domingo, 21 de abril de 2019

Mensaje Pascual del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz Pascua!
Hoy la Iglesia renueva el anuncio de los primeros discípulos: «Jesús ha resucitado». Y de boca en boca, de corazón a corazón resuena la llamada a la alabanza: «¡Aleluya!… ¡Aleluya!». En esta mañana de Pascua, juventud perenne de la Iglesia y de toda la humanidad, quisiera dirigirme a cada uno de vosotros con las palabras iniciales de la reciente Exhortación apostólica dedicada especialmente a los jóvenes:
«Vive Cristo, esperanza nuestra, y Él es la más hermosa juventud de este mundo. Todo lo que Él toca se vuelve joven, se hace nuevo, se llena de vida. Entonces, las primeras palabras que quiero dirigir a cada uno de los jóvenes cristianos son: ¡Él vive y te quiere vivo! Él está en ti, Él está contigo y nunca se va. Por más que te alejes, allí está el Resucitado, llamándote y esperándote para volver a empezar. Cuando te sientas avejentado por la tristeza, los rencores, los miedos, las dudas o los fracasos, Él estará allí para devolverte la fuerza y la esperanza» (Christus vivit, 1-2).
Queridos hermanos y hermanas, este mensaje se dirige al mismo tiempo a cada persona y al mundo. La resurrección de Cristo es el comienzo de una nueva vida para todos los hombres y mujeres, porque la verdadera renovación comienza siempre desde el corazón, desde la conciencia. Pero la Pascua es también el comienzo de un mundo nuevo, liberado de la esclavitud del pecado y de la muerte: el mundo al fin se abrió al Reino de Dios, Reino de amor, de paz y de fraternidad.
Cristo vive y se queda con nosotros. Muestra la luz de su rostro de Resucitado y no abandona a los que se encuentran en el momento de la prueba, en el dolor y en el luto. Que Él, el Viviente, sea esperanza para el amado pueblo sirio, víctima de un conflicto que continúa y amenaza con hacernos caer en la resignación e incluso en la indiferencia. En cambio, es hora de renovar el compromiso a favor de una solución política que responda a las justas aspiraciones de libertad, de paz y de justicia, aborde la crisis humanitaria y favorezca el regreso seguro de las personas desplazadas, así como de los que se han refugiado en países vecinos, especialmente en el Líbano y en Jordania.
La Pascua nos lleva a dirigir la mirada a Oriente Medio, desgarrado por continuas divisiones y tensiones. Que los cristianos de la región no dejen de dar testimonio con paciente perseverancia del Señor resucitado y de la victoria de la vida sobre la muerte. Una mención especial reservo para la gente de Yemen, sobre todo para los niños, exhaustos por el hambre y la guerra. Que la luz de la Pascua ilumine a todos los gobernantes y a los pueblos de Oriente Medio, empezando por los israelíes y palestinos, y los aliente a aliviar tanto sufrimiento y a buscar un futuro de paz y estabilidad.
Que las armas dejen de ensangrentar a Libia, donde en las últimas semanas personas indefensas vuelven a morir y muchas familias se ven obligadas a abandonar sus hogares. Insto a las partes implicadas a que elijan el diálogo en lugar de la opresión, evitando que se abran de nuevo las heridas provocadas por una década de conflicto e inestabilidad política.
Que Cristo vivo dé su paz a todo el amado continente africano, lleno todavía de tensiones sociales, conflictos y, a veces, extremismos violentos que dejan inseguridad, destrucción y muerte, especialmente en Burkina Faso, Mali, Níger, Nigeria y Camerún. Pienso también en Sudán, que está atravesando un momento de incertidumbre política y en donde espero que todas las reclamaciones sean escuchadas y todos se esfuercen en hacer que el país consiga la libertad, el desarrollo y el bienestar al que aspira desde hace mucho tiempo.
Que el Señor resucitado sostenga los esfuerzos realizados por las autoridades civiles y religiosas de Sudán del Sur, apoyados por los frutos del retiro espiritual realizado hace unos días aquí, en el Vaticano. Que se abra una nueva página en la historia del país, en la que todos los actores políticos, sociales y religiosos se comprometan activamente por el bien común y la reconciliación de la nación.
Que los habitantes de las regiones orientales de Ucrania, que siguen sufriendo el conflicto todavía en curso, encuentren consuelo en esta Pascua. Que el Señor aliente las iniciativas humanitarias y las que buscan conseguir una paz duradera.
Que la alegría de la Resurrección llene los corazones de todos los que en el continente americano sufren las consecuencias de situaciones políticas y económicas difíciles. Pienso en particular en el pueblo venezolano: en tantas personas carentes de las condiciones mínimas para llevar una vida digna y segura, debido a una crisis que continúa y se agrava. Que el Señor conceda a quienes tienen responsabilidades políticas trabajar para poner fin a las injusticias sociales, a los abusos y a la violencia, y para tomar medidas concretas que permitan sanar las divisiones y dar a la población la ayuda que necesita.
Que el Señor resucitado ilumine los esfuerzos que se están realizando en Nicaragua para encontrar lo antes posible una solución pacífica y negociada en beneficio de todos los nicaragüenses.
Que, ante los numerosos sufrimientos de nuestro tiempo, el Señor de la vida no nos encuentre fríos e indiferentes. Que haga de nosotros constructores de puentes, no de muros. Que Él, que nos da su paz, haga cesar el fragor de las armas, tanto en las zonas de guerra como en nuestras ciudades, e impulse a los líderes de las naciones a que trabajen para poner fin a la carrera de armamentos y a la propagación preocupante de las armas, especialmente en los países más avanzados económicamente. Que el Resucitado, que ha abierto de par en par las puertas del sepulcro, abra nuestros corazones a las necesidades de los menesterosos, los indefensos, los pobres, los desempleados, los marginados, los que llaman a nuestra puerta en busca de pan, de un refugio o del reconocimiento de su dignidad.
Queridos hermanos y hermanas, ¡Cristo vive! Él es la esperanza y la juventud para cada uno de nosotros y para el mundo entero. Dejémonos renovar por Él. ¡Feliz Pascua!
© Librería Editorial Vaticana
© Fotografías: Zenit/María Langarica
Homilía del Santo Padre en la Vigilia Pascual, 20 abril 2019 © Zenit/María Langarica
Homilía Del Santo Padre En La Vigilia Pascual, 20 Abril 2019 © Zenit/María Langarica

Papa Francisco: “A Jesús no se le conoce en los libros de historia, se le encuentra en la vida”

Homilía en la Vigilia Pascual
(ZENIT – 20 abril 2019).- “Es esencial volver a un amor vivo con el Señor, de lo contrario se tiene una fe de museo, no la fe de pascua”, ha predicado el Papa Francisco en la homilía de la Vigilia Pascual, en el Basílica de San Pedro. “Jesús no es un personaje del pasado, es una persona que vive hoy; no se le conoce en los libros de historia, se le encuentra en la vida”.
Homilía del Papa Francisco
1. Las mujeres llevan los aromas a la tumba, pero temen que el viaje sea en balde, porque una gran piedra sella la entrada al sepulcro. El camino de aquellas mujeres es también nuestro camino; se asemeja al camino de la salvación que hemos recorrido esta noche. Da la impresión de que todo en él acabe estrellándose contra una piedra: la belleza de la creación contra el drama del pecado; la liberación de la esclavitud contra la infidelidad a la Alianza; las promesas de los profetas contra la triste indiferencia del pueblo. Ocurre lo mismo en la historia de la Iglesia y en la de cada uno de nosotros: parece que el camino que se recorre nunca llega a la meta. De esta manera se puede ir deslizando la idea de que la frustración de la esperanza es la oscura ley de la vida.
Hoy, sin embargo, descubrimos que nuestro camino no es en vano, que no termina delante de una piedra funeraria. Una frase sacude a las mujeres y cambia la historia: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?» (Lc24,5); ¿por qué pensáis que todo es inútil, que nadie puede remover vuestras piedras? ¿Por qué os entregáis a la resignación y al fracaso? La Pascua es la fiesta de la remoción de las piedras. Dios quita las piedras más duras, contra las que se estrellan las esperanzas y las expectativas: la muerte, el pecado, el miedo, la mundanidad. La historia humana no termina ante una piedra sepulcral, porque hoy descubre la «piedra viva» (cf. 1 P2,4): Jesús resucitado. Nosotros, como Iglesia, estamos fundados en Él, e incluso cuando nos desanimamos, cuando sentimos la tentación de juzgarlo todo en base a nuestros fracasos, Él viene para hacerlo todo nuevo, para remover nuestras decepciones. Esta noche cada uno de nosotros está llamado a descubrir en el que está Vivo a aquél que remueve las piedras más pesadas del corazón. Preguntémonos, antes de nada: ¿cuál es la piedra que tengo que remover en mí, cómo se llama?
A menudo la esperanza se ve obstaculizada por la piedra de la desconfianza. Cuando se afianza la idea de que todo va mal y de que, en el peor de los casos, no termina nunca, llegamos a creer con resignación que la muerte es más fuerte que la vida y nos convertimos en personas cínicas y burlonas, portadoras de un nocivo desaliento. Piedra sobre piedra, construimos dentro de nosotros un monumento a la insatisfacción, el sepulcro de la esperanza. Quejándonos de la vida, hacemos que la vida acabe siendo esclava de las quejas y espiritualmente enferma. Se va abriendo paso así una especie de psicología del sepulcro: todo termina allí, sin esperanza de salir con vida. Esta es, sin embargo, la pregunta hiriente de la Pascua: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? El Señor no vive en la resignación. Ha resucitado, no está allí; no lo busquéis donde nunca lo encontraréis: no es Dios de muertos, sino de vivos (cf. Mt22,32). ¡No enterréis la esperanza!
Hay una segunda piedra que a menudo sella el corazón: la piedra del pecado. El pecado seduce, promete cosas fáciles e inmediatas, bienestar y éxito, pero luego deja dentro soledad y muerte. El pecado es buscar la vida entre los muertos, el sentido de la vida en las cosas que pasan. ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? ¿Por qué no te decides a dejar ese pecado que,como una piedra en la entrada del corazón, impide que la luz divina entre? ¿Por qué no pones a Jesús, luz verdadera (cf. Jn1,9), por encima de los destellos brillantes del dinero, de la carrera, del orgullo y del placer? ¿Por qué no le dices a las vanidades mundanas que no vives para ellas, sino para el Señor de la vida?
2. Volvamos a las mujeres que van al sepulcro de Jesús. Ante la piedra removida, se quedan asombradas; viendo a los ángeles, dice el Evangelio, quedaron «despavoridas» y con «las caras mirando al suelo» (Lc24,5). No tienen el valor de levantar la mirada. Cuántas veces nos sucede también a nosotros: preferimos permanecer encogidos en nuestros límites, encerrados en nuestros miedos. Es extraño: ¿por qué lo hacemos? Porque a menudo, en la situación de clausura y de tristeza nosotros somos los protagonistas, porque es más fácil quedarnos solos en las habitaciones oscuras del corazón que abrirnos al Señor. Y sin embargo solo él eleva. Una poetisa escribió: «Ignoramos nuestra verdadera estatura, hasta que nos ponemos en pie» (E. DICKINSON, We neverknow how high we are). El Señor nos llama a alzarnos, a levantarnos de nuevo con su Palabra, amirar hacia arriba y a creer que estamos hechos para el Cielo, no para la tierra; para las alturas de la vida, no para las bajezas de la muerte: ¿por qué buscáis entre los muertos al que vive?
Dios nos pide que miremos la vida como Él la mira, que siempre ve en cada uno de nosotros un núcleo de belleza imborrable. En el pecado, él ve hijos que hay que elevar de nuevo; en la muerte, hermanos para resucitar; en la desolación, corazones para consolar. No tengas miedo, por tanto: el Señor ama tu vida, incluso cuando tienes miedo de mirarla y vivirla. En Pascua te muestra cuánto te ama: hasta el punto de atravesarla toda, de experimentar la angustia, el abandono, la muerte y los infiernos para salir victorioso y decirte: “No estás solo, confía en mí”. Jesús es un especialista en transformar nuestras muertes en vida, nuestros lutos en danzas (cf. Sal30,12); con Él también nosotros podemos cumplir la Pascua, es decir el paso: el paso de la cerrazón a la comunión, de la desolación al consuelo, del miedo a la confianza. No nos quedemos mirando el suelo con miedo, miremos a Jesús resucitado: su mirada nos infunde esperanza, porque nos dice que siempre somos amados y que, a pesar de todos los desastres que podemos hacer, su amor no cambia. Esta es la certeza no negociable de la vida: su amor no cambia. Preguntémonos: en la vida, ¿hacia dónde miro? ¿Contemplo ambientes sepulcrales o busco al que Vive?
3. ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? Las mujeres escuchan la llamada de losángeles, que añaden: «Recordad cómo os habló estando todavía en Galilea» (Lc24,6). Esas mujeres habían olvidado la esperanza porque no recordaban las palabras de Jesús, su llamada acaecida en Galilea. Perdida la memoria viva de Jesús, se quedan mirando el sepulcro. La fe necesita ir de nuevo a Galilea, reavivar el primer amor con Jesús, su llamada: recordarlo, es decir, literalmente volver a Él con el corazón. Es esencial volver a un amor vivo con el Señor, de lo contrario se tiene una fe de museo, no la fe de pascua. Pero Jesús no es un personaje del pasado, es una persona que vive hoy; no se le conoce en los libros de historia, se le encuentra en la vida. Recordemos hoy cuando Jesús nos llamó, cuando venció nuestra oscuridad, nuestra resistencia, nuestros pecados, cómo tocó nuestros corazones con su Palabra.
Las mujeres, recordando a Jesús, abandonan el sepulcro. La Pascua nos enseña que el creyente se detiene por poco tiempo en el cementerio, porque está llamado a caminar al encuentro del que Vive. Preguntémonos: en la vida, ¿hacia dónde camino? A veces nos dirigimos siempre y únicamente hacia nuestros problemas, que nunca faltan, y acudimos al Señor solo para que nos ayude. Pero entonces no es Jesús el que nos orienta sino nuestras necesidades. Y es siempre un buscar entre los muertos al que vive. Cuántas veces también, luego de habernos encontrado con el Señor, volvemos entre los muertos, vagando dentro de nosotros mismos para desenterrar arrepentimientos, remordimientos, heridas e insatisfacciones, sin dejar que el Resucitado nos transforme. Queridos hermanos y hermanas, démosle al que Vive el lugar central en la vida. Pidamos la gracia de no dejarnos llevar por la corriente, por el mar de los problemas; de no ir a golpearnos con las piedras del pecado y los escollos de la desconfianza y el miedo. Busquémoslo a Él, en todo y por encima de todo. Con Él resurgiremos.
© Librería Editorial Vaticano
© Fotografías: Zenit/María Langarica

sábado, 20 de abril de 2019

Via Crucis en el Coliseo: “Jesús, ayúdanos a ver en tu Cruz todas las cruces del mundo”

El Papa Francisco ha presidido el Via Crucis en el Coliseo © Zenit/María Langarica
El Papa Francisco Ha Presidido El Via Crucis En El Coliseo © Zenit/María Langarica

Oración del Papa Francisco

(ZENIT – 19 abril 2019).- Frente al Coliseo romano, a las 9.15 de la noche, el Santo Padre Francisco ha presidido la oración del Vía Crucis, transmitido en todo el mundo, este Viernes Santo, 19 de abril de 2019, con la participación de 15.000 personas procedentes de todo el mundo.
Oración del Papa
La siguiente es la oración compuesta por el Santo Padre, que recita al final de Via Crucis, y la lista de personas que llevan la cruz a lo largo de las 14 estaciones:
Señor Jesús, ayúdanos a ver en tu Cruz todas las cruces del mundo:
la cruz de las personas hambrientas de pan y de amor;
la cruz de personas solitarias abandonadas incluso por sus propios hijos y parientes;
la cruz de los pueblos sedientos de justicia y paz;
la cruz de las personas que no tienen el consuelo de la fe;
la cruz de los ancianos que se arrastran bajo el peso de los años y la soledad;
la cruz de los migrantes que encuentran las puertas cerradas por miedo y corazones blindados por cálculos políticos;
la cruz de los pequeños, heridos en su inocencia y en su pureza;
la cruz de la humanidad que vaga en la oscuridad de la incertidumbre y en la oscuridad de la cultura momentánea;
la cruz de familias rotas por la traición, por las seducciones del maligno o por la ligereza y el egoísmo asesinos;
la cruz de los consagrados que buscan incansablemente traer tu luz al mundo y se sienten rechazados, burlados y humillados;
la cruz de personas consagradas que, en el camino, han olvidado su primer amor;
la cruz de tus hijos que, creyendo en ti y tratando de vivir según tu palabra, se encuentran marginados y descartados incluso por sus familias y sus compañeros;
la cruz de nuestras debilidades, de nuestras hipocresías, de nuestras traiciones, de nuestros pecados y
de nuestras muchas promesas rotas;
la cruz de tu iglesia que, fiel a tu evangelio, lucha por llevar tu amor incluso entre los se bautizaron ellos mismos;
la cruz de la Iglesia, tu novia, que se siente continuamente atacada desde adentro y desde afuera;
la cruz de nuestra casa común que seriamente se marchita bajo nuestros ojos egoístas y cegado por la codicia y el poder.
Señor Jesús, revive en nosotros la esperanza de la resurrección y tu victoria definitiva contra todo mal y cada muerte. ¡Amén!

jueves, 18 de abril de 2019

Cena del Señor: “Nadie tiene que dominar a otro. El más grande debe servir al más pequeño”

Homilía del Papa Francisco a los presos de Velletri, Roma © Vatican Media
Homilía Del Papa Francisco A Los Presos De Velletri, Roma © Vatican Media

Homilía del Papa en la cárcel de Velletri

(ZENIT – 18 abril 2019)
Homilía del Papa Francisco
Un saludo a todos y les agradezco la acogida que he recibido.
He recibido una bella carta hace algunos días de un grupo de ustedes que no estará hoy aquí, pero han dicho cosas muy bellas en esta carta, que agradezco me hayan escrito.
En esta oración me uno tanto a todos con los que están aquí y los que han ido al Cielo. Hemos escuchado lo que hizo Jesús, es interesante. Dice el Evangelio: Sabiendo Jesús que el Padre le había dado todo en sus manos, Jesús tenía todo el poder, todo el poder. Y después comienza a hacer este gesto de lavar los pies. Es un gesto que hacían los esclavos en aquel tiempo porque no había asfalto en las calles. Cuando la gente llegaba a las casas traía polvo en los pies. Cuando llegaban a una casa para visitar a alguien o para almorzar, los esclavos lavaban los pies.
Y Jesús hace este gesto: Lavar los pies. Es un gesto de esclavo. Él que tenía todo el poder, Él, que era el Señor, hace este gesto de un esclavo. Y después aconseja a todos: Hagan ustedes también este gesto entre ustedes, o sea, sírvanse entre ustedes, sírvanse el uno al otro. Sean hermanos en el servicio, no en la ambición de quien domina al otro o quien patea al otro, es siempre servicio, servicio.
Preguntar “¿Tienen necesidad de algo?”, un servicio. Esto sí es la hermandad, y la hermandad es humilde siempre, es un servicio, ¿no? Yo haré este gesto ahora, la Iglesia quiere que el obispo lo haga todos los años. Una vez al año al menos para el Jueves Santo para imitar el gesto de Jesús. También para hacer bien a sí mismo con este gesto. Porque el obispo no es importante, el obispo tiene que ser el que más sirve. Cada uno de nosotros debe servir a los otros. Es una regla de Jesús, la regla del servicio, no de dominar, de hacer el mal… de humillar a los otros. Siempre hacer el servicio.
Una vez, cuando los Apóstoles se estaban peleando entre ellos, discutían quien era el más importante entre ellos, y Jesús tomó un niño. Si el corazón de ustedes no es el corazón de un niño, entonces no serán mis discípulos. Hay que tener corazón de niño, siempre, humilde, servidor.
Y ahí agrega una cosa interesante, que podemos unir con este gesto de hoy. Dice: Estén atentos, los jefes de las naciones dominan. Dominan. Entre ustedes no tiene que ser así. Nadie tiene que dominar a otro. El más grande debe servir al más pequeño. El que se siente más grande tiene que ser el que sirva.
También nosotros tenemos que servir. Todos. Es verdad que en la vida hay problemas, vivimos entre nosotros, pero esto tiene que ser algo pasajero. Los problemas tienen que ser pasajeros entre nosotros. Tiene que existir siempre el amor por servir al otro. El servicio del otro. Y este gesto que hoy haré, que sea para todos nosotros un gesto que nos ayude a ser más servidores el uno del otro. Más amigos, más hermanos en el servicio. Con estos sentimientos continuamos la celebración con el lavatorio de los pies.
Traducción de Zenit, Rosa Die Alcolea

miércoles, 17 de abril de 2019

Tres palabras de Jesús al Padre durante su Pasión


Palabras del Papa en español
(ZENIT – 17 abril 2019).- En la audiencia general de este Miércoles Santo, 17 de abril de 2019, dado el tiempo litúrgico de la Semana Santa que estamos viviendo estos días, el Papa Francisco ha dedicado la catequesis al Triduo Pascual. El tema de dicha catequesis ha sido “Pascua: la oración al Padre en la prueba” (Evangelio según San Marcos14, 32-36ay en ella el  Pontífice ha reflexionado sobre tres palabras que Jesús dirige al Padre durante el momento de su Pasión.
La gloria
La primera de ellas es: «Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo» (Jn 17,1). El Papa ha explicado el significado de la gloria: “la revelación de Dios como signo de su presencia salvadora entre los hombres”. Igualmente, el Pontífice ha señalado que es en la cruz donde Jesús muestra su gloria porque en ella se realiza de forma definitiva la salvación de la humanidad.
El Pontífice ha manifestado que “la verdadera gloria es la del amor”, del Padre al Hijo y viceversa, y que “ninguno se glorifica a sí mismo”. Por último, el Santo Padre ha animado a que el ejemplo del Señor nos haga buscar la gloria de Dios y la del prójimo y no la propia.
Abbápapá
La segunda palabra a la que se ha referido el Papa Francisco es: «Abbá», papá» (cf. Mc 14,36). En el huerto de Getsemaní, sabiendo que va a ser crucificado y sintiéndose solo y angustiado, Jesús habla a Dios y lo llama “papá”.  Jesucristo nos  enseña, por tanto, a tratarle como un Padre, pues en él “se encuentra la fuerza para seguir adelante en el dolor”, ha indicado el Pontífice.
El Santo Padre ha puesto a Jesús como ejemplo de hijo que nunca está solo porque siempre recurre al Padre, incluso en las situaciones de mayor desolación. Nosotros, sin embargo, ante las dificultades “preferimos muchas veces la soledad, antes que decir ‘Padre’ y confiar en Él”.
El perdón
Por último, el Papa Francisco se ha referido al momento en el que Jesús en la cruz dice: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,24). El perdón, según el Papa es el momento “culmen del amor” que “rompe el círculo del mal”. Incluso en el instante de mayor dolor, Jesucristo pide por los que le han crucificado: “Jesús reza por nosotros al Padre, para que nos envuelva con su misericordia, que trasforma y sana el corazón”, ha concluido el Pontífice.

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domingo, 14 de abril de 2019

Domingo de Ramos: “Para lograr el verdadero triunfo, debemos dejar espacio a Dios”: “Callar, rezar, humillarse”


El Papa preside la Misa en el Domingo de Ramos, 14 abril 2019 © Zenit/María Langarica
El Papa Preside La Misa En El Domingo De Ramos, 14 Abril 2019 © Zenit/María Langarica

Homilía del Papa en la plaza de San Pedro


(ZENIT – 14 abril 2019)
A continuación, ofrecemos la homilía completa del Papa Francisco en la celebración del Domingo de Ramos:
***
Las aclamaciones de la entrada en Jerusalén y la humillación de Jesús. Los gritos de fiesta y el ensañamiento feroz. Este doble misterio acompaña cada año la entrada en la Semana Santa, en los dos momentos característicos de esta celebración: la procesión con las palmas y los ramos de olivo, al principio, y luego la lectura solemne de la narración de la Pasión.
Dejemos que esta acción animada por el Espíritu Santo nos envuelva, para obtener lo que hemos pedido en la oración: acompañar con fe a nuestro Salvador en su camino y tener siempre presente la gran enseñanza de su Pasión como modelo de vida y de victoria contra el espíritu del mal.
Jesús nos muestra cómo hemos de afrontar los momentos difíciles y las tentaciones más insidiosas, cultivando en nuestros corazones una paz que no es distanciamiento, no es impasividad o creerse un superhombre, sino que es un abandono confiado en el Padre y en su voluntad de salvación, de vida, de misericordia; y, en toda su misión, pasó por la tentación de “hacer su trabajo” decidiendo él el modo y desligándose de la obediencia al Padre. Desde el comienzo, en la lucha de los cuarenta días en el desierto, hasta el final en la Pasión, Jesús rechaza esta tentación mediante la confianza obediente en el Padre.
También hoy, en su entrada en Jerusalén, nos muestra el camino. Porque en ese evento el maligno, el Príncipe de este mundo, tenía una carta por jugar: la carta del triunfalismo, y el Señor respondió permaneciendo fiel a su camino, el camino de la humildad.
El triunfalismo trata de llegar a la meta mediante atajos, compromisos falsos. Busca subirse al carro del ganador. El triunfalismo vive de gestos y palabras que, sin embargo, no han pasado por el crisol de la cruz; se alimenta de la comparación con los demás, juzgándolos siempre como peores, con defectos, fracasados… Una forma sutil de triunfalismo es la mundanidad espiritual, que es el mayor peligro, la tentación más pérfida que amenaza a la Iglesia (De Lubac). Jesús destruyó el triunfalismo con su Pasión.
El Señor realmente compartió y se regocijó con el pueblo, con los jóvenes que gritaban su nombre aclamándolo como Rey y Mesías. Su corazón gozaba viendo el entusiasmo y la fiesta de los pobres de Israel. Hasta el punto que, a los fariseos que le pedían que reprochara a sus discípulos por sus escandalosas aclamaciones, él les respondió: «Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras» (Lc 19,40). Humildad no significa negar la realidad, y Jesús es realmente el Mesías, el Rey.
Pero al mismo tiempo, el corazón de Cristo está en otro camino, en el camino santo que solo él y el Padre conocen: el que va de la «condición de Dios» a la «condición de esclavo», el camino de la humillación en la obediencia «hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,6-8). Él sabe que para lograr el verdadero triunfo debe dejar espacio a Dios; y para dejar espacio a Dios solo hay un modo: el despojarse, el vaciarse de sí mismo. Callar, rezar, humillarse. Con la cruz no se puede negociar, o se abraza o se rechaza. Y con su humillación, Jesús quiso abrirnos el camino de la fe y precedernos en él.
Tras él, la primera que lo ha recorrido fue su madre, María, la primera discípula. La Virgen y los santos han tenido que sufrir para caminar en la fe y en la voluntad de Dios. Ante los duros y dolorosos acontecimientos de la vida, responder con fe cuesta «una particular fatiga del corazón» (cf. S. JUAN PABLO II, Carta enc. Redemptoris Mater, 17). Es la noche de la fe. Pero solo de esta noche despunta el alba de la resurrección. Al pie de la cruz, María volvió a pensar en las palabras con las que el Ángel le anunció a su Hijo: «Será grande […]; el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin» (Lc 1,32-33).
En el Gólgota, María se enfrenta a la negación total de esa promesa: su Hijo agoniza sobre una cruz como un criminal. Así, el triunfalismo, destruido por la humillación de Jesús, fue igualmente destruido en el corazón de la Madre; ambos supieron callar.
Precedidos por María, innumerables santos y santas han seguido a Jesús por el camino de la humildad y la obediencia. Hoy, Jornada Mundial de la Juventud, quiero recordar a tantos santos y santas jóvenes, especialmente a aquellos “de la puerta de al lado”, que solo Dios conoce, y que a veces a él le gusta revelarnos por sorpresa. Queridos jóvenes, no os avergoncéis de mostrar vuestro entusiasmo por Jesús, de gritar que él vive, que es vuestra vida. Pero al mismo tiempo, no tengáis miedo de seguirlo por el camino de la cruz. Y cuando sintáis que os pide que renunciéis a vosotros mismos, que os despojéis de vuestras seguridades, que os confiéis por completo al Padre que está en los cielos, entonces alegraos y regocijaos. Estáis en el camino del Reino de Dios.
Aclamaciones de fiesta y furia feroz; el silencio de Jesús en su Pasión es impresionante. Vence también a la tentación de responder, de ser “mediático”. En los momentos de oscuridad y de gran tribulación hay que callar, tener el valor de callar, siempre que sea un callar manso y no rencoroso. La mansedumbre del silencio hará que parezcamos aún más débiles, más humillados, y entonces el demonio, animándose, saldrá a la luz. Será necesario resistirlo en silencio, “manteniendo la posición”, pero con la misma actitud que Jesús. Él sabe que la guerra es entre Dios y el Príncipe de este mundo, y que no se trata de poner la mano en la espada, sino de mantener la calma, firmes en la fe. Es la hora de Dios. Y en la hora en que Dios baja a la batalla, hay que dejarlohacer.
 Nuestro puesto seguro estará bajo el manto de la Santa Madre de Dios. Y mientras esperamos que el Señor venga y calme la tormenta (cf. Mc 4,37-41), con nuestro silencioso testimonio en oración, nos damos a nosotros mismos y a los demás razón de nuestra esperanza (cf. 1 P 3,15). Esto nos ayudará a vivir en la santa tensión entre la memoria de las promesas, la realidad del ensañamiento presente en la cruz y la esperanza de la resurrección.
© Librería Editorial Vaticano

jueves, 11 de abril de 2019

“Ninguno ama a Dios tanto como Él nos ha amado”

Audiencia General, 10 de abril 2019 ©Vatican.v
Palabras del Papa en español
(ZENIT – 10 abril 2019).-
 El Papa Francisco ha recordado hoy en la Audiencia general que “ninguno ama a Dios tanto como Él nos ha amado” y que “basta que miremos a Cristo en la cruz para descubrir la desproporción entre su amor y el nuestro”.
En la audiencia de este miércoles, 10 de abril de 2019, el Santo Padre ha dedicado la catequesis a la petición del Padre nuestro que dice: “Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden” y se ha leído el evangelio de san Juan (8,31-42).
En estas fechas cercanas la Semana Santa, el Papa anima a mirar a la cruz como una forma de comprobar que el amor que Dios nos tiene será eternamente mayor que el que nosotros le ofrezcamos. Durante la catequesis, el Pontífice ha resaltado cómo en todas las oraciones del cristiano se realiza una petición de perdón, para ser conscientes de que siempre seremos deudores de Dios.

Todo lo hemos recibido
Dada esta condición de deudores, el Papa considera que la soberbia es la actitud más negativa en la vida cristiana: “se arraiga en el corazón sin que muchas veces nos demos cuenta, e incluso afecta a las personas que llevan una intensa vida religiosa. Nos hace creer que somos mejores que los demás, casi semejantes a Dios, amenazando así con romper la fraternidad”.
Tenemos una deuda de amor con el Señor porque todo lo que tenemos lo hemos recibido de Él. El Papa ha explicado que nuestra existencia es como un “mysterium lunae” porque igual que la luna refleja la luz del sol, nosotros contamos con una luz que no es propia, sino proporcionada por Dios.

Hemos sido amados antes
Fruto de esa existencia recibida “si amamos es porque hemos sido amados antes; si perdonamos es porque antes hemos sido perdonados. Y en esta cadena de amor que nos precede reconocemos la presencia providente de Dios que nos ama”, dice el Pontífice.