domingo, 15 de diciembre de 2019

Ángelus del Papa: no es suficiente creer en Dios, hay que purificar la fe todos los días

Sofía Lobos - Ciudad del Vaticano
El 15 de diciembre, tercer domingo de Adviento, también conocido como "domingo de la alegría", el Papa Francisco rezó la oración mariana del Ángelus asomado desde la ventana del Palacio Apostólico del Vaticano, acompañado de miles de fieles y peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro.
En alusión al Evangelio del día que narra la duda planteada por Juan el Bautista desde la cárcel al haber oído las obras del Mesías, quien manda a preguntar a Jesús "si es Él quien ha de venir o si en su lugar tenemos que esperar a otro"; el Papa destaca la respuesta del Maestro: «Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio. ¡Y dichoso el que no se escandalice de mí».

La salvación envuelve al hombre por completo

Esta descripción nos muestra -dice Francisco- que la salvación envuelve al hombre por completo y lo regenera. Se trata en definitiva de que para salvarnos y nacer a la vida eterna, es necesario que muera nuestro pecado.

"Pero este nuevo nacimiento, con la alegría que lo acompaña-continúa argumentando el Papa- siempre presupone una muerte para nosotros y para el pecado que está en nosotros. De ahí el llamado a la conversión, que es la base de la predicación tanto del Bautista como de Jesús; y que puntualmente se trata de convertir la idea que tenemos de Dios".

El Adviento nos anima a volver a nacer

En este sentido, el Pontífice afirma que el tiempo de Adviento nos anima a volver a nacer, precisamente con la pregunta que Juan el Bautista le hace a Jesús: "¿Eres tú quien tiene que venir o debemos esperar a otro?" (Mt 11,3).
Una pregunta totalmente natural teniendo en cuenta- explica el Papa- que durante toda la vida, "Juan ha estado esperando al Mesías; su estilo de vida, su propio cuerpo está plasmado por esta espera".

Es necesario purificar la fe todos los días

"Esta es también la razón por la cual Jesús lo alaba con estas palabras: nadie es más grande que el que nació de una mujer (ver Mt 11,11). Y sin embargo, él también tuvo que convertirse a Jesús. Al igual que Juan, nosotros también estamos llamados a reconocer el rostro que Dios ha elegido asumir en Jesucristo, humilde y misericordioso", añade Francisco en su reflexión.
Asimismo, el Santo Padre recuerda que el Adviento, "tiempo de gracia", nos dice que no basta solo con creer en Dios: "es necesario purificar nuestra fe todos los días. Tenemos que prepararnos para dar la bienvenida no a un personaje de cuento de hadas, sino al Dios que nos llama, nos involucra y ante quien se impone una elección: el Niño que yace en el Pesebre tiene el rostro de nuestros hermanos y hermanas más necesitados, de los pobres que son los privilegiados de este misterio y, a menudo, los que son más capaces de reconocer la presencia de Dios en medio de nosotros" (Carta a Admirabile signum, 6).

No dejarnos distraer por cosas externas

Y con el fin de lograr este compromiso, el Papa concluye pidiendo que la Virgen María nos ayude, para que "a medida que nos acercamos a la Navidad, no nos dejemos distraer por cosas externas, sino que hagamos espacio en el corazón para Aquel que ya ha venido y quiere volver para sanar nuestras enfermedades y darnos su alegría".

viernes, 13 de diciembre de 2019

50 años de la ordenación del Papa: Un sacerdocio marcado por la Misericordia

El Sacerdote Jorge Mario Bergoglio © Vatican Media

Palabras del Papa sobre este ministerio

(ZENIT – 13 dic. 2019).- El 13 de diciembre de 1969, Jorge Mario Bergoglio, cuatro días antes de cumplir 33 años, fue ordenado sacerdote.
El ahora Papa Francisco recibió este sacramento el 13 de diciembre de 1969 con la imposición de manos del arzobispo de Córdoba, Mons. Ramón José Castellano.
El joven Jorge descubrió su vocación el 21 de septiembre de 1953, día en el que se celebra la memoria de san Mateo, el recaudador de impuestos que se convirtió cuando Jesús le invitó a seguirle. Durante una confesión tuvo una profunda experiencia de la misericordia de Dios, una alegría que le condujo a tomar la decisión de ser sacerdote, indica Vatican News.
Sacerdote, hombre de misericordia
La vida sacerdotal de Francisco está marcada por la Divina Misericordia. Para él, los sacerdotes sin hacer ruido dejan todo para dedicarse a la vida cotidiana de las comunidades, dando a los demás su propia vida, “se conmueven ante las ovejas, como Jesús, cuando veía a las personas cansadas y agotadas como ovejas sin pastor”.
“Así, a imagen del buen Pastor, el sacerdote es hombre de misericordia y de compasión, cercano a su gente y servidor de todos. Éste es un criterio pastoral que quisiera subrayar bien: la cercanía. La proximidad y el servicio, pero la proximidad, la cercanía… Quien sea que se encuentre herido en su vida, de cualquier modo, puede encontrar en él atención y escucha… ¡Se necesita curar las heridas, muchas heridas! Este es el tiempo de la misericordia (Discurso a los párrocos de Roma, 6 de marzo de 2014)”.
Eucaristía, sentido de la vida
Asimismo, el Papa también considera que el sacerdote es un hombre cuyo centro en su vida es Cristo, no él mismo. Es por ello, señala la misma fuente, que muestra su agradecimiento a los presbíteros por la celebración cotidiana de la Eucaristía: “En la celebración eucarística encontramos cada día nuestra identidad de pastores. Cada vez podemos hacer verdaderamente nuestras las palabras de Jesús: ‘Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros’”.
Y continúa, “este es el sentido de nuestra vida, son las palabras con las que, en cierto modo, podemos renovar cotidianamente las promesas de nuestra ordenación” (Homilía para el Jubileo de los sacerdotes, 3 junio 2016)”.
Misión en el confesionario
Por otra parte, el Santo Padre también resalta que los pastores de la Iglesia realizan una parte importante de su misión en el confesionario. “Que haya diferencias de estilo entre los confesores es normal, pero estas diferencias no pueden referirse a la esencia, es decir, a la sana doctrina moral y a la misericordia”, expresa sobre el sacramento de la Penitencia.
Igualmente, advierte que no es recomendable en el confesor ostente una actitud ni “rigorista” ni “laxista”: “El rigorista se lava las manos: en efecto, la clava a la ley entendida de modo frío y rígido”, mientras que el laxista, “se lava las manos: solo aparentemente es misericordioso, pero en realidad no toma en serio el problema de esa conciencia, minimizando el pecado. La misericordia auténtica se hace cargo de la persona, la escucha atentamente, se acerca con respeto y con verdad a su situación, y la acompaña en el camino de la reconciliación (Discurso a los párrocos de Roma, 6 de marzo de 2014)”.
Hombres “de oración”
El Obispo de Roma también subraya la importancia de la oración en la vida de los pastores: “El sacerdote es en primer lugar hombre de oración. Es de la intimidad con Jesús que brota la caridad.  Es la unión con Dios que hace vencer las innumerables tentaciones del mal”.
En este sentido, añade, “el diablo existe, no es un mito es astuto, mentiroso, engañador. Francisco invita a mirar a María, a rezar el Rosario cada día, sobre todo en este periodo, para proteger a la Iglesia de los ataques del diablo que quiere traer división (Carta a los sacerdotes en el 160° aniversario de la muerte del Cura de Ars)”.
Vida cotidiana y juicio final
El Pontífice considera que la espiritualidad del sacerdote se encarna también en la vida cotidiana, una “voz profética” frente a la opresión que maltrata a los pobres y débiles. La Iglesia, describe, “no puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia”, relegando la religión, como algunos quisieran, ‘a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional’ (Evangelii gaudium, 183), ya que el Reino de Dios inicia aquí en la tierra y es donde encontramos a Jesús.
En esta línea, remarca que el juicio final se centrará precisamente en lo que hemos hecho a Cristo en los pobres, en los enfermos, en los extranjeros, en los encarcelados (Mt 25) y que, como apuntaba san Juan Pablo II, seremos juzgados por el amor, pero este no puede existir sin justicia.
Los abusos
Francisco también se ha pronunciado con respecto a los abusos cometidos por sacerdotes, expresando su cercanía a las víctimas. No obstante, al mismo tiempo, recuerda a aquellos que han de soportar la carga de crímenes que no han perpetrado.
También aclara que “sería injusto no reconocer a tantos sacerdotes que, de manera constante y honesta, entregan todo lo que son y tienen por el bien de los demás”.
Se trata de pastores que “hacen de su vida una obra de misericordia en regiones o situaciones tantas veces inhóspitas, alejadas o abandonadas incluso a riesgo de la propia vida” a los que les agradece por el “valiente y constante ejemplo” y exhorta a no desanimarse “el Señor está purificando a su Esposa y nos está convirtiendo a todos a Sí (Carta a los sacerdotes en el 160 aniversario de la muerte del Cura de Ars)”.
Cansancio
El Santo Padre asegura que piensa mucho en el cansancio de los presbíteros: “Pienso mucho y ruego a menudo, especialmente cuando el cansado soy yo. Rezo por los que trabajáis en medio del pueblo fiel de Dios que os fue confiado, y muchos en lugares muy abandonados y peligrosos. Y nuestro cansancio, queridos sacerdotes, es como el incienso que sube silenciosamente al cielo. Nuestro cansancio va directo al corazón del Padre”.
Y agrega que el cansancio como resultado del estar en medio de la gente es bueno porque “es el cansancio del sacerdote con olor a oveja”, con la conciencia de que “solo el amor descansa (Homilía en la Misa Crismal, 2 de abril 2015)”.
Alegría y buen humor
Por otra parte, el Papa Francisco recuerda a los pastores que “el santo es capaz de vivir con alegría y sentido del humor” y que se trata de una alegría que viene de la unión con Jesús y de la fraternidad.
En una entrevista concedida a TV2000 en 2016 declaró que “el sentido del humor es una gracia que pido todos los días” porque “te alivia, te hace ver lo temporal de la vida y tomar las cosas con un espíritu de alma redimida. Es una actitud humana, pero es la más cercana a la gracia de Dios”.
La homilía, “predicación positiva”
En lo referente a las homilías, indica el citado medio vaticano, el Papa ha insistido muchas veces en la importancia de que los sacerdotes la preparen bien. Asimismo, les invita a predicar homilías que no sean ni un espectáculo ni una lección de adoctrinamiento.
Esto supone, ser capaces de pronunciar “palabras que hagan arder los corazones” con un lenguaje positivo: no diciendo tanto lo que no debemos hacer sino proponiendo lo que podemos hacer mejor, pues, “una predicación positiva siempre da esperanza, orienta hacia el futuro, no nos deja encerrados en la negatividad (Evangeli gaudium, 159)”, apunta.
Apoyo y oración
Por último, Vatican News resalta que el Obispo de Roma pide a los sacerdotes que estén siempre cerca de la gente, pero también exhorta a los fieles que apoyen a los sacerdotes: “Queridos fieles, acompañen a sus sacerdotes con el afecto y la oración, para que sean siempre Pastores según el corazón de Dios (Homilía para la Misa Crismal, 28 de marzo de 2013)”.
Asimismo, Mons. De Donatis, vicario del Papa para la Diócesis de Roma, en la carta que escribió con motivo de este importante aniversario, recordó que la petición de oración es constante en los discursos del Pontífice: “‘Por favor, no os olvidéis rezar por mí’. Estas son las palabras finales de cada domingo, desde la ventana del Ángelus, de cada encuentro, de cada momento”.

jueves, 12 de diciembre de 2019

Virgen de Guadalupe: María “se mestizó para ser Madre de todos”


Misa En La Festividad De Nuestra Señora De Guadalupe, 12 Dic. 2019 © Vatican Media

Homilía del Santo Padre


(ZENIT – 1 oct. 2019).-  La Virgen “se mestizó para ser Madre de todos, se mestizó con la humanidad. ¿Por qué? Porque ella mestizó a Dios. Y ese es el gran misterio: María Madre mestiza a Dios, verdadero Dios y verdadero hombre, en su Hijo”, dijo el Papa Francisco.
Hoy, jueves 12 de diciembre de 2019, aproximadamente a las 18 horas, el Santo Padre presidió en la basílica de San Pedro la Eucaristía en la Solemnidad de la Santísima Virgen María de Guadalupe.
Efectivamente, en su homilía Francisco señaló que “los textos bíblicos que hemos escuchado, y la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe que nos recuerda el Nican mopohua” le sugerían “tres adjetivos para ella: señora-mujer, madre y mestiza”.
Y subrayó que “los otros títulos —pensemos en las letanías lauretanas— son títulos de hijos enamorados que le cantan a la Madre, pero no tocan la esencialidad del ser de María: mujer y madre”.
A continuación publicamos la homilía completa del Papa.
La celebración de hoy, los textos bíblicos que hemos escuchado, y la imagen de Nuestra Señora de Guadalupe que nos recuerda el Nican mopohua, me sugieren tres adjetivos para ella: señora-mujer, madre y mestiza.
María es mujer. Es mujer, es señora, como dice el Nican mopohua. Mujer con el señorío de mujer. Se presenta como mujer, y se presenta con un mensaje de otro, es decir, es mujer, señora y discípula. A San Ignacio le gustaba llamarla Nuestra Señora. Y así es de sencillo, no pretende otra cosa: es mujer, discípula.
La piedad cristiana a lo largo de los tiempos siempre buscó alabarla con nuevos títulos: eran títulos filiales, títulos del amor del pueblo de Dios, pero que no tocaban en nada ese ser mujer-discípula.
San Bernardo nos decía que cuando hablamos de María nunca es suficiente la alabanza, los títulos de alabanza, pero no tocaban para nada ese humilde discipulado de ella. Discípula.
Fiel a su Maestro, que es su Hijo, el único Redentor, jamás quiso para sí tomar algo de su Hijo. Jamás se presentó como co-redentora. No, discípula.
Y algún Santo Padre dice por ahí que es más digno el discipulado que la maternidad. Cuestiones de teólogos, pero discípula. Nunca robó para sí nada de su Hijo, lo sirvió porque es madre, da la vida en la plenitud de los tiempos, como escuchamos a ese Hijo nacido de mujer.
María es Madre nuestra, es Madre de nuestros pueblos, es Madre de todos nosotros, es Madre de la Iglesia, pero es figura de la Iglesia también. Y es madre de nuestro corazón, de nuestra alma. Algún Santo Padre dice que lo que se dice de María se puede decir, a su manera, de la Iglesia, y a su manera, del alma nuestra. Porque la Iglesia es femenina y nuestra alma tiene esa capacidad de recibir de Dios la gracia, y en cierto sentido los Padres la veían como femenina. No podemos pensar la Iglesia sin este principio mariano que se extiende.
Cuando buscamos el papel de la mujer en la Iglesia, podemos ir por la vía de la funcionalidad, porque la mujer tiene funciones que cumplir en la Iglesia. Pero eso nos deja a mitad de camino.
La mujer en la Iglesia va más allá, con ese principio mariano, que “maternaliza” a la Iglesia, y la transforma en la Santa Madre Iglesia.
María mujer, María madre, sin otro título esencial. Los otros títulos —pensemos en las letanías lauretanas— son títulos de hijos enamorados que le cantan a la Madre, pero no tocan la esencialidad del ser de María: mujer y madre.
Y tercer adjetivo que yo le diría mirándola, se nos quiso mestiza, se mestizó. Pero no sólo con el Juan Dieguito, con el pueblo. Se mestizó para ser Madre de todos, se mestizó con la humanidad. ¿Por qué? Porque ella mestizó a Dios. Y ese es el gran misterio: María Madre mestiza a Dios, verdadero Dios y verdadero hombre, en su Hijo.
Cuando nos vengan con historias de que había que declararla esto, o hacer este otro dogma o esto, no nos perdamos en tonteras: María es mujer, es Nuestra Señora, María es Madre de su Hijo y de la Santa Madre Iglesia jerárquica y María es mestiza, mujer de nuestros pueblos, pero que mestizó a Dios.
Que nos hable como le habló a Juan Diego desde estos tres títulos: con ternura, con calidez femenina y con la cercanía del mestizaje. Que así sea.
© Librería Editorial Vaticana

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miércoles, 11 de diciembre de 2019

“El martirio es el aire de la vida de un cristiano

El Papa Bendice A Un Peregrino Vietnamita © Vatican Media

Persecución de san Pablo

(ZENIT – 11 dic. 2019).- El Pontífice ha recordado que “el martirio es el aire de la vida de un cristiano, de una comunidad cristiana”, y ha asegurado que siempre habrá mártires entre nosotros: “esta es la señal de que vamos por el camino de Jesús”.
Esta mañana, 11 de diciembre de 2019, en el Aula Pablo VI, el Santo Padre ha proseguido la catequesis sobre los Hechos de los Apóstoles, centrándose en el pasaje “¡Por poco con tus argumentos haces de mí un cristiano!” (Hechos 26, 28). Pablo prisionero ante el rey Agripa (Hechos, 26, 22-23).
Catequesis del Papa
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En la lectura de los Hechos de los Apóstoles, prosigue el camino del Evangelio por el mundo y el testimonio de san Pablo está cada vez más marcado por el sello del sufrimiento. Pero esto es algo que crece con el tiempo en la vida de Pablo. Pablo no es sólo el evangelizador ardiente, el intrépido misionero entre los paganos que da vida a las nuevas comunidades cristianas, sino también el testigo sufriente del Resucitado (cf. Hch 9, 15-16).
La llegada del apóstol a Jerusalén, descrita en el capítulo 21 de los Hechos, desencadena un odio feroz hacia él, que le reprochan: “¡Pero éste era un perseguidor! ¡No os fieis!”. Como lo fue para Jesús, Jerusalén también es la ciudad hostil para él. Cuando fue al templo, lo reconocieron, lo sacaron para lincharlo y fue salvado in extremis  por los soldados romanos. Acusado de enseñar contra la Ley y el Templo, fue arrestado y comenzó su peregrinaje como prisionero, primero ante el sanedrín, luego ante el procurador romano en Cesarea y finalmente ante el rey Agripa. Lucas destaca la similitud entre Pablo y Jesús, ambos odiados por sus adversarios, acusados públicamente y reconocidos como inocentes por las autoridades imperiales; y así Pablo se asocia con la pasión de su Maestro, y su pasión se convierte en un evangelio vivo. Yo vengo de la basílica de San Pedro y allí tuve mi primera audiencia esta mañana con peregrinos ucranianos de una diócesis ucraniana. ¡Cómo persiguieron a esta gente, cuánto han sufrido por el Evangelio! Pero no negociaron la fe. Son un ejemplo. Hoy en el mundo, en Europa, tantos cristianos son perseguidos y dan la vida por su fe, o son perseguidos con guantes blancos, es decir, dejados de lado, marginados… El martirio es el aire de la vida de un cristiano, de una comunidad cristiana. Siempre habrá mártires entre nosotros: esta es la señal de que vamos por el camino de Jesús. Es una bendición del Señor, que haya en el pueblo de Dios, alguno o alguna que dé este testimonio de martirio.
Pablo es llamado a defenderse de las acusaciones, y al final, en presencia del rey Agripa II, su apología se convierte en un testimonio eficaz de fe (cf. Hch 26, 1-23).
Luego Pablo cuenta su propia conversión: Cristo resucitado lo hizo cristiano y le confió la misión entre las naciones, “para que se conviertan de las tinieblas a la luz y del poder de Satanás a Dios, y para que reciban el perdón de los pecados y una parte de la herencia, entre los santificados mediante la fe en mí” (v. 18). Pablo obedeció este mandato  y no hizo otra cosa que mostrar cómo los profetas y Moisés predijeron lo que ahora anuncia él: “que el Cristo había de padecer y que, después de resucitar el primero de entre los muertos, anunciaría la luz al pueblo y a los gentiles” (v. 23). El testimonio apasionado de Pablo toca el corazón del rey Agripa, a quien sólo le falta el paso decisivo. Y así dice el rey: “¡Por poco con tus argumentos haces de mí un cristiano! (v. 28). Pablo es declarado inocente, pero no puede ser liberado porque ha apelado al César. Así continúa el viaje imparable de la Palabra de Dios a Roma. Pablo, encadenado, terminará aquí en Roma.
A partir de este momento, el retrato de Pablo es el del prisionero cuyas cadenas son el signo de su fidelidad al Evangelio y del testimonio dado al Resucitado.
Las cadenas son ciertamente una prueba humillante para el Apóstol, que aparece al mundo como un “malhechor” (2 Tim 2,9). Pero su amor a Cristo es tan fuerte que incluso estas cadenas se leen con los ojos de la fe; fe que para Pablo no es “una teoría, una opinión sobre Dios y sobre el mundo”, sino “el impacto del amor de Dios en su corazón, […] es amor a Jesucristo” (BENEDICTO XVI, Homilía con ocasión del Año Paulino, 28 de junio de 2008).
Queridos hermanos y hermanas, Pablo nos enseña la perseverancia en la prueba y la capacidad de leer todo con los ojos de la fe. Hoy pedimos al Señor, por intercesión del apóstol, que reviva nuestra fe y nos ayude a ser fieles hasta el final de nuestra vocación de cristianos, de discípulos de los discípulos del Señor, de misioneros.

domingo, 8 de diciembre de 2019

“Las obras de misericordia se hacen en silencio”

Ángelus 8 Diciembre 2019 © Vatican Media

DICIEMBRE 08, 2019 12:51ANGELUS Y REGINA COELI

(ZENIT – 8 diciembre 2019).- A las 12 del mediodía de hoy, II Domingo de Adviento, solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María, el Santo Padre Francisco se asoma a la ventana del estudio del Palacio Apostólico Vaticano para recitar el Ángelus con los fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro.
A continuación, ofrecemos las palabras del Papa antes de la oración del Ángelus:
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy celebramos la solemnidad de María Inmaculada, que se sitúa en el contexto del Adviento, un tiempo de espera: Dios cumplirá lo que ha prometido. Pero en la fiesta de hoy nos es anunciado que algo ya se ha cumplido, en la persona y en la vida de la Virgen María. Hoy consideramos el comienzo de este cumplimiento, que es incluso antes del nacimiento de la Madre del Señor. De hecho, su inmaculada concepción nos lleva a ese preciso momento en el que la vida de María comenzó a palpitar en el seno de su madre: ya existía el amor santificante de Dios, preservándolo del contagio del mal que es la herencia común de la familia humana.
En el Evangelio de hoy resuena el saludo del Ángel a María: “Alégrate, llena de gracia: el Señor está contigo”. (Lc 1,28). Dios siempre ha pensado en ella y la ha querido, en su plan inescrutable, como una criatura llena de gracia, es decir, llena de su amor. Pero para llenarse es necesario hacer espacio, vaciarse, hacerse a un lado. Como María, que supo escuchar la Palabra de Dios y confiar totalmente en su voluntad, acogiéndola sin reservas en su propia vida. Tanto es así que el Verbo se hizo carne en ella. Esto fue posible gracias a su “sí”. Al ángel que le pide que se prepare para ser madre de Jesús, María le responde: “He aquí la esclava del Señor: que se haga en mí según tu palabra” (v. 38).
María no se pierde en tantos razonamientos, no pone obstáculos en el camino del Señor, sino que con prontitud se confía y deja espacio para la acción del Espíritu Santo. Inmediatamente pone a disposición de Dios todo su ser y su historia personal, para que sea la Palabra y la voluntad de Dios la que la modelen para llevar a cumplimiento. Así, en perfecta sintonía con el designio de Dios sobre ella, María se convierte en la “toda bella“, en la “toda santa“, pero sin la más mínima sombra de complacencia, es humilde. Es una obra maestra, pero sigue siendo humilde, pequeña, pobre. En ella se refleja la belleza de Dios que es todo amor, gracia, don de sí.
También me gusta subrayar la palabra con la que María se define a sí misma en su entrega a Dios: se profesa “la esclava del Señor“. El “sí” de María a Dios asume desde el principio la actitud de servicio, de atención a las necesidades de los demás. Así lo atestigua concretamente el hecho de la visita a Isabel, que sigue inmediatamente a la Anunciación. La disponibilidad a Dios se encuentra en la voluntad de asumir las necesidades del prójimo. Todo esto sin clamor y sin ostentación, sin buscar lugares de honor, sin publicidad, porque la caridad y las obras de misericordia no necesitan ser exhibidas como un trofeo. Las obras de misericordia se hacen en silencio, a escondidas, sin vanagloriarse de nada. Incluso en nuestras comunidades, estamos llamados a seguir el ejemplo de María, practicando el estilo de discreción y ocultación.
Que la fiesta de la Madre nos ayude a hacer de toda nuestra vida un “sí” a Dios, un “sí” hecho de adoración a Él y de gestos cotidianos de amor y de servicio.

About Raquel Anillo

miércoles, 4 de diciembre de 2019

La fe y la magia son incompatibles, “reza y confíate al Señor“


Audiencia General, 23 Oct. 2019 © Vatican Media

Catequesis completa

Ciclo de los Hechos de los Apóstoles         

(ZENIT – 4 dic. 2019).-  El Papa Francisco ha señalado “la incompatibilidad entre la fe en Cristo y la magia” y reiteró que “¡la magia no es cristiana! Estas cosas que se hacen para adivinar el futuro o adivinar muchas cosas o cambiar situaciones de la vida, no son cristianas. La gracia de Cristo te trae todo: reza y confíate al Señor”.
A continuación, reproducimos la catequesis completa del Papa Francisco.
***

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El viaje del Evangelio a través del mundo prosigue sin pausa en el libro de los Hechos de los Apóstoles y atraviesa la ciudad de Éfeso, mostrando toda su fuerza salvadora. Gracias a Pablo, alrededor de doce hombres reciben el bautismo en el nombre de Jesús y experimentan la efusión del Espíritu Santo que los regenera (cf. Hch 19,1-7). Diversos son además los prodigios que suceden por medio del Apóstol: los enfermos sanan y los obsesos son liberados (cf. Hch 19,11-12). Sucede porque el discípulo se parece a su Maestro (cf. Lc 6,40) y lo hace presente comunicando a los hermanos la misma vida nueva que recibió de Él.
La potencia  de Dios que irrumpe en Éfeso desenmascara a los que quieren usar el nombre de Jesús para hacer exorcismos sin tener la autoridad espiritual para ello (cf. Hch 19, 13-17), y revela la debilidad de las artes mágicas, que son abandonadas por un gran número de personas que eligen a Cristo y abandonan las artes mágicas (cf. Hch 19, 18-19). ¡Una auténtica sacudida para una ciudad, como Éfeso, que era un centro famoso para la práctica de la magia! Lucas enfatiza así la incompatibilidad entre la fe en Cristo y la magia. Si eliges a Cristo no puedes recurrir al mago: la fe es abandono confiando en las manos de un Dios fiable que se da a conocer no mediante prácticas ocultas, sino por revelación y con amor gratuito. Quizás algunos de vosotros me dirá: “Ah, sí, esto de la magia es algo antiguo: hoy en día, con la civilización cristiana ya no sucede”. Pero ¡tened cuidado! Yo os pregunto: ¿Cuántos de vosotros van a que les lean el tarot?, ¿Cuántos de vosotros van a que les lean las manos las adivinas o a que les echen las cartas? Incluso hoy en día, en las grandes ciudades, los cristianos practicantes hacen estas cosas. Y a la pregunta: “Pero, ¿por qué, si crees en Jesucristo, vas al mago, al adivino, a toda esta gente? Responden. “Yo creo en Jesucristo pero para tener buena suerte voy también allí”. Por favor, ¡la magia no es cristiana! Estas cosas que se hacen para adivinar el futuro o adivinar muchas cosas o cambiar situaciones de la vida, no son cristianas. La gracia de Cristo te trae todo: reza y confíate al Señor.
La difusión del Evangelio en Éfeso perjudica el comercio de los plateros, -otro problema- que fabricaban las estatuas de la diosa Artemisa, haciendo de la práctica religiosa un verdadero negocio. Os pido que penséis en esto. Viendo disminuir esa actividad que producía mucho dinero, los plateros organizaron una revuelta contra Pablo, y los cristianos fueron acusados de haber llevado a la crisis el gremio de los artesanos, el santuario de Artemisa y el culto a esta diosa (cf. Hechos 19:23-28).
Después Pablo va de Éfeso a Jerusalén y llega a Mileto (cf. Hechos 20:1-16). Aquí manda llamar a los ancianos de la Iglesia de Éfeso – a los presbíteros, o sea a los sacerdotes- para que hacer una transferencia de poderes “pastorales” (cf. Hch 20, 17-35). Estamos en las últimas etapas del ministerio apostólico de Pablo y Lucas nos presenta su discurso de despedida, una especie de testamento espiritual que el Apóstol dirige a aquellos que, después de su partida, tendrán que guiar a la comunidad de Éfeso. Y ésta es una de las páginas más hermosas del libro de los Hechos de los Apóstoles: os aconsejo que toméis hoy el Nuevo Testamento, la Biblia, capítulo XX y leáis la despedida de Pablo de los sacerdotes de Éfeso, y lo hace en Mileto. Es una manera de entender cómo se despide el Apóstol y también cómo los sacerdotes deben despedirse hoy y cómo todos los cristianos deben despedirse. Es una página preciosa.
En la parte de la exhortación, Pablo anima a los responsables de la comunidad, que sabe que ve por última vez. ¿Y qué les dice? “Tened cuidado de vosotros y de toda la grey”. Este es el trabajo del pastor: estar en vela, velar sobre sí mismo y sobre el rebaño. El pastor debe velar, el párroco debe velar, estar en vela, los sacerdotes deben velar, los obispos, el Papa deben velar. Velar para custodiar el rebaño, y también para velar sobre uno mismo, para examinar la conciencia y para ver cómo se cumple este deber de velar. “Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios, que él se adquirió con la sangre de su propio hijo” (Hch 20,28), así dice San pablo. Se pide a los episcopi la máxima cercanía al rebaño, rescatado por la sangre preciosa de Cristo, y la prontitud a defenderlo de los “lobos” (v. 29). Los obispos deben estar muy cerca del pueblo para custodiarlo, para defenderlo, no separados del pueblo. Después de confiar esta tarea a los responsables de Éfeso, Pablo los pone en manos de Dios y los confía a la “Palabra de su gracia” (v. 32), levadura de todo crecimiento y camino de santidad en la Iglesia, invitándolos a trabajar con sus propias manos, como él, para no ser una carga para los demás, para ayudar a los débiles y para experimentar que ” mayor felicidad hay en dar que en recibir” (v. 35).
Queridos hermanos y hermanas, pidamos al Señor que renueve en nosotros su amor por la Iglesia y por el depósito de la fe que custodia, y que nos haga a todos corresponsables en la custodia de la grey, sosteniendo en la oración a los pastores para que manifiesten la firmeza y la ternura del Divino Pastor.
© Librería Editorial Vaticana

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domingo, 1 de diciembre de 2019

El pesebre, una señal de que Dios “nunca nos deja solos”

Greccio, Alocución Del Papa Francisco © Vatican Media

Discurso en Greccio, siguiendo los pasos de San Francisco

(ZENIT – 1 diciembre 2019).- “Dios nunca nos deja solos; nos acompaña con su presencia escondida pero no invisible”, declara el Papa Francisco en la peregrinación a Greccio, Italia, Umbría, este domingo 1 de diciembre de 2019.
El Papa visitó este lugar por segunda vez desde el primer pesebre de San Francisco de Asís, que había visitado en enero de 2016. Firmó su “Exhortación apostólica”, “Admirabile Signum“, sobre “el significado y el valor del pesebre”. Luego presidió la liturgia de la Palabra.
El Papa, que salió del Vaticano a las 15:15 h. y llegó a las 16:55 h. Al bajar del helicóptero, saludó a personas enfermas o discapacitadas antes de dirigirse al santuario.
El Papa se dirigió al santuario de Greccio, “un segundo Belén” para el Papa Juan Pablo II que llegó el 2 de enero de 1983.
El Papa Francisco fue recibido por el Obispo de Rieti, Mons. Domenico Pompili, el “guardián” del convento franciscano, el Padre Francesco Rossi, y Mons. Rino Fisichella, Presidente del  Consejo Pontificio para la Nueva Evangelización.
En la cueva del primer pesebre, se recogió en oración y luego firmó su carta.
Luego exhortó a la comunidad franciscana a esta fidelidad a la sencillez y a la pobreza y humildad de San Francisco. Rezó con la comunidad un Padre Nuestro antes de bendecirla, y de añadir: “Y si tenéis un minuto, rezad también por mí”. »
El Papa fue recibido, a la salida de la cueva de Greccio, por jóvenes vestidos con trajes medievales. Luego los niños cantaron para él.
Luego el Papa presidió una celebración de la palabra durante la cual invitó a “mantener los ojos fijos en el Niño Jesús”. Su sonrisa, que estalla en la noche, dispersa la indiferencia y abre los corazones a la alegría de los que se sienten amados por el Padre en el cielo.
Al final de la liturgia, entregó oficialmente su carta. Luego se leyó en la capilla del santuario, en latín.
La historia del primer pesebre inaugurado por San Francisco de Asís en la cueva de Greccio para la Navidad de 1223 fue contada por su biógrafo y compañero, Tommaso da Celano. Quería hacer comprender a la gente la sencillez y la pobreza de Belén. Fue leído, después el Evangelio de la Natividad, durante la celebración de la Palabra en la Capilla del Santuario.
Estas son las palabras pronunciadas por el Papa durante esta liturgia.
AB
Discurso del Papa en Greccio
Cuántos pensamientos invaden el espíritu en este lugar santo! Y sin embargo, frente a la roca de estas montañas tan queridas por San Francisco, lo que estamos llamados a realizar es, sobre todo, redescubrir la simplicidad.
El pesebre, que San Francisco hizo por primera vez en este pequeño espacio, una imitación de la estrecha cueva de Belén, habla por sí mismo. Aquí no es necesario multiplicar las palabras, porque la escena que se pone ante nuestros ojos expresa la sabiduría que necesitamos para captar lo esencial.
Frente al pesebre, descubrimos lo importante que es para nuestra vida, tan agitada, encontrar momentos de silencio y oración. El Silencio, contemplando la belleza del rostro de Jesús de niño, el Hijo de Dios nacido en la pobreza de un establo. La Oración, para expresar el “gracias” maravillados por este inmenso regalo de amor que se nos da.
En este signo sencillo y admirable del pesebre que la piedad popular ha acogido y transmitido de generación en generación, se manifiesta el gran misterio de nuestra fe: Dios nos ama hasta el punto de compartir nuestra humanidad y nuestra vida. Nunca nos deja solos; nos acompaña con su presencia oculta pero no invisible. En todas las circunstancias, en la alegría y en el dolor, él es el Emmanuel, Dios con nosotros.
Como los pastores de Belén, acojamos la invitación a ir a la cueva, a ver y reconocer el signo que Dios nos ha dado. Entonces nuestro corazón estará lleno de alegría y podremos llevarla donde haya tristeza; estará lleno de esperanza, para compartir con los que la han perdido.
Imitemos a María, que puso a su Hijo en el pesebre, porque no había lugar en una casa. Con ella y con San José, su marido, mantenemos los ojos fijos en el Niño Jesús. Su sonrisa, que estalla en la noche, dispersa la indiferencia y abre los corazones a la alegría de los que se sienten amados por el Padre en el cielo.

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