domingo, 21 de junio de 2020

El Papa habla de persecución, hostilidad y sentimiento de abandono

El Papa desde el balcón del Palacio Apostólico. El Papa desde el balcón del Palacio Apostólico.   (Vatican Media)

El Santo Padre describe 3 situaciones concretas a las que se enfrentan los misioneros hoy; las mismas a las que se enfrentaron en su tiempo los Apóstoles: la hostilidad de los que quieren silenciar la Palabra de Dios, la amenaza física en su contra o la persecución directa de su pueblo y experimentar por momentos sentimiento de abandono por parte de Dios.

Mireia Bonilla – Ciudad del Vaticano
El Papa Francisco se ha asomado hoy – XII Domingo del Tiempo Ordinario – desde el Balcón del Palacio Apostólico para rezar junto a los fieles presentes en la Plaza y también con quienes siguen la transmisión desde casa, el rezo mariano del Ángelus. Pero antes de la oración, ha comentado el Evangelio del día en el que el Apóstol Mateo recoge la invitación que Jesús dirige a sus discípulos a no tener miedo, a ser fuertes y confiados ante los desafíos de la vida, advirtiéndoles de las adversidades que les esperan: “El pasaje de hoy forma parte del discurso misionero con el que el Maestro prepara a los Apóstoles para la primera experiencia de proclamar el Reino de Dios, ha explicado el Papa, asegurando que "el miedo es uno de los enemigos más feos de nuestra vida cristiana y Jesús exhorta no tener miedo". Después, Francisco ha descrito las tres situaciones concretas a las que se enfrentarán.

Primera situación: los que quieren silenciar la Palabra de Dios

La primera situación a la que se enfrentaron los Apóstoles y de la que advierte el Papa es “la hostilidad de los que quieren silenciar la Palabra de Dios, edulcorándola o silenciando a los que la anuncian” y explica que en este caso, “Jesús anima a los Apóstoles a difundir el mensaje de salvación que les ha confiado”; mensaje – dice el Papa – que hasta el momento Él lo había transmitido “con cautela, casi en secreto”.

Segunda situación: amenaza física, persecución directa incluso hasta el punto de que los maten

La segunda dificultad con la que se encontrarán los misioneros de Cristo es “la amenaza física en su contra, o sea, la persecución directa de su pueblo, incluso hasta el punto de que los maten” señala Francisco y exclama: ¡Cuántos cristianos son perseguidos aún hoy en día en todo el mundo! Si sufren por el Evangelio y con amor, son los mártires de nuestro día”.
Además, el Papa recuerda que a estos discípulos de ayer y de hoy que sufren persecución, Jesús les recomienda: «no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma». Es aquí que el Papa reflexiona sobre esto, explicando que no hay que temer a los que intentan extinguir el poder de la evangelización mediante la arrogancia y la violencia, pues no pueden hacer nada contra el alma, es decir, contra la comunión con Dios: “nadie puede quitársela a los discípulos, porque es un regalo de Dios. El único temor que debe tener el discípulo es el de perder este don divino, renunciando a vivir según el Evangelio y procurándose así la muerte moral, efecto del pecado”.

Tercera situación: sentirse abandonado por Dios

Por último, el Santo Padre cita el tercer desafío al que los Apóstoles se enfrentaron: “el sentimiento de que el mismo Dios los ha abandonado, permaneciendo distante y en silencio”. Francisco asegura que Jesús, también en este caso, “nos exhorta a no tener miedo, porque, aunque pasemos por estos y otros escollos, la vida de los discípulos está firmemente en manos de Dios, que nos ama y nos cuida”. De hecho – dice – “no es una simple exhortación a recuperar la fuerza y el coraje ante las tribulaciones y los peligros. No. Es una certeza precisa que el Señor nos invita a renovar nuestro viaje cada día y en todo momento”. Es por ello que concluye con su invocación a María Santísima para que nos ayude “a no ceder nunca al desánimo, sino a confiarnos siempre a Él y a su gracia, más poderosa que el mal”.

sábado, 20 de junio de 2020

Tres nuevas invocaciones a las Letanías Lauretanas, una para los migrantes

Alessandro De Carolis – Ciudad del Vaticano
Un sol del que se descubren nuevos rayos de vez en cuando. Se podría pensar en las Letanías Lauretanas, las invocaciones seculares a la Virgen que tradicionalmente concluyen el rezo del Rosario. A las ya conocidas el Papa Francisco ha decidido añadir tres nuevas: "Mater Misericordiae", "Mater Spei" y "Solacium migrantium", es decir: "Madre de la Misericordia", "Madre de la Esperanza" y "Consuelo" pero también "Ayuda" de los migrantes.

Las nuevas invocaciones

Fue la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos la que comunicó esta disposición del Papa en una carta dirigida a los presidentes de las Conferencias Episcopales. "Son incontables los títulos e invocaciones que la piedad cristiana, a lo largo de los siglos, ha reservado a la Virgen María, camino privilegiado y seguro para el encuentro con Cristo", escribió en la carta el Cardenal Robert Sarah y el Arzobispo Arhur Roche, Prefecto y Secretario del Dicasterio del Vaticano. Ahora, especifican, "la primera invocación se colocará después de Mater Ecclesiae, la segunda después de Mater divinae gratiae, la tercera después de Refugium peccatorum".

viernes, 19 de junio de 2020

La oración sugerida por el Papa: “Jesús, que mi corazón se parezca al tuyo”

https://www.vaticannews.va/es.html

Con motivo de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, este 19 de junio, en que también se celebra la 25ª Jornada mundial de oración por la santificación de los sacerdotes, que instituyó San Juan Pablo II en 1995, hemos repasado algunos de los textos en que el Santo Padre Francisco se refirió a esta devoción, cuyo sentido es “que nos envuelva la fidelidad humilde y la mansedumbre del amor de Cristo”

Ciudad del Vaticano
La tarde del 27 de junio de 2014, el Papa tenía previsto realizar una visita al policlínico romano Agostino Gemelli y a la Facultad de medicina y cirugía de la Universidad Católica del Sagrado Corazón, con motivo del quincuagésimo aniversario de su fundación, día en el que, además, se celebraba esta Solemnidad. Y si bien Francisco no pudo hacerla, encargó al Cardenal Angelo Scola, entonces Arzobispo de Milán y Presidente del Instituto Toniolo que presidiera, en su lugar, la celebración eucarística programada en la plaza frente a la Facultad y que diera lectura de la homilía que el Santo Padre había preparado para esa ocasión.

Jesús permanece fiel

En aquella homilía del Papa leemos un concepto que ha repetido muchas veces a lo largo de su Pontificado, y es que “el amor fiel de Dios a su pueblo se manifestó y se realizó plenamente en Jesucristo”. Además Francisco escribía en aquella oportunidad que “para honrar el vínculo de Dios con su pueblo”, el Señor “se hizo nuestro esclavo, se despojó de su gloria y asumió la forma de siervo”. De manera que, en su amor, “no se rindió ante nuestra ingratitud y ni siquiera ante el rechazo”; tal como nos lo recuerda San Pablo:
“Si somos infieles, Jesús permanece fiel, porque no puede negarse a sí mismo”

Jesús jamás traiciona

El Papa también había escrito que “Jesús permanece fiel, no traiciona jamás: aun cuando nos equivocamos, Él nos espera siempre para perdonarnos: es el rostro del Padre misericordioso”:
“Este amor, esta fidelidad del Señor manifiesta la humildad de su corazón: Jesús no vino a conquistar a los hombres como los reyes y los poderosos de este mundo, sino que vino a ofrecer amor con mansedumbre y humildad”

Sentido de la fiesta del Sagrado Corazón

“Que nos envuelva la fidelidad humilde y la mansedumbre del amor de Cristo”
Y al recordar que el Señor se definió a sí mismo diciendo: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”, el Santo Padre explicaba que “el sentido de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, que celebramos hoy, es que descubramos cada vez más y nos envuelva la fidelidad humilde y la mansedumbre del amor de Cristo, revelación de la misericordia del Padre”:
“Podemos experimentar y gustar la ternura de este amor en cada estación de la vida: en el tiempo de la alegría y en el de la tristeza, en el tiempo de la salud y en el de la enfermedad y la dificultad”
Por esta razón, al dirigirse de modo especial a los médicos y al personal paramédico de este policlínico, perteneciente a la Universidad Católica del Sagrado Corazón, les decía que “la fidelidad de Dios nos enseña a acoger la vida como acontecimiento de su amor y nos permite testimoniar este amor a los hermanos mediante un servicio humilde y manso”. Y añadía:
“Aquí, cada uno de ustedes lleva a los enfermos un poco de amor del Corazón de Cristo”
Ya en aquella ocasión el entonces “nuevo Papa” concluía su homilía sugiriendo decirle a Jesucristo: “Señor Jesús, haz que mi corazón sea cada vez más semejante al tuyo, pleno de amor y fidelidad”.

“Jesús, que mi corazón se parezca al tuyo”

Y precisamente hace pocos días, a la hora del Ángelus dominical del pasado 7 de junio, desde la Plaza de San Pedro, el Papa recordaba al mundo que este mes está dedicado de manera especial al Sagrado Corazón de Cristo, “una devoción que une a los grandes maestros espirituales y a la gente sencilla del pueblo de Dios”. Francisco decía que “en efecto, el Corazón humano y divino de Jesús es la fuente de donde siempre podemos obtener misericordia, perdón y ternura de Dios”. A la vez que sugería que “podemos hacer esto reflexionando sobre un pasaje del Evangelio, sintiendo que en el centro de cada gesto, de cada palabra de Jesús, en el centro está el amor, el amor del Padre que ha enviado a su Hijo, el amor del Espíritu Santo que está dentro de nosotros. Y podemos hacerlo adorando la Eucaristía, donde este amor está presente en el Sacramento”.
“De este modo – proseguía el Santo Padre – nuestro corazón también, poco a poco, se volverá más paciente, más generoso, más misericordioso, imitando el Corazón de Jesús”. Y llegado a este punto el Papa decía que hay una antigua oración, que él aprendió de su abuela y que reza: “Jesús, haz que mi corazón se parezca al tuyo”. A lo que añadía:
“Es una hermosa oración. ‘Haz mi corazón semejante al tuyo’. Una hermosa oración, pequeña, para rezar este mes. ¿La decimos juntos ahora? ‘Jesús, que mi corazón se parezca al tuyo. Otra vez: ‘Jesús, que mi corazón se parezca al tuyo’”
Cabe destacar que también el Video del Papa para el corriente mes de junio llama a recorrer un camino lleno de compasión, capaz de transformar nuestra vida y la de nuestro prójimo, con la esperanza de acercarnos más al Corazón de Jesús.

Una fiesta tan querida por el pueblo cristiano

Mientras hace apenas dos días, antes de concluir la Audiencia general del miércoles 17 de junio sobre el tema de la oración de Moisés – cuya catequesis impartió desde la Biblioteca Privada del Palacio Apostólico – en sus saludos el Papa recordaba la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús que se celebra hoy, definiéndola “una fiesta tan querida por el pueblo cristiano”. De ahí su invitación”
“Los invito a descubrir las riquezas escondidas en el Corazón de Jesús, a aprender a amar al prójimo”

Sugerencia del Papa en este día tan especial

De la misma manera, al saludar a los fieles de lengua española que, como todos los demás, seguían esta catequesis a través de los medios de comunicación social, el Santo Padre recordaba la celebración de hoy diciendo que en la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús se celebra la Jornada de santificación sacerdotal. De ahí su sugerencia en este día tan especial:
“Los animo a rezar por los sacerdotes, por su párroco, por aquellos que están cerca de ustedes y conocen…, para que a través de su oración el Señor los fortalezca en su vocación, los conforte en su ministerio y sean siempre ministros de la Alegría del Evangelio para todas las gentes”

miércoles, 17 de junio de 2020

5 características de Moisés en la catequesis del Papa

catequesis Papa
"La Oración De Moisés" (C) Vatican Media

Texto completo

(zenit – 17 junio 2020).- El Papa Francisco ha pronunciado la séptima catequesis sobre la oración: “La oración de Moisés” (Gen 32, 25-30), desde la audiencia general celebrada en la biblioteca del Palacio Apostólico hoy, miércoles 17 de junio de 2020.
catequesis Papa
Catequesis del Papa Francisco
catequesis PapaQueridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En nuestro itinerario sobre el tema de la oración, nos estamos dando cuenta de que Dios nunca amó tratar con orantes “fáciles”. Y ni siquiera Moisés será un interlocutor “débil”, desde el primer día de su vocación.
Cuando Dios lo llama, Moisés es humanamente “un fracasado”. El libro del Éxodo nos lo representa en la tierra de Madián como un fugitivo. De joven había sentido piedad por su gente y había tomado partido en defensa de los oprimidos. Pero pronto descubre que, a pesar de sus buenos propósitos, de sus manos no brota justicia, si acaso, violencia. He aquí los sueños de gloria que se hacen trizas: Moisés ya no es un funcionario prometedor, destinado a una carrera rápida, sino alguien que se ha jugado las oportunidades, y ahora pastorea un rebaño que ni siquiera es suyo. Y es precisamente en el silencio del desierto de Madián donde Dios convoca a Moisés a la revelación de la zarza ardiente: “Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Moisés se cubrió el rostro, porque temía ver a Dios” (Éxodo 3,6).
A Dios que habla, que le invita a ocuparse de nuevo del pueblo de Israel, Moisés opone sus temores y sus objeciones: no es digno de esa misión, no conoce el nombre de Dios, no será creído por los israelitas, tiene una lengua que tartamudea… Y así tantas objeciones. La palabra que florece más a menudo de los labios de Moisés, en cada oración que dirige a Dios, es la pregunta “¿por qué?”. ¿Por qué me has enviado? ¿Por qué quieres liberar a este pueblo? En el Pentateuco hay, de hecho, un pasaje dramático en el que Dios reprocha a Moisés su falta de confianza, falta que le impedirá la entrada en la tierra prometida. (cf. Números 20,12).
catequesis PapaCon estos temores, con este corazón que a menudo vacila, ¿cómo puede rezar Moisés? Es más, Moisés parece un hombre como nosotros. Y también esto nos sucede a nosotros: cuando tenemos dudas, ¿pero cómo podemos rezar? No nos apetece rezar. Y es por su debilidad, más que por su fuerza, por lo que quedamos impresionados. Encargado por Dios de transmitir la Ley a su pueblo, fundador del culto divino, mediador de los misterios más altos, no por ello dejará de mantener vínculos estrechos con su pueblo, especialmente en la hora de la tentación y del pecado. Siempre ligado al pueblo. Moisés nunca perdió la memoria de su pueblo. Y esta es una grandeza de los pastores: no olvidar al pueblo, no olvidar las raíces. Es lo que dice Pablo a su amado joven obispo Timoteo: “Acuérdate de tu madre y de tu abuela, de tus raíces, de tu pueblo”. Moisés es tan amigo de Dios como para poder hablar con Él cara a cara (cf. Éxodo 33,11); y será tan amigo de los hombres como para sentir misericordia por sus pecados, por sus tentaciones, por la nostalgia repentina que los exiliados sienten por el pasado, pensando en cuando estaban en Egipto.
Moisés no reniega de Dios, pero ni siquiera reniega de su pueblo. Es coherente con su sangre, es coherente con la voz de Dios. Moisés no es, por lo tanto, un líder autoritario y despótico; es más, el libro de los Números lo define como “un hombre muy humilde, más que hombre alguno sobre la haz de la tierra” (cf. 12, 3). A pesar de su condición de privilegiado, Moisés no deja de pertenecer a ese grupo de pobres de espíritu que viven haciendo de la confianza en Dios el consuelo de su camino. Es un hombre del pueblo.
Así, el modo más proprio de rezar de Moisés será la intercesión (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2574). Su fe en Dios se funde con el sentido de paternidad que cultiva por su pueblo. La Escritura lo suele representar con las manos tendidas hacia lo alto, hacia Dios, como para actuar como un puente con su propia persona entre el cielo y la tierra. Incluso en los momentos más difíciles, incluso el día en que el pueblo repudia a Dios y a él mismo como guía para hacerse un becerro de oro, Moisés no es capaz de dejar de lado a su pueblo. Es mi pueblo. Es tu pueblo. Es mi pueblo. No reniega ni de Dios ni del pueblo. Y dice a Dios: “¡Ay! Este pueblo ha cometido un gran pecado al hacerse un dios de oro. Con todo, si te dignas perdonar su pecado…, y si no, bórrame del libro que has escrito” (Éxodo 32,31-32). Moisés no cambia al pueblo. Es el puente, es el intercesor. Los dos, el pueblo y Dios y él está en el medio. No vende a su gente para hacer carrera. No es un arribista, es un intercesor: por su gente, por su carne, por su historia, por su pueblo y por Dios que lo ha llamado. Es el puente. Qué hermoso ejemplo para todos los pastores que deben ser “puente”. Por eso, se les llama pontifex, puentes. Los pastores son puentes entre el pueblo al que pertenecen y Dios, al que pertenecen por vocación. Así es Moisés: “Perdona Señor su pecado, de otro modo, si Tú no perdonas, bórrame de tu libro que has escrito. No quiero hacer carrera con mi pueblo”. Y esta es la oración que los verdaderos creyentes cultivan en su vida espiritual. Incluso si experimentan los defectos de la gente y su lejanía de Dios, estos orantes no los condenan, no los rechazan. La actitud de intercesión es propia de los santos, que, a imitación de Jesús, son “puentes” entre Dios y su pueblo. Moisés, en este sentido, ha sido el profeta más grande de Jesús, nuestro abogado e intercesor. (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 2577). Y también hoy, Jesús es el pontifex, es el puente entre nosotros y el Padre. Y Jesús intercede por nosotros, hace ver al Padre las llagas que son el precio de nuestra salvación e intercede. Y Moisés es la figura de Jesús que hoy reza por nosotros, intercede por nosotros.

Moisés nos anima a rezar con el mismo ardor que Jesús, a interceder por el mundo, a recordar que este, a pesar de sus fragilidades, pertenece siempre a Dios. Todos pertenecen a Dios. Los peores pecadores, la gente más malvada, los dirigentes más corruptos son hijos de Dios y Jesús siente esto e intercede por todos. Y el mundo vive y prospera gracias a la bendición del justo, a la oración de piedad, a esta oración de piedad, el santo, el justo, el intercesor, el sacerdote, el obispo, el Papa, el laico, cualquier bautizado eleva incesantemente por los hombres, en todo lugar y en todo tiempo de la historia. Pensemos en Moisés, el intercesor. Y cuando nos entren las ganas de condenar a alguien y nos enfademos por dentro –enfadarse hace bien, pero condenar no hace bien– intercedamos por él: esto nos ayudará mucho.
© Librería Editorial Vaticano

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martes, 16 de junio de 2020

EL PAPA FRANCISCO PIDE PROTEGER A LOS MAYORES FRENTE A LA PANDEMIA DEL CORONAVIRUS

RADIO MARÏA

Martes, 16 de junio de 2020



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16/06/2020 – Con motivo del Día Mundial contra los Abusos a los Ancianos, el Papa Francisco difundió un mensaje en el que critica que las sociedades de hoy no han sido capaces de dar espacio a los ancianos, algo que se ha puesto de manifiesto durante la pandemia de COVID 19.
Las personas mayores han sido las más afectadas por el coronavirus que ha causado muertes en todo el mundo. Muchos de los fallecidos son personas ingresadas en residencias de ancianos.
“La pandemia de COVID 19 ha puesto de manifiesto que nuestras sociedades no se han organizado lo suficiente para hacer espacio a los ancianos, con justo respeto a su dignidad y fragilidad. Donde no se cuida a los ancianos, no hay futuro para los jóvenes”.
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Desde el comienzo de la pandemia, el Santo Padre ha mostrado en varias ocasiones su preocupación por los ancianos. En la Misa celebrada en Casa Santa Marta el 17 de marzo pidió rezar “por los ancianos que sufren este momento en modo especial: con una soledad interna muy grande, en ocasiones con tanto miedo”.
“Recemos al Señor para que sea cercano a nuestros abuelos, a nuestras abuelas, a todos los ancianos que les dé fuerza. Ellos nos han dado la sabiduría, la vida, la historia, también nosotros seamos cercanos a ellos con la oración”, fueron las palabras del Papa en aquella ocasión.
También en la Misa celebrada en Santa Marta, esta vez el 15 de abril, el Pontífice ofreció la Misa por los ancianos, “especialmente por quienes están aislados o en los asilos de ancianos. Ellos tienen miedo, miedo de morir solos. Sienten esta pandemia como algo agresivo para ellos”.

El Papa recordó que “ellos son nuestras raíces, nuestra historia. Ellos nos han dado la fe, la tradición, el sentido de pertenencia a una patria. Recemos por ellos para que el Señor esté cerca de ellos en este momento”.

domingo, 14 de junio de 2020

Solemnidad del Corpus Christi

Ángelus, 14 Junio 2020 (C) Vatican Media

Palabras del Papa antes del Ángelus

(zenit – 14 junio 2020).- A las 12 del mediodía de hoy, en la solemnidad del Corpus Christi, el Santo Padre Francisco se asomó a la ventana de estudio en el Palacio Apostólico Vaticano para recitar el Ángelus con los fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro.
Estas son las palabras del Papa al introducir la oración mariana:
***
Palabras del Papa 
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy, en Italia y en otros países, se celebra la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, el Corpus Christi. En la segunda lectura de la liturgia de hoy, San Pablo describe la celebración eucarística (cf. 1 Corintios 10, 16-17). Hace énfasis en dos efectos del cáliz compartido y el pan partido: el efecto místico y el efecto comunitario.
En primer lugar el Apóstol afirma: “¿La copa de bendición que bendecimos, ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo?” (v. 16). Estas palabras expresan el efecto místico o espiritual de la Eucaristía: se trata de la unión con Cristo, que se ofrece a sí mismo en el pan y el vino para la salvación de todos. Jesús está presente en el sacramento de la Eucaristía para ser nuestro alimento, para ser asimilado y convertirse en nosotros en esa fuerza renovadora que nos devuelve la energía y el deseo de retomar el camino después de cada pausa o caída. Pero esto requiere nuestro asentimiento, nuestra voluntad de dejarnos transformar, nuestra forma de pensar y actuar; de lo contrario las celebraciones eucarísticas en las que participamos se reducen a ritos vacíos y formales. Y muchas veces se va a misa porque se tiene que ir, como un acto social, respetuoso, pero social. El misterio, sin embargo, es otra cosa: es Jesús presente que viene a alimentarnos.
El segundo efecto es el comunitario y lo expresa San Pablo con estas palabras: «Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos» (v. 17). Se trata de la comunión mutua de los que participan en la Eucaristía, hasta el punto de convertirse en un solo cuerpo, como lo es el pan que se parte y se distribuye. La comunión con el cuerpo de Cristo es un signo efectivo de unidad, de comunión, de compartir. No se puede participar en la Eucaristía sin comprometerse a una sincera fraternidad mutua. Pero el Señor sabe bien que nuestra fuerza humana por sí sola no es suficiente para esto. Sabe, por otro lado, que entre sus discípulos siempre existirá la tentación de la rivalidad, la envidia, los prejuicios, la división…Todos conocemos estas cosas. Por eso también nos ha dejado el Sacramento de su presencia real, concreta y permanente, para que, permaneciendo unidos a Él, podamos recibir siempre el don del amor fraterno. «Permaneced en mi amor» (Juan 15, 9), decía a sus amigos; y esto es posible gracias a la Eucaristía. Permanecer en la amistad, en el amor.
Este doble fruto de la Eucistía: la unión con Cristo y la comunión entre los que se alimentan de Él, genera y renueva continuamente la comunidad cristiana. De hecho, el Concilio Vaticano II, en el inicio de la Constitución sobre la Iglesia, afirma que “la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unaridad de la división.
Que la Santa Virgen nos ayude a acoger siempre con asombro y gratitud el gran regalo que nos ha hecho Jesús al dejarnos el Sacramento de su Cuerpo y su Sangre.
Que la Santa Virgen nos ayude a acoger siempre con asombro y gratitud el gran regalo que nos ha hecho Jesús al dejarnos el Sacramento de su Cuerpo y su Sangre.

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Homilía del Papa Francisco en la Misa del Corpus Christi

Misa Del Corpus Christi (C) Vatican Media

Domingo, 14 junio 2020

(zenit – 14 junio 2020).- A las 9:45 de esta mañana, el Papa Francisco presidió la Misa de la Solemnidad del Santísimo Sacramento – o Corpus Christi – este domingo 14 de junio de 2020 en la Basílica de San Pedro, en el altar de la Cátedra de San Pedro, en presencia de unas cincuenta personas.
Publicamos a continuación la homilía que el Papa pronunció durante la Celebración Eucarístico, después de la proclamación del Evangelio:
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Homilía del Papa
“Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer” (Dt 8,2). Recuerda: la Palabra de Dios comienza hoy con esa invitación de Moisés. Un poco más adelante, Moisés insiste: “No te olvides del Señor, tu Dios” (cf. v. 14). La Sagrada Escritura se nos dio para evitar que nos olvidemos de Dios. ¡Qué importante es acordarnos de esto cuando rezamos! Como nos enseña un salmo, que dice: “Recuerdo las proezas del Señor; sí, recuerdo tus antiguos portentos” (77,12). Incluso las maravillas y los prodigios que ha hecho el Señor en nuestras vidas.
Es fundamental recordar el bien recibido: si no hacemos memoria de él nos convertimos en extraños a nosotros mismos, en “transeúntes” de la existencia. Sin memoria nos desarraigamos del terreno que nos sustenta y nos dejamos llevar como hojas por el viento. En cambio, hacer memoria es anudarse con lazos más fuertes, es sentirse parte de una historia, es respirar con un pueblo. La memoria no es algo privado, sino el camino que nos une a Dios y a los demás. Por eso, en la Biblia el recuerdo del Señor se transmite de generación en generación, hay que contarlo de padres a hijos, como dice un hermoso pasaje: “Cuando el día de mañana te pregunte tu hijo: “¿Qué son esos mandatos […] que os mandó el Señor, nuestro Dios?”, responderás a tu hijo: “Éramos esclavos  […] y el Señor hizo signos y prodigios grandes […] ante nuestros ojos” (Dt 6,20-22) , tú darás la memoria a tus hijos..
Pero hay un problema, ¿qué pasa si la cadena de transmisión de los recuerdos se interrumpe? Y luego, ¿cómo se puede recordar aquello que sólo se ha oído decir, sin haberlo experimentado? Dios sabe lo difícil que es, sabe lo frágil que es nuestra memoria, y por eso hizo algo inaudito por nosotros: nos dejó un memorial. No nos dejó sólo palabras, porque es fácil olvidar lo que se escucha. No nos dejó sólo la Escritura, porque es fácil olvidar lo que se lee. No nos dejó sólo símbolos, porque también se puede olvidar lo que se ve. Nos dio, en cambio, un Alimento, pues es difícil olvidar un sabor. Nos dejó un Pan en el que está Él, vivo y verdadero, con todo el sabor de su amor. Cuando lo recibimos podemos decir: “¡Es el Señor, se acuerda de mí!”. Es por eso que Jesús nos pidió: “Haced esto en memoria mía” (1 Co 11,24). Haced: la Eucaristía no es un simple recuerdo, sino un hecho; es la Pascua del Señor que se renueva por nosotros. En la Misa, la muerte y la resurrección de Jesús están frente a nosotros. Haced esto en memoria mía: reuníos y como comunidad, como pueblo, celebrad la Eucaristía para que os acordéis de mí. No podemos prescindir de ella, es el memorial de Dios. Y sana nuestra memoria herida.
Ante todo, cura nuestra memoria huérfana. Muchos tienen la memoria herida por la falta de afecto, cura nuestra memoria huérfana, muchos tienen la memoria herida por falta de afecto y las amargas decepciones recibidas de quien habría tenido que dar amor pero que, en cambio, dejó desolado el corazón. Nos gustaría volver atrás y cambiar el pasado, pero no se puede. Sin embargo, Dios puede curar estas heridas, infundiendo en nuestra memoria un amor más grande: el suyo. La Eucaristía nos trae el amor fiel del Padre, que cura nuestra orfandad. Nos da el amor de Jesús, que transformó una tumba de punto de llegada en punto de partida, y que de la misma manera puede cambiar nuestras vidas. Nos comunica el amor del Espíritu Santo, que consuela, porque nunca deja solo a nadie, y cura las heridas.
Con la Eucaristía el Señor también sana nuestra memoria negativa, esa negatividad que muchas veces llena nuestro corazón, el Señor cura esta memoria negativa que siempre hace aflorar las cosas que están mal y nos deja con la triste idea de que no servimos para nada, que sólo cometemos errores, que estamos “equivocados”. Jesús viene a decirnos que no es así. Él está feliz de tener intimidad con nosotros y cada vez que lo recibimos nos recuerda que somos valiosos: somos los invitados que Él espera a su banquete, los comensales que ansía. Y no sólo porque es generoso, sino porque está realmente enamorado de nosotros: ve y ama lo hermoso y lo bueno que somos. El Señor sabe que el mal y los pecados no son nuestra identidad; son enfermedades, infecciones. Y viene a curarlas con la Eucaristía, que contiene los anticuerpos para nuestra memoria enferma de negatividad.
Con Jesús podemos inmunizarnos de la tristeza. Ante nuestros ojos siempre estarán nuestras caídas y dificultades, los problemas en casa y en el trabajo, los sueños incumplidos. Pero su peso no nos podrá aplastar porque en lo más profundo está Jesús, que nos alienta con su amor. Esta es la fuerza de la Eucaristía, que nos transforma en portadores de Dios: portadores de alegría y no de negatividad. Podemos preguntarnos: Y nosotros, que vamos a Misa, ¿qué llevamos al mundo? ¿Nuestra tristeza, nuestra amargura o la alegría del Señor? ¿Recibimos la Comunión y luego seguimos quejándonos, criticando y compadeciéndonos a nosotros mismos? Pero esto no mejora las cosas para nada, mientras que la alegría del Señor cambia la vida.
Además, la Eucaristía sana nuestra memoria cerrada. Las heridas que llevamos dentro no sólo nos crean problemas a nosotros mismos, sino también a los demás. Nos vuelven temerosos y suspicaces; cerrados al principio, pero a la larga cínicos e indiferentes. Nos llevan a reaccionar ante los demás con antipatía y arrogancia, con la ilusión de creer que de este modo podemos controlar las situaciones. Pero es un engaño, pues sólo el amor cura el miedo de raíz y nos libera de las obstinaciones que aprisionan. Esto hace Jesús, que viene a nuestro encuentro con dulzura, en la asombrosa fragilidad de una Hostia. Esto hace Jesús, que es Pan partido para romper las corazas de nuestro egoísmo. Esto hace Jesús, que se da a sí mismo para indicarnos que sólo abriéndonos nos liberamos de los bloqueos interiores, de la parálisis del corazón. El Señor, que se nos ofrece en la sencillez del pan, nos invita también a no malgastar nuestras vidas buscando mil cosas inútiles que crean dependencia y dejan vacío nuestro interior. La Eucaristía quita en nosotros el hambre por las cosas y enciende el deseo de servir. Nos levanta de nuestro cómodo sedentarismo y nos recuerda que no somos solamente bocas que alimentar, sino también sus manos para alimentar a nuestro prójimo. Es urgente que ahora nos hagamos cargo de los que tienen hambre de comida y de dignidad, de los que no tienen trabajo y luchan por salir adelante. Y hacerlo de manera concreta, como concreto es el Pan que Jesús nos da. Hace falta una cercanía verdadera, hacen falta auténticas cadenas de solidaridad. Jesús en la Eucaristía se hace cercano a nosotros, ¡no dejemos solos a quienes están cerca de nosotros!.
Queridos hermanos y hermanas: Sigamos celebrando el Memorial que sana nuestra memoria, recordemos, curar la memoria y el corazón. Este memorial es la Misa. Es el tesoro al que hay dar prioridad en la Iglesia y en la vida. Y, al mismo tiempo, redescubramos la adoración, que continúa en nosotros la acción de la Misa. Nos hace bien, nos sana dentro. Especialmente ahora, que realmente lo necesitamos.

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