martes, 28 de noviembre de 2017

El Papa llama al respeto por “cada grupo étnico y su identidad”


Discurso ante las autoridades y la sociedad civil (Texto completo)

El Papa Francisco en el Centro Internacional de Convenciones de Myanmar © L'Osservatore Romano
El Papa Francisco en el Centro Internacional de Convenciones de Myanmar © L'Osservatore Romano
(ZENIT – 28 Nov. 2017).- “El futuro de Myanmar debe ser la paz”
A continuación, sigue el texto del discurso del Santo Padre, pronunciado en italiano:
Discurso del Papa Francisco
Señora Consejera de Estado,
excelentísimos miembros del Gobierno y otras Autoridades,
señor Cardenal, venerados Hermanos en el Episcopado,
distinguidos miembros del Cuerpo Diplomático,
señoras y señores:

Deseo expresar mi viva gratitud por la amable invitación para visitar Myanmar y agradezco a la Señora Consejera de Estado sus cordiales palabras.
Doy las gracias de corazón a todos aquellos que han trabajado incansablemente para hacer posible esta visita. He venido especialmente para rezar con la pequeña pero ferviente comunidad católica de esta nación, para confirmarla en la fe y alentarla a seguir contribuyendo al bien del País

. Estoy muy contento de que mi visita se realice tras el establecimiento de relaciones diplomáticas formales entre Myanmar y la Santa Sede. Quiero ver esta decisión como una señal del compromiso de la nación para continuar buscando el diálogo y la cooperación constructiva dentro de la comunidad internacional, así como también para seguir esforzándose en renovar el tejido de la sociedad civil.
Quisiera además en esta visita llegar a toda la población de Myanmar y ofrecer una palabra de aliento a todos aquellos que están trabajando para construir un orden social justo, reconciliado e inclusivo. Myanmar ha sido bendecido con el don de una belleza extraordinaria y de numerosos recursos naturales, pero su mayor tesoro es sin duda su gente, que ha sufrido y sigue sufriendo a causa de los conflictos civiles y de las hostilidades que durante demasiado tiempo han creado profundas divisiones. Ahora que la nación está trabajando por restaurar la paz, la curación de estas heridas ha de ser una prioridad política y espiritual fundamental.

 Quiero expresar mi agradecimiento al Gobierno por los esfuerzos para afrontar este desafío, de modo particular a través de la Conferencia de Paz de Panglong, que reúne a representantes de los diversos grupos con el objetivo de poner fin a la violencia, generar confianza y garantizar el respeto de los derechos de quienes consideran esta tierra como su hogar.
En efecto, el difícil proceso de construir la paz y la reconciliación nacional sólo puede avanzar a través del compromiso con la justicia y el respeto de los derechos humanos. La sabiduría de los antiguos ha definido la justicia como la voluntad de reconocer a cada uno lo que le es debido, mientras que los antiguos profetas la consideraban como la base de una paz verdadera y duradera. 

Estas intuiciones, confirmadas por la trágica experiencia de dos guerras mundiales, condujeron a la creación de las Naciones Unidas y a la Declaración Universal de los Derechos Humanos como fundamento de los esfuerzos de la comunidad internacional para promover la justicia, la paz y el desarrollo humano en todo el mundo y para resolver los conflictos ya no con el uso de la fuerza, sino a través del diálogo. En este sentido, la presencia del Cuerpo Diplomático entre nosotros testimonia no sólo el lugar que ocupa Myanmar entre las naciones, sino también el compromiso del país por mantener y aplicar estos principios fundamentales. El futuro de Myanmar debe ser la paz, una paz basada en el respeto de la dignidad y de los derechos de cada miembro de la sociedad, en el respeto por cada grupo étnico y su identidad, en el respeto por el estado de derecho y un orden democrático que permita a cada individuo y a cada grupo —sin excluir a nadie— ofrecer su contribución legítima al bien común.


En la gran tarea de reconciliación e integración nacional, las comunidades religiosas de Myanmar tienen un papel privilegiado que desempeñar. Las diferencias religiosas no deben ser una fuente de división y desconfianza, sino más bien un impulso para la unidad, el perdón, la tolerancia y una sabia construcción de la nación. Las religiones pueden jugar un papel importante en la cicatrización de heridas emocionales, espirituales y psicológicas de todos los que han sufrido en estos años de conflicto. Inspirándose en esos valores profundamente arraigados, pueden contribuir también a erradicar las causas del conflicto, a construir puentes de diálogo, a buscar la justicia y ser una voz profética en favor de los que sufren.

 Es un gran signo de esperanza el que los líderes de las diversas tradiciones religiosas de este país, con espíritu de armonía y de respeto mutuo, se esfuercen en trabajar juntos en favor de la paz, para ayudar a los pobres y educar en los auténticos valores humanos y religiosos. Al tratar de construir una cultura del encuentro y la solidaridad, contribuyen al bien común y sientan las bases morales indispensables en vistas de un futuro de esperanza y prosperidad para las generaciones futuras.
Ese futuro está todavía en manos de los jóvenes de la nación. Ellos son un regalo que hay que apreciar y alentar, una inversión que producirá un fruto abundante si se les ofrecen oportunidades reales de empleo y una educación de calidad. Esta es una exigencia urgente de justicia intergeneracional.

 El futuro de Myanmar, en un mundo interconectado y en rápida evolución, dependerá de la formación de sus jóvenes, no sólo en el campo de la técnica, sino sobre todo en los valores éticos de la honestidad, la integridad y la solidaridad humana, que aseguran la consolidación de la democracia y el aumento de la unidad y la paz en todos los niveles de la sociedad. La justicia intergeneracional también exige que las generaciones futuras reciban en herencia un entorno natural que no esté contaminado por la codicia y la rapacería humana. Es esencial que no se les robe a nuestros jóvenes la esperanza y la posibilidad de emplear su idealismo y su talento en remodelar el futuro de su país, es más, de toda la familia humana.
Señora Consejera de Estado, queridos amigos.

En estos días, me gustaría alentar a mis hermanos y hermanas católicos a perseverar en su fe y a seguir anunciando su mensaje de reconciliación y fraternidad a través de obras de caridad y humanitarias, que beneficien a toda la sociedad en su conjunto. Espero que, en cooperación respetuosa con los seguidores de otras religiones y de todos los hombres y mujeres de buena voluntad, contribuyan a abrir una nueva era de concordia y progreso para los pueblos de esta querida nación. Larga vida a Myanmar. Les agradezco su atención y, con los mejores deseos por su servicio al bien común, invoco sobre ustedes los dones celestiales de sabiduría, fortaleza y paz.
Gracias
© Librería Editorial Vaticano

domingo, 26 de noviembre de 2017

Mensaje del Santo Padre en vísperas del Viaje apostólico a Myanmar

 https://w2.vatican.va/content/.../es/.../papa-francesco-myanmar-bangladesh_2017.html 

Queridos amigos:Mientras me preparo para visitar Myanmar, quiero enviar unas palabras de saludo y amistad a todo su pueblo. Tengo muchas ganas de encontraros. Voy a proclamar el Evangelio de Jesucristo, un mensaje de reconciliación, de perdón y de paz. Mi visita está destinada a confirmar a la comunidad católica de Myanmar en su fe en Dios y en su testimonio del Evangelio, que enseña la dignidad de cada hombre y mujer y nos exige que abramos el corazón a los demás, especialmente a los pobres y necesitados.

Al mismo tiempo, deseo visitar la nación con espíritu de respeto y aliento por todos los esfuerzos encaminados a construir armonía y cooperación al servicio del bien común. Vivimos en una época en que los creyentes y los hombres de buena voluntad sienten cada vez más la necesidad de crecer en la comprensión mutua y en el respeto y de apoyarse unos a otros como miembros de la única familia humana. Leer más...



miércoles, 22 de noviembre de 2017

“La misa es el memorial del misterio pascual de Cristo”

Audiencia general 22/11/2017 © L´Osservatore Romano
Audiencia general 22/11/2017 © L´Osservatore Romano
(ZENIT – 22 Nov. 2017).- “
Queridos hermanos y hermanas: ¡buenos días!
Continuando con la catequesis  sobre la misa, podemos preguntarnos: ¿Qué es esencialmente la misa? La misa es el memorial del misterio pascual de Cristo. Nos hace partícipes  de su victoria sobre el pecado y la muerte, y da un significado pleno a nuestra vida.
Por eso, para comprender el valor de la misa, debemos entender ante todo el significado bíblico del “memorial”. No es “solamente el recuerdo de los acontecimientos del pasado, sino la proclamación de las maravillas que Dios ha realizado en favor de los hombres (cf Ex 13,3). En la celebración litúrgica, estos acontecimientos se hacen, en cierta forma, presentes y actuales. 

De esta manera Israel entiende su liberación de Egipto: cada vez que es celebrada la pascua, los acontecimientos del Éxodo se hacen presentes a la memoria de los creyentes a fin de que conformen su vida a estos acontecimientos”. “(Catecismo de la Iglesia Católica, 1363). Jesucristo, con su pasión, muerte, resurrección y ascensión al cielo, ha llevado a cumplimiento la Pascua. Y la misa es el memorial de su Pascua, de su “éxodo” que  cumplió por nosotros, para sacarnos de la esclavitud y hacernos entrar en la tierra prometida de la vida eterna. No es solamente un recuerdo, no; es mucho más: es hacer presente lo que sucedió hace veinte siglos.
 
La Eucaristía nos lleva siempre a la cumbre de la acción salvífica de Dios: el Señor Jesús, haciéndose pan partido para nosotros, derrama sobre todos nosotros su misericordia y su amor, como hizo en la cruz, con el fin de renovar nuestro corazón, nuestra existencia y nuestra forma de comunicarnos con Él y con nuestros hermanos. Dice el Concilio Vaticano II:.. ” La obra de nuestra redención se efectúa cuantas veces se celebra en el altar el sacrificio de la cruz, por medio del cual «Cristo, que es nuestra Pascua, ha sido inmolado»” (Const. dogmática Lumen Gentium, 3).

Cada celebración de la Eucaristía es un rayo de ese sol sin ocaso que es Jesús resucitado. Participar en la Misa, especialmente el domingo, significa entrar en la victoria del Resucitado, ser iluminados por su luz, calentados por su calor. A través de la celebración eucarística, el Espíritu Santo nos hace partícipes de la vida divina que es capaz de transfigurar todo nuestro ser mortal. Y en su paso de la muerte a la vida, del tiempo a la eternidad, el Señor Jesús también nos arrastra con Él para hacer Pascua. En la misa se hace Pascua. En la misa nosotros estamos con Jesús, muerto y resucitado y Él nos empuja hacia adelante, a la vida eterna.

 En la misa, nos unimos a Él. Más aún, Cristo vive en nosotros y nosotros vivimos en Él. “Con Cristo estoy crucificado, -dice San Pablo- y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí. La vida que vivo al presente, en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí”(Gálatas 2: 19-20). Así pensaba Pablo.
En efecto, su sangre nos libera de la muerte y del miedo a la muerte. Nos libera no solo del dominio de la muerte física, sino también de la muerte espiritual, que es el mal, el pecado, que se apodera de nosotros cada vez que somos víctimas de nuestros pecados o de los pecados  de los demás. Y entonces nuestra vida se contamina, pierde belleza, pierde significado, se marchita.

Cristo, en cambio, nos vuelve a dar la vida; Cristo es la plenitud de la vida, y cuando se enfrentó a la muerte la aniquiló para siempre: “Resucitando destruyó la muerte y nos dio nueva  vida”. La Pascua de Cristo es la victoria definitiva sobre la muerte porque Él transformó su muerte en acto supremo de amor. ¡Murió por amor! Y en la Eucaristía quiere comunicarnos este amor pascual y victorioso. Si lo recibimos con fe, también nosotros podemos amar verdaderamente a Dios y al prójimo, podemos amar cómo Él nos amó, dando la vida.

Si el amor de Cristo está en mí, puedo entregarme plenamente al otro en la certeza interior  de que si el otro me hiriera, yo  no moriría; de lo contrario, debería defenderme. Los mártires han dado sus vidas por esta certeza de la victoria de Cristo sobre la muerte. Solo si experimentamos este poder de Cristo, el poder de su amor, somos verdaderamente libres de darnos sin temor. Esto es la misa: entrar en esta pasión, muerte, resurrección, ascensión de Jesús. Cuando vamos a misa es como si fuéramos al calvario, lo mismo. Pero pensad: Si en el momento de la misa vamos al calvario- imaginadlo- y sabemos que el hombre que está allí es Jesús: ¿Nos pondríamos a hablar, a sacar fotografías, a hacer un espectáculo? ¡No! ¡Porque es Jesús! De seguro estaríamos en silencio, en llanto y también con la alegría de ser salvados.

 Cuando entramos en una iglesia para ir a misa pensemos en esto: entro en el calvario, donde Jesús da su vida por mí. Y así se acaba el espectáculo, se acaban las charlas, los comentarios y estas cosas que nos alejan de algo tan hermoso como es la misa, el triunfo de Jesús.
Creo que está más claro ahora que la Pascua está presente y activa cada vez que celebramos la misa, es decir, el sentido del memorial. La participación en la Eucaristía nos adentra en el misterio pascual de Cristo, haciéndonos pasar con Él de la muerte a la vida, es decir, allí en el calvario. La misa es rehacer el calvario, no un espectáculo.

© Librería Editorial Vaticano

domingo, 19 de noviembre de 2017

Dios no es un maestro intolerante, sino un padre lleno de amor

No al miedo que “paraliza” (Traducción completa)
Ángelus 19/11/2017
Ángelus 19/11/2017

(ZENIT – 19 nov. 2017),-
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En este penúltimo domingo del año litúrgico, el Evangelio nos presenta la parábola de los talentos (cf. Mt 25, 14-30). Un hombre, antes de partir de viaje, confía a sus servidores talentos, que en ese tiempo eran monedas de un valor considerable: cinco talentos a un servidor, a otro dos, y uno a otro, según las capacidades de cada uno. El servidor que ha recibido cinco talentos es emprendedor y los hace crecer ganando otros cinco. El servidor que ha recibido dos actúa de la misma manera procurándose otros dos.

 En revancha, el servidor que ha recibido uno excava un hoyo en el suelo y esconde la moneda de su amo.
Es este mismo sirviente que explica al maestro, a su vuelta, el motivo de su gesto, diciendo: “Señor, yo sabía que tú eres un hombre duro: que siegas donde no sembraste, que recoges donde no has esparcido el grano. He tenido miedo, y fui a ocultar tu talento en la tierra” (vv. 24-25). Este servidor no tiene con su maestro una relación de confianza, sino miedo de él, y esto le bloquea. El miedo inmoviliza siempre y a menudo hace tomar malas decisiones.

 El miedo desanima  a tomar iniciativas, lleva a refugiarse en soluciones seguras y garantías, y así se termina por no hacer nada de bueno. Para avanzar y crecer en el camino de la vida, es necesario no tener miedo sino confianza.
Esta parábola nos hace comprender que es importante tener una verdadera idea de Dios. No debemos pensar que es un maestro malo, duro y severo que nos castiga.

 Si en nosotros hay esta imagen errónea de Dios, nuestra vida no puede ser fecunda porque vivimos en el miedo y este no nos lleva a nada constructivo. Al contrario, el miedo nos paraliza, nos autodestruye. Estamos llamados a reflexionar para descubrir cuál es la verdadera idea que tenemos de Dios. Ya en el Antiguo Testamento, se revela como “Dios tierno y misericordioso, lento a la cólera y lleno de amor y de verdad” (Ex 34, 6). Y Jesús nos ha mostrado siempre que Dios no es un maestro severo e intolerante, sino un padre lleno de amor, de ternura, de bondad. Por consecuencia podemos y debemos tener una inmensa confianza en Él.

Jesús nos muestra la generosidad y la atención del Padre de tantas maneras: por su palabra, por sus gestos, por su acogida de todos, especialmente de los pecadores, de los pequeños y de los pobres – como nos lo recuerda hoy la 1ª jornada mundial de los pobres-; también por sus advertencias, que revelan su interés para que no arruinemos nuestra vida innecesariamente.  De hecho, es una señal de que Dios nos tiene en gran estima: esta conciencia nos ayuda a ser personas responsables en todas nuestras acciones. Por lo tanto la parábola de los talentos nos llama a una responsabilidad personal y a una fidelidad que  nos da la capacidad de llevarnos a nuevos caminos, sin “enterrar el talento”, es decir los dones que Dios nos ha confiado, y de los que nos pide cuentas.

Que la Santísima Virgen interceda por nosotros, para que seamos fieles a la voluntad de Dios haciendo fructificar los talentos que nos ha dado. Así seremos útiles para los demás y, en el último día, seremos acogidos por el Señor, que nos invitará a formar parte de su alegría.
© Traducción de Zenit, Raquel Anillo

miércoles, 15 de noviembre de 2017

“La misa es oración”, tema de la catequesis del Papa

El Papa en la audiencia general 15/11/2017 © L´Osservatore Romano
El Papa en la audiencia general 15/11/2017 © L´Osservatore Romano
(ZENIT – 15 Nov. 2017).
Catequesis del Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas: ¡buenos días!
Continuamos con las catequesis sobre la santa misa. Para entender la belleza de la celebración eucarística me gustaría comenzar con un aspecto muy simple: La misa es oración, de hecho, es la oración por excelencia, la más alta, la más sublime, y al mismo tiempo la más “concreta”. Porque es el encuentro de amor con Dios a través de su Palabra y del Cuerpo y la Sangre de Jesús. Es un encuentro con el Señor.
Pero, primero, tenemos que responder una pregunta. ¿Qué es la oración realmente? 

En primer lugar es ante todo diálogo, relación personal con Dios. Y el hombre ha sido creado como un ser en relación personal con Dios que halla su relación plena  únicamente en el encuentro con su Creador. El camino de la vida es hacia el encuentro definitivo con el Señor.
El Libro de Génesis afirma que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, que es Padre Hijo y Espíritu Santo, una relación perfecta de amor que es unidad.

 De esto podemos entender que todos nosotros hemos sido creados para entrar en una relación perfecta de amor, en un entregarse y recibirse continuo para encontrar así la plenitud de nuestro ser.
Cuando Moisés, frente a la zarza ardiente, recibe la llamada de Dios, le pregunta cuál es su nombre, y ¿Qué responde Dios? : “Yo soy el que soy” (Éxodo 3:14). Esta expresión, en su sentido original, expresa presencia y favor, y, de hecho, inmediatamente después  Dios añade: “El Señor, el Dios de vuestros padres, Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob” (v. 15).

 Así también  Cristo cuando llama a sus discípulos, los llama para que estén con Él .Esta es, pues, la gracia más grande: poder experimentar que la misa,  la eucaristía es el momento privilegiado para estar con Jesús, y a través de Él, con Dios y con los hermanos.
Rezar, como cualquier diálogo verdadero, es también saber permanecer en silencio, -en los diálogos hay momentos de silencio-,  en silencio con Jesús. Y cuando vamos a misa, a lo mejor llegamos cinco minutos antes y empezamos a charlar con el que está al lado. Pero no es el momento de charlar: es el momento del silencio para prepararse al diálogo. Es el momento de recogerse en el corazón para prepararse al encuentro con Jesús. ¡El silencio es tan importante!

 Acordaos de lo que dije la semana pasada: no vamos a un espectáculo, vamos al encuentro con el Señor  y el silencio nos prepara y nos acompaña. Permanecer en silencio junto con Jesús. Y del silencio misterioso de Dios brota su Palabra que resuena en nuestro corazón. Jesús mismo nos enseña cómo es realmente posible “estar” con el Padre y nos lo demuestra con su oración. Los Evangelios nos muestran a Jesús que se retira en lugares apartados para orar; los discípulos, al ver esta relación íntima con el Padre, sienten el deseo de participar  y le preguntan: “Señor, enséñanos a orar” (Lc 11, 1). 

Lo hemos escuchado en la lectura antes del principio de la audiencia. Jesús responde que lo primero que se necesita para orar es saber decir “Padre”. Prestemos atención: si yo no soy capaz de decir “Padre” a Dios, no soy capaz de rezar. Tenemos que aprender a decir “Padre”, es decir,  a ponernos en su presencia con una confianza filial. Pero para aprender, debemos reconocer humildemente que necesitamos que nos instruyan  y decir con sencillez: Señor,  enséñame a rezar.
Este es el primer punto: ser humilde, reconocerse hijo, reposar en el Padre, fiarse de Él. Para entrar en el Reino de los Cielos, es necesario hacerse pequeños como niños. 

En el sentido de que los niños saben fiarse, saben que alguien se preocupará de ellos, de lo que comerán, de lo que se pondrán, etc. (ver Mt 6: 25-32). Esta es la primera actitud: fiarse y confiar, como el niño con sus  padres; saber que Dios se acuerda de ti, te  cuida, a ti, a mí, a todos.
La segunda predisposición, que también es propia de los niños, es dejarse sorprender. El niño siempre hace mil preguntas porque quiere descubrir el mundo; y se maravilla incluso  de las  cosas pequeñas porque todo es nuevo para él. Para entrar en el Reino de los Cielos, hay que dejarse sorprender. 

En nuestra relación con el Señor,  en la oración, -pregunto-  ¿Nos dejamos maravillar o pensamos que la oración es hablar con Dios como hacen los loros? No; es fiarse, es abrir el corazón para dejarse maravillar. ¿Nos dejamos sorprender por Dios que es siempre el Dios de las sorpresas? Porque el encuentro con el Señor es siempre un encuentro vivo, no es un encuentro de museo. Es un encuentro vivo y nosotros vamos a misa, no a un museo. Vamos a un encuentro vivo con el Señor.
En el Evangelio se habla de un  tal Nicodemo (Jn 3, 1-2), un hombre anciano, una autoridad en Israel, que va donde Jesús para conocerlo; y el Señor le habla de la necesidad de “nacer de lo alto” (véase vers. 3). Pero, ¿qué significa? ¿Se puede “renacer”? 

Volver  a tener el gusto, la alegría, la maravilla de la vida, ¿es posible incluso frente a tantas tragedias? Esta es una pregunta fundamental de nuestra fe y este es el deseo de todo verdadero creyente: el deseo de renacer, la alegría de comenzar de nuevo. ¿Tenemos este deseo? ¿Cada uno de nosotros quiere renacer siempre para encontrar al Señor? ¿Vosotros tenéis este deseo? Efectivamente, se puede perder fácilmente porque, debido a tantas actividades, a tantos  proyectos que realizar , al final  nos queda poco tiempo y perdemos de vista lo que es fundamental: nuestra vida del corazón, nuestra vida espiritual, nuestra vida que es encuentro con el Señor en la oración.

En verdad, el Señor nos sorprende mostrándonos  que Él también nos ama en nuestras debilidades. “Jesucristo […] es  víctima de propiciación por nuestros pecados; no solo por los nuestros sino también por los del mundo entero (1 Jn 2: 2). Este don,  fuente de verdadero consuelo,  -pero el Señor siempre nos perdona- esto consuela, es un verdadero consuelo, es un don que se nos  da a través de la Eucaristía, ese banquete nupcial  donde el Esposo se encuentra con nuestra fragilidad, ¿Puedo decir que cuando comulgo en misa, el Señor  se encuentra con mi fragilidad? Sí; ¡podemos decirlo porque es verdad! El Señor se encuentra con nuestra fragilidad para llevarnos de vuelta a la primera llamada:. La de ser a imagen y semejanza de Dios Este es el ambiente de  la Eucaristía, esta es la oración.
© Librería Editorial Vaticano

lunes, 13 de noviembre de 2017

En el Evangelio (cfr., Mt 25,1-13) nos indica la condición para entrar en el Reino de los Cielos


 www.revistaecclesia.com › Papa Francisco
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En este domingo, el Evangelio (cfr., Mt 25,1-13) nos indica la condición para entrar en el Reino de los Cielos. Y lo hace con la parábola de las diez vírgenes: se trata de aquellas doncellas que estaban encargadas de acoger y acompañar al esposo a la ceremonia de bodas, y ya que en aquellos tiempos era costumbre celebrarlas de noche, las jóvenes estaban equipadas con lámparas.

La parábola dice que cinco de estas vírgenes son prudentes y cinco necias: en efecto, las prudentes llevaron consigo el aceite para las lámparas, mientras las necias no lo llevaron. El esposo tarda en llegar y todas se duermen. A medianoche es anunciada la llegada del esposo; entonces las vírgenes necias se dan cuenta que no tienen el aceite para las lámparas, y se lo piden a aquellas prudentes. Pero estas responden que no se lo pueden dar, porque no bastaría para todas. Entonces mientras las necias van en búsqueda del aceite, llega el esposo. Las vírgenes prudentes entran con él en la sala del banquete nupcial y la puerta se cierra. Las cinco necias vuelven demasiado tarde, llaman a la puerta pero la respuesta es: “No las conozco” (v. 12), y se quedan afuera.

¿Qué nos quiere enseñar Jesús con esta parábola? Nos recuerda que debemos estar preparados para encuentro con Él. Muchas veces, en el Evangelio, Jesús exhorta a velar, y lo hace también al final de este relato, dice así: “Estén prevenidos, porque no saben ni el día ni la hora” (v. 13). Pero con esta parábola nos dice que velar no significa solamente no dormir sino estar preparados; en efecto todas la vírgenes se duermen antes que llegue el esposo, pero al despertarse algunas están listas y otras no.
Aquí está entonces el significado del ser sabios y prudentes: se trata de no esperar el último momento de nuestra vida para colaborar con la gracia de Dios, sino de hacerlo ya, ahora. Sería hermoso pensar un poco: un día será el último. Si fuera hoy, ¿cómo estoy preparado, preparada? Debo hacer esto y esto… prepararse como si fuera el último día: esto hace bien.

La lámpara es el símbolo de la fe que ilumina nuestra vida, mientras el aceite es el símbolo de la caridad que alimenta, hace fecunda y creíble la luz de la fe. La condición para estar preparados al encuentro con el Señor no es solamente la fe, sino una vida cristiana rica de amor y de caridad por el prójimo. Si nos dejamos guiar de lo que nos parece más cómodo, por la búsqueda de nuestros intereses, nuestra vida se vuelve estéril, incapaz de dar la vida a los otros, y no acumulamos ninguna reserva de aceite para la lámpara de nuestra fe y ésta – la fe – se apagará al momento de la venida del Señor, o aun antes.

Si en cambio estamos preparados y tratamos de hacer el bien, con gestos de amor, de comunión, de servicio al prójimo en dificultad, podemos quedarnos tranquilos mientras esperamos la venida del esposo: el Señor podrá venir en cualquier momento, y también el sueño de la muerte no nos asusta, porque tenemos la reserva de aceite, acumulada con las obras buenas de cada día. La fe inspira la caridad y la caridad custodia la fe.
Que la Virgen María nos ayude a volver nuestra fe siempre más activa por medio de la caridad; para que nuestra lámpara pueda resplandecer ya aquí, en el camino terreno, y luego para siempre, en la fiesta de bodas en el paraíso.

La familia es el mejor antídoto contra el individualismo extremo, afirma el Papa



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Mensaje de video del Papa Francisco. Foto: Captura de Youtube
Mensaje de video del Papa Francisco. Foto: Captura de Youtube
VATICANO, 11 Nov. 17 / 05:30 am (ACI).- El Papa Francisco aseguró que la familia es una institución esencial para la sociedad, ya que es el mejor antídoto contra los individualismos extremos y egoístas.
El Santo Padre realizó esta afirmación en un mensaje de video dirigido a los participantes en el III Simposio Internacional sobre la Exhortación Apostólica Amoris laetitia, convocado por la Oficina para la Pastoral Familiar de la Conferencia Episcopal Italiana.
En su mensaje, el Pontífice señaló que “el amor entre un hombre y una mujer es, evidentemente, una de las experiencias humanas más fértiles, es el fermento de una cultura del encuentro y lleva al mundo actual una inyección de sociabilidad”.

Destacó un fragmento de la Exhortación Apostólica, en la que se afirma que “el bien de la familia es decisivo para el futuro del mundo y de la Iglesia”.
En este sentido, indicó que “la familia nacida del matrimonio genera estrechos vínculos que funcionan como el antídoto más eficaz contra el individualismo rampante, aunque también en el camino del amor conyugal y de la vida familiar surgen situaciones que requieren elecciones complejas que deben llevarse a cabo con rectitud”.
Francisco subrayó la importancia del acompañamiento pastoral a padres y esposos: “Es importante no dejar solos a los esposos, a los padres, hay que acompañarles en el empeño de aplicar el Evangelio en las situaciones concretas de la vida”, porque “en la realidad doméstica, a veces hay obstáculos concretos que deben abordarse con cautela por parte de cada uno”.

Por otro lado, “sabemos bien, como se indica en Amoris laetitia, ‘estamos llamados a formar las conciencias, no a sustituirlas’. El mundo contemporáneo tiende a confundir la primacía de la conciencia, que siempre debe respetarse, con la autonomía exclusiva del individuo respecto a las relaciones que vive”.
El Obispo de Roma señaló que “dentro de cada uno hay un lugar donde el Misterio se revela y que ilumina a la persona, haciéndola protagonista de su historia. La conciencia, recuerda el Concilio Vaticano II, es el ‘núcleo más secreto, es el sagrario del hombre, donde está a solas con Dios, cuya voz resuena en la intimidad’”.

“El cristiano debe mantenerse vigilante para que en esa suerte de tabernáculo no falte la gracia divina, que ilumina y fortalece el amor conyugal y la misión paternal. La gracia desborda las ánforas de los corazones humanos con una extraordinaria capacidad de entrega, renovando para las familias de hoy el milagro de las bodas de Caná”.
Finalmente, el Papa Francisco mostró su deseo de que “este Simposio ayude a la Iglesia en Italia a asimilar y a desarrollar los contenidos y el estilo de Amoris laetitia, que pueda contribuir a la formación de los animadores de los grupos familiares en las parroquias, en las asociaciones, en los movimientos, que pueda sostener el camino de tantas familias, ayudándolas a vivir la alegría del Evangelio y a ser células activas en la comunidad”.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Comienza un ciclo de catequesis sobre la eucaristía

Audiencia general 8/11/2017 © L´Osservatore Romano
Audiencia General 8/11/2017 © L´Osservatore Romano
(ZENIT – 8 Nov. 2017)
Catequesis del Papa Francisco
Queridos hermanos y hermanas: ¡buenos días!
Comenzamos hoy una serie nueva de catequesis, que se centrará  en el “corazón” de la Iglesia, es decir en la eucaristía.Para nosotros, cristianos, es fundamental entender bien el valor y el significado de la santa misa para vivir cada vez más plenamente nuestra relación con Dios.
No podemos olvidar el gran número  de cristianos que, en todo el mundo, a lo largo de  dos mil años de historia, han resistido hasta la muerte para defender la eucaristía, ni tampoco a aquellos que, incluso hoy, arriesgan la vida para participar en la misa dominical. En el año 304, durante la persecución de Diocleciano, un grupo de cristianos del norte de África fue sorprendido mientras celebraba la misa en una casa y fue arrestado. El procónsul romano, en el interrogatorio, les preguntó por qué lo habían hecho, sabiendo que estaba absolutamente prohibido. Y ellos contestaron: “Sin el domingo no podemos vivir”, que significaba: Si no podemos celebrar la eucaristía, no podemos vivir, nuestra vida cristiana moriría.
Efectivamente,  Jesús dijo a sus discípulos: “Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros “. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día “(Jn 6,53 a 54).
Aquellos cristianos norteafricanos fueron asesinados porque celebraban la eucaristía. Nos dejaron el testimonio de  que se puede renunciar a la vida terrena por  la eucaristía, porque nos da la vida eterna haciéndonos partícipes de la victoria de Cristo sobre la muerte. Un testimonio que nos interpela y exige una respuesta sobre lo que significa para cada uno de nosotros participar en el sacrificio de la misa y acercarnos a la mesa del Señor. ¿Buscamos  ese manantial del que brota  “el agua viva ” para la vida eterna?, ¿Qué hace de nuestra vida un sacrificio espiritual de alabanza y de acción de gracias y nos hace un solo cuerpo con Cristo? Este es el sentido más profundo de la santa eucaristía, que significa “acción de gracias”: acción de gracias a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que nos atrae y nos transforma en su comunión de amor.
En las próximas catequesis me gustaría responder a algunas preguntas importantes sobre la eucaristía y la misa, para volver a descubrir, o a descubrir, cómo a través de este misterio de fe resplandece el amor de Dios.
El Concilio Vaticano II estaba fuertemente animado por el deseo de que los cristianos comprendiesen la grandeza de la fe y la belleza del encuentro con Cristo. Por ese motivo, era necesario ante todo  actuar, con la guía del Espíritu Santo, una adecuada renovación de la liturgia ya que la Iglesia vive y se renueva continuamente gracias a ella.
Un tema central que los Padres conciliares subrayaron es la formación litúrgica de los fieles, indispensable para una verdadera renovación. Y este es también el objetivo de este ciclo de catequesis que comenzamos hoy: crecer en el conocimiento del don que Dios nos ha dado en la eucaristía.
La eucaristía es un evento maravilloso en el que Jesucristo, nuestra vida, se hace presente. Participar en la misa “es vivir otra vez la pasión y la muerte redentora del Señor. Es una teofanía: el Señor se presenta en el altar para ser ofrecido al Padre por la salvación del mundo”.(Homilía en la misa, Casa Santa  Marta, 10 de febrero de 2014). El Señor está  allí, con nosotros, presente. Son tantas las veces que vamos allí, miramos las cosas, charlamos entre nosotros mientras el sacerdote celebra la eucaristía… ¡y no celebramos cerca de Él! ¡Pero es el Señor! Si hoy viniera aquí el Presidente de la República o alguien muy importante en el mundo, seguro que todos estaríamos cerca de él, que querríamos saludarlo. Pero piensa: Cuando vas a misa ¡el Señor está allí! Y tú estás distraído. ¡Es el Señor! Tenemos que pensarlo. “Padre es que las misas son aburridas…” Pero¡ qué dices! ¿El Señor es aburrido? –“No, no, la misa no, los curas”. –“Ah, que se conviertan los curas, pero el Señor es quien está allí”- ¿Entendido? No os olvidéis. “Participar en la misa es vivir otra vez la pasión y la muerte redentora del Señor”.
Probemos ahora a formular  algunas preguntas fáciles. Por ejemplo, ¿Por qué se hace  el signo de la cruz y el acto de penitencia al comienzo de la Misa? Y aquí me gustaría hacer otro paréntesis. ¿Habéis visto cómo se persignan los niños? No sabes lo que hacen, si es el signo de la cruz o un dibujo… Hacen así (El Papa hace un gesto confuso). Hay que enseñar a los niños a persignarse bien. Así empieza la misa, así empieza la vida, así empieza la jornada. Quiere decir que hemos sido redimidos con la cruz del Señor. Mirad a los niños y enseñadles a persignarse bien. Y esas lecturas en la misa , ¿Por qué están allí? ¿Por qué los domingos hay tres lecturas  y los demás días dos? ¿Por qué están allí? ¿Qué significado tiene la lectura de la misa? ¿Por qué se  leen y qué tienen que ver ? O, ¿Por qué en un momento dado  el sacerdote que preside la celebración dice: “Levantemos el corazón?” No dice: “¡Levantemos los móviles para sacar una foto! No, está muy mal. Y os digo que me pongo muy triste cuando celebro aquí en la Plaza o en la Basílica y veo tantos móviles levantados, no solamente por los fieles, sino también por algunos sacerdotes y también por  obispos. Pero, ¡por favor! La misa no es un espectáculo: es ir a encontrar la pasión y la resurrección del Señor. Por eso el sacerdote dice: “Levantemos el corazón”. ¿Qué significa? Acordaos: Nada de móviles.
Es muy importante volver a los cimientos, redescubrir lo que es esencial, a través de lo que se toca y se ve en la celebración de los sacramentos. La petición del apóstol Santo Tomás (cf. Jn 20,25), de poder ver y tocar las heridas de los clavos en el cuerpo de Jesús, es el deseo de poder, de alguna manera, “tocar” a Dios para creer en El. Lo que Santo Tomás  pide al Señor es lo que todos necesitamos: verlo y tocarlo para reconocerlo. Los sacramentos salen al encuentro de  esta necesidad humana. Los sacramentos, y la celebración eucarística en particular, son los signos del amor de Dios, las formas privilegiadas de reunirse con él.
Así, a  través de estas catequesis que empezamos hoy me gustaría redescubrir junto con vosotros  la belleza que se esconde en la celebración eucarística, y que, una vez revelada, da pleno sentido a la vida de cada uno de nosotros. Nuestra Señora nos acompañe en este nuevo tramo del camino. Gracias.
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