miércoles, 20 de febrero de 2019

‘Padre que estás en los cielos’ – 7ª catequesis del ‘Padre Nuestro’

El Papa Francisco coge en brazos un bebé © Vatican Media
El Papa Francisco Coge En Brazos Un Bebé © Vatican Media

FEBRERO 20, 2019 15:02AUDIENCIA GENERAL

(ZENIT – 20 febrero 2019).- 
Catequesis del Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Continuamos la catequesis sobre el “Padre nuestro”. El primer paso de cada oración cristiana es el ingreso en un misterio, el de la paternidad de Dios. No se puede rezar como cotorras. O tu entras en el misterio, en la certeza de que Dios es tu Padre o no rezas. Si yo quiero rezar a Dios, Padre mío, comienzo por el misterio. Para entender en qué medida Dios es nuestro padre, pensemos en las figuras de nuestros padres, pero, de alguna manera tenemos siempre que “refinarlas”, purificarlas.  El Catecismo de la Iglesia Católica también dice esto. Dice así “La purificación del corazón concierne a imágenes paternales o maternales, correspondientes a nuestra historia personal y cultural, y que impregnan nuestra relación con Dios.” (No. 2779).
Ninguno de nosotros ha tenido padres perfectos, ninguno;  como nosotros, a  nuestra vez, nunca seremos padres o pastores perfectos. Todos tenemos defectos, todos. Vivimos siempre nuestras relaciones de amor bajo el signo de nuestros límites y también de nuestro egoísmo, por lo que a menudo están contaminadas por deseos de posesión o manipulación del otro. Por eso, a veces, las declaraciones de amor se convierten en sentimientos de rabia y hostilidad. Pero mira, estos dos se querían tanto la semana pasada; hoy se odian a muerte: ¡esto lo vemos todos los días!. Es por eso, porque todos tenemos dentro raíces amargas, que no son buenas y a veces salen y hacen daño.
Por eso, cuando hablamos de Dios como “padre”, mientras pensamos en la imagen de nuestros padres, especialmente si nos han querido, al mismo tiempo tenemos que ir más allá. Porque el amor de Dios es el del Padre “que está en los cielos”, según la expresión que nos invita a usar a Jesús: es el amor total que en esta vida solo saboreamos de manera imperfecta. Los hombres y las mujeres son eternamente mendigos del amor, -nosotros somos mendigos de amor, necesitamos amor-  buscan un lugar donde ser amados finalmente, pero no lo encuentran. ¡Cuántas amistades y cuántos amores defraudados hay en nuestro mundo!¡Cuántos!
El dios griego del amor, en la mitología, es el más trágico de todos: no está claro si es un ser angelical o un demonio. La mitología dice que es el hijo de Poros y de Penía, que es astuto y pobre, destinado a llevar algo de la fisonomía de estos padres. Desde aquí podemos pensar en la naturaleza ambivalente del amor humano: capaz de florecer y de dominar la vida en una hora del día, e inmediatamente después de marchitarse y morir; lo que atrapa, siempre se le escapa (ver Platón, Symposium, 203). Hay una expresión del profeta Oseas que enmarca despiadadamente la debilidad congénita de nuestro amor: “Vuestro amor es como nube mañanera, como rocío matinal que pasa” (6: 4). Esto es lo que nuestro amor suele ser: una promesa que es difícil cumplir, un intento que pronto se seca y se evapora, un poco como cuando sale el sol por la mañana y se lleva el rocío de la noche.
Cuántas veces los hombres hemos amado de esa manera tan débil e intermitente. Todos hemos pasado por esta experiencia: hemos amado pero luego ese amor ha cesado o se ha vuelto débil. Deseosos de amar, nos hemos tenido que enfrentar, en cambio, con nuestros límites, con la pobreza de nuestras fuerzas: incapaces de mantener una promesa que en los días de gracia parecía fácil de lograr. Después de todo, incluso el apóstol Pedro tuvo miedo y escapó. El apóstol Pedro no fue fiel al amor de Jesús. Siempre hay una debilidad que nos hace caer. Somos mendigos que en el camino corren el peligro de no encontrar nunca por completo el tesoro que buscan desde el primer día de su vida: el amor.
Sin embargo, hay otro amor, el del Padre “que está en los cielos“. Nadie debe dudar que es destinatario de este amor. Nos ama. “Me ama”, podemos decir. Si incluso nuestro padre y nuestra madre no nos hubieran amado, -es una hipótesis histórica- hay un Dios en el cielo que nos ama como nadie en la tierra nunca lo ha hecho ni lo podrá hacer. El amor de Dios es constante.  El profeta Isaías dice: “¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque esas llegasen a olvidar yo no te olvido. Míralo, en las palmas de mis manos te tengo tatuada “(49: 15-16). Hoy están de moda los tatuajes: “En las palmas de mis manos te tengo tatuada”.  Me he hecho un tatuaje tuyo en las manos. Yo estoy en las manos de Dios, así, y no puedo borrarlo. El amor de Dios es como el amor de una madre que nunca se puede olvidar . ¿Y si una madre se olvidase? “Yo no me olvidaré”, dice el Señor. Este es el amor perfecto de Dios, así nos ama. Si todos nuestros amores terrenales se desmoronasen, y no quedase nada más que polvo, siempre queda  para todos nosotros, ardiente, el amor único y fiel de Dios.
En el hambre de amor que todos sentimos, no buscamos algo que no existe: es, en cambio, la invitación a conocer a Dios que es padre. La conversión de San Agustín, por ejemplo, pasó por esa cima: el joven y brillante retórico buscaba sencillamente entre las criaturas algo que ninguna criatura podría darle, hasta que un día tuvo el coraje de mirar hacia arriba. Y ese día conoció a  Dios. A Dios que ama.
La frase “en los cielos” no quiere expresar una distancia, sino una diferencia radical de amor, otra dimensión de amor, un amor incansable, un amor que permanecerá siempre, todavía más, que está al alcance de la mano. Solo hace falta decir: “Padre nuestro que estás en los cielos” y ese amor viene.
Por lo tanto,¡ no tengáis miedo! Ninguno de nosotros está solo. Si, hasta por desgracia, tu padre terrenal se hubiera olvidado de ti y  tú quizás sintieras rencor por él, no se te niega la experiencia fundamental de la fe cristiana: saber que eres un hijo amadísimo de Dios y que no hay nada en la vida que pueda extinguir su apasionado amor por ti.

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martes, 19 de febrero de 2019

“Nuestro Dios tiene sentimientos”

Misa En Santa Marta, 19 De Febrero De 2019 © Vatican Media
Misa En Santa Marta, 19 De Febrero De 2019 © Vatican Media

Cuando los más débiles pagan el precio de la guerra

(ZENIT – 19 febrero 2019).- “Nuestro Dios tiene sentimientos”, dijo el Papa Francisco en la misa de la mañana de este 19 de febrero de 2019 en Santa Marta. En un momento que no es mejor que el del Diluvio, denunció: “son los débiles, los pobres, los niños … quienes pagan el precio de la fiesta”.
Dios “no es abstracto”, y él “sufre”, dijo el Papa Francisco en su homilía informada por Vatican News . Se detuvo en “los sentimientos de Dios, Dios Padre que nos ama, y ​​el amor es una relación, pero puede también enojarse y enfadarse … Nuestro Dios tiene sentimientos”.
“Nuestro Dios nos ama con su corazón, no nos ama con sus ideas, nos ama con su corazón”, insistió el Papa. Y cuando nos acaricia, nos acaricia con su corazón y cuando nos reprende, lo hace con el corazón, sufre más que nosotros … No es sentimentalismo, es la verdad”.
“Los tiempos de hoy no son diferentes a los del diluvio”, no creo, dijo, refiriéndose a “las personas que mueren en la guerra porque las bombas se lanzan como caramelos … son los débiles, los pobres, los niños, los que no tienen recursos para vivir, que pagan el precio de la fiesta”:” Las calamidades son más o menos las mismas, las víctimas son más o menos las mismas. Pensemos por ejemplo en los más débiles, los niños. El número de niños hambrientos, niños sin educación: no pueden crecer en paz. Sin padres, porque fueron masacrados por las guerras … niños soldados … solo piensen en estos niños”.
El Papa Francisco invitó a pedir “un corazón como el corazón de Dios … un corazón de hermano con sus hermanos, de padre con sus hijos, de hijos con su padre. Un corazón humano, como el de Jesús, es un corazón divino”. Si Dios “es capaz de tener problemas, nosotros también podremos tener problemas ante Él”, agregó.
Y para animar: “Pensemos que el Señor está afligido en su corazón y acerquémonos al Señor y hablemos con él:” Señor, mira esto, te entiendo “. Consolemos al Señor: “Te comprendo y te acompaño”, te acompaño en la oración, en la intercesión por todas esas calamidades que son el fruto del diablo que quiere destruir la obra de Dios”.
© Traducción de ZENIT, Raquel Anillo

lunes, 18 de febrero de 2019

“¿Dónde esta tu hermano en tu corazón?”

Problemas perturbadores y respuestas comprometedoras

(ZENIT – 18 febrero 2019).- “¿Dónde está tu hermano en tu corazón?”: Esta es la pregunta que el Papa Francisco invitó a meditar en la Misa de la mañana que celebró en la Casa Santa Marta el 18 de febrero de 2019.
En la homilía reportada por Vatican News, el Papa meditó sobre “preguntas inquietantes y respuestas de compromiso”, especialmente en la Primera Lectura, donde Caín responde en sustancia: “¿Pero qué tengo que hacer en la vida de mi hermano? ¿Soy su guardián? Me lavo las manos. Y él “busca huir de los ojos de Dios”.
La pregunta de Dios a Caín es “una pregunta perturbadora”, señaló el Papa, enumerando las respuestas de compromiso: “pero, es su vida, la respeto, me lavo las manos … No interfiero”. en la vida de los demás… respondemos un poco con principios generales que no dicen nada, pero que lo dicen todo.
Así, el Papa ha recreado los diálogos: “¿Dónde está tu hermano?”.”No sé”. “¡Pero tu hermano tiene hambre! “. “Sí, sí, ciertamente está en la cena de la parroquia de Caritas. Sí, seguramente le darán algo de comer”, y con esa respuesta, de compromiso, me salvo la piel. “No, el otro, el enfermo…” – “¡Definitivamente está en el hospital!” – “¡Pero no hay sitio en el hospital! ¿Y tiene medicinas?”. “Pero esta es su vida, no puedo entrometerme en la vida de otros … seguramente tendrá padres que le darán medicina”, y me lavo las manos. “¿Dónde está tu hermano, el prisionero?”- “Ah, él tiene lo que merece. Él hizo eso, paga…”.
“Dónde esta tu hermano?”, insistió el papa. “¿Dónde está tu hermano explotado, el trabajador negro, el que no tiene ropa, el hermano pequeño que no puede ir a la escuela, el drogadicto… ¿dónde está? ¿Dónde está tu hermano en tu corazón? ¿Hay espacio para estas personas en nuestros corazones?”.
“Estamos acostumbrados a dar respuestas de compromiso, respuestas para escapar del problema, no para ver el problema, no para tocar el problema”, continuó, antes de advertir: “Cuando vivimos … sin tomar en la mano lo que el Señor nos ha enseñado, el pecado está en la puerta, al acecho, esperando entrar. Y destruirnos. ”
También en el Génesis, “Adán se esconde de la vergüenza, del miedo. Tal vez sintamos esta vergüenza. Dónde esta tu hermano? ¿Dónde estás? ¿En qué mundo vives, sin percibir estas cosas, estos sufrimientos, estos dolores? ¿Dónde esta tu hermano ? ¿Dónde estás ? No te escondas de la realidad. En conclusión, el Papa nos invitó a “responder abiertamente, con lealtad y también con alegría a estas dos preguntas del Señor”.

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domingo, 17 de febrero de 2019

Ángelus, 17 febrero 2019 © Vatican Media
Ángelus, 17 Febrero 2019 © Vatican Media

Las bienaventuranzas: “Jesús enseña a discernir las situaciones”

“No busques la felicidad siguiendo a los mercaderes de humo”
(ZENIT – 17 febrero 2019).- Por las Bienaventuranzas, Jesús “enseña a discernir las situaciones con fe”, a “confiar en Dios” y “no a confiar en las cosas materiales y pasajeras y a no buscar la felicidad siguiendo los mercaderes de humo, los profesionales de la ilusión”.

Palabras del Papa Francisco ante el Ángelus.
Queridos hermanos y hermanas, ¡Buenos días!
El Evangelio de hoy ( Lucas 6 : 17-20-26) presenta las Bienaventuranzas en la versión de Lucas. El texto está articulado en cuatro bienaventuranzas y cuatro advertencias formuladas con la expresión “ay de ti”. Con estas palabras, fuertes e incisivas, Jesús abre nuestros ojos, nos hace ver con su mirada, más allá de las apariencias, más allá de la superficie, y nos enseña a discernir las situaciones con fe.
Jesús declara bienaventurados los pobres, los hambrientos, los afligidos, los perseguidos; y advierte a los ricos, saciados, riendo y aclamados por el pueblo. La razón de esta beatitud paradójica reside en el hecho de que Dios está cerca de quienes sufren e interviene para liberarlos de su esclavitud; Jesús ve esto, y ve la dicha más allá de la realidad negativa. Y de manera similar, la “desgracia para ti”, dirigida a aquellos que hoy viven bien, sirve para “despertarlos” de la peligrosa ilusión del egoísmo y para abrirlos a la lógica del amor, siempre y cuando todavía tengan tiempo
La página del Evangelio de hoy nos invita a reflexionar sobre el significado más profundo de tener fe, que es confiar completamente en el Señor. Se trata de romper los ídolos mundanos para abrir su corazón al Dios vivo y verdadero. Solo él puede dar a nuestra existencia esa plenitud tan deseada y difícil de alcanzar. De hecho, incluso hoy en día, muchos se presentan a sí mismos como distribuidores de la felicidad: prometen éxito en poco tiempo, grandes ganancias a la mano, soluciones mágicas para todos los problemas, etc. Y allí, es fácil deslizarse sin darse cuenta en el pecado contra el
primer mandamiento: idolatría, para reemplazar a Dios por un ídolo. La idolatría y los ídolos son como cosas de antaño, ¡pero en realidad son de todos los tiempos.
Es por eso que Jesús abre nuestros ojos a la realidad. Estamos llamados a la felicidad, a ser bendecidos, y nos convertimos así desde el momento en que nos colocamos del lado de Dios, de su reino, del lado de lo que no es efímero sino difícil para la vida eterna. Nos alegramos si reconocemos a los “necesitados” delante Dios, y es muy importante: “Señor, te necesito” y si, como Él y con Él, estamos cerca de los pobres, los afligidos y los hambrientos. Nosotros también estamos en la presencia de Dios: somos pobres, estamos afligidos, tenemos hambre delante de Dios. Nos volvemos capaces de gozar cada vez que, al poseer los bienes de este mundo, no los transformamos en ídolos para vender nuestra alma, sino que podemos compartirlos con nuestros hermanos.
Hoy la liturgia nos invita una vez más a interrogarnos sobre esto y a tener la verdad en nuestro corazón.
Las Bienaventuranzas de Jesús son un mensaje decisivo, que nos empuja a no confiar en las cosas materiales y transitorias, a no buscar la felicidad siguiendo a los comerciantes de humo, que a menudo son comerciantes de la muerte, los profesionales de la ilusión No debemos seguirlos porque son incapaces de darnos esperanza. El Señor nos ayuda a abrir los ojos, a obtener una visión más penetrante de la realidad, a sanar de la miopía crónica que el espíritu del mundo nos transmite. A través de su palabra paradójica, nos sacude y nos hace reconocer lo que realmente nos enriquece, nos sacia, nos da alegría y dignidad. En resumen, lo que realmente da sentido y plenitud a nuestras vidas.
Que la Virgen María nos ayude a escuchar este evangelio, con la mente abierta y el corazón abierto, para que fructifique en nuestras vidas y seamos testigos de una felicidad que no decepciona, la de Dios nunca decepciona.
© Traducción de ZENIT, Raquel Anillo

viernes, 15 de febrero de 2019

“No tengan miedo en acoger a los Otros”

 Homilía del Santo Padre en la Misa en la Fraterna Domus de Sacrofano, la Asociación de Voluntarios del Servicio Social Cristiano, ubicado en la provincia de Roma, en la apertura del Encuentro de los Organismos de acogida titulado: Libres del miedo, organizado por la Fundación Migrantes, la Caritas italiana y el Centro Astalli.

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano
“Cristo sigue extendiendo su mano para salvarnos y permitir el encuentro con Él, un encuentro que nos salva y devuelve la alegría de ser sus discípulos”, lo dijo el Papa Francisco la tarde de este viernes, 15 de febrero, en la celebración Eucarística en la Fraterna Domus de Sacrofano, la Asociación de Voluntarios del Servicio Social Cristiano, ubicado en la provincia de Roma, a 19 km del Vaticano. Con esta Santa Misa se inauguró el Encuentro de los Organismos de acogida titulado: Libres del miedo, organizado por la Fundación Migrantes, la Caritas italiana y el Centro Astalli, en programa del 15 al 17 de febrero de 2019.

“No tengan miedo”

En su homilía, el Santo Padre comentando las lecturas bíblicas escogidas para esta celebración, dijo que estas se pueden resumir en una sola frase: “No tengan miedo”. En el Libro del Éxodo, explica el Pontífice, el Pueblo de Israel tiene que superar una gran prueba, es decir, “Israel está llamado a mirar más allá de las adversidades del momento, a vencer el miedo y a confiar plenamente en la acción salvífica y misteriosa del Señor”. En cambio, en la página del Evangelio de Mateo, señala el Papa, los discípulos están turbados y gritan de miedo al ver al Maestro caminando sobre las aguas, pensando que es un fantasma. Pero, el Maestro les devuelve la confianza y los invita a reconocerlo.

¡Señor libéranos de nuestros miedos!

A través de estos episodios bíblicos, afirma el Papa Francisco, el Señor nos habla hoy y nos pide que nos dejemos liberar de nuestros temores. Y es este precisamente el tema elegido para este encuentro, “Libres de miedo”. “Ante la maldad y lo feo de nuestro tiempo, también nosotros, como el pueblo de Israel, estamos tentados de abandonar nuestro sueño de libertad. Sentimos un miedo legítimo ante situaciones que nos parecen no tener salida. Y las palabras humanas de un líder o de un profeta – subraya el Papa – no son suficientes para tranquilizarnos, cuando no podemos sentir la presencia de Dios y no somos capaces de abandonarnos a su providencia. Así, nos cerramos en nosotros mismos, en nuestras frágiles seguridades humanas, en el círculo de los seres queridos, en nuestra rutina tranquilizadora. Y al final renunciamos al viaje a la Tierra Prometida para volver a la esclavitud de Egipto”.

El temor hacia los “otros”

Este replegarnos en nosotros mismos, signo de derrota, aumenta nuestro miedo a los “otros”, a los extraños, a los emarginados y a los forasteros. “Y esto es particularmente evidente hoy, ante la llegada de migrantes y refugiados que llaman a nuestra puerta en busca de protección, seguridad y un futuro mejor. El temor es legítimo – afirma el Pontífice – sobre todo porque falta la preparación para este encuentro. Recordando la Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado del año pasado, el Santo Padre dijo que, “No es fácil entrar en la cultura de los demás, ponerse en el lugar de personas tan diferentes a nosotros, comprender sus pensamientos y experiencias. Y así, a menudo, renunciamos al encuentro con el otro y levantamos barreras para defendernos”.

Abrirnos al encuentro del “otro”

En cambio, señala el Papa Francisco, estamos llamados a superar el miedo para abrirnos al encuentro. Y para ello, no basta con justificaciones racionales y cálculos estadísticos. “El encuentro con el otro – precisa el Pontífice – es también un encuentro con Cristo. Él mismo nos lo dijo. Es Él quien llama a nuestra puerta hambriento, sediento, extraño, desnudo, enfermo y encarcelado, pidiendo ser recibido y asistido. Y si aún tenemos alguna duda, aquí está su clara palabra: En verdad les digo, todo lo que a uno de estos mis hermanos más pequeños, me lo habéis hecho a mí”.

¡Soy yo, no tengáis miedo!

En este sentido, el Papa Francisco recuerda que el Maestro alienta a sus discípulos: “¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo! (Mt 14,27)”. Es Él, afirma el Pontífice, aunque nuestros ojos tengan dificultad para reconocerlo: con ropas rotas, pies sucios, rostros deformados, cuerpos adoloridos, incapaces de hablar nuestro idioma.... También nosotros, como Pedro, podríamos ser tentados a poner a prueba a Jesús, a pedirle una señal. Y quizás, después de algunos pasos vacilantes hacia Él, volver a ser víctimas de nuestros miedos. ¡Pero el Señor no nos abandona! Aunque seamos hombres y mujeres "de poca fe", Cristo sigue extendiendo su mano para salvarnos y permitir un encuentro con Él, un encuentro que nos salva y restaura la alegría de ser sus discípulos.

El “otro” nos da la oportunidad del encuentro

Si esta es una clave válida para interpretar nuestra historia hoy, señala el Papa, entonces debemos empezar a agradecer a quienes nos dan la oportunidad de este encuentro, es decir, a los "otros" que llaman a nuestra puerta, ofreciéndonos la posibilidad de superar nuestros temores de encontrarnos, acoger y ayudar a Jesús en persona. “Es una gracia que trae consigo una misión, fruto de una entrega total al Señor, que es para nosotros la única certeza verdadera. Por eso, como individuos y como comunidad, estamos llamados a hacer nuestra la oración de los redimidos: Mi fuerza y mi canto es el Señor, él ha sido mi salvación

miércoles, 13 de febrero de 2019

‘Padre de todos nosotros’ – 6ª catequesis del ‘Padre Nuestro’
La audiencia general de esta mañana ha tenido lugar  a las 9:25 en el Aula Pablo VI  donde el Santo Padre Francisco ha encontrado grupos de peregrinos y fieles de Italia y de todo el mundo.
El Santo Padre, retomando el ciclo de catequesis sobre el Padre nuestro, se ha centrado en el tema “Padre de todos nosotros” (Pasaje bíblico: Del Evangelio según San Lucas 10, 21-22)
Tras resumir su discurso en diversas lenguas, el Santo Padre ha saludado en particular a los grupos de fieles presentes procedentes de todo el mundo.
La audiencia general ha terminado con el canto del  Pater Noster  y la bendición apostólica.
Catequesis del Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Continuamos nuestro itinerario para aprender cada vez mejor a rezar como Jesús nos enseñó. Tenemos que rezar como Él nos enseñó a hacerlo.
Él dijo: cuando reces, entra en el silencio de tu habitación, retírate del mundo y dirígete  a Dios llamándolo “¡Padre!”. Jesús quiere que sus discípulos no sean como los hipócritas que rezan de pie en las calles para que los admire la gente (cf. Mt 6, 5). Jesús no quiere hipocresía. La verdadera oración es la que se hace en el secreto de la conciencia, del corazón: inescrutable, visible solo para Dios. Dios y yo. Esa oración huye de la falsedad: ante Dios es imposible fingir. Es imposible, ante Dios no hay truco que valga, Dios nos conoce así, desnudos en la conciencia y no se puede fingir. En la raíz del diálogo con Dios hay un  diálogo silencioso, como el cruce de miradas entre dos personas que se aman: el hombre y Dios cruzan la mirada, y esta es oración. Mirar a Dios y dejarse mirar por Dios: esto es rezar. “Pero, padre, yo no digo palabras…” Mira a Dios y déjate mirar por Él: es una oración, ¡una hermosa oración!
Sin embargo, aunque la oración del discípulo sea confidencial, nunca cae en el intimismo. En el secreto de la conciencia, el cristiano no deja el mundo fuera de la puerta de su habitación, sino que lleva en su corazón personas y situaciones, los problemas, tantas cosas, todas las llevo en la oración.
Hay una ausencia impresionante en el texto de “Nuestro Padre”. ¿Si yo preguntase a vosotros cual es la ausencia impresionante en el texto del Padre nuestro? No será fácil responder. Falta una palabra. Pensadlo todos: ¿qué falta en el Padre nuestro? Pensad, ¿qué falta? Una palabra. Una palabra por la que en nuestros tiempos, -pero quizás siempre-, todos tienen una gran estima. ¿Cuál es la palabra que falta en el Padre nuestro que rezamos todos los días? Para ahorrar tiempo os la digo: Falta la palabra “yo”. “Yo” no se dice nunca.  Jesús nos enseña a rezar, teniendo en nuestros labios sobre todo el “Tú”, porque la oración cristiana es diálogo: “santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino, hágase tu voluntad”.  No mi nombre, mi reino, mi voluntad. Yo no, no va. Y luego pasa al “nosotros“. Toda la segunda parte del “Padre Nuestro” se declina en la primera persona plural: “Danos nuestro pan de cada día, perdónanos nuestras deudas, no nos dejes caer en la tentación, líbranos del mal”. Incluso las peticiones humanas más básicas, como la de  tener comida para satisfacer el hambre, son todas en plural. En la oración cristiana, nadie pide el pan para sí mismo:  dame el pan de cada día, no, danos, lo suplica para todos, para todos los pobres del mundo. No hay que olvidarlo, falta la palabra “yo”. Se reza con el tú y con el nosotros. Es una buena enseñanza de Jesús. No os olvidéis.
¿Por qué? Porque no hay espacio para el individualismo en el diálogo con Dios. No hay ostentación de los problemas personales como si fuéramos los únicos en el mundo que sufrieran. No hay oración elevada a Dios que no sea la oración de una comunidad de hermanos y hermanas, el nosotros: estamos en comunidad, somos hermanos y hermanas, somos un pueblo que reza, “nosotros”. Una vez el capellán de una cárcel me preguntó: “Dígame, padre, ¿Cuál es la palabra contraria a yo? Y yo, ingenuo, dije: “Tú”. “Este es el principio de la guerra. La palabra opuesta a “yo” es “nosotros”, donde está la paz, todos juntos”. Es una hermosa enseñanza la que me dio aquel cura.
Un cristiano lleva a la oración todas las dificultades de las personas que están a su lado: cuando cae la noche, le cuenta a Dios los dolores con que se ha cruzado ese día; pone ante Él tantos rostros, amigos e incluso hostiles; no los aleja como distracciones peligrosas. Si uno no se da cuenta de que a su alrededor hay tanta gente que sufre, si no se compadece de las lágrimas de los pobres, si está acostumbrado a todo, significa que su corazón es ¿cómo es? ¿Marchito? No, peor: es de piedra. En este caso, es bueno suplicar al Señor que nos toque con su Espíritu y ablande nuestro corazón. “Ablanda, Señor, mi corazón”. Es una oración hermosa: “Señor, ablanda mi corazón, para que entienda y se haga cargo de todos los problemas, de todos los dolores de los demás”. Cristo no pasó inmune al lado de las miserias del mundo: cada vez que percibía una soledad, un dolor del cuerpo o del espíritu, sentía una fuerte compasión, como las entrañas de una madre. Este “sentir compasión” –no olvidemos esta palabra tan cristiana: sentir compasión- es uno de los verbos clave del Evangelio: es lo que empuja al buen samaritano a acercarse al hombre herido al borde del camino, a diferencia de otros que tienen un corazón duro.
Podemos preguntarnos: cuando rezo, ¿me abro al llanto de tantas personas cercanas y lejanas?, ¿O pienso en la oración como un tipo de anestesia, para estar más tranquilo? Dejo caer la pregunta, que cada uno conteste. En este caso caería víctima de un terrible malentendido. Por supuesto, la mía ya no sería una oración cristiana. Porque ese “nosotros” que Jesús nos enseñó me impide estar solo tranquilamente y me hace sentir responsable de mis hermanos y hermanas.
Hay hombres que aparentemente no buscan a Dios, pero Jesús nos hace rezar también por ellos, porque Dios busca a estas personas más que a nadie. Jesús no vino por los sanos, sino por los enfermos, por  los pecadores (cf. Lc 5, 31), es decir, por  todos, porque el que piensa que está sano, en realidad no lo está. Si trabajamos por la justicia, no nos sintamos mejor que los demás: el Padre hace que su sol salga sobre los buenos y sobre los malos (cf. Mt 5:45). ¡El Padre ama a todos! Aprendamos de Dios que siempre es bueno con todos, a diferencia de nosotros que solo podemos ser buenos con alguno, con alguno que me gusta.
Hermanos y hermanas, santos y pecadores, todos somos hermanos amados por el mismo Padre. Y, en el ocaso de la vida, seremos juzgados por el amor, por cómo hemos amado. No solo el amor sentimental, sino también compasivo y concreto, de acuerdo con la regla evangélica -¡no la olvidéis!- “Todo lo que hicisteis a uno de estos hermanos míos, más pequeños a mí lo hicisteis”.Así dice el Señor. Gracias.

domingo, 10 de febrero de 2019

«Obedecer a Jesucristo genera un resultado prodigioso»

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Evangelio de hoy (cf. Lc 5, 1-11) nos propone, en el relato de Lucas, la llamada de San Pedro. Su nombre, lo sabemos, era Simón, y era pescador. Jesús, en la orilla del lago de Galilea, lo ve mientras está arreglando las redes, junto con otros pescadores. Lo encuentra cansado y decepcionado, porque esa noche no habían pescado nada. Y Jesús lo sorprende con un gesto inesperado: se sube a su barca y le pide que se aleje un poco de la tierra porque quiere hablar a la la gente desde allí. Entonces Jesús se sienta en la barca de Simón y enseña a la multitud reunida a lo largo de la orilla. Pero sus palabras también reabren el corazón de Simón a la confianza. Entonces Jesús, con otro “movimiento” sorprendente, le dice: “Rema mar adentro y echen sus redes para pescar” (v. 4).
Simón responde con una objeción: “Maestro, hemos bregando toda la noche y no hemos cogido nada…”. Y, como experto pescador, podría haber añadido: “Si no recogimos nada por la noche, mucho menos cogeremos durante el día”. En cambio, inspirado por la presencia de Jesús e iluminado por su Palabra, dice: “… pero en tu palabra echaré las redes” (v. 5). Es la respuesta de la fe, que nosotros también estamos llamados a dar; Es la actitud de disponibilidad que el Señor pide a todos sus discípulos, especialmente a aquellos que tienen responsabilidades en la Iglesia. Y la obediencia confiada de Pedro produce un resultado prodigioso: “Así lo hicieron y recogieron una cantidad enorme de peces” (v. 6).
Se trata de una pesca milagrosa, signo del poder de la palabra de Jesús: cuando nos ponemos generosamente a su servicio, Él realiza grandes cosas en nosotros. Así actúa con cada uno de nosotros: nos pide que lo acojamos en la barca de nuestra vida, que comencemos de nuevo con él y surcar un nuevo mar, que se revela lleno de sorpresas. Su invitación a salir al mar abierto de la humanidad de nuestro tiempo, para ser testigos de la bondad y de la misericordia, da un nuevo sentido a nuestra existencia, que a menudo corre el riesgo de replegarse sobre sí misma. A veces, nos sorprendemos y dudamos ante la llamada que nos hace el Maestro Divino, y nos sentimos tentados a rechazarla debido a nuestra insuficiencia. Incluso Pedro, después de esa increíble pesca, le dijo a Jesús: “Señor, aléjate de mí, porque soy un pecador” (v. 8), es hermosa esta humilde oración: ”Señor aléjate de mí porque soy un pecador”. Pero lo dijo de rodillas ante Aquel que ahora reconoce como “Señor”. Y Jesús lo alienta diciendo: “No tengas miedo; desde ahora en adelante serás pescador de hombres“ (v. 10), porque Dios, si confiamos en Él, nos libra de nuestro pecado y nos abre un nuevo horizonte: colaborar en su misión.
El mayor milagro realizado por Jesús para Simón y los demás pescadores decepcionados y cansados, no es tanto la red llena de peces, como haberlos ayudado a no ser víctimas de la decepción y el desaliento ante las derrotas. Los abrió para ser anunciadores y testigos de su palabra y del reino de Dios. Y la respuesta de los discípulos fue rápida y total, una vez que subieron las barcas a la tierra firme dejaron todo y lo siguieron (v. 11). Que la Santísima Virgen, modelo de pronta adhesión a la voluntad de Dios, nos ayude a sentir la fascinación de la llamada del Señor y nos haga disponibles para colaborar con Él para difundir por todas partes su palabra de salvación.
Después de la oración mariana del Ángelus el Papa ha dicho:
Queridos hermanos y hermanas:
Hace dos días, en la memoria litúrgica de Santa Josefina Bakhita se ha celebrado la quinta ‘Jornada Mundial contra la Trata de Personas’. El lema de este año es ‘Juntos contra la Trata”. [la plaza aplaude] – ¡Otra vez! [repetir] “Juntos contra la trata”! No lo olvidéis. Invita a unir las fuerzas para vencer este desafío. Agradezco a todos aquellos que combaten en este frente, en particular a tantas religiosas. Hago un llamamiento especial a los gobiernos para que aborden con decisión las causas de este flagelo y protejan a las víctimas. Todos podemos y debemos trabajar para denunciar los casos de explotación y esclavitud de hombres, mujeres y niños. La oración es la fuerza que sostiene nuestro compromiso común. Por eso motivo, ahora los invito a que reciten conmigo la oración a Santa Josefina Bakhita que se ha distribuido en la plaza. Oremos juntos.
Santa Josefina Bakhita, cuando eras niña, te vendieron como esclava y tuviste que enfrentar innumerables dificultades y sufrimientos.
Una vez liberada de tu esclavitud física, encontraste una verdadera redención en el encuentro con Cristo y su Iglesia.
Santa Josefina Bakhita, ayuda a todos aquellos que están atrapados en la esclavitud.
En su nombre, intercede ante el Dios de la misericordia, para que se rompan las cadenas de su cautiverio.
Que Dios mismo libere a todos aquellos que han sido amenazados, heridos o maltratados por la trata y por el tráfico de seres humanos. Alivia a quienes sobreviven a esta esclavitud y enséñales a ver a Jesús como un modelo de fe y esperanza para que puedan curar sus heridas.
Te rogamos que reces e intercedas por todos nosotros: para que no caigamos en la indiferencia, para que abramos los ojos y podamos ver la miseria y las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de su dignidad y su libertad y escuchar su grito de ayuda. Amén.
Santa Josefina Bakhita, ruega por nosotros.
Os saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos! En particular, los fieles de Verona y el grupo “Mendicanti di Sogni” de Schio.
Os deseo a todos un feliz domingo. Por favor no os olvidéis de orar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta la vista!
Francisco