miércoles, 19 de septiembre de 2018

“Honra a tu padre y a tu madre”


El Papa Francisco saluda en la audiencia general © Vatican Media
El Papa Francisco Saluda En La Audiencia General © Vatican Media

SEPTIEMBRE 19, 2018 15:59AUDIENCIA GENERAL


(ZENIT – 19 sept. 2018).-   
 .
La audiencia general ha terminado con el canto del Pater Noster y la bendición apostólica.
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Catequesis del Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En el viaje dentro de las Diez Palabras, llegamos hoy al mandamiento sobre el padre y la madre. Se habla de la honra debida a los padres. ¿Qué es esta “honra“? La palabra hebrea indica la gloria, el valor, a la letra el “peso“, la consistencia de una realidad. No es una cuestión de formas externas, sino de verdad. Honrar a Dios, en las Escrituras, significa reconocer su realidad, tener en cuenta su presencia; esto también se expresa en los ritos, pero sobre todo implica dar a Dios el lugar justo en la existencia. Honrar al padre y a la madre significa reconocer su importancia también a través de acciones concretas, que expresan dedicación, afecto y cuidado. Pero no se trata solamente de esto.
La Cuarta Palabra tiene su propia característica: es el mandamiento que contiene un resultado. De hecho, dice: “Honra a tu padre y a tu madre, como el Señor tu Dios te ha mandado, para que tus días se prolonguen y seas feliz en la tierra que el Señor tu Dios te da” (Deut 5:16). Honrar a los padres conduce a una larga vida feliz. La palabra “felicidad” en el Decálogo aparece solo vinculada a la relación con los padres.
Esta sabiduría milenaria declara lo que las ciencias humanas han podido elaborar solamente hace poco más de un siglo: que la huella de la infancia marca toda la vida. Es fácil entender, con frecuencia, si alguien ha crecido en un ambiente saludable y equilibrado. E igualmente percibir si una persona proviene de experiencias de abandono o de violencia. Nuestra infancia es como una tinta indeleble, se expresa en los gustos, en la forma de ser, incluso si algunos tratan de ocultar las heridas de sus orígenes.
Pero el cuarto mandamiento dice aún más. No habla de la bondad de los padres, no requiere que los padres y las madres sean perfectos. Habla de un acto de los hijos, independientemente de los méritos de los padres, y dice algo extraordinario y liberador: incluso si no todos los padres son buenos y no todas las infancias son serenas, todos los hijos pueden ser felices, porque el logro de una vida plena y feliz depende de la justa gratitud con aquellos que nos han puesto en el mundo.
Pensemos en cómo esta Palabra puede ser constructiva para muchos jóvenes que vienen de historias de dolor y para todos aquellos que han sufrido en su juventud. Muchos santos, y muchos cristianos, después de una infancia dolorosa vivieron una vida luminosa, porque, gracias a Jesucristo, se reconciliaron con la vida. Pensemos en ese joven que será beato el mes próximo, Sulpicio, que con 19 años terminó su vida reconciliado con tantos dolores, con tantas cosas, porque su corazón estaba sereno y nunca renegó de sus padres. Pensemos en San Camilo de Lellis, quien desde una infancia desordenada construyó una vida de amor y servicio, en  Santa Josefina Bakhita, que creció en una horrible esclavitud, o en el beato Carlo Gnocchi, huérfano y pobre; y en el mismo San Juan Pablo II, marcado por la pérdida de la madre en temprana edad.
El hombre, de cualquier historia venga, recibe de este mandamiento la orientación que lleva a Cristo: en Él, efectivamente, se revela el verdadero Padre, que nos ofrece “renacer de lo alto” (Jn 3, 3-8). Los enigmas de nuestras vidas se iluminan cuando descubrimos que Dios desde siempre nos prepara para una vida de hijos suyos, donde cada acto es una misión recibida de Él.
Nuestras heridas comienzan a ser potenciales cuando, por gracia, descubrimos que el verdadero enigma ya no es “¿por qué?”, ​​sino “¿para quién?”,” ¿para quién?” me sucedió a mí. ¿En vista de qué obra me ha forjado Dios a lo largo de mi historia? Aquí todo se revierte, todo se vuelve precioso, todo se vuelve constructivo. Mi experiencia, aunque haya sido triste y dolorosa, a la luz del amor, ¿cómo se vuelve para los demás, para quién fuente de salvación? Entonces podemos comenzar a honrar a nuestros padres con la libertad de los hijos adultos y con la aceptación misericordiosa de sus límites.
Honrar a los padres que nos han dado la vida. Si te has alejado de tus padres, haz un esfuerzo y vuelve, vuelve donde ellos; quizás son viejos… Te han dado la vida. Y luego, entre nosotros está la costumbre de decir cosas malas, palabrotas… Por favor, nunca, jamás, insultar a los padres. ¡Nunca! No se insulta nunca a la madre, no se insulta nunca al padre. ¡Nunca, nunca! Tomad esta decisión interior: a partir de ahora no insultaré nunca a la madre o al padre de nadie. ¡Le han dado la vida! No hay que insultarlos.
Esta vida maravillosa se nos ofrece, no nos la imponen: renacer en Cristo es una gracia para acogerla libremente (cfr. Jn1, 11-13) y es el tesoro de nuestro Bautismo, en el cual, por obra del Espíritu Santo, uno solo es el Padre nuestro, el del cielo (cfr. Mt23,9; 1 Cor. 8,6; Ef. 4,6) ¡Gracias!
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domingo, 16 de septiembre de 2018

“¡El amor lo cambia todo! Él puede cambiarnos a nosotros también”

Ángelus, 16 De Septiembre De 2018 @ Vatican News
Ángelus, 16 De Septiembre De 2018 @ Vatican News

Felicidad en el amor verdadero: el Papa Francisco comenta sobre el Evangelio del  16/9/2010

(ZENIT – 
Aquí está nuestra traducción, del italiano, de las palabras del Papa pronunciadas antes del Ángelus.

Palabras del Papa Francisco antes del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
En el pasaje del Evangelio de hoy (Mc 8, 27-35), se vuelve a hacer la pregunta que recorre todo el Evangelio de Marcos: ¿quién es Jesús? Pero esta vez, es el mismo Jesús quien se lo pregunta a sus discípulos, ayudándolos a enfrentar progresivamente el cuestionamiento fundamental de su identidad. Antes de interpelar directamente a los Doce, Jesús quiere saber de ellos lo que la gente piensa de él – y sabe que los discípulos son muy sensibles a la popularidad del Maestro! Entonces pregunta: “la gente, ¿quién dicen que soy? “(v. 27). Resulta que Jesús es considerado por el pueblo como un gran profeta. Pero, en realidad, no le interesan las encuestas ni el chismorreo de la gente. Tampoco acepta que sus discípulos respondan a sus preguntas con fórmulas prefabricadas, citando personas célebres de las Sagradas Escrituras, porque una fe que se reduce a las fórmulas es una fe miope.
El Señor quiere que sus discípulos de ayer y de hoy establezcan una relación personal con Él y lo reciban como el centro de sus vidas. Es por eso que los insta a reflexionar sobre sí mismos y les pregunta: “Pero tú, ¿quién dices que soy yo?” (v. 29). Hoy, Jesús dirige esta solicitud tan directa y confidencial a cada uno de nosotros: “¿Quién soy yo para ti?, ¿Quién soy yo para ti?”. Cada uno está llamado a responder en su corazón, dejándose iluminar por la luz que el Padre nos da para conocer a su Hijo Jesús. Y puede sucedernos a nosotros, como a Pedro, que afirmemos con entusiasmo: “Tú eres el Mesías”. Pero cuando Jesús nos dice claramente lo que dijo a sus discípulos, o sea que su misión no se lleva a cabo en el amplio camino hacia el éxito, sino en el arduo camino del Siervo sufriente, humillado, rechazado y crucificado, entonces nos puede pasar a nosotros también, como a Pedro, que protestemos y rebelemos porque esto contrasta también con nuestras expectativas. En estos momentos, también merecemos el saludable reproche de Jesús: “¡Apártate de mí, Satanás! Porque tu no juzgas según Dios, sino según los hombres ” (v.33).
La profesión de fe en Jesucristo no se detiene ante en las palabras, sino que requiere ser autenticado por elecciones y acciones concretas, por una vida marcada por el amor de Dios y del prójimo. Por una vida grande, por una vida llena de amor al prójimo. Jesús mismo dice que para seguirlo, para ser sus discípulos, hay que negarse a sí mismo (v. 34), o sea renunciar a las pretensiones del orgullo propio, egoísta y tomar la propia cruz. Luego le da a todos una regla fundamental: “El que quiera salvar su vida la perderá” (v.35). En la vida, a menudo, por muchas razones, cometemos un error en el camino, buscando la felicidad solo en las cosas o en las personas que tratamos como cosas. Pero encontramos la felicidad solo cuando el amor, el verdadero, nos encuentra, nos sorprende, nos cambia. El amor lo cambia todo! Y el amor también puede cambiarnos a cada uno de nosotros. Los testimonios de los santos lo muestran.
Que la Virgen María, que vivió su fe fielmente siguiendo a su Hijo Jesús, también nos ayude a caminar en su camino, gastando generosamente nuestras vidas por él y por nuestros hermanos.

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viernes, 14 de septiembre de 2018

“No tengamos miedo de contemplar la cruz como un momento de derrota, de fracaso”

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14/09/2018 – En la homilía de la misa celebrada en Santa Marta el Papa Francisco dijo que la cruz de Jesús nos enseña que en la vida hay fracaso y victoria, y a que no temamos a los “malos tiempos”, que pueden ser iluminados por la misma cruz, signo de la victoria de Dios sobre el mal. Un mal, Satanás, que está destruido y encadenado, pero “sigue ladrando”, y si te acercas a acariciarlo “te destruirá”.
Contemplar la cruz, signo del cristiano, explicó el Papa, es para nosotros contemplar un signo de derrota pero también un signo de victoria. En la cruz “todo lo que Jesús había hecho en la vida” fracasa, y toda la esperanza de la gente que siguió a Jesús, termina.
“No tengamos miedo de contemplar la cruz como un momento de derrota, de fracaso.Cuando Pablo reflexiona sobre el misterio de Jesucristo, nos dice cosas fuertes, nos dice que Jesús se vació de sí mismo, se aniquiló, se volvió pecado hasta el final, asumió todo nuestro pecado, todo el pecado del mundo: era un “trapo”, un hombre condenado. Pablo no tuvo miedo de mostrar esta derrota e incluso esto puede iluminar nuestros momentos feos, nuestros momentos de derrota, pero también la cruz es un signo de victoria para nosotros los cristianos”.
El Libro de los Números, en su primera lectura, narra el momento del Éxodo en el que el pueblo judío que murmuraba “era castigado por las serpientes”. Y esto recuerda a la antigua serpiente, Satanás, el Gran Acusador, recuerda Francisco. Pero la serpiente que daba la muerte, dice el Señor a Moisés, será levantada y dará la salvación. Y esta, comenta el Pontífice, “es una profecía”. De hecho, “Jesús hecho pecado ha vencido al autor del pecado, ha vencido a la serpiente”. Satanás era feliz el Viernes Santo, subrayó el Papa, “tan feliz que no se dio cuenta” de la gran trampa “de la historia en la que caería”.
Como dicen los Padres de la Iglesia, Satanás “vio a Jesús tan deshecho, desgarrado y como el pez hambriento que va a la carnada atada al anzuelo, fue allí y se tragó a Jesús. “Pero en ese momento él, se tragó también a la divinidad porque era la carnada atada al anzuelo con el pez”. “En aquel momento, “Satanás es destruido para siempre. No tiene fuerza. La cruz, en ese momento, se convirtió en un signo de victoria.
“Nuestra victoria es la cruz de Jesús, la victoria ante nuestro enemigo, la gran serpiente antigua, el gran acusador. En la cruz, subrayó el Papa, “fuimos salvados, en ese recorrido que Jesús quiso hacer hasta lo más bajo, pero con la fuerza de la divinidad”.
“Jesús le dice a Nicodemo: “Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí”. Jesús levantado y Satanás destruido. La cruz de Jesús debe ser para nosotros la atracción: tenemos que mirarla, porque es la fuerza para seguir adelante. Y la serpiente antigua destruida todavía ladra, todavía amenaza, pero, como decían los padres de la Iglesia, es un perro encadenado: no te acerques y no te morderá; pero si vas a acariciarlo, porque el encanto te lleva allí como si fuera un perrito, prepárate, te destruirá”.
Nuestra vida continúa, aclaró el Papa, con Cristo vencedor y resucitado, que nos envía el Espíritu Santo, pero también con ese perro encadenado, “al que no debo acercarme porque me morderá”.
“La cruz nos enseña esto, que en la vida hay fracaso y victoria. Debemos ser capaces de tolerar las derrotas, de soportarlas pacientemente, las derrotas, incluso de nuestros pecados porque Él pagó por nosotros. Tolerarlas en Él, pedir perdón en Él pero nunca dejarse seducir por este perro encadenado. Hoy será hermoso si en casa tranquilos nos tomamos 5, 10, 15 minutos delante del crucifijo, o lo que tenemos en casa o aquel del rosario: mirarlo, es nuestro signo de derrota, que provoca persecuciones, que nos destruye, pero es también nuestro signo de victoria porque Dios ha ganado allí”.


Fuente: Vatican News

miércoles, 12 de septiembre de 2018

“La verdadera esclavitud es la de no saber amar”

“En el reposo se conmemora el final de la esclavitud”. El Tercer mandamiento del Decálogo tema de la catequesis del Papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 12 de septiembre de 2018.

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano
“En el tercer mandamiento del Decálogo se pide observar el día de reposo. A diferencia del Éxodo, el libro del Deuteronomio establece este mandamiento para que el esclavo pueda también descansar y celebrar así el recuerdo de la Pascua de liberación; es decir, conmemora el final de la esclavitud ya que los esclavos por definición no pueden descansar”, lo dijo el Papa Francisco en la Audiencia General del segundo miércoles de septiembre de 2018, continuando con su ciclo de catequesis dedicadas a los Mandamientos.

El reposo, memoria de la Pascua

En la catequesis de hoy, señala el Pontífice, volvemos al tercer mandamiento, el del día de reposo. Este mandamiento promulgado en el Libro del Éxodo, se repite en el Libro del Deuteronomio de modo idéntico, a excepción de esta Tercera Palabra, donde aparece una preciosa diferencia: “mientras en el Libro del Éxodo el motivo del reposo es la bendición de la creación – afirma el Papa – en el Deuteronomio, en cambio, se conmemora el final de la esclavitud. En este día el esclavo debía reposar como el amo, para celebrar la memoria de la Pascua de liberación”.

La esclavitud: interior y exterior

Hay muchos tipos de esclavitud, dijo el Papa Francisco sea exteriores que interiores, fruto de opresiones, violencias e injusticias; y también prisiones interiores, como los tormentos, los complejos o los obstáculos psicológicos. Pero hay una esclavitud que es más fuerte que cualquier otra: la del propio yo. El “ego” puede convertirse en un verdugo que tortura constantemente al hombre, procurándole la más profunda de las opresiones que es el “pecado”. No hay descanso para quien vive de la gula y de la lujuria; el ansia de poseer destruye al avaro, el fuego de la ira y la carcoma de la envidia corroen las relaciones; y el egocentrismo del soberbio lo aísla y aleja de los demás. La verdadera esclavitud es la de no saber amar.

Libertad y esclavitud interior

En estas condiciones de prisiones interiores, precisa el Santo Padre, no puede existir el descanso, una persona atormentada por dificultades interiores no puede ser libre, pero de otro lado, un hombre encarcelado y oprimido puede ser libre. “De hecho, precisa el Pontífice, hay personas que, incluso en la cárcel, experimentan una gran libertad de espíritu. Pensemos, por ejemplo, en San Maximiliano Kolbe, o en el Cardenal Van Thuan, que transformaron las opresiones oscuras en lugares de luz. Como también hay personas que están marcadas por grandes fragilidades interiores pero que conocen el reposo de la misericordia y saben cómo transmitirla”. Entonces, afirma el Papa:
“La verdadera libertad no es solamente una cuestión de elección, ciertamente, esto forma parte de la libertad, y por ello nos comprometemos a garantizarla a todos los hombres y mujeres. Pero sabemos, que ser capaz de hacer lo que quieres no es suficiente para ser verdaderamente libre, y ni siquiera feliz. La verdadera libertad es mucho más que eso”

La esclavitud del propio ego

De hecho, señala el Papa Francisco, hay una esclavitud que encadena más de una prisión, más que una crisis de pánico, más que una imposición de cualquier tipo: la esclavitud del propio ego.  “El ego puede convertirse en un atormentador que tortura al hombre dondequiera que esté y le lleva la opresión más profunda, lo que se llama ‘pecado’, que no es una banal violación de un código, sino un fracaso de la existencia y una condición de esclavitud”. Los glotones, los lujuriosos, los tacaños, los irascibles, los celosos, los codiciosos, los orgullosos son esclavos de sus vicios, que los tiranizan y atormentan. No hay respiro para los codiciosos y lujuriosos que deben vivir del placer; la ansiedad de la posesión destruye a los avaros; el fuego de la ira y la carcoma de la envidia arruinan las relaciones; la acidia que evita toda fatiga hace que uno sea incapaz de vivir; el soberbio egocentrismo cava una profunda zanja entre uno mismo y los demás.

El verdadero esclavo es aquel que no es capaz de amar

El tercer mandamiento, que nos invita a celebrar la liberación en reposo, concluye el Papa Francisco, es para nosotros los cristianos una profecía del Señor Jesús, que rompe la esclavitud interior del pecado para hacer al hombre capaz de amar. “El verdadero amor es la verdadera libertad – afirma el Pontífice – se separa de la posesión, reconstruye las relaciones, sabe acoger y valorar al prójimo, transforma todo esfuerzo en un don gozoso y lo hace capaz de comunión. El amor nos hace libres incluso en la cárcel, aunque seamos débiles y limitados”. Esta es la libertad que recibimos de nuestro Redentor, nuestro Señor Jesucristo.

El descanso, un tiempo privilegiado de encuentro con el Señor

Antes de concluir su catequesis, el Obispo de Roma saludó cordialmente a los peregrinos de lengua española provenientes de España y América Latina, y en particular al grupo de sacerdotes venezolanos, acompañados por el Cardenal Baltazar Porras. “Hoy – dijo el Papa – celebramos la fiesta del Santísimo Nombre de María. Pidámosle a nuestra Madre del Cielo que nos ayude a vivir el descanso dominical como un tiempo privilegiado de encuentro con el Señor y con los demás, dejando que el amor de Jesús nos libere de todas nuestras esclavitudes”.

lunes, 10 de septiembre de 2018

«Débil sí, pero no hipócrita. Un cristiano no puede llevar una doble vida»



10 septiembre, 2018


* «Hay una confrontación entre ‘la novedad’ de Jesucristo y ‘las novedades’ que el mundo nos propone para vivir. El camino de los que toman la novedad de Jesucristo es el mismo que el de Jesús: el camino del martirio. Martirio no siempre cruento, sino el martirio cotidiano»
Video traducido y editado por Laudate Dominum
10 de septiembre de 2018.- (Caminocatólico.com) “Hermanos, por todas partes oímos hablar de la inmoralidad entre ustedes, y de una inmoralidad que ni siquiera se encuentra entre los paganos. ¿Pero ustedes son cristianos y viven así?”. Con esta pregunta y las duras palabras de reproche, tomadas de la Primera Carta de San Pablo Apóstol a los Corintios, el Papa Francisco exhortó en su homilía en la Misa matutina celebrada en la Capilla de la Casa Santa Marta.
El Pontífice señaló que, Pablo se dirige a los cristianos constatando que muchos de ellos llevan “una doble vida” y está muy enfadado con ellos, que se jactaban de ser “cristianos abiertos” y en la cual “la confesión de Jesucristo iba de la mano de una inmoralidad tolerada”. Pablo recuerda que la levadura fermenta toda la masa y que se necesita una nueva levadura para obtener una nueva masa.
El Evangelio transforma a toda la persona
Jesús había recomendado a sus discípulos: “Vinos nuevos, odres nuevos”.
“La novedad del Evangelio, la novedad de Cristo – afirmó el Papa – no es solamente transformar nuestra alma; es transformar a todos nosotros: alma, espíritu y cuerpo, todos, todo, es decir, transformando el vino – la levadura – en odres nuevos, incluso todo. La novedad del Evangelio es absoluta, es total; nos lleva a todos, porque nos transforma desde dentro hacia fuera: el espíritu, el cuerpo y la vida cotidiana”.
“La novedad” del Evangelio y “las novedades” del mundo
El Papa Francisco observa que los cristianos de Corinto no habían comprendido la novedad totalizante del Evangelio, que no es una ideología o una forma de vida social que coexista con los hábitos paganos. La novedad del Evangelio es la resurrección de Cristo, es el Espíritu quien nos ha enviado “para acompañarnos en la vida”. Los cristianos somos hombres y mujeres de novedad, afirma el Papa, no de las novedades.
“Y mucha gente intenta vivir su cristianismo ‘de las novedades’: ‘Pero hoy, se puede hacer así; no, hoy se puede vivir así…’ ‘Y estas personas que viven de las novedades propuestas por el mundo son mundanas, no aceptan toda la novedad. Hay una confrontación entre ‘la novedad’ de Jesucristo y ‘las novedades’ que el mundo nos propone para vivir”.
Ser débil sí, pero no hipócrita
Las personas que Pablo condena, continúa el Papa, “son personas tibias, inmorales, (…) son personas que simulan, son personas formales, son personas hipócritas”. Y reitera: “La llamada de Jesús es una llamada a la novedad”.
“Alguien puede decir: ‘Pero, padre, somos débiles, somos pecadores…’ – Ah, eso es otra cosa. Si tu aceptas que eres pecador y débil, Él te perdona, porque parte de la novedad del Evangelio es confesar que Jesucristo vino para el perdón de los pecados. Pero si tú, que dices ser cristiano, convives con estas novedades mundanas, no, esto es hipocresía. Esa es la diferencia. Y Jesús nos había dicho en el Evangelio: ‘Tengan cuidado cuando les digan: el Cristo está allí, está allí, está allí….’. Las novedades son estas: no hay salvación con esto, con esto…”. Cristo es uno solo. Y Cristo es claro en su mensaje”.
El camino de los que siguen a Cristo es el del martirio
Jesús, sin embargo, no engaña a los que quieren seguirlo y el Pontífice responde a la pregunta: Pero, ¿cómo es el camino para los que viven la novedad y no quieren vivir las novedades? Recordando cómo termina el Evangelio que la liturgia presenta hoy, es decir con la decisión de los escribas y doctores de la Ley de asesinar a Jesús.
“El camino de los que toman la novedad de Jesucristo es el mismo que el de Jesús: el camino del martirio, advierte el Papa. Martirio no siempre cruento, sino el martirio cotidiano”. Nosotros estamos en la calle y somos observados por el gran acusador que suscita a los acusadores de hoy para llevarnos a la contradicción. Pero, concluye el Pontífice, no debemos negociar con “las novedades”, no debemos “diluir el anuncio del Evangelio”.


“¿Quién es el obispo?”, preguntó el Papa, apuntando 3 rasgos esenciales: un hombre de oración, un hombre de anuncio y un hombre de comunión.

Audiencia del Papa Francisco con los obispos, 8 sept. 2018 © Vatican Media



Audiencia Del Papa Francisco Con Los Obispos, 8 Sept. 2018 © Vatican Media

“¿Quién es el obispo?”: Hombre de oración, de anuncio y de comunión

Discurso del Papa Francisco

(ZENIT – 10 sept. 2018).- 
El Santo Padre recibió el pasado sábado, 8 de septiembre de 2018, en audiencia al cardenal Marc Ouellet, Prefecto de la Congregación para los Obispos, y a los Obispos de los territorios de misión participantes en el seminario promovido por la Congregación para la Evangelización de los Pueblos.
El ministerio del obispo da escalofrío –advirtió el Sucesor de Pedro–, tan grande es el misterio que lleva dentro de sí. “Gracias a la efusión del Espíritu Santo, el obispo está configurado a Cristo, Pastor y Sacerdote. Es decir, está llamado a tener las características del Buen Pastor y a hacer suyo el corazón del sacerdocio, o sea, la ofrenda de la vida”.
Por lo tanto, el obispo –continuó Francisco– no vive para sí mismo, sino que tiende a dar su vida a las ovejas, en particular a las más débiles y en peligro.
Seminarios guiados por hombres de Dios
Asimismo, el Papa encomendó a los obispos la misión de cuidar la formación en los seminarios: “Verificad cuidadosamente que estén guiados por hombres de Dios, por educadores capaces y maduros que, con la ayuda de las mejores ciencias humanas, garanticen la formación de perfiles humanos sanos, abiertos, auténticos y sinceros”.
Así, el Pontífice les exhortó a dar prioridad al discernimiento vocacional “para ayudar a los jóvenes a reconocer la voz de Dios entre las muchas que retumban en los oídos y en el corazón”.
Los obispos participaron en el Seminario organizado por la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, que se desarrolla en el Pontificio Colegio Misionero Internacional San Pablo Apóstol de Roma, del 3 al 15 de septiembre de 2018.
Participan en el Seminario de Estudio, los recién nombrados en las circunscripciones eclesiásticas dependientes del Dicasterio misionero: 74 obispos de 34 naciones de cuatro continentes: 17 naciones de África, 8 de Asia, 6 de Oceanía, 3 de América Latina.
Publicamos a continuación el discurso que el Papa  ha dirigido a los presentes durante la audiencia:
***
Discurso del Santo Padre
Queridos hermanos buenos días,
Me alegra encontraros con motivo de vuestro seminario de formación. Junto con vosotros saludo a las comunidades que os han sido confiadas: los sacerdotes, los religiosos y religiosas, los catequistas y los fieles laicos. Agradezco al cardenal Filoni las palabras que me ha dirigido y también doy las gracias al arzobispo Rugambwa y a Mons. Dal Toso.
¿Quién es el obispo? Interroguémonos sobre nuestra identidad de pastores para ser más conscientes de ella incluso si sabemos que no existe un modelo-estándar, idéntico en todos los lugares. El ministerio del obispo da escalofrío, tan grande es el misterio que lleva dentro de sí. Gracias a la efusión del Espíritu Santo, el obispo está configurado a Cristo, Pastor y Sacerdote. Es decir, está llamado a tener las características del Buen Pastor y a hacer suyo el corazón del sacerdocio, o sea, la ofrenda de la vida. Por lo tanto, no vive para sí mismo, sino que tiende a dar vida a las ovejas, en particular a las más débiles y en peligro. Por eso el obispo nutre una compasión genuina por la multitud de hermanos que son como ovejas sin pastor (cf. Mc 6,34) y por los que, de diversas maneras, son descartados. Os  pido que tengáis gestos y palabras de especial consuelo para aquellos que experimentan marginalidad y degrado; más que otros, necesitan percibir la predilección del Señor, de quien sois las manos bondadosas.
¿Quién es el obispo? Me gustaría bosquejar con vosotros tres rasgos esenciales: un hombre de oración, un hombre de anuncio y un hombre de comunión.
Hombre de oración. El obispo es el sucesor de los apóstoles y como los apóstoles está llamado por Jesús a estar con Él (véase Mc 3, 14). Allí encuentra su fortaleza y su confianza. Delante del tabernáculo aprende a confiarse y a confiar al Señor. Así madura en él la certeza de que incluso por la noche, mientras duerme, o de día, entre el trabajo y el sudor en el campo que cultiva, madura la semilla (cf. Mc 4,26-29). Para el obispo la oración no es una devoción, sino una necesidad; no es un compromiso entre muchos, sino un ministerio indispensable de intercesión: debe poner todos los días ante Dios personas y situaciones. Al igual que Moisés, levanta sus manos al cielo en favor de su pueblo (cf. Ex el 17,8 a 13) y es capaz de insistir con el Señor (véase Éxodo 33.11 a 14), de negociar con el Señor, como Abraham. La parresia de la oración. Una oración sin parresia no es oración.: ¡Este es el Pastor que reza! Uno que tiene el valor de discutir con Dios por su rebaño. Activo en la oración, comparte la pasión y la cruz de su Señor. Nunca satisfecho, trata constantemente de asimilarse a Él, en camino para convertirse, como Jesús, en víctima y altar para la salvación de su pueblo. Y esto no proviene de saber muchas cosas, sino de saber una cosa todos los días en la oración: “Jesucristo, y Cristo crucificado” (1 Cor 2: 2). Porque es fácil llevar una cruz sobre en el pecho, pero el Señor nos pide que llevemos una mucho más pesada sobre los hombros y en el corazón: Nos pide que compartamos su cruz. Pedro, cuando  explica a los fieles que tenían que hacer los diáconos recientemente creados añade – y vale también para nosotros, obispos: “La oración y el anuncio de la palabra”. En primer lugar la oración. Me gusta preguntarle a cada obispo: “¿Cuántas horas rezas cada día?”.
Hombre del anuncio. Sucesor de los Apóstoles, el obispo siente suyo el mandato que Jesús les dio: “Id y proclamad el Evangelio” (Mc 16:15). “Id”: el Evangelio no se anuncia mientras se está sentado, sino por el camino. El obispo no vive en la oficina, como un director de empresa, sino entre la gente, por los caminos del mundo, como Jesús. Lleva a su Señor, donde no es conocido, donde está desfigurado y perseguido. Y saliendo de sí mismo, se encuentra. No se complace de la comodidad,  no se siente un príncipe, no le gusta la vida tranquila y no ahorra energías, sino que se entrega a los demás, abandonándose a la fidelidad de Dios. Si buscase apoyos y seguridades mundanas, no sería un verdadero apóstol del Evangelio.
¿ Y cuál es el estilo del anuncio? Testimoniar con humildad el amor de Dios, tal como lo hizo Jesús, que por amor se humilló. La proclamación del Evangelio sufre las tentaciones del poder, de la satisfacción, de la propaganda, de la mundanidad. La mundanidad. Guardaos de la mundanidad. Siempre existe el riesgo de preocuparse más de la forma que de la sustancia, de convertirse en actores en lugar de testigos, de diluir la Palabra de salvación proponiendo un Evangelio sin Jesús crucificado y resucitado. Pero vosotros estáis llamado a ser memorias vivas del Señor, para recordarle a la Iglesia que anunciar significa dar la vida, sin medias tintas, dispuestos también  a aceptar el sacrificio total de sí mismos.
Y tercero, hombre de comunión. El obispo no puede tener todas las dotes, el conjunto de los carismas, -algunos creen que los tienen, ¡pobrecitos!-pero está llamado a tener el carisma del conjunto, es decir, a mantener unida, a cimentar la comunión. La Iglesia necesita unión, no solistas fuera del coro o líderes de batallas personales. El Pastor reúne: obispo para sus fieles, es cristiano con sus fieles. No sale en los periódicos, no busca el consenso del mundo, no está interesado en proteger su buena reputación, pero le gusta tejer la comunión  involucrándose en primera persona y actuando con humildad. No sufre por la falta de protagonismo, sino que vive arraigado en el territorio, rechazando la tentación de alejarse con frecuencia de la diócesis  -la tentación de los obispos de aeropuerto- y huyendo de la búsqueda de su propia  gloria.
No se cansa de escuchar.  No se basa en proyectos  prefabricados, sino que se deja interpelar  por la voz del Espíritu, que ama hablar a través de la fe de los simples. Se hace uno con su gente y sobre todo con su presbiterio, siempre disponible para recibir y alentar a sus sacerdotes. Promueve con el ejemplo, más que con palabras, una genuina fraternidad sacerdotal, mostrando a los sacerdotes que  uno es pastor para el rebaño, no por razones de prestigio o carrera. No seáis trepas ni ambiciosos: apacentad el rebaño de Dios “no como amos de las personas que os han sido confiadas, sino haciéndoos modelos del rebaño” (1 Pedro 5,3).
Huid del clericalismo, ” una manera anómala de entender la autoridad en la Iglesia —tan común en muchas comunidades en las que se han dado las conductas de abuso sexual, de poder y de conciencia”. Corroe la comunión, ya que” genera una escisión en el cuerpo eclesial que beneficia y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy denunciamos. Decir no al abuso, es decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo. (Carta al Pueblo de Dios, 20 de agosto de 2018). Por lo tanto, no os sintáis  señores del rebaño, aunque otros  lo hagan o determinadas costumbres locales lo favorezcan. El pueblo de Dios, para el cual  y al cual habéis sido ordenados, sienta que sois padres bondadosos: nadie debe mostrar actitudes de sujeción hacia vosotros. En esta coyuntura histórica, parecen acentuarse en varias partes  determinadas tendencias deliderazgo. Mostrarse  como hombres fuertes que mantienen las distancias y dominan a los demás puede parecer cómodo y atractivo, pero no evangélico. Comporta, a menudo,  daños irreparables  al rebaño, por el que Cristo dio su vida con amor, abajándose y  aniquilándose. Sed, por lo tanto, hombres pobres de bienes y ricos de relaciones, nunca duros y antipáticos, sino afables, pacientes, simples y abiertos.
También me gustaría pediros que os preocupaseis, en particular, de algunas realidades:
Las familias. Aunque penalizadas por una cultura que transmite la lógica de lo provisional y favorece los derechos individuales, siguen siendo las primeras células de todas las sociedades y las primeras Iglesias, porque son iglesias domésticas. Promoved cursos de preparación para el matrimonio y el acompañamiento para las familias: serán siembras que darán frutos a su tiempo. Defended  la vida de los concebidos como la de los ancianos, apoyad a los padres y abuelos en su misión.
Los seminarios. Son los viveros del mañana. Allí, sed como uno de casa. Verificad cuidadosamente que estén guiados por hombres de Dios, por educadores capaces y maduros que, con la ayuda de las mejores ciencias humanas, garanticen la formación de perfiles humanos sanos, abiertos, auténticos y sinceros. Dad prioridad al discernimiento vocacional para ayudar a los jóvenes a reconocer la voz de Dios entre las muchas que retumban en los oídos y en el corazón.
Los jóvenes, a quienes se dedicará el  Sínodo inminente. Escuchémoslos, dejemos que nos interpelen,  acojamos sus  deseos, dudas, críticas y crisis. Son el futuro de la Iglesia y de la sociedad: un mundo mejor depende de ellos. Incluso cuando parezcan estar infectados por los virus del consumismo y el hedonismo, no  los dejemos nunca en cuarentena; busquémoslos, sintamos su corazón que suplica vida e implora  libertad. Ofrezcámosles el Evangelio con valor.
Los pobres. Amarlos significa luchar contra todas las pobrezas, espirituales y materiales. Dedicad tiempo y energía a los últimos, sin temor a ensuciaros las manos. Como apóstoles de la caridad,  llegad a las periferias humanas y existenciales de vuestras diócesis.
Finalmente, queridos hermanos, desconfiad, os lo ruego, de la tibieza que conduce a la mediocridad y a la pereza; de la tranquilidad que esquiva el sacrificio; de la prisa pastoral que conduce a la intolerancia; de la abundancia de bienes que desfigura el Evangelio. Os deseo en cambio la santa inquietud por el Evangelio, la única inquietud que da paz. Os agradezco por la escucha y os bendigo, en la alegría de teneros como los más queridos entre los hermanos. Y os pido, por favor, que no os olvidéis de rezar y de hacer que recen por mí. Gracias.

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