domingo, 20 de enero de 2019

«Hagan lo que Jesús les diga»



Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El domingo pasado, con la fiesta del bautismo del Señor, comenzamos el camino del tiempo litúrgico “ordinario”: es el tiempo para seguir a Jesús en su vida pública, en la misión por la cual el Padre lo envió al mundo. En el Evangelio de hoy (cf. Jn 2, 1-11) encontramos el relato del primero de los milagros de Jesús, que el evangelista Juan llama “señales”, porque Jesús no lo hizo para despertar asombro, sino para revelar el amor del Padre. El primero de estos prodigiosos signos tiene lugar en el pueblo de Cana, en Galilea, durante una fiesta de bodas. 

No es casual que al comienzo de la vida pública de Jesús haya una ceremonia de boda, porque en Él Dios se ha casado con la humanidad: esta es la buena noticia, aunque los que lo han invitado aún no saben que en su mesa está sentado el Hijo de Dios y que el verdadero novio es Él. De hecho, todo el misterio del signo de Caná se basa en la presencia de este novio divino, Jesús, que comienza a revelarse. Jesús se manifiesta como el novio del pueblo de Dios, anunciado por los profetas, y nos revela la profundidad de la relación que nos une a él: es una nueva Alianza de amor.

En el contexto de la Alianza, se comprende plenamente el significado del símbolo del vino, que está en el centro de este milagro. Justo cuando la fiesta está en su apogeo, el vino se ha terminado; La Virgen María lo nota y le dice a Jesús: “No tienen vino” (v. 3). Hubiera sido  horrible continuar la fiesta con el agua. Una vergüenza para aquella gente. 

Y la Virgen se da cuenta y como es madre advierte inmediatamente a Jesús. Las Escrituras, especialmente los Profetas, indicaron el vino como un elemento típico del banquete mesiánico (cf. Am 9,13-14; Gl 2,24; Is 25,6). El agua es necesaria para vivir, pero el vino expresa la abundancia del banquete y la alegría de la fiesta. ¿Una fiesta sin vino?…No sé… Al convertir en vino el agua de la tinaja utilizada “para la purificación ritual de los judíos” (v. 6) -era una costumbre antes de entrar en la casa, purificarse- Jesús hace un signo elocuente: transforma la Ley de Moisés en el Evangelio, portador de alegría.
Y luego, miramos a María: Las palabras que María dirige a los sirvientes vienen a coronar el cuadro conyugal de Caná: “Lo que Él te diga, hazlo” (v. 5). Incluso hoy, la Virgen María  nos dice a todos: “Hagan lo que Él les diga”. Estas palabras son una herencia preciosa que nuestra Madre nos ha dejado. Y en efecto los siervos obedecen en Caná. Jesús les dijo: Llenad de agua estas tinajas. Y las llenaron hasta el borde. Él les dice de nuevo: Saquen ahora un poco y llévenselo al mayordomo. Y los trajeron “ (versículos 7-8). En esta boda, realmente se estipula una Nueva Alianza y la nueva misión se confía a los siervos del Señor, es decir a toda la Iglesia: “Hagan lo que Él les diga”.

 Servir al Señor significa escuchar y practicar su palabra. Es la recomendación simple y esencial de la Madre de Jesús, es el programa de vida del cristiano.
Quisiera subrayar una experiencia que seguramente muchos de nosotros hemos tenido en nuestra vida. Cuando estamos en situaciones difíciles, cuando tenemos problemas que no sabemos cómo resolver, cuando sentimos muchas veces ansia y angustia, cuando nos hace falta la alegría hay que ir donde la Virgen y decirle: “no tenemos vino. Se terminó el vino. Mira como estoy, mira mi corazón, mi alma”. Decirlo a la Madre. Y ella seguro irá donde Jesús y dirá: “mira este o esta: no tienen vino”. Y  después regresará donde nosotros y nos dirá: “Cualquier cosa que les diga háganla”
.
Para cada uno de nosotros extraer de la tinaja es equivalente a confiar en la Palabra y en los Sacramentos para experimentar la gracia de Dios en nuestra vida. Entonces también como maestros de mesa que probó el agua convertida en vino, podemos exclamar: “Has guardado el vino mejor hasta ahora” (v. 10). Siempre Jesús nos sorprende. Hablamos con la Madre porque Ella habla con el Hijo, y Él nos sorprenderá.
Que la Santísima Virgen nos ayude a seguir su invitación: “Hagan lo que Él les diga”, para que podamos abrirnos completamente a Jesús, reconociendo en la vida cotidiana los signos de su presencia vivificadora.
Después de la oración mariana del Ángelus el Papa ha dicho:

Queridos hermanos y hermanas:
Hoy tengo dos dolores en el corazón: Colombia y el Mediterráneo.
Deseo asegurar mi cercanía con el pueblo colombiano, después del grave ataque terrorista del jueves pasado en la Escuela Nacional de Policía. Ruego por las víctimas y sus familias, y sigo rezando por el camino de la paz en Colombia.

Pienso en las 170 víctimas, naufragadas en el Mediterráneo. Estaban buscando un futuro para sus vidas. Víctimas, tal vez, de traficantes de personas. Roguemos por ellos y por los responsables de lo sucedido.
“Ave Maria…”

En unos días me iré a Panamá – [respondiendo a los gritos de la plaza:] ¿tú también? -, donde tendrá lugar la Jornada Mundial de la Juventud del 22 al 27 de enero. Les pido que oren por este evento tan bello e importante en el camino de la Iglesia.
Esta semana se publicará el Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones, que este año contiene una reflexión sobre las comunidades de la red y la comunidad humana.

 Internet y las redes sociales son un recurso de nuestro tiempo; la oportunidad de estar en contacto con los demás, compartir valores y proyectos y expresar el deseo de formar una comunidad. La red también puede ayudarnos a orar en comunidad, a orar juntos.
Por eso el Padre Fornos está conmigo: es el director internacional del Apostolado de la Oración. Me gustaría presentarles la plataforma oficial de la Red Mundial de Oración del Papa: Haced clic para orar. Aquí insertaré las intenciones y peticiones de oración por la misión de la Iglesia.
Os invito especialmente a los jóvenes a descargar la aplicación Click To Pray, y a continuar rezando conmigo el Rosario por la Paz, especialmente durante la Jornada Mundial de la Juventud en Panamá.

El 24 de enero también se celebra la primera Jornada Internacional de la Educación, establecida por las Naciones Unidas para destacar y promover el papel esencial de la educación en el desarrollo humano y social. En este contexto, aliento el esfuerzo de la UNESCO para hacer que la paz crezca en el mundo a través de la educación, y deseo que esto sea accesible para todos y que sea integral, libre de la colonización ideológica.

 Una oración y un deseo a todos los educadores y educadoras: ¡buen trabajo!
Saludo a todos vosotros, queridos peregrinos y fieles romanos! En particular, a los grupos parroquiales de Barcelona y Polonia: ¡Veo tantas banderas polacas aquí! Los alumnos y profesores de Badajoz (España); y las muchas chicas de Panamá que vinieron a buscarme!
Saludo a los fieles de Nereto y Formia; los de los santos Fabiano y Venanzio en Roma; y a los jóvenes de San Giuseppe della Pace en Milán.
Un saludo especial a los Amigos italianos de Raoul Follereau y a los enfermos de la enfermedad de Hansen, así como a los que están cerca de ellos en el camino de la atención humana y social y la redención.
Buen domingo a todos. Y por favor, no os olvidéis de orar por mí ¡Buen almuerzo y hasta pronto!
Francisco

Unidad de los cristianos: El Papa invita a reconocer los dones de otras Iglesias

El Papa y los representantes cristianos © Vatican Media
El Papa y los representantes cristianos © Vatican Media

Vísperas inaugurando la Semana de Oración
(ZENIT – 18 enero 2019).- El Papa Francisco invitó a reconocer los dones de Dios hechos a otros cristianos al celebrar las Vísperas en la Basílica de San Pablo Extramuros en la apertura de la 52ª Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. , este 18 de enero de 2019.
Para esta celebración, el Papa estuvo rodeado de representantes de otras iglesias cristianas presentes en Roma, incluido el Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, con quienes  se recogió en la tumba del apóstol Pablo. En su homilía, advirtió contra “el grave pecado de disminuir o despreciar los dones que el Señor ha otorgado a otros hermanos, creyendo que son de alguna manera menos privilegiados de Dios”: “Si nos alimentamos de estos pensamientos, permitimos que la gracia misma se convierta en una fuente de orgullo, injusticia y división”.
“Es fácil pensar que la gracia espiritual que nos ha sido otorgada es nuestra propiedad, algo que nos pertenece y nos pertenece”, dijo el Papa. Es posible, además, que los dones recibidos de Dios nos cieguen a los dones dados a otros cristianos. E invitar a “reconocer con humildad que las bendiciones recibidas no son nuestras por derecho, sino que son nuestras por don, y que nos las han dado para que las compartamos con los demás”.
“Debemos reconocer el valor de la gracia otorgada alas  otras comunidades cristianas”, insistió el Papa Francisco, que quería un “intercambio de regalos”.

También evoca el tema de esta semana de oración: “Buscarás la justicia, nada más que la justicia” (cf. Deut. 16, 18-20). El Papa dijo: “los que son fuertes deben cuidar de los débiles … La solidaridad y la responsabilidad compartida deben ser las leyes que rigen a la familia cristiana. Por el contrario, “si la riqueza no se comparte, la sociedad se divide”.
© Traducción de Zenit, Raquel Anillo

sábado, 19 de enero de 2019

La oración se concentra en una palabra: “Abba”, Padre


(ZENIT – 16 enero 2019).- La audiencia general de esta mañana ha tenido lugar a las 9:20 horas en el Aula Pablo VI donde el Santo Padre Francisco ha encontrado grupos de peregrinos y fieles de Italia y de todo el mundo.
El Papa bendice a unos sacerdotes en la Audiencia © Vatican Media
El Santo Padre, continuando el ciclo de catequesis sobre el Padre nuestro, se ha centrado en el tema “¡Abba, Padre! (Pasaje bíblico: De la Carta de San Pablo a los Romanos 8, 14-16)
Tras resumir su discurso en diversas lenguas, el Santo Padre ha saludado en particular a los grupos de fieles presentes procedentes de todo el mundo y ha recordado, en un llamamiento, la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos que comienza el próximo viernes, 18 de enero.
La audiencia general ha terminado con el canto del Pater Noster y la bendición apostólica.
***
Catequesis del Papa Francisco
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Continuando las catequesis sobre el “Padre nuestro”, hoy partimos de la observación de que, en el Nuevo Testamento, la oración parece querer alcanzar lo esencial, hasta el punto de concentrarse en una palabra: “Abba“, Padre.
Hemos escuchado lo que escribe San Pablo  en la Carta a los Romanos: “No recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor, antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace exclamar:”¡Abba, Padre!” (8.15). Y a los Gálatas, el apóstol dice: “La prueba de que sois hijos es que  Dios, ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama:”¡Abba, Padre!” (Gal 4,6). Retorna dos veces la misma invocación, que condensa toda la novedad del Evangelio. Después de haber conocido a Jesús y de escuchar su predicación, el cristiano ya no considera a Dios como un tirano a quien temer, no le tiene miedo sino que siente que su confianza en él florece: puede hablar al Creador llamándolo “Padre”. La expresión es tan importante para los cristianos que a menudo se ha mantenido intacta en su forma original: “Abba“.
Es raro que en el Nuevo Testamento las expresiones arameas no se traduzcan al griego. Debemos imaginar que en estas palabras arameas, haya quedado “grabada” la misma voz de Jesús: han respetado el idioma de Jesús. En la primera palabra del “Padre Nuestro” encontramos inmediatamente la novedad radical de la oración cristiana.
No se trata solo de usar un símbolo –en este caso- la figura del padre, vinculada con el misterio de Dios; se trata, en cambio, de tener,  por así decirlo, traspasado a nuestro corazón todo el mundo de Jesús. Si llevamos a cabo esta operación, podemos rezar con verdad el “Padre nuestro”. Decir “”Abba” es algo mucho más íntimo, más conmovedor que  llamar a Dios “Padre” simplemente. Por eso alguno ha propuesto que se tradujese esta palabra original aramea Abba con “Papá”. En vez de decir, “Padre nuestro” , decir “Papá”. Nosotros seguimos diciendo “Padre nuestro”, pero con el corazón estamos invitados a decir “Papá”, a tener una relación con Dios como la de un niño con su papá, que lo llama “papá”. De hecho, estas expresiones evocan afecto, calidez, algo que nos proyecta en el contexto de la infancia: la imagen de un niño completamente envuelta en el abrazo de un padre que siente una infinita ternura por él. Y por eso, queridos hermanos y hermanas, para rezar bien hay que llegar a tener un corazón de niño. No un corazón autosuficiente: así no se puede rezar bien. Como un niño en brazos de su padre, de su papá.
Pero seguramente son los evangelios los que mejor nos introducen en el sentido de esta palabra. ¿Qué significa esta palabra para Jesús? El “Padre nuestro” toma significado y color si aprendemos a rezarlo después de haber leído, por ejemplo,  la parábola del padre misericordioso en el capítulo XV de Lucas (cf. Lc 15, 11-32). Imaginemos esta oración pronunciada por el hijo pródigo, después de sentir el abrazo de su padre que  lo había esperado durante mucho tiempo, un padre que no recuerda las palabras ofensivas que él le había dicho, un padre que ahora hace que entienda, sencillamente, cuánto lo extrañaba. Descubrimos entonces cómo esas palabras cobran vida, se fortalecen. Y nos preguntamos: ¿es posible que Tú, oh Dios, conozcas solo amor? ¿Tú no conoces el odio? No, contestaría Dios, yo conozco solo amor. ¿Dónde está en ti la venganza, la demanda de justicia, la rabia por tu honor herido? Y Dios contestaría: Yo conozco solo amor.
El padre de esa parábola tiene, en su forma de hacer, algo que recuerda mucho el alma de una madre. Son las madres, sobre todo,  las que excusan a sus hijos, las que los cubren, las que no interrumpen la empatía con ellos, las que los siguen queriendo, incluso cuando ellos ya no se merezcan nada.
Basta con evocar esta sola expresión, Abba, para que se desarrolle una oración cristiana. Y San Pablo, en sus cartas, sigue este mismo camino, y no podría ser de otra manera, porque es el camino que enseñó Jesús: en esta invocación hay una fuerza que atrae todo el resto de la oración.
Dios te busca, aunque tú no lo busques. Dios te ama, aunque tú te hayas olvidado de Él. Dios vislumbra en ti una belleza, aunque  pienses que has desperdiciado todos tus talentos en vano. Dios no es solo un padre, es como una madre que nunca deja de amar a su criatura. Por otra parte, hay una “gestación” que dura siempre, mucho más allá de los nueve meses de la física; es una gestación  que genera un circuito infinito de amor.
Para un cristiano, rezar es simplemente decir “Abba“, decir “papá”, decir “Padre”, pero con la confianza de un niño.
Puede ser que a nosotros también nos suceda que caminemos por sendas alejadas de Dios, como le pasó  al hijo pródigo; o que precipitemos en una soledad que nos haga sentirnos abandonados en el mundo; o, también,  que nos equivoquemos y estemos  paralizados por un sentimiento de culpabilidad.. En esos momentos difíciles, todavía podemos encontrar la fuerza para rezar, recomenzando de la palabra “Padre”, pero dicha con el sentimiento tierno de un niño:”Abba”, “Papá”. Él no nos ocultará su rostro. Acordaos: quizás alguno lleva dentro cosas difíciles, cosas que no sabe cómo resolver, tanta amargura por haber hecho esto  y esto… Él no nos ocultará su rostro. Él  no se encerrará en el silencio. Tú dile “Padre” y él te contestará. Tú tienes un Padre. “Sí, pero yo soy un delincuente. ¡Pero tienes un padre que te ama!. Dile, “Padre”, empieza a rezar así  y en el silencio nos dirá que nunca nos ha perdido de vista. “Pero, padre, yo he hecho esto…”. “No te he perdido nunca de vista, lo he visto todo”. Pero he estado siempre allí, cerca de ti, fiel a mi amor por ti”. Esa será la respuesta. Nunca os olvidéis de decir “Padre”. Gracias.

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jueves, 10 de enero de 2019

Padre Nuestro: “Llamad y se os abrirá”


Audiencia genera, 9 enero 2019 © Vatican Media
Audiencia general, 9 enero 2019 © Vatican Media

(ZENIT – 9 enero 2019).-


Catequesis del Papa Francisco
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
La catequesis de hoy hace referencia al Evangelio de Lucas. De hecho, es sobre todo este Evangelio, desde los relatos de la infancia, el que describe la figura de Cristo en un ambiente lleno de oración. Contiene los tres himnos que jalonan cada día la oración de la Iglesia: el Benedictus, el Magnificat y el Nunc Dimittis.
Y en esta catequesis sobre el Padre nuestro, seguimos adelante, vemos a Jesús como orante. Jesús reza. En el relato de Lucas, por ejemplo, el episodio de la transfiguración surge de un momento de oración. Dice así: “Mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó y sus vestidos eran de una blancura fulgurante ” (9,29). 
Pero cada paso de la vida de Jesús está inspirado por el soplo del Espíritu que lo guía en todas sus acciones. Jesús reza en el bautismo en el Jordán, dialoga con el Padre antes de tomar las decisiones más importantes, a menudo se retira en soledad para rezar, intercede por Pedro, que de allí a poco renegará de él. Dice así: «¡Simón, Simón!, Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo, pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca” (Lc 22, 31-32). Esto consuela: saber que Jesús reza por nosotros, reza por mí, por cada uno de nosotros para que nuestra fe no desfallezca. Y es verdad: “Pero, padre ¿lo hace todavía?” Lo hace todavía ante el Padre. Jesús reza por mí. Cada uno de nosotros puede decirlo. Y también podemos decir a Jesús: “Tú estás rezando por mí, sigue rezando que lo necesito”. Así: valientes.
Incluso la muerte del Mesías está inmersa en una atmósfera de oración, tanto que las horas de la pasión aparecen marcadas por una calma sorprendente: Jesús consuela a las mujeres, reza por los que le crucifican, promete el paraíso al buen ladrón, y expira diciendo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu “(Lc 23:45). La oración de Jesús parece amortiguar las emociones más violentas, los deseos de venganza y revancha, reconcilia al hombre con su enemiga acérrima, reconcilia al hombre con esa enemiga que es la muerte.
Y siempre en el Evangelio de Lucas encontramos la petición, expresada por uno de los discípulos, de que el mismo Jesús les enseñe a orar. Y dice así “Señor, enséñanos a orar” (11: 1). Veían que él rezaba. “Enséñanos –también podemos decir nosotros al Señor– Señor, tú estas rezando por mí, lo sé, pero enséñame a rezar, para que también yo pueda rezar”.
De esta petición –“Señor, enséñanos a rezar”– surge una enseñanza muy extensa, a través de la cual Jesús explica a los suyos con qué palabras y con qué sentimientos deben dirigirse a Dios.
La primera parte de esta enseñanza es precisamente el Padre nuestro. Rezad así: “Padre, que estás en los cielos”. “Padre”: esa palabra tan hermosa de pronunciar. Podemos pasar todo el tiempo de la oración solamente con esa palabra: “Padre”. Y sentir que tenemos un padre: no un padrón o un padrastro. No: un padre. El cristiano se dirige a Dios llamándolo en primer lugar “Padre”.
En esta enseñanza que Jesús da a sus discípulos, es interesante detenerse en algunas instrucciones que coronan el texto de la oración. Para darnos confianza, Jesús explica algunas cosas que hacen hincapié en la actitud del creyente que reza. Por ejemplo, la parábola del amigo importuno, que va a molestar a toda una familia que duerme porque, de repente, ha llegado una persona de viaje y no tiene pan para ofrecerle: ¿Qué dice Jesús a éste que llama a la puerta y despierta a su amigo? «Os aseguro, explica Jesús, que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos se levantará por su importunidad y le dará cuanto necesite” (Lc 11, 9). Así, quiere enseñarnos a rezar y a insistir en la oración. E inmediatamente después pone el ejemplo de un padre que tiene un hijo hambriento. Todos vosotros, padres y abuelos, que estáis aquí, cuando el hijo o el nieto os piden algo, tiene hambre, y pide, luego llora, grita, tiene hambre “¿Qué padre hay entre vosotros que, si un hijo le pide un pez, en lugar de un pez le dará una culebra?” (V. 11). Y todos vosotros tenéis la experiencia de que cuando el hijo pide, le dais de comer lo que pide, por su bien.
Con estas palabras, Jesús nos hace entender que Dios siempre responde, que ninguna oración quedará sin ser escuchada. ¿Por qué? Porque Él es Padre y que no se olvida de sus hijos que sufren.
Ciertamente, estas afirmaciones nos ponen en crisis, porque muchas de nuestras oraciones parecen no obtener ningún resultado. ¿Cuántas veces hemos pedimos y no hemos obtenido –todos tenemos esa experiencia– ¿Cuántas veces hemos llamado y encontrado una puerta cerrada? Jesús nos insta, en esos momentos, a insistir y no darnos por vencidos. La oración siempre transforma la realidad, siempre. Si las cosas que nos rodean no cambian, al menos cambiamos nosotros, cambia nuestro corazón. Jesús prometió el don del Espíritu Santo a cada hombre y a cada mujer que rece.
Podemos estar seguros de que Dios responderá. La única incertidumbre se debe a los tiempos, pero no dudemos de que Él responda. Tal vez tengamos que insistir por toda la vida, pero Él responderá. Nos lo ha prometido: No es un padre que da una culebra en lugar de un pez. No hay nada más seguro: el deseo de felicidad que todos llevamos en nuestros corazones un día se cumplirá. Jesús dice: “Dios ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche?” (Lc 18, 7). Sí, hará justicia, nos escuchará. ¡Qué día de gloria y resurrección será ese! Rezar es desde ahora la victoria sobre la soledad y la desesperación. Rezar. La oración cambia la realidad, no nos olvidemos. O cambia las cosas o cambia nuestro corazón, pero cambia siempre. Rezar es desde ahora la victoria sobre la soledad y sobre la desesperación. Es como ver cada fragmento de la creación que bulle en el torpor de una historia cuyo por qué a veces no comprendemos. Pero está en movimiento, está en camino, y al final de cada camino ¿qué hay al final de nuestro camino? Al final de la oración, al final de un tiempo en que rezamos, al final de la vida ¿Qué hay? Hay un Padre que espera todo y nos espera a todos con los brazos abiertos de par en par. Miremos a este Padre.
© Librería Editorial Vaticano

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domingo, 6 de enero de 2019

DOMINGO DÍA DE REYES

El Papa Francisco llamó a imitar la “generosidad y humildad” de los Reyes Magos

El Papa Francisco llamó a imitar la “generosidad y humildad” de los Reyes Magos

“Ellos no discuten, sino que entran en la casa de Jesús”, dijo Francisco en la tradicional misa de la Solemnidad de la Epifanía del Señor.
El papa Francisco llamó a imitar la generosidad de los Reyes Magos y a emprender el camino del amor humilde, durante la homilía que pronunció en la tradicional misa de la Solemnidad de la Epifanía del Señor.
“Para encontrar a Jesús hay que plantearse un itinerario distinto, hay que tomar un camino alternativo, el suyo, el camino del amor humilde. Y hay que mantenerlo”, dijo el Papa durante la celebración en la Basílica de San Pedro.
Indicó que solo los Magos vieron la estrella en el cielo que los guió hasta el pesebre donde nació Jesús, “no los escribas, ni Herodes, ni ningún otro en Jerusalén”.
“Hoy estamos invitados a imitar a los magos. Ellos no discuten, sino que caminan; no se quedan mirando, sino que entran en la casa de Jesús; no se ponen en el centro, sino que se postran ante él, que es el centro; no se empecinan en sus planes, sino que se muestran disponibles a tomar otros caminos”, continuó Francisco. El Sumo Pontífice consideró que “para vestir el traje de Dios, que es sencillo como la luz, es necesario despojarse antes de los vestidos pomposos”.

En esta fiesta de la Epifanía, Francisco dijo que “los magos van al Señor no para recibir, sino para dar” e invitó a preguntarse:”¿Hemos llevado algún presente a Jesús para su fiesta en Navidad, o nos hemos intercambiado regalos solo entre nosotros?”. Recordó el oro, el incienso y la mirra mencionados en los evangelios, como símbolos de los regalos que se deben dar a Dios.

“El oro nos recuerda que a Dios hay que darle siempre el primer lugar, no considerándonos autosuficientes sino necesitados”, el incienso es “la oración, que al igual que el incienso necesita quemarse para perfumar, necesita también quemar un poco de tiempo, y hacerlo de verdad, no solo con palabras”, y la mirra, símbolo de la atención a los más débiles.
Tras la misa de Epifanía Francisco se dirigió al palacio apostólico para rezar el Ángelus desde su ventana para los miles de peregrinos que asistieron a la Plaza de San Pedro. (TN)

viernes, 4 de enero de 2019

Puede ser una oración silenciosa, el ‘Padre Nuestro’: basta con ponernos bajo la mirada de Dios, para recordar el amor del Padre, y esto es suficiente para cumplir.



Catequesis del Papa Francisco
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y buen año!
Continuamos nuestra catequesis sobre el ‘Padre Nuestro’, iluminados por el misterio de Navidad que acabamos de celebrar. El Evangelio de Mateo coloca el texto del ‘Padre Nuestro’ en un punto estratégico, al centro del discurso de la montaña (cfr 6,9-13). Mientras tanto observamos la escena: Jesús sale de la colina en el lago, se sienta; en su alrededor, él tiene el círculo de sus discípulos más íntimos, y después una gran multitud de caras anónimas. Y esta asamblea heterogénea recibe primero la entrega del “Padre Nuestro”. 

La colocación, como se mencionó, es muy significativa; porque en esta larga enseñanza, que lleva el nombre de “lenguaje de montaña” (cfr Mt 5,1-7,27), Jesús condensa los aspectos fundamentales de su mensaje.
El debut es como un arco decorado para la fiesta: las Bienaventuranzas. Jesús corona con felicidad una serie de categorías de personas que en su tiempo, –¡y también en la nuestra!– no estaban muy consideradas. Beatos y pobres, los mansos, los misericordiosos, las personas humildes de corazón… Y la revolución del Evangelio. Todas las personas capaces de amar, los artesanos de paz que hasta entonces habían estado al margen de la historia, son en cambio los constructores del Reino de Dios. Es como si Jesús dijera: “¡Adelante vosotros que traéis en el corazón el misterio de un Dios que ha revelado su omnipotencia en el amor y el perdón!”
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Desde este portal de entrada, que revierte los valores de la historia, surge la novedad del Evangelio. La Ley no debe ser abolida sino que necesita una nueva interpretación, que la reconduzca a su significado original. Si una persona tiene un buen corazón, predispuesto al amor, entonces entiende que cada palabra de Dios debe encarnarse hasta sus últimas consecuencias. El amor no tiene límites: uno puede amar al cónyuge, al amigo e incluso al enemigo con una perspectiva completamente nueva: “Pero yo les digo: amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en el cielo; hace que su sol salga sobre malos y buenos, y llueva sobre justos e injustos “(Mt 5,44-45).

Aquí está el gran secreto que subyace a todo lo que se habla de la montaña: sed hijos de vuestro Padre que está en el cielo. Aparentemente, estos capítulos del Evangelio de Mateo parecen ser un discurso moral, parecen evocar una ética tan exigente que parece impracticable, y en cambio encontramos que son sobre todo un discurso teológico. El cristiano no está comprometido a ser mejor que los demás: sabe que es un pecador como todos los demás. El cristiano es simplemente el hombre que se detiene ante la nueva Zarza Ardiente, ante la revelación de un Dios que no lleva el enigma de un nombre impronunciable, pero que pide a sus hijos que lo invoquen con el nombre de “Padre”, dejarse renovar por su poder y reflejar un rayo de su bondad para este mundo tan sediento de bien, esperando tan buenas noticias.

Aquí es cómo Jesús introduce la enseñanza de la oración del ‘Padre Nuestro’. Lo hace distanciándose de dos grupos de su tiempo. En primer lugar, los hipócritas: “No sean como los hipócritas que, en las sinagogas y en las esquinas de las plazas, les gusta orar de pie, ser vistos por el pueblo” (Mt 6, 5). Hay personas que pueden pronunciar oraciones ateas, sin Dios: lo hacen para ser admirados por los hombres. La oración cristiana, por otro lado, no tiene otro testimonio creíble más que su propia conciencia, donde un diálogo continuo con el Padre, que se entrelaza intensamente: «Cuando vayas a orar, entra en tu aposento, y después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto» (Mt 6: 6).

Después Jesús toma distancia de la oración de los paganos: “No hay una palabra especial: […] los gentiles se figuran que por su palabrería van a ser escuchados (Mt, 6,7). Aquí quizás Jesús alude a esa “captatio benevolentiae” (“de ganar la buena voluntad”) que era la premisa necesaria de muchas oraciones antiguas: la divinidad tenía que ser un tanto domada por una larga serie de alabanzas. En cambio, vosotros –dice Jesús– cuando oréis, no seáis como ellos, porque vuestro Padre sabe lo que necesitáis antes de pedírselo (Mt, 6,8).

 También puede ser una oración silenciosa, el ‘Padre Nuestro’: basta con ponernos bajo la mirada de Dios, para recordar el amor del Padre, y esto es suficiente para cumplir.
¡Qué bueno pensar que nuestro Dios no necesita sacrificios para ganar su favor! No necesita nada nuestro Dios: en la oración, solo pide que mantengamos abierto un canal de comunicación con Él para descubrir siempre a sus amados hijos.
© Traducción de Zenit, Rosa Die Alcolea
enero 02, 2019 20:55Audiencia General

martes, 1 de enero de 2019

Santa María Madre de Dios y Jornada Mundial de Oración por la Paz

Homilía del Papa Francisco, misa 1 enero 2019, Basílica de San Pedro de Roma
«Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores» (Lc 2,18). Admirarnos: a esto estamos llamados hoy, al final de la octava de Navidad, con la mirada puesta aún en el Niño que nos ha nacido, pobre de todo y rico de amor. Admiración: es la actitud que hemos de tener al comienzo del año, porque la vida es un don que siempre nos ofrece la posibilidad de empezar de nuevo, incluso en las peores situaciones.
Pero hoy es también un día para admirarse delante de la Madre de Dios: Dios es un niño pequeño en brazos de una mujer, que nutre a su Creador. La imagen que tenemos delante nos muestra a la Madre y al Niño tan unidos que parecen una sola cosa. Es el misterio de este día, que produce una admiración infinita: Dios se ha unido a la humanidad, para siempre. Dios y el hombre siempre juntos, esta es la buena noticia al inicio del año: Dios no es un señor distante que vive solitario en los cielos, sino el Amor encarnado, nacido como nosotros de una madre para ser hermano de cada uno, para estar cerca: el Dios de la cercanía. Está en el regazo de su madre, que es también nuestra madre, y desde allí derrama una ternura nueva sobre la humanidad. Y nosotros entendemos mejor el amor divino, que es paterno y materno, como el de una madre que nunca deja de creer en los hijos y jamás los abandona. El Dios-con-nosotros nos ama independientemente de nuestros errores, de nuestros pecados, de cómo hagamos funcionar el mundo. Dios cree en la humanidad, donde resalta, primera e inigualable, su Madre.
Al comienzo del año, pidámosle a ella la gracia del asombro ante el Dios de las sorpresas. Renovemos el asombro de los orígenes, cuando nació en nosotros la fe. La Madre de Dios nos ayuda: Madre que ha engendrado al Señor, nos engendra a nosotros para el Señor. Es madre y regenera en los hijos el asombro de la fe, porque la fe es un encuentro, no es una religión. La vida sin asombro se vuelve gris, rutinaria; lo mismo sucede con la fe. Y también la Iglesia necesita renovar el asombro de ser morada del Dios vivo, Esposa del Señor, Madre que engendra hijos. De lo contrario, corre el riesgo de parecerse a un hermoso museo del pasado. La “Iglesia museo”. La Virgen, en cambio, lleva a la Iglesia la atmósfera de casa, de una casa habitada por el Dios de la novedad. Acojamos con asombro el misterio de la Madre de Dios, como los habitantes de Éfeso en el tiempo del Concilio. Como ellos, la aclamamos «Santa Madre de Dios». Dejémonos mirar, dejémonos abrazar, dejémonos tomar de la mano por ella.
Dejémonos mirar. Especialmente en el momento de la necesidad, cuando nos encontramos atrapados por los nudos más intrincados de la vida, hacemos bien en mirar a la Virgen, a la Madre. Pero es hermoso ante todo dejarnos mirar por la Virgen. Cuando ella nos mira, no ve pecadores, sino hijos. Se dice que los ojos son el espejo del alma, los ojos de la llena de gracia reflejan la belleza de Dios, reflejan el cielo sobre nosotros. Jesús ha dicho que el ojo es «la lámpara del cuerpo» (Mt 6,22): los ojos de la Virgen saben iluminar toda oscuridad, vuelven a encender la esperanza en todas partes. Su mirada dirigida hacia nosotros nos dice: “Queridos hijos, ánimo; estoy yo, vuestra madre”.
Esta mirada materna, que infunde confianza, ayuda a crecer en la fe. La fe es un vínculo con Dios que involucra a toda la persona, y que para ser custodiado necesita de la Madre de Dios. Su mirada materna nos ayuda a sabernos hijos amados en el pueblo creyente de Dios y a amarnos entre nosotros, más allá de los límites y de las orientaciones de cada uno. La Virgen nos arraiga en la Iglesia, donde la unidad cuenta más que la diversidad, y nos exhorta a cuidar los unos de los otros. La mirada de María recuerda que para la fe es esencial la ternura, que combate la tibieza. Ternura: la Iglesia de la ternura. Ternura, palabra que muchos quieren hoy borrar del diccionario. Cuando en la fe hay espacio para la Madre de Dios, nunca se pierde el centro: el Señor, porque María jamás se señala a sí misma, sino a Jesús; y a los hermanos, porque María es Madre.
Mirada de la Madre, mirada de las madres. Un mundo que mira al futuro sin mirada materna es miope. Podrá aumentar los beneficios, pero ya no sabrá ver a los hombres como hijos. Tendrá ganancias, pero no serán para todos. Viviremos en la misma casa, pero no como hermanos. La familia humana se fundamenta en las madres. Un mundo en el que la ternura materna ha sido relegada a un mero sentimiento podrá ser rico de cosas, pero no rico de futuro. Madre de Dios, enséñanos tu mirada sobre la vida y vuelve tu mirada sobre nosotros, sobre nuestras miserias. Vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos.
Dejémonos abrazar. Después de la mirada, entra en juego el corazón, en el que, dice el Evangelio de hoy, «María conservaba todas estas cosas, meditándolas» (Lc 2,19). Es decir, la Virgen guardaba todo en el corazón, abrazaba todo, hechos favorables y contrarios. Y todo lo meditaba, es decir, lo llevaba a Dios. Este es su secreto. Del mismo modo se preocupa por la vida de cada uno de nosotros: desea abrazar todas nuestras situaciones y presentarlas a Dios.
En la vida fragmentada de hoy, donde corremos el riesgo de perder el hilo, el abrazo de la Madre es esencial. Hay mucha dispersión y soledad a nuestro alrededor, el mundo está totalmente conectado, pero parece cada vez más desunido. Necesitamos confiarnos a la Madre. En la Escritura, ella abraza numerosas situaciones concretas y está presente allí donde se necesita: acude a la casa de su prima Isabel, ayuda a los esposos de Caná, anima a los discípulos en el Cenáculo… María es el remedio a la soledad y a la disgregación. Es la Madre de la consolación, que consuela porque permanece con quien está solo. Ella sabe que para consolar no bastan las palabras, se necesita la presencia; allí está presente como madre. Permitámosle abrazar nuestra vida. En la Salve Regina la llamamos “vida nuestra”: parece exagerado, porque Cristo es la vida (cf. Jn 14,6), pero María está tan unida a él y tan cerca de nosotros que no hay nada mejor que poner la vida en sus manos y reconocerla como “vida, dulzura y esperanza nuestra”.
Entonces, en el camino de la vida, dejémonos tomar de la mano. Las madres toman de la mano a los hijos y los introducen en la vida con amor. Pero cuántos hijos hoy van por su propia cuenta, pierden el rumbo, se creen fuertes y se extravían, se creen libres y se vuelven esclavos. Cuántos, olvidando el afecto materno, viven enfadados consigo mismos e indiferentes a todo. Cuántos, lamentablemente, reaccionan a todo y a todos, con veneno y maldad. La vida es así. En ocasiones, mostrarse malvados parece incluso signo de fortaleza. Pero es solo debilidad. Necesitamos aprender de las madres que el heroísmo está en darse, la fortaleza en ser misericordiosos, la sabiduría en la mansedumbre.
Dios no prescindió de la Madre: con mayor razón la necesitamos nosotros. Jesús mismo nos la ha dado, no en un momento cualquiera, sino en la cruz: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,27) dijo al discípulo, a cada discípulo. La Virgen no es algo opcional: debe acogerse en la vida. Es la Reina de la paz, que vence el mal y guía por el camino del bien, que trae la unidad entre los hijos, que educa a la compasión.
Tómanos de la mano, María. Aferrados a ti superaremos los recodos más estrechos de la historia. Llévanos de la mano para redescubrir los lazos que nos unen. Reúnenos juntos bajo tu manto, en la ternura del amor verdadero, donde se reconstituye la familia humana: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios”. Digámoslo todos juntos a la Virgen: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios”.