sábado, 20 de mayo de 2017

Ningún fin justifica la destrucción de embriones humanos

El Papa Francisco durante su discurso / Foto: Captura Youtube
VATICANO, 18 May. 17 / 07:04 am (ACI).- La búsqueda de una cura a enfermedades tan terribles como la enfermedad de Huntington es una de las tareas más nobles que se puede realizar. Sin embargo, el Papa Francisco rechazó el uso de embriones humanos en esas investigaciones científicas, pues “ningún fin, aunque en sí mismo sea noble, puede justificar la destrucción de embriones humanos”.
El Santo Padre realizó estas declaraciones durante la audiencia que concedió este jueves en el Aula Pablo VI del Vaticano a cientos de personas afectadas por esta rara enfermedad y sus familias, así como a médicos, enfermeros, investigadores y trabajadores de más de 30 organizaciones que luchan contra la enfermedad de Huntington.

En su discurso, el Pontífice se dirigió a los genetistas y científicos presentes para alabar su estudio y búsqueda de terapias.
“Es obvio que se mira a vuestro trabajo con mucha expectativa: la esperanza de encontrar un camino para la curación definitiva de la enfermedad depende de vuestros esfuerzos, pero también para la mejora de las condiciones de vida de estos hermanos y para su acompañamiento, especialmente en la etapa delicada del diagnóstico, cuando aparecen los primeros síntomas”.
Francisco les animó a realizar ese trabajo “siempre con medios que no contribuyan a alimentar esa ‘cultura del descarte’ que a veces se insinúa también en el mundo de la investigación científica”.

“Algunas líneas de investigación, de hecho, utilizan embriones humanos provocando inevitablemente su destrucción. Pero sabemos que ningún fin, aunque en sí mismo sea noble, como la posibilidad de una utilidad para la ciencia, para otros seres humanos o para la sociedad, puede justificar la destrucción de embriones humanos”.

Esta enfermedad incurable es consecuencia de un trastorno cerebral genético cuyos síntomas incluyen movimientos involuntarios y degeneración cognitiva y mental. Muchas personas afectadas deciden ocultar su enfermedad por temor a la discriminación.
América Latina es el continente con mayor incidencia de este mal, hasta mil veces superior que en el resto del mundo.

Dignidad en la enfermedad
El Papa, en su discurso, tuvo palabras de comprensión y consuelo para los afectados por esta enfermedad. Ha reconocido el temor y la marginación con la que muchas veces tienen que vivir: “En muchos casos, los enfermos y sus familias han experimentado el drama de la vergüenza, del aislamiento, del abandono”.
“Pero hoy estamos aquí porque queremos decir a nosotros mismos y al mundo: ‘Hidden no more!’, ‘¡Nunca más oculta!’, ‘Mai più nascosta!’”, en referencia al lema, en inglés, español e italiano, de la asociación que ha coordinado este encuentro.

“No se trata simplemente de un eslogan, sino de un compromiso que todos debemos asumir”, señaló Francisco. Explicó que esas palabras “se derivan precisamente de la misma enseñanza de Jesús”.
Jesús, “durante su ministerio, se encontró con muchos enfermos, se hizo cargo de su sufrimiento, derribó los muros del estigma y de la marginación que a muchos de ellos les impedía sentirse respetados y queridos”.
“Para Jesús, la enfermedad nunca ha sido obstáculo para acercarse al hombre, sino todo lo contrario. Él nos ha enseñado que la persona humana es siempre valiosa, que tiene siempre una dignidad que nada ni nadie le puede quitar, ni siquiera la enfermedad. 

La fragilidad no es un mal. Y la enfermedad, que es expresión de la fragilidad, no puede y no debe llevarnos a olvidar el inmenso valor que siempre tenemos ante Dios”.
Por otro lado, afirmó que “también la enfermedad puede ser una oportunidad para el encuentro, la colaboración, la solidaridad. Los enfermos que se encontraban con Jesús quedaban regenerados sobre todo por esta toma de conciencia. Se sentían escuchados, respetados, amados”.
“Ninguno de vosotros se debe sentir nunca solo, ninguno se debe sentir una carga, ninguno debe sentir la necesidad de escapar. Vosotros sois valiosos para Dios, sois valiosos para la Iglesia”.

La importancia de la familia
A continuación, el Papa se dirigió a las familias de los enfermos: “padres, madres, esposos, esposas, hijos, hermanos y hermanas, que cada día, de manera silenciosa pero eficaz, acompañáis a vuestros familiares en este duro camino”.

“También para vosotros el camino se hace a veces cuesta arriba. Por eso os animo también a que no os sintáis solos; a que no cedáis a la tentación del sentimiento de vergüenza y de culpa”.
El Santo Padre destacó la importancia de la familia a la hora de enfrentar la enfermedad. “La familia es un lugar privilegiado de vida y dignidad, y podéis contribuir a crear esa red de solidaridad y de ayuda que sólo la familia es capaz de asegurar y a la que está llamada a vivir en primer lugar”.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Texto completo de la catequesis del Papa Francisco en la audiencia del 17 de mayo de 2017

El Santo Padre prosiguió con las catequesis sobre la esperanza. Este miércoles en la figura de María Magdalena
(ZENIT – Ciudad del Vaticano, 17 MAY. 2017).- El papa Francisco prosiguió con la serie de catequesis sobre la virtud de la esperanza. Este miércoles la centró en la figura de María Magdalena, relacionándola con el tiempo pascual.

«Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!
En estas semanas, nuestra reflexión se mueve, por decir así, en la órbita del misterio pascual. Hoy, encontramos a aquella que, según los Evangelios, fue la primera en ver a Jesús Resucitado: María Magdalena. Acababa de terminar el descanso del sábado. El día de la pasión no había habido tiempo para completar los ritos fúnebres; por ello, en ese amanecer lleno de tristeza, las mujeres van a la tumba de Jesús, con los ungüentos perfumados. La primera que llega es ella: María de Magdala, una de las discípulas que habían acompañado a Jesús desde Galilea, poniéndose al servicio de la Iglesia naciente

. En su camino hacia el sepulcro, se refleja la fidelidad de tantas mujeres, que durante años acuden con devoción a los cementerios, recordando a alguien que ya no está. Los lazos más auténticos no se quiebran ni siquiera con la muerte: hay quien sigue amando, aunque la persona amada se haya ido para siempre.
El Evangelio (cfr Jn 20, 1-2-11-18) describe a la Magdalena subrayando enseguida que no era una mujer que se entusiasmaba con facilidad. En efecto, después de la primera visita al sepulcro, vuelve desilusionada al lugar donde los discípulos se escondían; refiere que la piedra ha sido movida de la entrada del sepulcro y su primera hipótesis es la más sencilla que se pueda formular: alguien debe haberse llevado el cuerpo de Jesús.

 Así, el primer anuncio que María lleva no es el de la resurrección, sino el de un robo que algunos desconocidos han perpetrado, mientras toda Jerusalén dormía.
Luego, los Evangelios cuentan otra ida de la Magdalena al sepulcro de Jesús. Era una testaruda ésta, ¿eh? Fue, volvió… y no, no se convencía…Esta vez su paso es lento, muy pesado. María sufre doblemente: ante todo por la muerte de Jesús, y luego por la inexplicable desaparición de su cuerpo.
Es mientras está inclinada cerca de la tumba, con los ojos llenos de lágrimas, cuando Dios la sorprende de la manera más inesperada.

 El evangelista Juan subraya cuán persistente es su ceguera: no se da cuenta de la presencia de los dos ángeles que la interrogan y ni siquiera sospecha viendo al hombre a sus espaldas, creyendo que era el guardián del jardín. Y, sin embargo, descubre el acontecimiento más sobrecogedor de la historia humana cuando finalmente es llamada por su nombre: ¡«María!» (v. 16)
¡Qué lindo es pensar que la primera aparición del Resucitado según los evangelios, fue de una forma tan personal! Que hay alguien que nos conoce, que ve nuestro sufrimiento y desilusión, que se conmueve por nosotros, y nos llama por nuestro nombre.

 Es una ley que encontramos grabada en muchas páginas del Evangelio. Alrededor de Jesús hay tantas personas que buscan a Dios; pero la realidad más prodigiosa es que, mucho antes, es ante todo Dios el que se preocupa por nuestra vida, que quiere volverla a levantar, y para hacer esto nos llama por nuestro nombre, reconociendo el rostro personal de cada uno. Cada hombre es una historia de amor que Dios escribe en esta tierra. Cada uno de nosotros es una historia de amor de Dios. A cada uno de nosotros, Dios nos llama por nuestro nombre: nos conoce por nombre, nos mira, nos espera, nos perdona, tiene paciencia con nosotros. ¿Es verdad o no es verdad? Cada uno de nosotros tiene esta experiencia.


Y Jesús la llama: «¡María!»: la revolución de su vida, la revolución destinada a transformar la existencia de todo hombre y de toda mujer, comienza con un nombre que resuena en el jardín del sepulcro vació. Los Evangelios nos describen la felicidad de María: la resurrección de Jesús n es una alegría dada con cuentagotas, sino una cascada que arrolla toda la vida. La existencia cristiana no está entretejida con felicidades blandas, sino con oleadas que lo arrollan todo. Intenten pensar también ustedes, en este instante, con el bagaje de desilusiones y derrotas que cada uno de nosotros lleva en el corazón, que hay un Dios cercano a nosotros, que nos llama por nuestro nombre y nos dice: «¡Levántate, deja de llorar, porque he venido a liberarte!». Esto es muy bello.

Jesús no es uno que se adapta al mundo, tolerando que perduren la muerte, la tristeza, el odio, la destrucción moral de las personas… Nuestro Dios no es inerte, sino que nuestro Dios –me permito la palabra– es un soñador: sueña la transformación del mundo y la ha realizado en el misterio de la Resurrección.
María quisiera abrazar a su Señor, pero Él ya está orientado hacia el Padre celeste, mientras que ella es enviada a llevar el anuncio a los hermanos. Y así aquella mujer, que antes de encontrar a Jesús estaba en manos del maligno (cfr Lc 8,2), ahora se ha vuelto apóstol de la nueva y mayor esperanza.

 Que su intercesión nos ayude a vivir también nosotros esa experiencia: en la hora del llanto, en la hora del abandono, escuchar a Jesús Resucitado que nos llama por nombre y, con el corazón lleno de alegría, ir a anunciar: «¡He visto al Señor!». ¡He cambiado vida porque he visto al Señor! Ahora soy diferente a como era antes, soy otra persona. He cambiado porque he visto al Señor. Ésta es nuestra fortaleza y ésta es nuestra esperanza. Gracias»
(Fuente: Radio Vaticano)

sábado, 13 de mayo de 2017

Canonización de Jacinta y Francisco Marto. Texto de la homilía del papa Francisco en Fátima


“Queridos peregrinos, tenemos una Madre”. “Fátima es un manto del luz que nos cubre”. Seamos Iglesia “misionera, acogedora, libre, fiel, pobre de medios y rica de amor”
Papa Francisco durante la homilia en Fatima
Papa Francisco durante la homilia en Fatima
(ZENIT – Roma, 13 May. 2017).- En el día del centenario de la primera de las apariciones de María en Fátima, dos de los tres pastorcitos fueron canonizados: Santa Jacinta y san Francisco Marto.
Tras declararlos santos, en medio del júbilo generalizado y los aplausos, el papa Francisco presidió la misa ante varios cientos de miles de peregrinos reunidos en la explanada delante del santuario mariano.
En la homilía el papa Francisco recordó algunos hechos de las apariciones, reiteró con fuerza que “¡Tenemos Madre!”, que “Fátima es un manto del luz que nos cubre”, e invitó a que “con la protección de María, seamos en el mundo centinelas que sepan contemplar el verdadero rostro de Jesús Salvador, que brilla en la Pascua, y descubramos de nuevo el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es misionera, acogedora, libre, fiel, pobre de medios y rica de amor”.
El texto:
Queridos Peregrinos, tenemos una Madre.
Con esta esperanza, nos hemos reunido aquí para dar gracias por las innumerables bendiciones que el Cielo ha derramado en estos cien años, y que han transcurrido bajo el manto de Luz que la Virgen, desde este Portugal rico en esperanza, ha extendido hasta los cuatro ángulos de la tierra.

Como un ejemplo para nosotros, tenemos ante los ojos a san Francisco Marto y a santa Jacinta, a quienes la Virgen María introdujo en el mar inmenso de la Luz de Dios, para que lo adoraran. De ahí recibían ellos la fuerza para superar las contrariedades y los sufrimientos. La presencia divina se fue haciendo cada vez más constante en sus vidas, como se manifiesta claramente en la insistente oración por los pecadores y en el deseo permanente de estar junto a «Jesús oculto» en el Sagrario.

En sus Memorias (III, n.6), sor Lucía da la palabra a Jacinta, que había recibido una visión: «¿No ves muchas carreteras, muchos caminos y campos llenos de gente que lloran de hambre por no tener nada para comer? ¿Y el Santo Padre en una iglesia, rezando delante del Inmaculado Corazón de María? ¿Y tanta gente rezando con él?» Gracias por haberme acompañado. No podía dejar de venir aquí para venerar a la Virgen Madre, y para confiarle a sus hijos e hijas.

Bajo su manto, no se pierden; de sus brazos vendrá la esperanza y la paz que necesitan y que yo suplico para todos mis hermanos en el bautismo y en la humanidad, en particular para los enfermos y los discapacitados, los encarcelados y los desocupados, los pobres y los abandonados. Queridos hermanos: pidamos a Dios, con la esperanza de que nos escuchen los hombres, y dirijámonos a los hombres, con la certeza de que Dios nos ayuda. 

En efecto, él nos ha creado como una esperanza para los demás, una esperanza real y realizable en el estado de vida de cada uno. Al «pedir» y «exigir» de cada uno de nosotros el cumplimiento de los compromisos del propio estado (Carta de sor Lucía, 28 de febrero de 1943), el cielo activa aquí una auténtica y precisa movilización general contra esa indiferencia que nos enfría el corazón y agrava nuestra miopía.
No queremos ser una esperanza abortada. La vida sólo puede sobrevivir gracias a la generosidad de otra vida. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24): lo ha dicho y lo ha hecho el Señor, que siempre nos precede.

Cuando pasamos por alguna cruz, él ya ha pasado antes. De este modo, no subimos a la cruz para encontrar a Jesús, sino que ha sido él el que se ha humillado y ha bajado hasta la cruz para encontrarnos a nosotros y, en nosotros, vencer las tinieblas del mal y llevarnos a la luz.
Que, con la protección de María, seamos en el mundo centinelas que sepan contemplar el verdadero rostro de Jesús Salvador, que brilla en la Pascua, y descubramos de nuevo el rostro joven y hermoso de la Iglesia, que resplandece cuando es misionera, acogedora, libre, fiel, pobre de medios y rica de amor.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Catequesis del Papa Francisco sobre la Virgen María, madre de la esperanza



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El Papa Francisco pronuncia su catequesis en el Vaticano / Foto: Sabrina Fusco (ACI Prensa)
El Papa Francisco pronuncia su catequesis en el Vaticano / Foto: Sabrina Fusco (ACI Prensa)
VATICANO, 10 May. 17 / 04:55 am (ACI).- El Papa Francisco dedicó la catequesis pronunciada durante la Audiencia General del miércoles a reflexionar sobre la esperanza cristiana, en concreto sobre María como ejemplo de esa esperanza.
“María no es una mujer que se deprime ante las incertidumbres de la vida, especialmente cuando nada parece ir por el camino correcto. No es mucho menos una mujer que protesta con violencia, que injuria contra el destino de la vida que nos revela muchas veces un rostro hostil. Es en cambio una mujer que escucha”.uación, el texto completo de la catequesis del Papa Francisco:
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En nuestro itinerario de catequesis sobre la esperanza cristiana, hoy miramos a María, Madre de la esperanza. María ha atravesado más de una noche en su camino de madre. Desde la primera aparición en la historia de los Evangelios, su figura emerge como si fuera el personaje de un drama.

No era simplemente responder con un “si” a la invitación del ángel: sin embargo, ella, mujer todavía en la flor de la juventud, responde con valentía, no obstante, no sabía nada del destino que le esperaba. María en aquel instante se presenta como una de las tantas madres de nuestro mundo, valerosa hasta el extremo cuando se trata de acoger en su propio vientre la historia de un nuevo hombre que nace.
Aquel “si” es el primer paso de una larga lista de obediencias –¡larga lista de obediencias!– que acompañaran su itinerario de madre. Así María aparece en los Evangelios como una mujer silenciosa, que muchas veces no comprende todo aquello que sucede a su alrededor, pero que medita cada palabra y cada suceso en su corazón.
En esta disposición hay fragmento bellísimo de la psicología de María: no es una mujer que se deprime ante las incertidumbres de la vida, especialmente cuando nada parece ir por el camino correcto. No es mucho menos una mujer que protesta con violencia, que injuria contra el destino de la vida que nos revela muchas veces un rostro hostil.

Es en cambio una mujer que escucha: no se olviden que hay siempre una gran relación entre la esperanza y la escucha, y María es una mujer que escucha, que acoge la existencia, así como esa se presenta a nosotros, con sus días felices, pero también con sus tragedias que jamás quisiéramos haber encontrado. Hasta la noche suprema de María, cuando su Hijo es clavado en el madero de la cruz.

Hasta ese día, María había casi desaparecido de la trama de los Evangelios: los escritores sagrados dejan entrever este lento eclipsarse de su presencia, la suya permanece muda ante el misterio de un Hijo que obedece al Padre. Pero María reaparece justamente en el momento crucial: cuando buena parte de los amigos han desaparecido por motivo del miedo.
Las madres no traicionan, y en aquel instante, a los pies de la cruz, ninguno de nosotros puede decir cual haya sido la pasión más cruel: si aquella de un hombre inocente que muere en el patíbulo de la cruz, o la agonía de una madre que acompaña los últimos instantes de la vida de su hijo. Los Evangelios son lacónicos, y extremamente discretos. Registran con un simple verbo la presencia de la Madre: ella “estaba” (Jn 19,25).
Ella estaba. 

No dicen nada de su reacción: si lloraba, si no lloraba… nada; ni mucho menos una pincelada para describir su dolor: sobre estos detalles se habrían luego lanzado la imaginación de los poetas y de los pintores regalándonos imágenes que han entrado en la historia del arte y de la literatura. Pero los Evangelios solo dicen: ella “estaba”. Estaba allí, en el momento más feo, en momento cruel, y sufría con su hijo. “Estaba”.
María “estaba”, simplemente estaba ahí. Estaba ahí nuevamente la joven mujer de Nazaret, ya con los cabellos canosos por el pasar de los años, todavía luchando con un Dios que debe ser sólo abrazado, y con una vida que ha llegado al umbral de la oscuridad más densa. María “estaba” en la oscuridad más densa, pero “estaba”.

No se había ido. María está ahí, fielmente presente, cada vez que hay que tener una candela encendida en un lugar de neblina y tinieblas. Ni siquiera ella conoce el destino de resurrección que su Hijo estaba en aquel instante abriendo para todos nosotros los hombres: está ahí por fidelidad al plan de Dios del cual se ha proclamada sierva desde el primer día de su vocación, pero también a causa de su instinto de madre que simplemente sufre, cada vez que hay un hijo que atraviesa una pasión.
Los sufrimientos de las madres… todos nosotros hemos conocido mujeres fuertes, que han llevado adelante tantos sufrimientos de sus hijos…

La reencontraremos el primer día de la Iglesia, ella, Madre de esperanza, en medio a aquella comunidad de discípulos así tan frágiles: uno había negado, muchos habían huido, todos habían tenido miedo (Cfr. Hech 1,14). Pero ella, simplemente estaba allí, en el más normal de los modos, como si fuera del todo natural: en la primera Iglesia envuelta por la luz de la Resurrección, pero también por las vacilaciones de los primeros pasos que debía cumplir en el mundo.
Por esto todos nosotros la amamos como Madre. No somos huérfanos: tenemos una Madre en el cielo: es la Santa Madre de Dios. Porque nos enseña la virtud de la esperanza, incluso cuando parece que nada tiene sentido: ella siempre confiando en el misterio de Dios, incluso cuando Él parece eclipsarse por culpa del mal del mundo.

En los momentos de dificultad, María, la Madre que Jesús ha regalado a todos nosotros, pueda siempre sostener nuestros pasos, pueda siempre decirnos al corazón: “Levántate. Mira adelante. Mira el horizonte”, porque Ella es Madre de esperanza. Gracias.

domingo, 7 de mayo de 2017

El Papa llama a una vida coherente


Misa en San Pedro, 07/05/2017, CTV
Misa en San Pedro, 07/05/2017, CTV
El Papa Francisco presidió la Misa de ordenación presbiteral de diez sacerdotes entre 26 y 38 años – 6 para la diócesis de Roma -, este domingo 7 de mayo de 2017, a las 9.15, en la basílica de San Pedro: siete de Italia, uno de México, uno de Perú y uno de Azerbaiyán.
Este domingo era el IV domingo de Pascua, conocido como del “Buen Pastor”, y la 54º Jornada Mundial de oración por las vocaciones. Concelebraron con el Papa el Cardenal Vicario Agostino Vallini y el Vicegerente Filippo Iannone.
El Papa instió en el perdón de los pecados: « Por favor, les pido en el nombre de Cristo y de la Iglesia que sean siempre misericordiosos. Siempre. Que no carguen sobre los hombros de los fieles pesos que no pueden llevar. Ni siquiera vosotros mismos. Jesús reprendió a aquellos, estos doctores, y los llamó “hipócritas”. »
Por el contrario, el Papa subrayó la coherencia necesaria en la vida del sacerdote: “Que la fragancia de sus vidas sea alegría y apoyo a los fieles, porque la palabra sin el ejemplo de la vida no sirve. Mejor ir hacia atrás. La doble vida es una enfermedad fea en la Iglesia.”
El Papa subrayó que “un sacerdote que estudió mucho de teología, que tiene uno, dos, tres títulos, pero no ha aprendido a llevar la cruz de Cristo, no sirve. Será un buen académico, un buen profesor, pero no un sacerdote.”
El Papa pidió también que no hagan homilías “muy elaboradas”, sino que hablen “sencillamente” a la gente.
Entre las tareas del ministerio de los sacerdotes, el Papa recomendó una “tal vez aburrida y dolorosa” es decir de “visitar a los enfermos”. “Háganlo ustedes mismo, alentó. Sí, esta bien que los laicos lo hacen, los diáconos, pero no se cansan de tocar la carne de Cristo sufriente en los enfermos. Esto le santifica y se le acerca a Cristo.”
Otras dos recomendaciones. En primer lugar, ser alegres: « Alegres, instó el Papa, no tristes. Alegres. Con la alegría de servir a Cristo incluso en medio de sufrimientos, de incomprensiónes, de sus propios pecados. »
Y, siguiendo el ejemplo del Buen Pastor “que no vino para ser servido, sino para servir”, el Papa les instó a servir: “Por favor, no ser “señores”, no seas clérigos de estado, pero pastores: pastores del Pueblo de Dios.”

Papa Francisco pide a los rígidos de la Ley imitar a Saulo y dejarse guiar por Jesús

El Papa Francisco oficia la Misa en la Casa Santa Marta / Foto: L'Osservatore Romano
El Papa Francisco oficia la Misa en la Casa Santa Marta / Foto: L'Osservatore Romano
VATICANO, 05 May. 17 / 05:03 am (ACI).- En la homilía de la Misa celebrada el viernes en la Casa Santa Marta, en el Vaticano, el Papa Francisco animó a los “rígidos” que están en la Iglesia, pero que son honestos, a imitar el ejemplo de Saulo-San Pablo y dejarse llevar hacia la moderación de la mano del Señor.
Como en días anteriores, el Santo Padre articuló su homilía a partir de la lectura del Libro de los Hechos de los Apóstoles. En concreto, se ha fijado en la figura de San Pablo, quien se convirtió en apóstol del Evangelio después de haber sido persecutor de los primeros cristianos.

Francisco observó que “la primera vez que aparece el nombre de Saulo es en la lapidación de Esteban”. “Saulo –recordó– era joven, rígido e idealista”. Estaba “prisionero” de la rigidez de la Ley. Pese a ello, Saulo “era honesto”, destacó el Pontífice.
En este sentido, contrapuso la rigidez a la honestidad. Advirtió contra aquellos que son “rígidos de la doble vida. Se presentan bello y honestos, pero cuando nadie les ve, hacen cosas deshonestas”.
“Sin embargo, este joven –Saulo– era honesto. Cuando digo esto, pienso en muchos chicos que caen en la tentación de la rigidez, hoy en la Iglesia. Algunos son honestos, son buenos. Debemos rezar para que el Señor les ayude a crecer en el camino de la moderación”.

Otros, “usan la rigidez para cubrir las debilidades, los pecados, los problemas de personalidad”. Saulo creció en esa rigidez, explicó en su homilía el Obispo de Roma, y no podía tolerar aquello que para él era una herejía. Por eso comenzó a perseguir a los cristianos.
Entonces, Saulo se dirige a Damasco para hacer prisioneros a los cristianos que se encontraban allí y conducirlos a Jerusalén. Pero ocurrió algo inesperado: en el camino se encontró “con otro hombre que habla con un lenguaje de ternura: ‘Saulo, Saulo. ¿Por qué me persigues?’”.
Saulo, que a partir de su conversión empieza a utilizar su otro nombre, Pablo, es el ejemplo de que “el joven rígido que se convierte en un hombre rígido, pero honesto, si se vuelve a hacer niño y se deja conducir adonde el Señor lo ha llamado, recibirá la fuerza de la ternura del Señor”.

A partir de ese momento, Pablo comienza a anunciar al Señor hasta el martirio. “Así, este hombre, a partir de su propia experiencia, comienza a predicar a los demás de un lugar a otro”. Pablo, por su conversión, “es perseguido, padece muchos problemas, incluso en la Iglesia, y sufrió por el hecho de que los mismos cristianos se pelearan entre sí”.“Pero él, que había perseguido al Señor con el celo de la Ley, dirá a los cristianos: ‘Con lo mismo con lo que os habéis alejado del Señor, con lo que habéis pecado, la mente, el cuerpo, todo, con esos mismos miembros, también podéis ser perfectos y dar gloria a Dios’”.

Francisco exhortó a la Iglesia a imitar a Pablo, pues él es el mejor ejemplo de cómo un cristiano debe imitar a Jesús. El camino de Saulo es “el camino del cristiano: andar adelante siguiendo las trazas que Jesús ha dejado, las trazas del sufrimiento, la traza de la Cruz, la traza de la resurrección”.
El Papa finalizó la homilía “pidiendo a Saulo, hoy, de forma especial por los rígidos que están en la Iglesia; por los rígidos honestos como él, que tienen celo pero están equivocados. Y por los rígidos hipócritas, que tienen una doble vida, aquellos de los que Jesús decía: ‘Haced lo que dicen, pero no lo que hacen’. Recemos hoy por los rígidos”.

viernes, 5 de mayo de 2017

PAPA FRANCISCO EN LA AUDIENCIA DEL 3 DE MAYO DE 2017



 El Santo Padre explica que su viaje a Egipto fue una señal de paz a una región afligida por conflictos y terrorismo



Audiencia del 3 de mayo de 2017
(ZENIT – Ciudad del Vaticano, 3 Mayo 2017).- El papa Francisco realizó este miércoles la audiencia general en la Plaza de San Pedro, ante miles de fieles y peregrinos. A continuación el texto de la catequesis.

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy deseo hablarles del Viaje Apostólico que, con la ayuda de Dios, he realizado en los días pasados en Egipto. He ido a este país después de una cuádruple invitación: del presidente de la República, de su santidad el patriarca Copto ortodoxo, del gran imán de Al-Azhar y el patriarca copto católico. Agradezco a cada uno de ellos por la acogida que me han reservado, verdaderamente calurosa. Y agradezco al entero pueblo egipcio por la participación y por el afecto con el cual han vivido esta visita del Sucesor de San Pedro.

El Presidente y las Autoridades civiles han puesto un empeño extraordinario para que este evento pudiera desarrollarse en los mejores modos; para que pudiera ser un signo de paz, un signo de paz para Egipto y para toda aquella región, que lamentablemente sufre por los conflictos y el terrorismo. De hecho, el lema del Viaje era: “El Papa de la paz en un Egipto de paz”.
Mi visita a la Universidad de Al-Azhar, la más antigua universidad islámica y máxima institución académica del Islam sunita, ha tenido un doble horizonte: aquel del diálogo entre cristianos y musulmanes y, al mismo tiempo, aquel de la promoción de la paz en el mundo.

 En Al-Azhar se realizó el encuentro con el Gran Imán, encuentro que después se amplió en la Conferencia Internacional por la Paz. En este contexto he ofrecido una reflexión que ha valorizado la historia de Egipto como tierra de civilización y tierra de alianzas. Para toda la humanidad Egipto es sinónimo de antigua civilización, de tesoros de arte y de conocimiento; y esto nos recuerda que la paz se construye mediante la educación, la formación de la sabiduría, de un humanismo que comprende como parte integrante la dimensión religiosa, la relación con Dios, como lo ha recordado el Gran Imán en su discurso.

 La paz se construye también partiendo de la alianza entre Dios y el hombre, fundamento de la alianza entre todos los hombres, basado en el Decálogo escrito en las tablas de piedra del Sinaí, pero más profundamente en el corazón de todo hombre de todo tiempo y lugar, ley que se resume en los dos mandamientos del amor a Dios y al prójimo.
Este mismo fundamento esta también a la base de la construcción del orden social y civil, al cual están llamados a colaborar todos los ciudadanos, de todo origen, cultura y religión. Esta visión de sana laicidad ha aparecido en el intercambio de discursos con el Presidente de la República de Egipto, con la presencia de las Autoridades del país y del Cuerpo Diplomático.

 El gran patrimonio histórico y religioso de Egipto y su rol en la región medio oriental le confiere una tarea peculiar en el camino hacia una paz estable y duradera, que se basa no en el derecho de la fuerza, sino en la fuerza del derecho.
Los cristianos, en Egipto como en toda nación de la tierra, están llamados a ser levadura de fraternidad. Y esto es posible si viven en sí mismos la comunión con Cristo. Un fuerte signo de comunión, gracias a Dios, hemos podido darlo junto con mí querido hermano el Papa Tawadros II, Patriarca de los Coptos ortodoxos. 

Hemos renovado el compromiso, también firmando una Declaración Conjunta, de caminar juntos y de comprometernos para no repetir el Bautismo administrado en las respectivas Iglesias. Juntos hemos orado por los mártires de los recientes atentados que han golpeado trágicamente aquella venerable Iglesia; y su sangre ha fecundado este encuentro ecuménico, en el cual ha participado también el Patriarca de Constantinopla Bartolomé. El Patriarca ecuménico, mí querido hermano.


El segundo día del viaje ha sido dedicado a los fieles católicos. La Santa Misa celebrada en el Estadio puesto a disposición por las Autoridades egipcias ha sido una fiesta de fe y de fraternidad, en la cual hemos sentido la presencia viva del Señor Resucitado. Comentando el Evangelio, he exhortado a la pequeña comunidad católica en Egipto a revivir la experiencia de los discípulos de Emaús: a encontrar siempre en Cristo, Palabra y Pan de vida, la alegría de la fe, el ardor de la esperanza y la fuerza de testimoniar en el amor que “hemos encontrado al Señor”.

Y el último momento lo he vivido junto con los sacerdotes, los religiosos y las religiosas y los seminaristas, en el Seminario Mayor. Hay tantos seminaristas… Y esta es una consolación. Ha sido una liturgia de la Palabra, en la cual se han renovado las promesas de la vida consagrada. En esta comunidad de hombres y mujeres que han elegido donar la vida a Cristo por el Reino de Dios, he visto la belleza de la Iglesia en Egipto, y he orado por todos los cristianos de Oriente Medio, para que, guiados por sus pastores y acompañados por los consagrados, sean sal y luz en estas tierras, en medio a estos pueblos. 

Egipto, para nosotros, ha sido un signo de esperanza, de refugio, de ayuda. Cuando aquella parte del mundo estaba hambrienta, Jacob, con sus hijos, se fue allá; luego cuando Jesús fue perseguido, se fue allá. Por esto, narrarles este viaje, entra en el camino de hablar de la esperanza: para nosotros Egipto tiene este signo de esperanza sea para la historia, sea para hoy, para esta fraternidad que acabo de contarles.
Agradezco nuevamente a quienes han hecho posible este Viaje y a cuantos de diversos modos han dado su aporte, especialmente a tantas personas que han ofrecido sus oraciones y sus sufrimientos. La Santa Familia de Nazaret, que emigró a las orillas del Nilo para huir de la violencia de Herodes, bendiga y proteja siempre al pueblo egipcio y lo guie en la vía de la prosperidad, de la fraternidad y de la paz. Gracias.
(Fuente, Radio Vaticano)