viernes, 14 de junio de 2024

El Espíritu Santo continúa, en la Iglesia, la acción de Jesús Resucitado que, tras la Pascua, “abrió la mente de los discípulos para que comprendieran las Escrituras” (cfr. Lc 24,45). (12/6/2024)

 

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PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles, 12 de junio de 2024

[Multimedia]

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[El siguiente texto también incorpora partes no leídas que se consideran pronunciadas]

Catequesis. El Espíritu y la Esposa. El Espíritu Santo guía al Pueblo de Dios al encuentro con Jesús, nuestra esperanza. 
3. «Toda la Escritura está inspirada por Dios». Conocer el amor de Dios por las palabras de Dios

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días, bienvenidos!

Continuamos nuestra catequesis sobre el Espíritu Santo, que guía la Iglesia hacia Cristo, nuestra esperanza. Él es el guía. La vez pasada contemplamos la obra del Espíritu en la creación; hoy lo vemos en la revelación, de la que la Sagrada Escritura es un testimonio autorizado e inspirado por Dios.

En la Segunda Carta de san Pablo a Timoteo figura esta afirmación: “Toda la Escritura está inspirada por Dios” (3:16). Y otro pasaje del Nuevo Testamento dice: «Hombres movidos por el Espíritu Santo han hablado de parte de Dios» (2 Pe 1:21). Esta es la doctrina de la inspiración divina de la Escritura, la que proclamamos como artículo de fe en el “Credo”, cuando decimos que el Espíritu Santo «habló por medio de los profetas». La inspiración divina de la Biblia.

El Espíritu Santo, que inspiró las Escrituras, es también el que las explica y las hace perennemente vivas y activas. De inspiradas, las vuelve inspiradoras. “Las Sagradas Escrituras…inspiradas por Dios - dice el Concilio Vaticano II - y redactadas una vez para siempre, comunican inmutablemente la palabra del mismo Dios, y hacen resonar la voz del Espíritu Santo en las palabras de los Profetas y de los Apóstoles” (n. 21). De este modo, el Espíritu Santo continúa, en la Iglesia, la acción de Jesús Resucitado que, tras la Pascua, “abrió la mente de los discípulos para que comprendieran las Escrituras” (cfr. Lc 24,45).

Puede suceder, en efecto, que un determinado pasaje de la Escritura, que hemos leído muchas veces sin ninguna emoción particular, un día lo leamos en un clima de fe y de oración y, de repente, ese texto se ilumine, nos hable, arroje luz sobre un problema que vivimos, aclare la voluntad de Dios para nosotros en una situación determinada. ¿A qué se debe este cambio, sino a una iluminación del Espíritu Santo? Las palabras de la Escritura, bajo la acción del Espíritu, se vuelven luminosas; y en esos casos tocamos con nuestras propias manos lo cierta que es la afirmación de la Carta a los Hebreos: «… la palabra de Dios es viva y eficaz, más cortante que espada de doble filo; […]» (4,12).

Hermanos y hermanas, la Iglesia se nutre de la lectura espiritual de la Sagrada Escritura, es decir, de la lectura realizada bajo la guía del Espíritu Santo que la inspiró. En su centro, como un faro que lo ilumina todo, está el acontecimiento de la muerte y resurrección de Cristo, que cumple el plan de salvación, realiza todas las figuras y profecías, desvela todos los misterios ocultos y ofrece la verdadera clave de lectura de toda la Biblia. La muerte y resurrección de Cristo es el faro que ilumina toda la Biblia, y también ilumina nuestras vidas. El Apocalipsis describe todo esto con la imagen del Cordero que rompe los sellos del libro “… escrito por el anverso y el reverso, sellado con siete sellos” (cfr. 5,1-9), la Escritura del Antiguo Testamento. La Iglesia, Esposa de Cristo, es intérprete autorizada del texto de la Escritura inspirado, la Iglesia es la mediadora de su proclamación auténtica. Dado que la Iglesia está dotada del Espíritu Santo, – por eso es intérprete - es «columna y fundamento de la verdad» (1 Tm 3,15). ¿Por qué? Porque está inspirada, sostenida por el Espíritu Santo. Y la misión de la Iglesia es ayudar a los fieles y a quienes buscan la verdad a interpretar correctamente los textos bíblicos.

Una forma de realizar la lectura espiritual de la Palabra de Dios es lo que se llama la lectio divina, una palabra cuyo significado quizá no entendemos. Consiste en dedicar un tiempo del día a la lectura personal y meditada de un pasaje de las Escrituras. Y esto es muy importante: cada día tómense un tiempo para escuchar, para meditar, leyendo un pasaje de la Escritura. Y para ello les recomiendo: tengan siempre un Evangelio de bolsillo y llévenlo en la bolsa, en los bolsillos…Así, cuando estén de viaje o cuando tengan un poco de tiempo libre lo toman y leen…Esto es muy importante para la vida. Tomen un Evangelio de bolsillo y durante el día léanlo una vez, dos veces, cuando puedan. Pero la lectura espiritual de las Escrituras por excelencia es la lectura comunitaria que se realiza en la Liturgia, en la Santa Misa. Allí vemos cómo un acontecimiento o una enseñanza, dado en el Antiguo Testamento, encuentra su plena realización en el Evangelio de Cristo. Y la homilía, ese comentario que hace el celebrante, debe ayudar a transferir la Palabra de Dios del libro a la vida. Pero para ello, la homilía debe ser breve: una imagen, un pensamiento, un sentimiento. La homilía no debe durar más de ocho minutos, porque después de ese tiempo se pierde la atención y la gente se duerme, y tiene razón. Una homilía debe ser así. Y esto es lo que quiero decir a los sacerdotes que hablan mucho, a menudo, y no se entiende de qué hablan. Una homilía corta: un pensamiento, un sentimiento y una indicación para la acción, cómo hacer. No más de ocho minutos. Porque la homilía debe ayudar a transferir la Palabra de Dios del libro a la vida. Y, entre las muchas palabras de Dios que escuchamos cada día en la Misa o en la Liturgia de las Horas, siempre hay una que está destinada especialmente a nosotros. Algo que nos llega al corazón. Si la acogemos en nuestro corazón, puede iluminar nuestra jornada, animar nuestra oración. ¡Se trata de no dejar que caiga en saco roto!

Concluyamos con un pensamiento que puede ayudarnos a enamorarnos de la Palabra de Dios. Como algunas piezas musicales, la Sagrada Escritura tiene una nota subyacente que la acompaña de principio a fin, y esta nota es el amor de Dios. «Toda la Biblia - observa San Agustín- no hace más que narrar el amor de Dios»[1]. Y San Gregorio Magno define la Escritura como 'una carta de Dios Todopoderoso a su criatura', como una carta del Esposo a la esposa, y exhorta a «aprender a conocer el corazón de Dios en las palabras de Dios'»[2]. «…por esta revelación – dice el Vaticano II – Dios invisible, …habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor, y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía» (Dei Verbum, 2).

Queridos hermanos y hermanas, ¡adelante con la lectura de la Biblia! Pero no olviden el Evangelio de bolsillo: llévenlo en la bolsa, en el bolsillo, y en algún momento del día lean un pasaje. Esto los acercará mucho al Espíritu Santo que está en la Palabra de Dios. Que el Espíritu Santo, que inspiró las Escrituras y ahora sopla desde ellas, nos ayude a captar este amor de Dios en las situaciones concretas de la vida. Gracias.

[1] De catechizandis rudibus, I, 8, 4: PL 40, 319.

[2] Registrum Epistolarum, V, 46 (ed. Ewald-Hartmann, pp. 345-346).
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Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidámosle al Espíritu Santo que ilumine toda nuestra vida con su Palabra, para que podamos dar testimonio de Cristo. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Gracias.
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Resumen leído en español por el Santo Padre Francisco
Queridos hermanos y hermanas:
Continuamos con nuestras catequesis sobre el Espíritu Santo, y hoy destacamos su acción de “inspirar”. En el Credo decimos que es Él quien habló a través de los profetas, y el documento conciliar Dei Verbum añade que nos habla también a través de las palabras de los apóstoles, contenidas en la Sagrada Escritura. Él es quien ha inspirado a los autores sagrados de la Biblia, por lo que reconocemos que esta es Palabra de Dios. Él es quien nos la explica haciéndola viva y eficaz.

El Espíritu Santo se encarga de seguir nutriendo a la Iglesia con la Palabra divina, porque es bajo su guía que nosotros podemos leerla, meditarla y llevarla a nuestra propia vida. Y esto sucede cada vez que tomamos un fragmento de la Sagrada Escritura para tener un momento de oración, pero particularmente cuando la proclamamos en la Eucaristía, donde constatamos cómo una enseñanza del Antiguo Testamento encuentra su plenitud en el Evangelio de Cristo.



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Jesús predicaba y sanaba a los enfermos con la fuerza del Espíritu Santo. ( 9/6/2024)

 

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PAPA FRANCISCO

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro 
Domingo, 9 de junio de 2024

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y feliz domingo!

El Evangelio de la liturgia de hoy (cfr. Mc 3,20-35) nos dice que Jesús, después de haber iniciado su ministerio público, se encontró ante una doble reacción: la de sus parientes, que estaban preocupados y temían que hubiera vuelto un poco loco; y la de las autoridades religiosas, que lo acusaban de actuar movido por un espíritu maligno. En realidad, Jesús predicaba y sanaba a los enfermos con la fuerza del Espíritu Santo. Y el Espíritu lo hacía divinamente libre, es decir, capaz de amar y de servir sin medida y sin condiciones. Jesús es libre. Detengámonos un poco a contemplar esta libertad de Jesús.

Jesús era libre respecto a las riquezas: por eso dejó la seguridad de su pueblo, Nazaret, para abrazar una vida pobre y llena de incertidumbres (cfr. Mt 6,25-34), curando gratuitamente a los enfermos y a cualquiera que viniese a solicitarle ayuda, sin pedir nunca nada a cambio (cfr. Mt 10,8). La gratuidad del ministerio de Jesús es esta. Es también la gratuidad de todo ministerio.

Era libre respecto al poder: efectivamente, aunque llamó a muchos a seguirlo, nunca obligó a nadie a hacerlo; y jamás buscó el apoyo de los poderosos, sino que estuvo siempre de la parte de los últimos, y enseñó a sus discípulos a hacer lo mismo que Él había hecho (cfr. Lc 22,25-27).

Finalmente, Jesús era libre respecto a la búsqueda de la fama y de la aprobación, y por eso nunca renunció a decir la verdad, aun a costa de no ser comprendido (cfr. Mc  3,21) y de hacerse impopular hasta morir en la cruz; y no se dejó intimidar, ni comprar, ni corromper por nada ni por nadie (cfr. Mt 10,28).

Jesús era un hombre libre. Libre respecto a las riquezas, libre ante el poder, libre respecto a la búsqueda de la fama. Y esto es importante también para nosotros. De hecho, si nos dejamos condicionar por la búsqueda del placer, del poder, del dinero o de la aprobación, nos convertimos en esclavos de estas cosas. Si, en cambio, permitimos que amor gratuito de Dios nos llene y nos ensanche el corazón, y si dejamos que rebose espontáneamente donándolo a los demás, con todo nuestro ser, sin miedos, cálculos o condicionamientos, entonces crecemos en la libertad, y difundimos su buen perfume a nuestro alrededor.

Entonces, podemos preguntarnos: ¿soy una persona libre? ¿O me dijo aprisionar por los mitos del dinero, del poder y del éxito, sacrificándoles mi serenidad, mi paz y las de los demás? ¿Difundo, en los ambientes en los que vivo y trabajo, aire fresco de libertad, de sinceridad, de espontaneidad?

Que la Virgen María nos ayude a vivir y a amar como Jesús nos enseñó, en la libertad de los hijos de Dios (cfr. Rm 8,15.20-23).

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Después del Ángelus

Pasado mañana, en Jordania, tendrá lugar una conferencia internacional sobre la situación humanitaria en Gaza, convocada por el rey de Jordania, el presidente de Egipto y el secretario general de las Naciones Unidas. Les agradezco esta importante iniciativa y, al mismo tiempo, animo a la comunidad internacional a que actúe urgentemente, con todos los medios necesarios, para socorrer a la población de Gaza, exhausta a causa de la guerra. Las ayudas humanitarias han de poder llegar a quien las necesita, y nadie debe impedirlo.

Ayer se celebró el 10° aniversario de la Invocación por la paz en el Vaticano, en la que estuvieron presentes el presidente de Israel, el recordado Shimon Peres, y el de Palestina, Abu Mazen. Aquel encuentro testimonia que es posible darse la mano, y que para hacer la paz hace falta valentía, mucha más valentía que para hacer la guerra. Por tanto, animo las negociaciones en curso entre las partes, aunque no son fáciles, y deseo que las propuestas de paz, para el alto el fuego en todos los frentes y para la liberación de los rehenes, sean aceptadas inmediatamente, por el bien de los palestinos y de los israelíes.

Y no olvidemos al atormentado pueblo ucraniano, que cuanto más sufre, más anhela la paz. Saludo a este grupo ucraniano con las banderas que está allí. ¡Estamos con vosotros! Es un deseo, el de la paz; por eso, apoyo todos los esfuerzos que se realizan para que se pueda construir la paz cuanto antes, con la ayuda internacional. Y no nos olvidemos de Myanmar.

Los saludo a ustedes, romanos y peregrinos de muchos países, en especial a los docentes del instituto “San Juan Pablo II” de Kyiv (Ucrania), a quienes animo en su misión educativa en este tiempo tan difícil y doloroso. Saludo a los profesores y a los alumnos de la escuela diocesana “Cardenal Cisneros” de la diócesis de Sigüenza- Guadalajara, en España; así como a los fieles de Assemini (Cagliari), a los niños de la escuela “Giovanni Prati” de Padua y a los chicos de la parroquia de Sant’Ireneo de Roma.

Renuevo mi saludo a los cantores que han venido a Roma desde todas las partes del mundo para participar en el cuarto Encuentro Internacional de las Corales. Queridos, con su canto pueden siempre dar gloria a Dios y transmitir la alegría del Evangelio.

Les deseo a todos un feliz domingo. Y, por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!



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EL ESPIRITU SANTO - RUAH (5 de junio 2024)

 

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PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles, 5 de junio de 2024

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[El siguiente texto también incorpora partes no leídas que se consideran pronunciadas]

Catequesis. El Espíritu y la Esposa. El Espíritu Santo guía al Pueblo de Dios al encuentro con Jesús, nuestra esperanza. 2. "El viento sopla donde quiere". Donde está el Espíritu de Dios hay libertad

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En la catequesis de hoy, me gustaría reflexionar con ustedes sobre el nombre con el que se llama al Espíritu Santo en la Biblia.

Lo primero que conocemos de una persona es su nombre. Por él la llamamos, la distinguimos, y la recordamos. La tercera persona de la Trinidad también tiene un nombre: se llama Espíritu Santo. Pero “Espíritu” es la versión latinizada. El nombre del Espíritu, aquel por el que lo conocieron los primeros destinatarios de la revelación, con el que lo invocaron los profetas, los salmistas, María, Jesús y los Apóstoles, es Ruah, que significa soplo, viento, aliento.

En la Biblia, el nombre es tan importante que casi se identifica con la persona misma. Santificar el nombre de Dios es santificar y honrar a Dios mismo. Nunca es un apelativo meramente convencional: siempre dice algo sobre la persona, su origen, su misión. Lo mismo ocurre con el nombre Ruah. Contiene la primera revelación fundamental sobre la persona y la función del Espíritu Santo.

Precisamente mediante la observación del viento y sus manifestaciones, los escritores bíblicos fueron conducidos por Dios a descubrir un “viento” de naturaleza diferente. No es casualidad que en Pentecostés el Espíritu Santo descendiera sobre los Apóstoles acompañado por el “ruido de un viento impetuoso”. (cf. Hch 2,2). Fue como si el Espíritu Santo quisiera poner su firma a lo que estaba sucediendo.

¿Qué nos dice, pues, su nombre, Ruah, sobre el Espíritu Santo? La imagen del viento sirve ante todo para expresar el poder del Espíritu Santo. “Espíritu y poder”, o “poder del Espíritu” es una combinación recurrente en toda la Biblia. De hecho, el viento es una fuerza arrolladora, una fuerza indomable, es capaz incluso de mover los océanos.

Pero también en este caso, para descubrir el pleno significado de las realidades de la Biblia, no hay que detenerse en el Antiguo Testamento, sino llegar a Jesús. Junto al poder, Jesús destacará otra característica del viento, la de su libertad. A Nicodemo, que le visita por la noche, Jesús le dice solemnemente: “El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va: así es todo el que nace del Espíritu” (Jn 3, 8).

El viento es la única cosa que no se puede embridar, no se puede “embotellar” ni encerrar. Intentamos “embotellar” o encajonar el viento: no es posible, es libre. Pretender encerrar al Espíritu Santo en conceptos, definiciones, tesis o tratados, como a veces ha intentado hacer el racionalismo moderno, significa perderlo, anularlo, reducirlo al espíritu puramente humano, un espíritu simple. Existe, sin embargo, una tentación similar en el ámbito eclesiástico, y es la de querer encerrar al Espíritu Santo en cánones, instituciones, definiciones. El Espíritu crea y anima las instituciones, pero Él mismo no puede ser “institucionalizado”, “cosificado”. El viento sopla “donde quiere”; del mismo modo, el Espíritu distribuye sus dones “como quiere” (1 Cor 12, 11)

San Pablo hará de todo esto la ley fundamental del obrar cristiano cristiana: “Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad” (2 Co 3.17), dice él. Una persona libre, un cristiano libre, es aquel que tiene el Espíritu del Señor. Esta es una libertad totalmente especial, muy distinta de la que se entiende comúnmente. No es libertad para hacer lo que uno quiera, ¡sino libertad para hacer libremente lo que Dios quiera! No libertad para hacer el bien o el mal, sino libertad para hacer el bien y hacerlo libremente, es decir, por atracción, no por constricción. En otras palabras, libertad de hijos, no de esclavos.

San Pablo es muy consciente de los abusos o malentendidos que se pueden hacer de esta libertad; escribe a los gálatas: «…ustedes, hermanos, a libertad fueron llamados; solo que no usen la libertad como pretexto para la carne, sino sírvanse por amor los unos a los otros» (Gal 5, 13). Se trata de una libertad que se expresa en lo que parece ser su opuesto, se expresa en el servicio, y en el servicio está la verdadera libertad.

Sabemos bien cuándo esta libertad se convierte en un “pretexto para la carne”. Pablo hace una lista siempre actual: «Fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, brujería, enemistades, discordias, celos, disensiones, divisiones, facciones, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes» (Gal 5,19-21). Pero también lo es la libertad que permite a los ricos explotar a los pobres, es una fea libertad la que permite a los fuertes explotar a los débiles y a todos explotar impunemente el medio ambiente. Esta es una libertad fea, no es la libertad del Espíritu.

Hermanos y hermanas, ¿de dónde sacamos esta libertad del Espíritu, tan contraria a la libertad del egoísmo? La respuesta está en las palabras que Jesús dirigió un día a sus oyentes: «Si el Hijo los hace libres, serán realmente libres» (Jn 8: 36). La libertad que nos da Jesús. Pidamos a Jesús que nos haga, a través de su Espíritu Santo, hombres y mujeres auténticamente libres. Libres para servir, en el amor y la alegría. ¡Gracias!

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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. En este mes dedicado al Corazón de Jesús, pidamos al Espíritu Santo que nos ayude a vivir con la libertad de los hijos de Dios, amando y sirviendo con alegría y sencillez de corazón. Que el Señor los bendiga y la Virgen los proteja. Muchas gracias.

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Llamamiento

Estamos recorriendo este mes dedicado al Sagrado Corazón. El 27 de diciembre del año pasado se celebró el 350° aniversario de la primera manifestación del Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita María Alacoque. Dicha ocasión marcó el inicio de un periodo de celebraciones que concluirá el 27 de junio del próximo año. Por eso me complace preparar un documento que recoja las valiosas reflexiones de los textos magisteriales anteriores y de una larga historia que se remonta a las Sagradas Escrituras, para volver a proponer hoy, a toda la Iglesia, este culto lleno de belleza espiritual. Creo que nos hará muy bien meditar sobre diversos aspectos del amor del Señor que pueden iluminar el camino de la renovación eclesial; y que también digan algo significativo a un mundo que parece haber perdido el corazón. Les pido que me acompañen con la oración durante este tiempo de preparación; la intención es hacer público este documento el próximo mes de septiembre.

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Resumen leído el español por el Santo Padre 

Queridos hermanos y hermanas:

Seguimos reflexionando sobre el Espíritu Santo. En la Biblia se lo denomina “Ruah”, que significa soplo, aliento, viento. La imagen del viento nos remite al poder de Dios, que tiene una fuerza imparable, capaz de transformarlo todo a su paso. Además de la fuerza del viento, el Evangelio pone en evidencia otra característica: la libertad. “El viento sopla donde quiere, no sabes de dónde viene ni adónde va”, dice Jesús. Esto indica que el Espíritu Santo no se puede encerrar ni reducir en teorías o conceptos meramente humanos.

Por otra parte, san Pablo afirma que “donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad”, es decir, que el Espíritu de Dios nos hace verdaderamente libres. Pero la libertad puede entenderse de diversas maneras, puede convertirse en un pretexto para hacer lo que cada uno quiere; por eso, el Apóstol aclara que la libertad cristiana consiste en adherir libremente a la voluntad de Dios. Y esto se expresa en el amor y en el servicio a los demás, tal como nos enseñó Jesús con su propia vida.



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domingo, 2 de junio de 2024

SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

 

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SANTÍSIMO CUERPO Y SANGRE DE CRISTO

PAPA FRANCISCO

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro
Domingo, 2 de junio de 2024

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Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

En Italia y en otros países celebramos hoy la solemnidad del Corpus Christi. El Evangelio de la liturgia hoy nos habla de la última Cena (Mc 14, 12-26), durante la cual el Señor realiza un gesto de entrega: de hecho, en el pan partido y en el cáliz ofrecido a los discípulos, es Él mismo quien se entrega por toda la humanidad y se ofrece por la vida del mundo.

En aquel gesto de Jesús al partir el pan, hay un aspecto importante que el Evangelio subraya con las palabras «se lo dio» (v. 22). Fijemos estas palabras en nuestro corazón: se lo dio. En efecto, la Eucaristía recuerda ante todo la dimensión del don. Jesús toma el pan no para consumirlo solo, sino para partirlo y darlo a los discípulos, revelando así su identidad y su misión. No retuvo para sí la vida, sino que nos la dio; no consideró su ser de Dios como un tesoro celoso, sino que se despojó de su gloria para compartir nuestra humanidad y hacernos entrar en la vida eterna (cf. Flp 2, 1-11). Jesús hizo donación de toda su vida. Recordemos esto: de toda su vida, Jesús hizo un don.

Entendemos, pues, que celebrar la Eucaristía y comer este Pan, como hacemos especialmente los domingos, no es un acto de culto desvinculado de la vida o un mero momento de consuelo personal; debemos recordar siempre que Jesús tomó el pan, lo partió y se lo dio y, por tanto, la comunión con Él nos hace capaces de convertirnos también en pan partido para los demás, capaces de compartir lo que somos y lo que tenemos. San León Magno decía: «Nuestra participación en el cuerpo y la sangre de Cristo no tiende a otra cosa que a convertirnos en lo que comemos» (Sermón XII sobre la Pasión, 7).

A esto, hermanos y hermanas, estamos llamados: a convertirnos en lo que comemos, a ser «eucarísticos», es decir, personas que ya no viven para sí mismas (cf. Rm 14,7), no, en la lógica de una posesión y de consumo, no, personas que saben hacer de su vida un don para los demás, sí. Así, gracias a la Eucaristía, nos convertimos en profetas y constructores de un mundo nuevo: cuando superamos el egoísmo y nos abrimos al amor, cuando cultivamos los lazos de fraternidad, cuando compartimos los sufrimientos de nuestros hermanos y compartimos nuestro pan y nuestros recursos con los necesitados, cuando ponemos nuestros talentos a disposición de todos, entonces partimos el pan de nuestra vida como Jesús.

Hermanos y hermanas, preguntémonos entonces: ¿Guardo mi vida sólo para mí o la doy como Jesús? ¿Me gasto por los demás o me encierro en mi pequeño yo? Y, en las situaciones cotidianas, ¿sé compartir o busco siempre mi propio interés?

Que la Virgen María, que acogió a Jesús, Pan bajado del Cielo, y se entregó enteramente con Él, nos ayude también a nosotros a convertirnos en don de amor, unidos a Jesús en la Eucaristía.

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Palabras después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas

Les invito a rezar por Sudán, donde la guerra que dura desde hace más de un año aún no ha encontrado una solución pacífica. Que se silencien las armas y, con el compromiso de las autoridades locales y de la comunidad internacional, se ayude a la población y a los numerosos desplazados; que los refugiados sudaneses encuentren acogida y protección en los países vecinos.

Y no olvidemos a la atormentada Ucrania, Palestina, Israel, Myanmar… Hago un llamamiento a la sensatez de los gobernantes para que detengan la escalada y pongan todo su empeño en el diálogo y la negociación.

Saludo a los peregrinos de Roma y de diversas partes de Italia y del mundo, especialmente a los de Croacia y Madrid. Saludo a los fieles de Bellizzi e Iglesias; al Centro cultural «Luigi Padovese» de Cucciago; a las postulantes de las Hijas del Oratorio; y al grupo «Pedalea por los que no pueden», que ha venido en bicicleta de Faenza a Roma. Saludo a los chicos de la Inmaculada.

Les deseo a todos un buen domingo. Por favor, no olviden rezar por mí. Buen provecho y hasta luego.



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domingo, 26 de mayo de 2024

La humildad 22 de mayo

 

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PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles, 22 de mayo de 2024

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[El siguiente texto también incorpora partes no leídas que se consideran pronunciadas]

Catequesis. Vicios y virtudes. 19. La humildad

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Concluimos este ciclo de catequesis deteniéndonos en una virtud que no forma parte de la lista de las siete virtudes cardinales y teologales, pero que está en la base de la vida cristiana: esta virtud es la humildad. Ella es la gran antagonista del más mortal de los vicios, es decir, la soberbia. Mientras el orgullo y la soberbia hinchan el corazón humano, haciéndonos aparentar más de lo que somos, la humildad devuelve todo a su justa dimensión: somos criaturas maravillosas pero limitadas, con virtudes y defectos. La Biblia nos recuerda desde el principio que somos polvo y al polvo volveremos (cfr. Gn 3,19); «humilde», de hecho, viene de humus, tierra. Sin embargo, a menudo surgen en el corazón humano delirios de omnipotencia, tan peligrosos que nos hacen mucho daño.

Para liberarnos de la soberbia, bastaría muy poco; bastaría contemplar un cielo estrellado para redescubrir la justa medida, como dice el Salmo: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus manos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para que de él te cuides?» (8, 4-5). La ciencia moderna nos permite ampliar mucho más el horizonte y sentir aún más el misterio que nos rodea y nos habita.

¡Bienaventuradas las personas que guardan en su corazón esta percepción de su propia pequeñez! Estas personas están a salvo de un vicio feo: la arrogancia. En sus Bienaventuranzas, Jesús parte precisamente de ellos: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3). Es la primera Bienaventuranza porque es la base de las que siguen: de hecho, la mansedumbre, la misericordia, la pureza de corazón surgen de ese sentimiento interior de pequeñez. La humildad es la puerta de entrada de todas las virtudes.

En las primeras páginas de los Evangelios, la humildad y la pobreza de espíritu parecen ser la fuente de todo. El anuncio del ángel no tiene lugar a las puertas de Jerusalén, sino en una remota aldea de Galilea, tan insignificante que la gente decía: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1,46). Sin embargo, desde allí renace el mundo. La heroína elegida no es una pequeña reina criada entre algodones, sino una muchacha desconocida: María. Ella misma es la primera en asombrarse cuando el ángel le trae el anuncio de Dios. Y en su cántico de alabanza, destaca precisamente este asombro: «Mi alma canta la grandeza del Señor, y mi espíritu se estremece de gozo en Dios, mi Salvador, porque Él miró con bondad la pequeñez de su servidora» (Lc 1, 46-48). Dios -por así decirlo- se siente atraído por la pequeñez de María, que es sobre todo una pequeñez interior. Y también lo atrae nuestra pequeñez, cuando la aceptamos.

A partir entonces, María tendrá cuidado de no pisar el escenario. Su primera decisión tras el anuncio angélico es ir a ayudar, ir a servir a su prima. María se dirige hacia las montañas de Judá, para visitar a Isabel: la asistirá en los últimos meses de su embarazo. Pero, ¿quién ve este gesto? Nadie salvo Dios. Parece que la Virgen no quiere salir nunca de este escondimiento. Como cuando, desde la multitud, una voz de mujer proclama su bienaventuranza: «¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!». (Lc 11,27). Pero Jesús replica inmediatamente: «Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan» (Lc 11,28). Ni siquiera la verdad más sagrada de su vida -el ser la Madre de Dios- se convierte en motivo de jactancia ante los demás. En un mundo que es una carrera para aparentar, para demostrarse superior a los demás, María camina con decisión, solamente con la fuerza de la gracia de Dios, en dirección contraria.

Podemos imaginar que ella también conoció momentos difíciles, días en los que su fe avanzaba en la oscuridad. Pero esto nunca hizo vacilar su humildad, que en María fue una virtud granítica. Esto quiero subrayarlo: la humildad es una virtud granítica. Pensemos en María: ella siempre es pequeña, siempre desprendida de sí misma, siempre libre de ambiciones. Esta pequeñez suya es su fuerza invencible: es ella quien permanece a los pies de la cruz mientras se hace añicos la ilusión de un Mesías triunfante. Será María, en los días que preceden Pentecostés, quien reúna el rebaño de los discípulos, que no habían sido capaces de velar ni siquiera una hora con Jesús y le habían abandonado cuando llegó la tormenta.

Hermanos y hermanas, la humildad es todo. Es lo que nos salva del Maligno y del peligro de convertirnos en sus cómplices. Y la humildad es la fuente de la paz en el mundo y en la Iglesia. Donde no hay humildad hay guerra, hay discordia, hay división. Dios nos ha dado ejemplo de humildad en Jesús y María, para que sea nuestra salvación y felicidad. Y la humildad es precisamente la vía, el camino hacia la salvación. ¡Gracias!

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Saludos
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos a María que nos enseñe a vivir la virtud de la humildad, proclamando la grandeza del Señor y dándole gracias porque mira nuestra pequeñez con amor y misericordia. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa los cuide. Muchas gracias.

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Resumen leído en español

Queridos hermanos y hermanas:

Concluimos hoy el ciclo de catequesis dedicado a “los vicios y las virtudes”. Y hoy reflexionamos sobre la humildad, una virtud que está en la base de la vida cristiana y es la gran antagonista del peor de los vicios, que es la soberbia. La humildad nos ayuda a ubicar todo en su justa medida: somos criaturas maravillosas pero limitadas, con cualidades y defectos. «Humildad es andar en la verdad», decía santa Teresa.

En las Bienaventuranzas, Jesús menciona algunas actitudes que nacen de la humildad, como la mansedumbre, la misericordia y la pureza de corazón. Esta disposición interior nos ayuda a combatir el orgullo y los delirios de grandeza que tantas veces surgen dentro de nosotros.

Para ahondar en esta virtud contemplemos a la Virgen María, modelo de humildad y pequeñez. En la vida oculta, libre de ambiciones y vacía de sí, María hizo de toda su vida un magníficat.



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domingo, 19 de mayo de 2024

Solemnidad de Pentecostés

 

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SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

PAPA FRANCISCO

REGINA CAELI

Plaza de San Pedro
Domingo, 19 de mayo de 2024

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Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz fiesta de Pentecostés, buenos días!

Hoy, Solemnidad de Pentecostés, celebramos el descenso del Espíritu Santo sobre María y sobre los apóstoles. En el Evangelio de la liturgia, Jesús habla del Espíritu Santo, y dice que Él nos enseña “todo lo que ha oído” (cfr. Jn 16,13). Pero, ¿qué significa esta expresión? ¿Qué ha escuchado el Espíritu Santo? ¿De qué nos habla?

Nos habla con palabras que expresan sentimientos maravillosos, como el afecto, la gratitud, la confianza, la misericordia. Palabras que nos permiten conocer una relación bella, luminosa, concreta y duradera, como es el Amor eterno de Dios: las palabras que el Padre y el Hijo se dicen. Son precisamente las palabras transformadoras del amor las que el Espíritu Santo repite en nuestro interior, y las que nos hace bien escuchar, porque estas palabras hacen nacer y crecer en nuestro corazón los mismos sentimientos y los mismos propósitos: son palabras fecundas.  

Por eso, es importante que nos nutramos todos los días de las Palabras de Dios, de las Palabras de Jesús, inspiradas por el Espíritu. Y muchas veces digo: tengamos un Evangelio pequeño, de bolsillo, llevémoslo con nosotros y leamos un pasaje del Evangelio aprovechando los momentos favorables.

El sacerdote y poeta Clemente Rebora, hablando de su conversión, escribía en el diario: «¡Y la Palabra acalló mi palabrerío!» (Curriculum vitae). La Palabra de Dios silencia nuestra palabrería superficial y nos hace decir palabras serias, palabras bellas, palabras alegres. «¡Y la Palabra acalló mi palabrerío!». Escuchar la Palabra de Dios silencia el palabrerío. He aquí cómo dar espacio en nosotros a la voz del Espíritu Santo. Y, además, mediante la Adoración -no olvidemos la oración de adoración en silencio-, especialmente si es sencilla y silenciosa. Y allí, digamos dentro de nosotros palabras buenas, digámoslas al corazón, para poder decirlas luego a los demás, los unos a los otros; de este modo se ve que provienen de la voz del Espíritu que consuela.

Queridos hermanos y hermanas, leer y meditar el Evangelio, rezar en silencio, decir palabras buenas, no son cosas difíciles, no,  todos podemos hacerlo. Es más fácil que insultar, enfadarse… Por eso, preguntémonos: ¿qué lugar tienen estas palabras en mi vida? ¿Cómo puedo cultivarlas, a fin de ponerme a escuchar mejor al Espíritu Santo y ser su eco para los demás?

Que María, presente en Pentecostés con los apóstoles, nos haga dóciles a la voz del Espíritu Santo.

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Después del Regina Caeli

Queridos hermanos y hermanas,

El Espíritu Santo es Aquel que crea la armonía: la armonía. Y la crea a partir de realidades diferentes, a veces conflictivas. Hoy, solemnidad de Pentecostés, oremos al Espíritu Santo, Amor del Padre y del Hijo, para que cree armonía en los corazones, armonía en las familias, armonía en la sociedad, armonía en el mundo entero. Que el Espíritu haga crecer la comunión y la fraternidad entre los cristianos de las distintas confesiones; y done a los gobernantes la valentía de realizar gestos de diálogo que lleven a poner fin a las guerras, las muchas guerras de hoy. Pensemos en Ucrania: mi pensamiento se dirige en especial a la ciudad de Kharkiv, que sufrió un ataque hace dos días. Pensemos en Tierra Santa, en Palestina, en Israel. Pensemos en tantos lugares donde hay guerra: que el Espíritu lleve a los responsables de las naciones y a todos nosotros a abrir puertas de paz.

Deseo expresar mi gratitud por la acogida y el afecto de los veroneses, en mi visita de ayer: ¡los veroneses lo han hecho muy bien! Gracias, gracias. Pienso de modo especial en la cárcel de Verona, pienso en las detenidas, en los detenidos, que me han testimoniado, una vez más, que detrás de los muros de una cárcel palpitan la vida, la humanidad, la esperanza. A todo el personal del penitenciario y, en particular, a la directora, la dra. Francesca Gioieni, va mi sincero agradecimiento.

Saludo a todos ustedes, peregrinos de Roma y de distintos lugares de Italia y del mundo. Saludo especialmente a los de Timor-Leste: ¡iré a verlos pronto!; a los de Letonia y Uruguay; así como a la comunidad paraguaya de Roma, que festeja a la Virgen de Caacupé; y a la Misión católica portuguesa de Lucerna.

Saludo a los jóvenes de la Inmaculada; saludo a las monjas que están allí, ¡muy bien! Saludo a los fieles de Benevento, Porto Azzurro y Terracina; y al Instituto “Caterina di Santa Rosa” de Roma.

Deseo a todos un feliz domingo. Por favor, no se olviden de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!

 



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