonga en los pueblos originarios, a quienes se despoja de sus
tierras, raíces y cultura, silenciando y apagando toda la sabiduría que
pueden aportar.
Y
nosotros, Padre de misericordia, ¿consolamos y acompañamos al Señor,
desamparado y sufriente, en los más pequeños y abandonados?