Foto referencial. Crédito: Daniel Ibáñez / ACI Prensa
VATICANO, 12 Jun. 16 / 04:11 am (
ACI).-
«Estoy crucificado con Cristo: vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien
vive en mi» (Ga 2,19). El apóstol Pablo usa palabras muy fuertes para
expresar el misterio de la vida cristiana: todo se resume en el
dinamismo pascual de muerte y resurrección, que se nos da en el
bautismo. En efecto, con la inmersión en el agua es como si cada uno
hubiese sido muerto y sepultado con Cristo (cf. Rm 6,3-4), mientras que,
el salir de ella manifiesta la vida nueva en el Espíritu Santo. Esta
condición de volver a nacer implica a toda la existencia y en todos sus
aspectos: también la enfermedad, el sufrimiento y la muerte esta
contenidas en Cristo, y encuentran en él su sentido definitivo.
Hoy, en
el día jubilar dedicado a todos los que llevan en sí las señales de la
enfermedad y de la discapacidad, esta Palabra de vida encuentra una
particular resonancia en nuestra asamblea. En realidad, todos, tarde o
temprano, estamos llamados a enfrentarnos, y a veces a combatir, con la
fragilidad y la enfermedad nuestra y la de los demás.
Y esta experiencia tan típica y dramáticamente humana asume una gran
variedad de rostros. En cualquier caso, ella nos plantea de manera aguda
y urgente la pregunta por el sentido de la existencia. En nuestro animo
se puede dar incluso una actitud cínica, como si todo se pudiera
resolver soportando o contando sólo con las propias fuerzas. Otras
veces, por el contrario, se pone toda la confianza en los
descubrimientos de la ciencia, pensando que ciertamente en alguna parte
del mundo existe una medicina capaz de curar la enfermedad.
Lamentablemente no es así, e incluso aunque esta medicina se encontrase
no sería accesible a todos.
La naturaleza humana, herida por el pecado, lleva inscrita en sí la
realidad del limite. Conocemos la objeción que, sobre todo en estos
tiempos, se plantea ante una existencia marcada por grandes limitaciones
físicas. Se considera que una persona enferma o discapacitada no puede
ser feliz, porque es incapaz de realizar el estilo de vida impuesto por
la cultura del placer y de la diversión. En esta época en la que el
cuidado del cuerpo se ha convertido en un mito de masas y por tanto en
un negocio, lo que es imperfecto debe ser ocultado, porque va en contra
de la felicidad y de la tranquilidad de los privilegiados y pone en
crisis el modelo imperante. Es mejor tener a estas personas separadas,
en algún «recinto» -tal ves dorado- o en las «reservas» del pietismo y
del asistencialismo, para que no obstaculicen el ritmo de un falso
bienestar.
En algunos casos, incluso, se considera que es mejor
deshacerse cuanto antes, porque son una carga económica insostenible en
tiempos de crisis. Pero, en realidad, con qué falsedad vive el hombre de
hoy al cerrar los ojos ante la enfermedad y la discapacidad. No
comprende el verdadero sentido de la vida, que incluye también la
aceptación del sufrimiento y de la limitación. El mundo no será mejor
cuando este compuesto solamente por personas aparentemente «perfectas»,
sino cuando crezca la solidaridad entre los seres humanos, la aceptación
y el respeto mutuo. Qué ciertas son las palabras del apóstol: «Lo necio
del mundo lo ha escogido Dios para humillar a los sabios» (1 Co 1,27).
También el Evangelio de este domingo (Lc 7,36-8,3) nos presenta una
situación de debilidad particular. La mujer pecadora es juzgada y
marginada, mientras Jesús la acoge y la defiende: «Porque tiene mucho
amor» (v. 47). Es esta la conclusión de Jesús, atento al sufrimiento y
al llanto de aquella persona. Su ternura es signo del amor que Dios
reserva para los que sufren y son excluidos. No existe sólo el
sufrimiento físico; hoy, una de las patologías más frecuentes son las
que afectan al espíritu. Es un sufrimiento que afecta al animo y hace
que esté triste porque está privado de amor. Cuando se experimenta la
desilusión o la traición en las relaciones importantes, entonces
descubrimos nuestra vulnerabilidad, debilidad y desprotección. La
tentación de replegarse sobre sí mismo llega a ser muy fuerte, y se
puede hasta perder la oportunidad de la vida: amar a pesar de todo.
La felicidad que cada uno desea, por otra parte, puede tener muchos
rostros, pero sólo puede alcanzarse si somos capaces de amar. Es siempre
una cuestión de amor, no hay otro camino. El verdadero desafío es el de
amar más. Cuantas personas discapacitadas y que sufren se abren de
nuevo a la vida apenas sienten que son amadas.
Y cuanto amor puede
brotar de un corazón aunque sea sólo a causa de una sonrisa. En tal caso
la fragilidad misma puede convertirse en alivio y apoyo en nuestra
soledad. Jesús, en su pasión, nos ha amado hasta el final (cf. Jn 13,1);
en la
cruz
ha revelado el Amor que se da sin limites. ¿Qué podemos reprochar a Dios
por nuestras enfermedades y sufrimiento que no este ya impreso en el
rostro de su Hijo crucificado? A su dolor físico se agrega la afrenta,
la marginación y la compasión, mientras él responde con la misericordia
que a todos acoge y perdona: «Por sus heridas fuimos sanados» (Is 53,5; 1
P 2,24). Jesús es el médico que cura con la medicina del amor, porque
toma sobre sí nuestro sufrimiento y lo redime. Nosotros sabemos que Dios
comprende nuestra enfermedad, porque él mismo la ha experimentado en
primera persona (cf. Hb 4,5).
El modo en que vivimos la enfermedad y la discapacidad es signo del amor
que estamos dispuestos a ofrecer. El modo en que afrontamos el
sufrimiento y la limitación es el criterio de nuestra libertad de dar
sentido a las experiencias de la vida, aun cuando nos parezcan absurdas e
inmerecidas. No nos dejemos turbar, por tanto, de estás tribulaciones
(cf. 1 Tm 3,3). Sepamos que en la debilidad podemos ser fuertes (cf. 2 o
12,10), y recibiremos la gracia de completar lo que falta en nosotros
al sufrimiento de Cristo, en favor de la
Iglesia,
su cuerpo (cf. Col 1,24); un cuerpo que, a imagen de aquel del Señor
resucitado, conserva las heridas, signo del duro combate, pero son
heridas transfiguradas para siempre por el amor.