miércoles, 16 de septiembre de 2020

Cuidado de la casa común y actitud contemplativa

http://www.vatican.va/content/francesco/es/audiences/2020/documents/papa-francesco_20200916_udienza-generale.html

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Para salir de una pandemia, es necesario cuidarse y cuidarnos mutuamente. También debemos apoyar a quienes cuidan a los más débiles, a los enfermos y a los ancianos. Existe la costumbre de dejar de lado a los ancianos, de abandonarlos: está muy mal. Estas personas —bien definidas por el término español “cuidadores”—, los que cuidan de los enfermos, desempeñan un papel esencial en la sociedad actual, aunque a menudo no reciban ni el reconocimiento ni la remuneración que merecen. El cuidado es una regla de oro de nuestra humanidad y trae consigo salud y esperanza (cf. Enc. Laudato si’ [LS], 70). Cuidar de quien está enfermo, de quien lo necesita, de quien ha sido dejado de lado: es una riqueza humana y también cristiana,

Este cuidado abraza también a nuestra casa común: la tierra y cada una de sus criaturas. Todas las formas de vida están interconectadas (cf. ibíd., 137-138), y nuestra salud depende de la de los ecosistemas que Dios ha creado y que nos ha encargado cuidar (cf. Gn 2, 15). Abusar de ellos, en cambio, es un grave pecado que daña, que perjudica y hace enfermar (cf. LS, 8; 66). El mejor antídoto contra este abuso de nuestra casa común es la contemplación (cf. ibíd., 85; 214). ¿Pero cómo? ¿No hay una vacuna al respecto, para el cuidado de la casa común, para no dejarla de lado? ¿Cuál es el antídoto para la enfermedad de no cuidar la casa común? Es la contemplación. «Cuando alguien no aprende a detenerse para percibir y valorar lo bello, no es extraño que todo se convierta para él en objeto de uso y abuso inescrupuloso» (ibíd.,215). Incluso en objeto de “usar y tirar”. Sin embargo, nuestro hogar común, la creación, no es un mero “recurso”. Las criaturas tienen un valor en sí y "reflejan, cada una a su manera, un rayo de la sabiduría y de la bondad infinitas de Dios" (Catecismo de la Iglesia Católica, 339). Pero ese valor y ese rayo de luz divina hay que descubrirlo y, para hacerlo, necesitamos silencio, necesitamos escuchar, necesitamos contemplar. También la contemplación cura el alma.

Sin contemplación es fácil caer en un antropocentrismo desviado y soberbio, el “yo” en el centro de todo, que sobredimensiona nuestro papel de seres humanos y nos posiciona como dominadores absolutos de todas las criaturas. Una interpretación distorsionada de los textos bíblicos sobre la creación ha contribuido a esta visión equivocada, que lleva a explotar la tierra hasta el punto de asfixiarla. Explotar la creación: ese es el pecado. Creemos que estamos en el centro, pretendiendo que ocupamos el lugar de Dios; y así arruinamos la armonía del diseño de Dios. Nos convertimos en depredadores, olvidando nuestra vocación de custodios de la vida. Naturalmente, podemos y debemos trabajar la tierra para vivir y desarrollarnos. Pero el trabajo no es sinónimo de explotación, y siempre va acompañado de cuidados: arar y proteger, trabajar y cuidar... Esta es nuestra misión (cf. Gn 2,15). No podemos esperar seguir creciendo a nivel material, sin cuidar la casa común que nos acoge. Nuestros hermanos y hermanas más pobres y nuestra madre tierra gimen por el daño y la injusticia que hemos causado y reclaman otro rumbo. Reclaman de nosotros una conversión, un cambio de ruta: cuidar también de la tierra, de la creación.

Es importante, pues, recuperar la dimensión contemplativa, es decir mirar la tierra y la creación como un don, no como algo que explotar para sacar beneficios. Cuando contemplamos, descubrimos en los demás y en la naturaleza algo mucho más grande que su utilidad. He aquí la clave del problema: contemplar es ir más allá de la utilidad de una cosa. Contemplar la belleza no significa explotarla: contemplar es gratuidad. Descubrimos el valor intrínseco de las cosas que les ha dado Dios. Como muchos maestros espirituales han enseñado, el cielo, la tierra, el mar, cada criatura posee esta capacidad icónica, esta capacidad mística para llevarnos de vuelta al Creador y a la comunión con la creación. Por ejemplo, San Ignacio de Loyola, al final de sus Ejercicios Espirituales, nos invita a la “Contemplación para alcanzar amor”, es decir, a considerar cómo Dios mira a sus criaturas y a regocijarse con ellas; a descubrir la presencia de Dios en sus criaturas y, con libertad y gracia, a amarlas y cuidarlas.

La contemplación, que nos lleva a una actitud de cuidado, no es mirar a la naturaleza desde el exterior, como si no estuviéramos inmersos en ella. Pero nosotros estamos dentro de la naturaleza, somos parte de la naturaleza. Se hace más bien desde dentro, reconociéndonos como parte de la creación, haciéndonos protagonistas y no meros espectadores de una realidad amorfa que solo serviría para explotaría. El que contempla de esta manera siente asombro no sólo por lo que ve, sino también porque se siente parte integral de esta belleza; y también se siente llamado a guardarla, a protegerla. Y hay algo que no debemos olvidar: quien no sabe contemplar la naturaleza y la creación, no sabe contemplar a las personas con toda su riqueza. Y quien vive para explotar la naturaleza, termina explotando a las personas y tratándolas como esclavos. Esta es una ley universal: si no sabes contemplar la naturaleza, te será muy difícil contemplar a las personas, la belleza de las personas, a tu hermano, a tu hermana.

El que sabe contemplar, se pondrá más fácilmente manos a la obra para cambiar lo que produce degradación y daño a la salud. Se comprometerá a educar y a promover nuevos hábitos de producción y consumo, a contribuir a un nuevo modelo de crecimiento económico que garantice el respeto de la casa común y el respeto de las personas. El contemplativo en acción tiende a convertirse en custodio del medio ambiente: ¡qué hermoso es esto! Cada uno de nosotros debe ser custodio del ambiente, de la pureza del ambiente, tratando de conjugar los saberes ancestrales de las culturas milenarias con los nuevos conocimientos técnicos, para que nuestro estilo de vida sea sostenible.

En fin, contemplar y cuidar: ambas actitudes muestran el camino para corregir y reequilibrar nuestra relación como seres humanos con la creación. Muchas veces, nuestra relación con la creación parece ser una relación entre enemigos: destruir la creación para mi ventaja; explotar la creación para mi ventaja. No olvidemos que se paga caro; no olvidemos el dicho español: “Dios perdona siempre; nosotros perdonamos a veces; la naturaleza no perdona nunca”. Hoy leía en el periódico acerca de los dos grandes glaciares de la Antártida, cerca del Mar de Amundsen: están a punto de caer. Será terrible, porque el nivel del mar subirá y esto acarreará muchas, muchas dificultades y muchos males. ¿Y por qué? Por el sobrecalentamiento, por no cuidar del medio ambiente, por no cuidar de la casa común. En cambio, si tenemos esta relación —me permito usar la palabra— “fraternal”, en sentido figurado, con la creación, nos convertimos en custodios de la casa común, en custodios de la vida y en custodios de la esperanza, custodiaremos el patrimonio que Dios nos ha confiado para que las generaciones futuras puedan disfrutarlo. Y alguno podría decir: “Pero, yo me las arreglo así”. Pero el problema no es cómo te las arreglas hoy —esto lo decía un teólogo alemán, protestante, muy bueno: Bonhoeffer— el problema no es cómo te las arreglas hoy; el problema es: ¿cuál será la herencia, la vida de la futura generación? Pensemos en los hijos, en los nietos: ¿qué les dejaremos si explotamos la creación? Custodiemos este camino para que podamos convertirnos en “custodios" de la casa común, custodios de la vida y de la esperanza.

Custodiemos el patrimonio que Dios nos ha confiado para que las futuras generaciones puedan disfrutarlo. Pienso de manera especial en los pueblos indígenas, con los que todos tenemos una deuda de gratitud, incluso de penitencia, para reparar el daño que les hemos causado. Pero también pienso en aquellos movimientos, asociaciones y grupos populares, que se esfuerzan por proteger su territorio con sus valores naturales y culturales. Sin embargo, no siempre son apreciados e incluso, a veces, se les obstaculiza porque no producen dinero, cuando, en realidad, contribuyen a una revolución pacífica que podríamos llamar la “revolución del cuidado”. Contemplar para cuidar, contemplar para custodiar, custodiarnos nosotros, a la creación, a nuestros hijos, a nuestros nietos, y custodiar el futuro. Contemplar para curar y para custodiar y para dejar una herencia a la futura generación.

Ahora bien, no hay que delegar en algunos lo que es la tarea de todo ser humano. Cada uno de nosotros puede y debe convertirse en un “custodio de la casa común”, capaz de alabar a Dios por sus criaturas, de contemplarlas y protegerlas.


martes, 15 de septiembre de 2020

Día Internacional de la Democracia: ¿Qué dice el Papa?

 Día de la Democracia Papa

El Papa Francisco En El Parlamento Europeo (C) Vatican News

Instituido por las Naciones Unidas

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(zenit – 15 sept. 2020).- El 15 de septiembre se celebra el Día Internacional de la Democracia, instituido por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 8 de noviembre de 2007. El Papa Francisco asegura que “no hay democracia con hambre, ni desarrollo con pobreza”.

Este año, concretamente se enmarca en un crisis mundial sin precedentes causada por la pandemia ha generado importantes desafíos sociales, políticos y legales a nivel mundial. De ahí, la importancia de que los estados, a medida que adoptan medidas de emergencia para abordar la crisis, “sigan defendiendo el estado de derecho, protegiendo y respetando las normas internacionales y los principios básicos de legalidad, así como el derecho a acceder a la justicia, los recursos y los procesos en curso”.

Así lo ratificó el Secretario General de la ONU, António Guterres, en unas declaraciones en las que instaba a los gobiernos a ser transparentes, receptivos y responsables en su respuesta a la COVID-19 para garantizar que cualquier medida de emergencia fuera legal, proporcionada, necesaria y no discriminatoria.

“La mejor respuesta es aquella que responde proporcionalmente a las amenazas inmediatas mientras protege los derechos humanos y el estado de derecho”, explicó hace unos meses coincidiento con la publicación de un informe de la ONU sobre los Derechos Humanos durante la COVID-19.

¿Qué dice el Papa de la democracia?

El Papa Francisco afirmó el 4 de junio de 2019 que “no hay democracia con hambre, ni desarrollo con pobreza, ni justicia en la inequidad”, durante un discurso que ofreció con motivo de la clausura de la Cumbre Panamericana de Jueces sobre Derechos Sociales y Doctrina Franciscana, celebrada en el Vaticano.

“Un sistema político-económico, para su sano desarrollo, necesita garantizar que la democracia no sea sólo nominal, sino que pueda verse plasmada en acciones concretas que velen por la dignidad de todos sus habitantes bajo la lógica del bien común, en un llamado a la solidaridad y una opción preferencial por los pobres”, argumentó Jorge Bergoglio.

“Ello exige los esfuerzos de las máximas autoridades, y por cierto del poder judicial, para reducir la distancia entre el reconocimiento jurídico y la práctica del mismo”, añadió.

Rosa Die Alcolea

“Para un conocimiento de la paz”, libro con prefacio del Papa

(zenit – 15 sept. 2020).- La Librería Editora Vaticana ha publicado recientemente el libro" Para un conocimiento de la paz", con prefacio del Papa Francisco, según informa Vatican News.

“El cambio de época que la humanidad está experimentando está conformado por lo que he denominado repetidamente como ‘una tercera guerra mundial a pedazos’. Sabemos bien cuánto el miedo a una guerra mundial, capaz de destruir a toda la humanidad, ha marcado nuestro pasado reciente. San Juan XXIII dedicó su última Encíclica, dirigiéndola a todos los hombres de buena voluntad, al tema de la paz. (Carta Enc. Pacem in Terris, 11 de abril de 1963). Y cómo no recordar el sincero llamamiento de San Pablo VI a la Asamblea de las Naciones Unidas: ‘Nunca más los unos contra los otros; jamás, nunca más…’ (4 octubre 1965).

Lamentablemente, debemos señalar que hoy en día el mundo sigue inmerso en un clima de guerra y violencia mutua: esta dolorosa realidad no sólo exige que mantengamos vivo el llamamiento a la paz, sino que casi nos obliga a hacernos preguntas decisivas.

¿Por qué en un mundo en el que la globalización ha derribado tantas fronteras, en el que todos -se dice- estamos interconectados, seguimos practicando la violencia en las relaciones entre los individuos y las comunidades?

¿Por qué los que son diferentes a nosotros a menudo nos asustan tanto, como para hacernos asumir un comportamiento de defensa y sospecha que con demasiada frecuencia se convierte en agresión hostil?

¿Por qué los gobiernos de los Estados creen que el despliegue de su fuerza, incluso con actos de guerra, puede darles mayor credibilidad a los ojos de sus ciudadanos y aumentar el consenso del que gozan?

Estas y otras preguntas no pueden ser respondidas de manera general y apresurada. Se necesita un compromiso de estudio, también es necesario invertir en la investigación científica y en la formación de las jóvenes generaciones. Por estas razones consideré necesario establecer en la Pontificia Universidad Lateranense un Ciclo de Estudios en Ciencias de la Paz, basado en la convicción de que la Iglesia está llamada a comprometerse en ‘la solución de los problemas relativos a la paz, la armonía, el medio ambiente, la defensa de la vida y los derechos humanos y civiles’. (Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, 65).

En tal compromiso ‘el mundo universitario tiene un papel central, un lugar que simboliza ese humanismo integral que necesita renovarse y enriquecerse continuamente, para que pueda producir la valiente renovación cultural que exige el momento actual’. Este desafío también interpela a la Iglesia que, con su red mundial de universidades eclesiásticas, puede ‘aportar la decisiva contribución de la levadura, la sal y la luz del Evangelio de Jesucristo y de la Tradición viva de la Iglesia siempre abierta a nuevos escenarios y nuevas propuestas’, como recordé recientemente al reformar el sistema de estudios académicos en las instituciones eclesiásticas. (Cf. Constitución Apostólica Veritatis Gaudium, 2). Esto ciertamente no significa alterar el sentido institucional y las tradiciones consolidadas de nuestras realidades académicas, sino más bien orientar su función en la perspectiva de una Iglesia más marcadamente ‘en salida’ y misionera. De hecho, es posible hacer frente a los desafíos del mundo contemporáneo con una capacidad de respuesta adecuada en cuanto al contenido y compatible en cuanto al lenguaje, en primer lugar dirigiéndose a las nuevas generaciones. (Carta al cardenal De Donatis con motivo del establecimiento del nuevo curso de estudios en ‘Ciencias de la Paz’, 12 de noviembre de 2018).

Este volumen ofrece una primera visión general de algunos de los centros de interés de esta nueva empresa académica. Es necesariamente interdisciplinario y expresa un diálogo fructífero entre la filosofía, la teología, el derecho y la historia. Confío en que una profundización rigurosa de estas líneas de investigación, alimentada también por las aportaciones de las ciencias humanas, fomentará el crecimiento de un ‘conocimiento de la paz’ para formar a pacificadores verdaderamente valiosos, dispuestos a ponerse en juego en los más diversos ámbitos de la vida de nuestras sociedades.

Quisiera subrayar que un buen trabajador por la paz debe ser capaz de madurar una mirada al mundo y a la historia que no caiga en un ‘exceso de diagnóstico’, que no siempre va acompañado de propuestas resolutivas y realmente aplicables. (Exhortación Apostólica Evangelii gaudium, 50). Se trata, de hecho, de ir más allá de un enfoque puramente sociológico que pretende abarcar la totalidad de la realidad de manera neutral y aséptica. Quienes deseen convertirse en expertos en Ciencias de la Paz deben aprender a estar atentos a los signos de los tiempos: el gusto por la investigación y el estudio científico debe ir acompañado de un corazón capaz de compartir ‘las alegrías y las esperanzas, las penas y las angustias de los hombres de hoy’ (Conc. Ecum. Vat. II, Const. Gaudium et Spes, 1) para saber hacer un verdadero discernimiento evangélico.

Realmente necesitamos hombres y mujeres, bien preparados, equipados con todas las herramientas necesarias para leer e interpretar las dinámicas sociales, económicas y políticas de nuestro tiempo. Comprometerse en estos caminos de formación puede ser una ayuda válida para que muchos jóvenes descubran que ‘la vocación laical es ante todo caridad en la familia y caridad social o política: es un compromiso concreto a partir de la fe para la construcción de una nueva sociedad, es vivir en medio del mundo y de la sociedad para evangelizar sus diversas exigencias, hacer la paz, la convivencia, la justicia, los derechos humanos, la misericordia, y así extender el Reino de Dios en el mundo’. (Postsin. ap. exhortación Christus vivit, 168).

Agradezco al profesor Marengo, que ha editado este volumen, así como a los relatores cuyas aportaciones abren el camino para la maduración de este campo indispensable de la investigación científica, destinado a alimentar prácticas de paz y armonía entre los hombres y los pueblos”.

Francisco


domingo, 13 de septiembre de 2020

El Papa: no podemos pretender el perdón de Dios, si no perdonamos al prójimo

 

Es necesario aplicar el amor misericordioso en todas las relaciones humanas, tal como nos lo pide Jesús: lo dijo el Papa a la hora del Ángelus de este domingo, al reflexionar sobre la parábola del rey misericordioso. “Si no nos esforzamos por perdonar y amar, - afirmó el Santo Padre – tampoco seremos perdonados ni amados”.

“Si no nos esforzamos por perdonar y amar, tampoco seremos perdonados ni amados”: fue la conclusión a la que llegó el Papa Francisco en su Ángelus de hoy, al reflexionar sobre la parábola del rey misericordioso. El Santo Padre se asomó, como cada domingo, a la ventana del Palacio Apostólico, para rezar junto con los fieles la oración mariana del Ángelus dominical, en este XXIV domingo del Tiempo Ordinario.

El Evangelio propone en este día la parábola del rey misericordioso, en donde “encontramos – dijo Francisco – dos veces esta súplica: ‘ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.

La primera vez la pronuncia el siervo que le debe a su amo diez mil talentos, una suma enorme. Hoy serían millones y millones de euros. La segunda vez la repite otro criado del mismo amo. Él también tiene deudas, no con su amo, sino con el siervo que tiene esa enorme deuda. Y su deuda es muy pequeña comparada con la de su compañero, tal vez como el salario de una semana.

La infinita misericordia de Dios

Tal como explicó el Papa, el centro de la parábola es la indulgencia que el amo muestra hacia el siervo más endeudado.

El evangelista subraya que «el señor tuvo compasión de aquel servidor, - no olviden jamás esta palabra que es propia de Jesús: "tuvo compasión", Jesús siempre tuvo compasión - le dejó marchar y le perdonó la deuda». ¡Una deuda enorme, por tanto, una condonación enorme! Pero ese criado, inmediatamente después, se muestra despiadado con su compañero, que le debe una modesta suma. No lo escucha, le insulta y lo hace encarcelar, hasta que haya pagado la deuda, aquella pequeña deuda. El amo se entera de esto y, enojado, llama al siervo malvado y lo hace condenar. ¿Pero yo te he perdonado tanto y tú eres incapaz de perdonar tan poco?

Aplicar el amor misericordioso en todas las relaciones  

Son dos las actitudes que demuestra la parábola: la de Dios, que, representado por el rey, muestra una justicia “impregnada de misericordia”. Y la del hombre, que “se limita a la justicia”. Jesús, en cambio, nos exhorta a “abrirnos valientemente al poder del perdón, porque no todo en la vida se resuelve con la justicia”. Da cuenta de ello la respuesta que le da a Pedro, antes de la parábola, cuando le pregunta: «Señor ¿cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano?». A lo que Jesús le responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». En el lenguaje simbólico de la Biblia, - explicó el Papa - esto significa que estamos llamados a perdonar siempre.

¡Cuánto sufrimiento, cuántas divisiones, cuántas guerras podrían evitarse, si el perdón y la misericordia fueran el estilo de nuestra vida! Incluso en la familia, también en la familia. Cuántas familias desunidas que no saben perdonarse, cuántos hermanos y hermanas que tienen este rencor dentro. Es necesario aplicar el amor misericordioso en todas las relaciones humanas: entre los esposos, entre padres e hijos, dentro de nuestras comunidades, en la Iglesia y también en la sociedad y la política.

Deja de odiar, el rencor es como una mosca en el verano

El Papa Francisco se detuvo en la meditación, para contar una primera reflexión que tuvo en la mañana, durante la misa, leyendo una frase el libro de Sirácides. La frase que dice: "Acuérdate de tu fin y déjate de odiar". Y exhortó:

¡Piensa en el final! Piensa que estarás en un ataúd y llevarás el odio allí. Piensa en el final, ¡deja de odiar! Deja el rencor. Piensa en esta conmovedora frase: "Acuérdate de tu fin y déjate de odiar". No es fácil perdonar, porque en los momentos tranquilos uno dice: "sí, pero éstos o éste me han hecho todo tipo de cosas"... pero yo también he hecho muchas. Mejor perdonar para ser perdonado. Pero luego, el rencor vuelve, como una molesta mosca en el verano que vuelve y vuelve y vuelve... Perdonar no es sólo algo momentáneo, es algo continuo contra este rencor, este odio que vuelve. Pensemos en el final, dejemos de odiar.

“Es una condición: piensa en el final, en el perdón de Dios y deja de odiar, ahuyenta el rencor, esa molesta mosca que vuelve y vuelve y vuelve.”

Perdonar para ser perdonados  

La frase que recitamos en la oración del Padre nuestro: «Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores», cobran su pleno significado gracias a esta parábola, puesto que contienen, continuó diciendo el Papa, una “verdad decisiva”:

No podemos pretender para nosotros el perdón de Dios, si nosotros, a nuestra vez, no concedemos el perdón a nuestro prójimo. Si no nos esforzamos por perdonar y amar, tampoco seremos perdonados ni amados.

Por todo ello, al concluir su reflexión, el Papa alentó a encomendarse a la maternal intercesión de la Madre de Dios, para que Ella “nos ayude a darnos cuenta de cuánto estamos en deuda con Dios, y a recordarlo siempre, para tener el corazón abierto a la misericordia y a la bondad”.

miércoles, 9 de septiembre de 2020

Durante la catequesis, el Papa Francisco se refirió al hecho de que este tiempo en que como humanidad enfrentamos la pandemia del Covid-19, podría ser un momento oportuno porque “podemos salir mejores si buscamos todos juntos el bien común, si hacemos lo contrario, saldremos peor”

 

https://www.nazaret.tv/video/16/audiencia-general-09-septiembre-2020-papa-francisco0



La mañana del miércoles 9 de septiembre ha tenido lugar la Audiencia General del Papa Francisco con la presencia de fieles, venidos de Italia y de diversas partes del mundo. Es la segunda que se realiza en el Patio de San Dámaso.

 También hace notar que muchas realidades amenazan esta búsqueda y enumera algunas: “hay quien quisiera apropiarse de posibles soluciones, como en el caso de las vacunas” otros fomentan divisiones para buscar ventajas “económicas o políticas, generando o aumentando conflictos”, así como hay otros que “no se interesan por el sufrimiento de los demás”.

La respuesta cristiana
El Papa Francisco subraya que “La respuesta cristiana a la pandemia y a las consecuentes crisis socio-económicas se basa en el amor, ante todo el amor de Dios que siempre nos precede (cfr 1 Jn 4, 19). Él nos ama primero y nos precede en el amor y en la solución. Nos ama incondicionalmente, y cuando acogemos este amor divino, entonces podemos responder de forma parecida”.

Francisco insiste en la respuesta al amor de Dios: “Amo no solo a quien me ama (…) sino también a los que no me aman”. Por eso afirma con fuerza “amar a todos, incluidos los enemigos. Esta es la sabiduría cristiana. Es el punto más alto de la santidad, digámoslo así amar a los enemigos no es fácil, no es fácil. Ciertamente que es difícil, ¡diría que es un arte! Pero es un arte que se puede aprender y mejorar. El amor verdadero, que nos hace fecundos y libres, es siempre expansivo e inclusivo. Este amor cura, sana y hace bien”.

Dimensiones del amor
Francisco afirma que el amor no se limita a las relaciones entre dos o tres personas, o a los amigos, o a la familia. “Incluye las relaciones cívicas y políticas (cfr Catecismo de la Iglesia Católica [CCC], 1907-1912), incluso la relación con la naturaleza (Enc. Laudato si’ [LS], 231). Como somos seres sociales y políticos, una de las más altas expresiones de amor es precisamente la social y política, decisiva para el desarrollo humano y para afrontar todo tipo de crisis (ibid., 231)”.

Frutos del amor
Indagando en la lógica del amor en la vida del cristiano, Francisco afirma: “Sabemos que el amor fructifica a las familias y las amistades; pero está bien recordar que fructifica también las relaciones sociales, culturales, económicas y políticas, permitiéndonos construir una “civilización del amor”, como le gustaba decir a san Pablo VI[1] y, siguiendo sus huellas, san Juan Pablo II. Sin esta inspiración, prevalece la cultura del egoísmo, de la indiferencia, del descarte. que es desechar lo que no amo, lo que no puedo amar o aquellos que me parecen inútiles en la sociedad. Hoy en la entrada un matrimonio nos dijo: "Reza por nosotros porque tenemos un hijo discapacitado". Le pregunté: "¿Qué edad tiene? - Muchos - ¿Y qué haces? - Lo acompañamos, lo ayudamos". Toda una vida de padres para ese hijo discapacitado. Eso es amor. Y los enemigos, los oponentes políticos, incluso en nuestra opinión, parecen ser políticamente, socialmente discapacitados, pero parecen serlo. Dios sabe si lo son o no. Pero debemos amarlos, debemos dialogar, debemos construir esta civilización del amor, esta civilización política, social, de la unidad de toda la humanidad. Al contrario, guerras, divisiones, envidias, incluso guerras en la familia: porque el amor inclusivo es social, es familiar, es político... el amor lo impregna todo”.

El Papa continúa desarrollando la idea de los frutos del amor al insistir: “El coronavirus nos muestra que el verdadero bien para cada uno es un bien común y, viceversa, el bien común es un verdadero bien para la persona (cfr CCC, 1905-1906). La salud, además de individual, es también un bien público. Una sociedad sana es la que cuida de la salud de todos. Un virus que no conoce barreras, fronteras o distinciones culturales y políticas debe ser afrontado con un amor sin barreras, fronteras o distinciones”.

Para enfrentar este virus, afirma Francisco, se pueden generar “estructuras sociales que nos animen a compartir más que a competir, que nos permitan incluir a los más vulnerables y no descartarlos, y que nos ayuden a expresar lo mejor de nuestra naturaleza humana y no lo peor”.

El Papa advierte sobre el peligro de que las soluciones a la pandemia lleven la huella del egoísmo e insiste: “quizá podamos salir del coronavirus, pero ciertamente no de la crisis humana y social que el virus ha resaltado y acentuado. Por tanto, ¡cuidado con construir sobre la arena (cfr Mt 7, 21-27)! Para construir una sociedad sana, inclusiva, justa y pacífica, debemos hacerlo encima de la roca del bien común[2]. El bien común es una roca. Y esto es tarea de todos, no solo de algún especialista. Cada ciudadano es responsable del bien común”.

Una sociedad sana es la que se hace cargo de la salud de todos
Francisco subraya que “el coronavirus nos muestra que el bien para cada uno es un bien para todos, que la salud de cada persona es también un bien público. Por eso, una sociedad sana es la que se hace cargo de la salud de todos”. Por eso, la respuesta a esta pandemia incluye una dimensión personal y otra social: “Si cada uno pone de su parte, y si no se deja a nadie fuera, podremos regenerar buenas relaciones a nivel comunitario, nacional, internacional y también en armonía con el ambiente (cfr LS, 236). Lo que haces en la familia, lo que haces en el vecindario, lo que haces en el pueblo, lo que haces en la gran ciudad e internacionalmente es lo mismo, es la misma semilla que crece, crece, crece y da fruto. Si en la familia, en el vecindario empiezas con la envidia, con la lucha será la guerra al final. En cambio, si empiezas con el amor, con compartir el amor, con el perdón, será amor y perdón para todos. Así en nuestros gestos, también en los más humildes, se hará visible algo de la imagen de Dios que llevamos en nosotros, porque Dios es Trinidad de Amor. Dios es amor, es la más bella definición de Dios que hay en la Biblia. Con su ayuda, podemos sanar al mundo trabajando todos juntos por el bien común”.

Al terminar la catequesis, el Papa saludó a los peregrinos de lengua española y pidió a Dios que “nos ayude a cultivar la virtud de la caridad, a través de gestos de ternura y cercanía hacia nuestros hermanos. Así, con su ayuda, podremos curar el mundo, trabajando unidos por el bien común, por el bien de todos”.

martes, 8 de septiembre de 2020

Natividad de la Bienaventurada Virgen María: Pequeña y Santa

 

2019.09.08 Nativita della Beata Vergine Maria, Pietro Cavallini, Santa Maria in Trastevere, 1291-1296Natividad de la Santísima Virgen María, Pietro Cavallini, Santa María in Trastevere 

Este 8 de septiembre, en la fiesta de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María, el Papa Francisco tuiteó “María, la madre que cuidó a Jesús, también cuida con afecto y dolor materno este mundo herido”

Vatican News

En la fiesta de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María recordamos lo que el Papa Francisco dijo un día como el de hoy, pero del año 2014, en que dedicó su homilía de la Misa matutina celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta a la figura elegida para ser la madre de Dios.

“Podemos mirar a la Virgen, pequeñita, santa, sin pecado, pura, elegida para ser la madre de Dios, y también mirar la historia que está detrás, tan larga, de siglos”

Señor de la historia y de la paciencia

En su homilía el Pontífice comenzó recordando que “Dios es el Señor de la historia y también de la paciencia”. A la vez que destacó que Él “camina con nosotros”, de ahí que citando a Santo Tomás de Aquino, el Papa Francisco exhortó:

“El cristiano está llamado a no asustarse de las cosas grandes y a prestar atención incluso a las cosas pequeñas”

Dios no es un mago, es creador

El Santo Padre también dijo que “cuando leemos en el Génesis el relato de la creación” corremos el riesgo “de pensar que Dios haya sido un mago”. Pero “no fue así”. Y explicó que “Dios hizo las cosas – cada una – y las dejó avanzar con las leyes internas, interiores, que Él dio a cada una, para que se desarrollasen, para que llegasen a la plenitud”. De manera que “a las cosas del universo el Señor les dio autonomía”, y “no independencia”...

“De este modo la creación siguió adelante durante siglos y siglos y siglos, hasta que llegó a la forma como está hoy. Precisamente porque Dios no es mago, es creador”

La autonomía de la libertad

En cuanto al hombre, Francisco dijo que el razonamiento “cambia”, puesto que al llegar a la creación del hombre, Dios le dio otra autonomía, un poco distinta, pero no independiente: una autonomía que es la libertad”. De manera que tal como explicó el Santo Padre el Omnipotente le dijo al hombre “que siga adelante en la historia”, haciéndolo “responsable de la creación, también para que domine la creación, para que la lleve adelante y llegue así a la plenitud de los tiempos”. A lo que añadió:  

“La plenitud de los tiempos es lo que Él tenía en el corazón: la llegada de su Hijo”

La genealogía de Jesús

Prosiguiendo en su explicación acerca de la historia del hombre y del mundo Francisco aludió al pasaje de la carta del apóstol San Pablo a los romanos para recordar que “Dios nos ha predestinado, a todos, a conformarnos a la imagen del Hijo”, a la vez que se detuvo a considerar un pasaje del Evangelio de Mateo que presenta la genealogía de Jesús. “Y en esta lista – destacó – hay santos y también pecadores; pero la historia sigue adelante porque Dios quiso que los hombres fuesen libres”. Con todo – dijo Francisco – “el día que el hombre usó mal su libertad, Dios lo expulsó del paraíso”. Y agregó: “La Biblia nos dice que le hizo una promesa y el hombre salió del paraíso con esperanza: pecador, pero con esperanzas”.

He aquí entonces – prosiguió el Santo Padre – que este relato un poco repetitivo tiene dentro esta riqueza: Dios camina con justos y pecadores. Y si el cristiano se reconoce pecador, sabe que Dios camina también con él, con todos, para llegar al encuentro definitivo del hombre con Él.

Algo pequeñito…

Por lo demás – afirmó el Obispo de Roma – el Evangelio, que presenta esta historia desde hace siglos, acaba en algo pequeñito, en un pequeño pueblo, con esta historia de José y María. De este modo, el Dios de la gran historia está también en la pequeña historia, allí, porque quiere caminar con cada uno”. Y con Suma Teológica de Santo Tomás, el Papa recordó “una frase muy hermosa que se relaciona con esto”. Y que dice así:

“No asustarse de las cosas grandes, pero tener en cuenta las pequeñas, esto es divino”

Porque Dios “está en las cosas grandes, pero también en las cosas pequeñas, en nuestras pequeñas cosas”. Además, añadió, el Señor “es también el Señor de la paciencia”: la paciencia “que tuvo con todas estas generaciones, con todas estas personas que vivieron su historia de gracia y de pecado”. Dios – afirmó Francisco – “es paciente, Dios camina con nosotros, porque Él quiere que todos nosotros lleguemos a conformarnos con la imagen de su Hijo”.

Él camina con nosotros, como su Madre

Así, pues, el Papa se dirigió a María, en el día de la fiesta de su natividad: “Hoy estamos en la antesala de esta historia: el nacimiento de la Virgen. Y por ello al Señor pedimos en la oración que nos conceda unidad para caminar juntos y paz en el corazón”.

“Hoy, por lo tanto, podemos mirar a la Virgen, pequeñita, santa, sin pecado, pura, elegida para ser la madre de Dios, y también mirar la historia que está detrás, tan larga, de siglos”

De aquí algunas preguntas fundamentales que planteó el Santo Padre: “¿Cómo camino yo en mi historia? ¿Dejo que Dios camine conmigo? ¿Permito que Él camine conmigo o quiero caminar solo? ¿Dejo que Él me acaricie, me ayude, me perdone, me conduzca hacia adelante para llegar al encuentro con Jesucristo? Porque precisamente esto – destacó – será el final de nuestro camino: encontrarnos con el Señor”.