domingo, 8 de septiembre de 2024

El Papa en el Ángelus: Paz para las naciones y también para la creación

 

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Antes de concluir la Santa Misa en el Estadio Sir John Guise de Puerto Moresby, en Papúa Nueva Guinea, el Santo Padre elevó una vez más su voz en favor de la paz para las naciones y para la creación. “No al armamentismo ni a la explotación de la casa común”, dijo el Pontífice, y también pidió oraciones por el Santuario de Lourdes afectado por una inundación.

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano

“Que María Helpim, Reina de la paz, nos ayude a convertirnos a los designios de Dios, que son designios de paz y de justicia para la gran familia humana”, lo dijo el Papa Francisco en su alocución antes de rezar la oración mariana del ángelus de este domingo 8 de septiembre, XXIII Domingo del Tiempo Ordinario, al final de la Santa Misa que presidió en el Estadio Sir John Guise de Puerto Moresby, en Papúa Nueva Guinea.


María proteja el camino de la Iglesia en Papúa

Antes de concluir la celebración Eucarística, el Santo Padre invitó a los fieles papús a la Virgen María con la oración del Ángelus. A la Madre de Dios, el Pontífice le encomendó “el camino de la Iglesia en Papúa Nueva Guinea y en las Islas Salomón”.

“Que María, Auxilio de los cristianos —María Helpim— los acompañe y los proteja siempre; que fortalezca la unión de las familias; que haga hermosos y valientes los sueños de los jóvenes; que sostenga y consuele a los ancianos; que conforte a los enfermos y a los que sufren”.


El Papa en la Misa en el Estadio Sir John Guise de Puerto Moresby, en Papúa Nueva Guinea.

Paz para las naciones y para la creación

Y desde esta tierra que se asoma sobre el Océano Pacífico, una tierra bendecida por el Creador, el Santo Padre invocó, por intercesión de María Santísima, el don de la paz para todos los pueblos.

“En particular, lo pido para esta gran región del mundo entre Asia, Oceanía y el Océano Pacífico. Paz, paz para las naciones y también para la creación. No al armamentismo ni a la explotación de la casa común. Sí al encuentro entre los pueblos y las culturas; sí a la armonía del hombre con las criaturas”.


El Papa en el ángelus

Oración por el Santuario de Lourdes

Antes de despedirse, el Papa Francisco invocó a la Virgen, María Helpim, Reina de la paz, para que nos ayude “a convertirnos a los designios de Dios, que son designios de paz y de justicia para la gran familia humana”. Además, el Pontífice pidió oraciones por el Santuario de Lourdes que fue afectado por una inundación a causa del mal tiempo que azota actualmente la región de los Altos Pirineos, en el suroeste de Francia. La lluvia provocó anoche que el Gave de Pau, el río que atraviesa la ciudad de Lourdes, se desbordara. El santuario quedó parcialmente inundado y la cueva Massabielle permaneció cerrada durante varias horas. La inundación llegó ya entrada la noche y no hubo heridos, según informó el propio santuario.

“En este domingo en que se celebra la fiesta litúrgica de la Natividad de María, nuestro pensamiento se dirige al Santuario de Lourdes, que lamentablemente ha sido azotado por una inundación”.

VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD FRANCISCO

 

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VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD FRANCISCO
A INDONESIA, PAPÚA NUEVA GUINEA,
TIMOR ORIENTAL, SINGAPUR
(2-13 de septiembre de 2024)

ENCUENTRO CON LOS OBISPOS DE PAPÚA NUEVA GUINEA Y DE LAS ISLAS SALOMÓN, SACERDOTES, 
DIÁCONOS, PERSONAS CONSAGRADAS, SEMINARISTAS Y CATEQUISTAS

DISCURSO DEL SANTO PADRE

Santuario de María Auxiliadora (Port Moresby, Papúa Nueva Guinea)
Sábado, 7 de septiembre de 2024

[Multimedia]

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Queridos hermanos y hermanas, buenas tardes.

Los saludo a todos con afecto, a los obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas y catequistas. Agradezco las palabras del Presidente de la Conferencia Episcopal, así como los testimonios de James, Gracia, sor Lorena y don Emmanuel.

Estoy contento de estar aquí, en esta hermosa iglesia salesiana. Los salesianos saben hacer bien las cosas. ¡Los felicito! Este es un Santuario diocesano dedicado a María, Auxilio de los cristianos; María Auxiliadora —yo fui bautizado en una parroquia de María Auxiliadora en Buenos Aires—, un título tan querido por san Juan Bosco; o María Helpim, como ustedes cariñosamente la invocan aquí. Cuando, en 1844, la Virgen inspiró a don Bosco la construcción de una iglesia en su honor, en Turín, le hizo esta promesa: “Aquí está mi casa, desde aquí saldrá mi gloria”. La Virgen le prometió que, si tenía el arrojo de empezar a construir aquel santuario, le sobrevendrían gracias abundantes. Y así sucedió: la iglesia se construyó y es estupenda, ¡aunque es más linda la de Buenos Aires!, y esta iglesia se ha convertido en un centro de irradiación del Evangelio, de formación de los jóvenes y de caridad; en un punto de referencia para muchas personas.

Así pues, este hermoso santuario en el que nos encontramos, inspirado en esa historia, puede ser un símbolo también para nosotros, sobre todo si hacemos referencia a tres aspectos de nuestro camino cristiano y misionero, como lo han resaltado los testimonios que hemos escuchado: la valentía de empezar, la belleza de existir y la esperanza de crecer.

Primero, la valentía de empezar. Los constructores de esta iglesia comenzaron la obra haciendo un gran acto de fe, que dio sus frutos, pero que sólo fue posible gracias a otros muchos inicios valientes de sus predecesores. Los misioneros llegaron a este país a mediados del siglo XIX y los primeros pasos de su labor no fueron fáciles; de hecho, algunos intentos fracasaron. A pesar de eso no se rindieron, sino que con gran fe y celo apostólico continuaron predicando el Evangelio y sirviendo a sus hermanos y hermanas, recomenzando muchas veces a partir de los fracasos y pasando por muchos sacrificios.

Así nos lo recuerdan estos vitrales —que ahora no se ven porque es de noche—, a través de los cuales la luz del sol nos sonríe en los rostros de los santos y beatos: mujeres y hombres de todas las procedencias, vinculados a la historia de vuestra comunidad, como Pedro Chanel; Juan Mazzucconi y Pedro To Rot, mártires de Nueva Guinea; y luego Teresa de Calcuta, Juan Pablo II, María de la Cruz MacKillop, María Goretti, Laura Vicuña, Ceferino Namuncurá, Francisco de Sales, Juan Bosco y María Dominga Mazzarello. Todos hermanos y hermanas que, de distintas maneras y en tiempos diferentes, comenzando y recomenzando tantas veces obras y caminos, han contribuido a llevar el Evangelio entre ustedes, con una riqueza multicolor de carismas, animados por el mismo Espíritu y por la misma caridad de Cristo (cf. 1 Co 12,4-7; 2 Co 5,14). Gracias a ellos, a sus “salidas” y “recomienzos”,—los misioneros son mujeres y hombres “en salida”, y cuando regresan “vuelven a salir”. Esta es la vida del misionero, salir y volver a salir—, es gracias a ellos que estamos aquí y, aun a pesar de los desafíos que no faltan hoy en día, seguimos adelante, sin miedo, —no estoy seguro que sea siempre sin miedo—, sabiendo que no estamos solos, porque es el Señor quien actúa en nosotros y con nosotros (cf. Ga 2,20), haciéndonos —como a ellos— instrumentos de su gracia (cf. 1 P 4,10). Esta es nuestra vocación, ser instrumentos.

En este sentido, y a la luz de lo que hemos escuchado, quisiera indicarles un rumbo importante hacia el cual dirigir sus “salidas”: el de las periferias de este país. Me refiero en concreto a las personas de los sectores más desfavorecidos de las poblaciones urbanas, así como a aquellas que viven en las zonas más remotas y abandonadas, donde a menudo falta lo indispensable. Pienso también en las personas marginadas y heridas, tanto moral como físicamente, a causa de los prejuicios y las supersticiones, en ocasiones, hasta el punto de arriesgar la propia vida, como nos lo recordaban James y sor Lorena. La Iglesia quiere estar particularmente cercana a estos hermanos y hermanas, porque en ellos, Jesús está presente de un modo especial (cf. Mt 25,31-40), y donde está Él —nuestra cabeza— allí estamos también nosotros, que pertenecemos al mismo cuerpo, «[el cual] recibe unidad y cohesión, gracias a los ligamentos que lo vivifican y a la acción armoniosa de todos los miembros» (Ef 4,16).Y por favor, no olviden: ¡cercanía, cercanía! Ustedes saben que las tres actitudes más bellas son la cercanía, la compasión y la ternura. Si una consagrada o un consagrado, un sacerdote, un obispo, los diáconos no son cercanos, no son compasivos y no son tiernos, no tienen el Espíritu de Jesús. No olviden esto: cercanía, compasión, ternura.

Y esto nos conduce al segundo aspecto, la belleza de existir. Esta se puede ver simbolizada en las conchas de kina con las que está decorado el presbiterio de esta iglesia, y que son signo de prosperidad. Las conchas nos recuerdan que, aquí, el tesoro más hermoso a los ojos del Padre somos nosotros, acurrucados en torno a Jesús, bajo el manto de María y unidos espiritualmente a todos los hermanos y hermanas que el Señor nos ha confiado y que no han podido venir; todos animados por el deseo de que el mundo entero conozca el Evangelio y de compartir con nosotros la fuerza y la luz.

James preguntó cómo se transmite el entusiasmo de la misión a los jóvenes. No creo que haya “técnicas” para esto. Sin embargo, una forma comprobada es la de cultivar y compartir con ellos nuestra alegría de ser Iglesia (cf. Benedicto XVI, Homilía en la Misa de Inauguración de la V Conferencia general del Episcopado latinoamericano y del Caribe, Aparecida, 13 mayo 2007), de ser un hogar acogedor hecho de piedras vivas, escogidas y preciosas, colocadas por el Señor unas junto a otras y cimentadas por su amor (cf. 1 P 2,4-5). Así pues, como nos lo ha recordado Grace al evocar la experiencia del Sínodo, si nos estimamos y nos respetamos unos a otros, y si nos ponemos al servicio de los demás, podemos mostrarles a ellos, y a cualquier persona que nos encontremos, lo hermoso que es seguir juntos a Jesús y anunciar su Evangelio.

La belleza de existir, por tanto, no se experimenta tanto en los grandes acontecimientos y momentos de éxito, sino más bien en la lealtad y el amor con que nos esforzamos por crecer juntos cada día.

Y así llegamos al tercer y último aspecto, la esperanza de crecer. En esta iglesia encontramos una interesante “catequesis en imágenes” del paso del Mar Rojo, con las figuras de Abraham, Isaac y Moisés: patriarcas fecundos por la fe, que por haber creído recibieron como don una descendencia numerosa (cf. Gn 15,5; 26,3-5; Ex 32,7-14). Y este es un signo importante, porque también a nosotros nos anima hoy a confiar en la fecundidad de nuestro apostolado, a seguir sembrando pequeñas semillas de bien en los surcos del mundo. Parecen acciones minúsculas, como un granito de mostaza, pero si tenemos confianza y no nos cansamos de esparcirlas, brotarán por la gracia de Dios, darán una cosecha abundante (cf. Mt 13,3-9) y producirán árboles capaces de dar cobijo a las aves del cielo (cf. Mc 4,30-32). Lo dice san Pablo, cuando nos recuerda que el crecimiento de lo que sembramos no es obra nuestra, sino del Señor (cf. 1 Co 3,7), y nos lo enseña nuestra Madre la Iglesia, al enfatizar que, incluso a través de nuestros esfuerzos, es Dios «quien hace que su Reino venga a la tierra» (Conc. Ecum. Vat. II, Decr. Ad gentes, 42). Por consiguiente, sigamos evangelizando, con paciencia, sin dejarnos desanimar por las dificultades y las incomprensiones, ni siquiera cuando éstas surjan donde menos quisiéramos encontrarlas; por ejemplo, en la familia, como hemos escuchado.

Queridos hermanos y hermanas, agradezcamos juntos al Señor por la forma en que se va arraigando y difundiendo el Evangelio en Papúa Nueva Guinea y en las Islas Salomón. Sigan así su misión, como testigos de la valentía, la belleza y la esperanza. No se olviden del estilo de Dios: cercanía, compasión y ternura. ¡Sigamos siempre adelante con este estilo del Señor! Les doy las gracias por lo que hacen, los bendigo a todos de corazón y les pido, por favor, que no se olviden de rezar por mí, porque lo necesito. ¡Gracias!



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miércoles, 4 de septiembre de 2024

VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD FRANCISCO A INDONESIA

 

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VIAJE APOSTÓLICO DE SU SANTIDAD FRANCISCO
A INDONESIA, PAPÚA NUEVA GUINEA,
TIMOR-LESTE, SINGAPUR
(2-13 de septiembre de 2024)

ENCUENTRO CON LAS AUTORIDADES, CON LA SOCIEDAD CIVIL Y CON EL CUERPO DIPLOMÁTICO

DISCURSO DEL SANTO PADRE

Salón del Palacio Presidencial “Istana Negara” (Yacarta, Indonesia)
Miércoles, 4 de septiembre de 2024

[Multimedia]

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Señor Presidente,
distinguidas autoridades,
eminentísimos señores Cardenales,
señores Obispos,
distinguidos Representantes de las comunidades religiosas y de las diversas religiones,
ilustres representantes de la sociedad civil,
miembros del Cuerpo diplomático
:

Le agradezco cordialmente a usted, señor Presidente, la grata invitación a visitar el país, así como sus amables palabras de saludo. Deseo expresar al Presidente electo mis más cordiales deseos de una fructífera labor al servicio de Indonesia, extenso archipiélago de miles y miles de islas bañadas por el mar que comunica Asia con Oceanía.

Casi se podría afirmar que, al igual que el océano es el elemento natural que une todas las islas indonesias, así el respeto mutuo de las particularidades culturales, étnicas, lingüísticas y religiosas específicas, de todos los grupos humanos que componen Indonesia, es el hilo conductor indispensable que hace que el pueblo indonesio se mantenga unido y se sienta orgulloso.

Vuestro lema nacional “Bhinneka tunggal ika” (“Unidad en la diversidad”, que literalmente significa “Muchos, pero uno”) pone de manifiesto esta realidad multiforme de pueblos que son diversos, pero firmemente integrados en una sola nación. Y muestra también que, al igual que la gran biodiversidad presente en este archipiélago es fuente de riqueza y esplendor, análogamente, las diferencias específicas contribuyen a formar un magnífico mosaico, en el que cada pieza es un elemento insustituible en la composición de una obra original y preciosa. Y este es vuestro tesoro, es vuestra mayor riqueza.

La armonía en el respeto a las diferencias se logra cuando cada opinión particular tiene en cuenta las necesidades que son comunes y cuando cada etnia y confesión religiosa actúa con espíritu de fraternidad, persiguiendo el noble objetivo de servir al bien de todos. El ser conscientes de que se está participando en una historia compartida en la que cada uno brinda su propia contribución, y donde la solidaridad de cada cual hacia el conjunto es fundamental, ayuda a identificar las soluciones adecuadas, a evitar la polarización de las diferencias y a transformar la confrontación en colaboración eficaz.

Este sabio y delicado equilibrio entre la multiplicidad de culturas, las diferentes visiones ideológicas y las razones que fundamentan la unidad, debe ser defendido continuamente contra cualquier desajuste. Se trata de un trabajo artesanal, repito, un trabajo artesanal que corresponde a todos, pero de manera especial a la tarea que realiza la política, cuando se propone como fin la armonía, la equidad, el respeto de los derechos fundamentales de los seres humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad y la consecución de la paz, tanto en el seno de la sociedad como en la relación con los demás pueblos y naciones. Y aquí reside la grandeza de la política. Ya lo dijo un sabio, que la política es la forma más elevada de la caridad. Esto es maravilloso.

A fin de favorecer una armonía pacífica y constructiva que garantice la paz y unifique los esfuerzos para vencer los desequilibrios y bolsas de miseria que aún persisten en algunas zonas, la Iglesia desea incrementar el diálogo interreligioso. De este modo, se podrán eliminar los prejuicios y se fomentará un clima de respeto y de confianza mutua, factores imprescindibles para afrontar los retos comunes, entre los cuales, el de contrastar el extremismo y la intolerancia, que —tergiversando la religión— intentan imponerse sirviéndose del engaño y la violencia. En cambio, la cercanía, el escuchar la opinión de los demás, eso crea la fraternidad de una nación. Y eso es algo muy bonito, muy hermoso.

La Iglesia católica se pone al servicio del bien común y desea fortalecer la cooperación con las instituciones públicas y otras organizaciones de la sociedad civil, pero nunca haciendo proselitismo, nunca; sino que respeta la fe de cada persona. Y con esto estimula la formación de un tejido social más equilibrado y garantizar una distribución más eficiente y equitativa de la asistencia social.

Permítanme ahora hacer una alusión al Preámbulo de vuestra Constitución de 1945, que ofrece valiosas indicaciones sobre la dirección del camino que ha elegido la Indonesia democrática e independiente. Esta es una historia muy bella; cuando uno la lee, percibe que fue escogida por todos.

En sólo unas pocas líneas, el Preámbulo hace referencia dos veces a Dios Todopoderoso y a la necesidad de que su bendición descienda sobre el naciente Estado de Indonesia. Del mismo modo, el texto de introducción a vuestra Ley Fundamental alude dos veces a la justicia social, auspiciando que se instaure un orden internacional fundamentado en ella, como uno de los principales objetivos a alcanzar en beneficio de todo el pueblo indonesio.

Unidad en la multiplicidad, justicia social, bendición divina son, pues, los principios fundamentales destinados a inspirar y guiar los programas específicos, son como la estructura de soporte, la base sólida sobre la cual construir la casa. ¿Y cómo no notar que estos principios se corresponden muy bien con el lema de mi visita a Indonesia: “Fe, fraternidad y compasión”?

Sin embargo, lamentablemente existen en el mundo actual algunas tendencias que obstaculizan el desarrollo de la fraternidad universal (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 9). En diversas regiones vemos surgir conflictos violentos, que a menudo son el resultado de la falta de respeto mutuo, del deseo intolerante de hacer prevalecer a toda costa los propios intereses, la propia posición o la propia visión parcial de la historia, aunque eso suponga un sufrimiento interminable para comunidades enteras y dé lugar a auténticas guerras sangrientas.

A veces también surgen tensiones violentas en el interior de los mismos estados, porque los que detentan el poder quieren uniformarlo todo, imponiendo su visión incluso en asuntos cuya decisión debería dejarse a la autonomía de cada individuo o de los grupos.

Por otra parte, a pesar de las persuasivas declaraciones políticas, hay muchas situaciones en las que falta un efectivo compromiso, de amplias miras, para construir la justicia social. Como consecuencia, una parte considerable de la humanidad queda relegada al margen, desprovista de los medios adecuados para una existencia digna, y sin defensas para afrontar los graves y crecientes desequilibrios sociales causantes de graves conflictos. ¿Y cómo resuelven esto?, mediante una legislación de muerte, es decir, limitando la natalidad, limitando la mayor riqueza que tiene un país, que son los nacimientos. En vuestro país, en cambio, hay familias de tres, cuatro y hasta cinco hijos que salen adelante. Y esto se nota en la media de edad del país. Sigan así. Es un ejemplo para todas las naciones. Tal vez esto resulte curioso, pero algunas familias prefieren tener un gato o un perro pequeño, y no un niño. Esto no está bien.

En otros contextos, además, las personas consideran que pueden o deben prescindir de la búsqueda de la bendición de Dios, juzgándola superflua para el ser humano y para la sociedad civil, se piensa que estos deberían promoverse con sus propias fuerzas, sin embargo, al hacerlo se encuentran a menudo con la frustración y el fracaso. Y a la inversa, hay casos en los que la fe en Dios se coloca continuamente en primer plano, pero a menudo, lamentablemente para ser manipulada y servir no para construir la paz, la comunión, el diálogo, el respeto, la colaboración y la fraternidad, para construir el país, sino para fomentar las divisiones y el odio.

Hermanos y hermanas, de cara a estas sombras, es grato observar cómo la filosofía que inspira la organización del Estado indonesio manifiesta sabiduría y equilibrio. A este respecto, hago mías las palabras que san Juan Pablo II pronunció durante su visita a este mismo palacio, en 1989. Entre otras cosas, afirmó: «En el reconocimiento de la presencia de una legítima pluralidad, en el respeto a los Derechos Humanos y políticos de todos los ciudadanos, y en el apoyo al crecimiento de la unidad nacional basada en la tolerancia y respeto a los demás, colocáis los cimientos de la justa y pacífica sociedad que los indonesios desean para sí mismos y quieren legar a sus hijos» (Discurso al Presidente de la República de Indonesia, Yakarta, 9 octubre 1989).

En el curso de los acontecimientos históricos, incluso si a veces los principios inspiradores, antes recordados, no siempre han tenido la fuerza de imponerse en todas las circunstancias, siguen siendo válidos y confiables, como un faro que nos indica la dirección que hay que tomar y nos advierte acerca de los errores más peligrosos que hay que evitar.

Señor Presidente, señoras y señores, deseo que todos, en su quehacer cotidiano, sepan inspirarse en estos principios y hacerlos efectivos en el desempeño ordinario de sus respectivas funciones, porque opus justitiae pax, la paz es fruto de la justicia. La concordia, en efecto, se alcanza cuando cada uno se compromete, no sólo en función de sus propios intereses y de su propia visión, sino con vistas al bien de todos, para construir puentes, para favorecer los acuerdos y crear sinergias, para aunar esfuerzos y derrotar toda forma de miseria moral, económica y social, y para promover la paz y la concordia.

Queridos hermanos y hermanas, continúen por este camino, que es bueno y acertado, y que así trae la bendición a todo el pueblo: que Dios bendiga a Indonesia con la paz, para un futuro lleno de esperanza. ¡Y que Dios los bendiga a todos!



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domingo, 1 de septiembre de 2024

La pureza -dice Jesús- no está ligada a ritos externos, sino ante todo a actitudes interiores.

 

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PAPA FRANCISCO

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro
Domingo, 1 de septiembre de 2024

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Queridos hermanos y hermanas, ¡Feliz domingo!

Hoy, en el Evangelio de la liturgia (cf. Mc 7,1-8.14-15.21-23), Jesús habla de lo puro y lo impuro: un tema muy querido por sus contemporáneos, que estaba relacionado sobre todo con la observancia de ritos y normas de comportamiento, para evitar cualquier contacto con cosas o personas consideradas impuras y, si esto ocurría, borrar la «mancha» (cf. Lev 11-15). Era casi una obsesión de algunos religiosos de la época, la pureza y la impureza.

Algunos escribas y fariseos, estrictos observadores de tales normas, acusan a Jesús de permitir que sus discípulos tomen alimentos sin lavarse las manos. Y Jesús, aprovecha este reproche por parte de los fariseos a sus discípulos para hablar del significado de la «pureza».

La pureza -dice Jesús- no está ligada a ritos externos, sino ante todo a actitudes interiores. Para ser puro, por tanto, de nada sirve lavarse las manos varias veces, si luego se albergan dentro del corazón malos sentimientos como la avaricia, la envidia o la soberbia, o malas intenciones como el engaño, el robo, la traición y la calumnia (cf. Mc 7,21-22). Jesús llama la atención para poner en guardia contra el ritualismo, que no hace crecer en el bien, es más, a veces puede llevar a descuidar, o incluso a justificar, en uno mismo y en los demás, opciones y actitudes contrarias a la caridad, que hieren el alma y cierran el corazón.

Y esto, hermanos y hermanas es importante también para nosotros: no se puede, por ejemplo, salir de la Santa Misa y, ya en el parvis de la iglesia, detenerse con habladurías malvadas y sin misericordia sobre todo y todos. Esa habladuría que arruina el corazón, que arruina el alma. ¡No puede ser! Si vas a misa y luego haces estas cosas ¡es algo feo! O mostrarse piadosos en la oración, pero luego en casa tratar a los miembros de la propia familia con frialdad y desapego, o descuidar a los padres ancianos, que necesitan ayuda y compañía (cf. Mc 7,10-13). Esto es una doble vida, que no se puede tener. Y esto es lo que hacían los fariseos. Pureza externa sin las buenas actitudes, actitudes misericordiosas con los demás.  O, no se puede ser aparentemente muy correcto con todos, tal vez incluso hacer un poco de voluntariado y algunos gestos filantrópicos, pero luego en el interior cultivar el odio hacia los demás, despreciar a los pobres y a los últimos, o comportarse deshonestamente en el propio trabajo.

Al actuar así, la relación con Dios se reduce a gestos externos, y en el interior permanecemos impermeables a la acción purificadora de su gracia, demorándonos en pensamientos, mensajes y comportamientos sin amor.

Nosotros estamos hechos para otra cosa. Estamos hechos para la pureza de vida, para la ternura, para el amor.  

Preguntémonos, entonces: ¿vivo mi fe con coherencia? Es decir, ¿lo que hago en la iglesia intento hacerlo fuera con el mismo espíritu? En mis sentimientos, palabras y obras, ¿hago concreto en mi cercanía y en el respeto a mis hermanos y hermanas lo que digo en la oración? Pensémoslo.

Y que María, Madre purísima, nos ayude a hacer de nuestra vida, en el amor sincero y practicado, un culto agradable a Dios (cf. Rm 12,1).

Palabras después del Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas!

Ayer, en Šaštín, Eslovaquia, fue beatificado Ján Havlík, seminarista de la Congregación de la Misión, fundada por San Vincenzo de’ Paoli. Este joven fue asesinado en 1965, durante la persecución del régimen contra la Iglesia en la entonces Checoslovaquia. Que su perseverancia en el testimonio de la fe en Cristo sea un estímulo para los que aún hoy sufren semejantes pruebas. ¡Un aplauso para el nuevo beato!

Me enteré con dolor de que el sábado 24 de agosto, en localidad de Barsalogho, Burkina Faso, cientos de personas, entre ellas mujeres y niños, fueron asesinadas y muchas otras resultaron heridas en un atentado terrorista. Al condenar estos execrables atentados contra la vida humana, expreso mi cercanía a toda la nación y mi más sentido pésame a las familias de las víctimas. Que la Virgen María ayude al querido pueblo de Burkina Faso a volver a encontrar la paz y la seguridad.

Rezo también por las víctimas del accidente en el Santuario de Nossa Señora da Conceicão, en la ciudad de Recife, Brasil. Que el Señor resucitado consuele a los heridos y a sus familias.

Y siempre estoy cerca del atormentado pueblo ucraniano, duramente golpeado por los ataques contra sus infraestructuras energéticas. Además de causar muertos y heridos, han dejado a más de un millón de personas sin electricidad y sin agua. Recordemos que la voz de los inocentes siempre encuentra escucha ante Dios, ¡que no queda indiferente ante su sufrimiento!

Y una vez más dirijo mis pensamientos con preocupación al conflicto en Palestina e Israel, que amenaza con extenderse a otras ciudades palestinas. Hago un llamamiento para que se detengan las negociaciones y cese inmediatamente el fuego, para que se libere a los rehenes, para que se socorra a la población de Gaza, donde también se están propagando tantas enfermedades, incluida la poliomielitis. ¡Que haya paz en Tierra Santa, que haya paz en Jerusalén! Que la Ciudad Santa sea un lugar de encuentro en el que cristianos, judíos y musulmanes se sientan respetados y acogidos, y que nadie cuestione el statu quo en sus respectivos Lugares Santos.

Hoy celebramos la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación. Espero que todos -instituciones, asociaciones, familias y cada persona- asuman un compromiso concreto con nuestra casa común. El clamor de la Tierra herida es cada vez más alarmante y exige una acción decidida y urgente.

Mañana iniciaré un viaje apostólico a algunos países de Asia y Oceanía. Por favor, recen por los frutos de este viaje.

Saludo a todos ustedes, romanos y peregrinos. En particular, saludo a los jóvenes de Lucca, acompañados por su arzobispo monseñor Paolo Giulietti y algunos sacerdotes; saludo a los buenos jóvenes de la Inmaculada y a los jóvenes de Campocroce di Mirano.

Les deseo a todos un buen domingo. Por favor, no olviden rezar por mí. Que tengan un buen almuerzo y hasta la vista.



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miércoles, 28 de agosto de 2024

REZAR POR LOS MIGRANTES

 

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PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Plaza de San Pedro
Miércoles, 28 de agosto 2024

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Catequesis. Mar y desierto
[El siguiente texto también incorpora partes no leídas que se consideran pronunciadas]

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, pospongo la catequesis habitual y quisiera detenerme con vosotros para pensar en las personas que – también en este momento – están atravesando mares y desiertos para llegar a una tierra donde puedan vivir en paz y seguridad.

Mar y desierto: estas dos palabras vuelven a aparecer en muchos testimonios que recibo, tanto de migrantes, como de personas que se comprometen a rescatarlos. Y cuando digo «mar», en el contexto de migración, también me refiero al océano, lago, río, todas las masas de agua traicioneras que tantos hermanos y hermanas de cualquier parte del mundo se ven obligados a cruzar para llegar a su destino. Y «desierto» no es solo el de arena y dunas, o el rocoso, sino también todos aquellos territorios inaccesibles y peligrosos como bosques, selvas, estepas, donde los migrantes caminan solos, abandonados a su suerte. Migrantes, mar y desierto. Las rutas migratorias actuales a menudo están marcadas por travesías de mares y desiertos, que, para muchas, demasiadas personas, - ¡demasiadas! -  son mortales. Por eso quiero detenerme en este drama, en este dolor. Algunas de estas rutas las conocemos mejor, porque suelen estar a menudo bajo los reflectores; otras, la mayoría, son poco conocidas, pero no por ello menos transitadas.

Del Mediterráneo he hablado muchas veces, porque soy Obispo de Roma y porque es emblemático: el mare nostrum, lugar de comunicación entre pueblos y civilizaciones, se ha convertido en un cementerio. Y la tragedia es que muchos, la mayoría de estos muertos, podrían haberse salvado. Hay que decirlo claramente: hay quienes trabajan sistemáticamente por todos los medios para repeler a los migrantes – para repeler a los migrantes. Y esto, cuando se hace con conciencia y con responsabilidad, es un pecado grave. No olvidemos lo que dice la Biblia: «No maltratarás ni oprimirás al emigrante» (Ex 22,20). El huérfano, la viuda y el forastero son los pobres por excelencia a los que Dios siempre defiende y pide defender.

También algunos desiertos, por desgracia, se convierten en cementerios de migrantes. A menudo, tampoco aquí se trata de muertes “naturales”. No. A veces los llevan al desierto y los abandonan allí. Todos conocemos la foto de la mujer y de la hija de Pato, muertas de hambre y de sed en el desierto. En la era de los satélites y de los drones, hay hombres, mujeres y niños migrantes que nadie debe ver: les esconden. Solo Dios los ve y escucha su clamor. Y esta es una crueldad de nuestra civilización.

De hecho, el mar y el desierto son también lugares bíblicos cargados de valor simbólico. Son escenarios muy importantes en la historia del éxodo, la gran migración del pueblo guiada por Dios a través de Moisés desde Egipto hasta la Tierra Prometida. Estos lugares son testigos del drama del pueblo que huye de la opresión y la esclavitud. Son lugares de sufrimiento, de miedo, de desesperación, pero al mismo tiempo son lugares de paso hacia la liberación, – y cuánta gente pasa por los mares y los desiertos para liberarse, hoy – son lugares de paso hacia la redención, hacia la libertad y el cumplimiento de las promesas de Dios (cf. Mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado 2024).

Hay un salmo que, dirigiéndose al Señor, dice: «Tú te abriste camino por las aguas, | un vado por las aguas caudalosas, | y no quedaba rastro de tus huellas» (77,20). Y otro canta así: «Guio por el desierto a su pueblo: | porque es eterna su misericordia» (136,16). Estas palabras santas nos dicen que, para acompañar al pueblo en el camino de la libertad, Dios mismo atraviesa el mar y el desierto; Dios no permanece a distancia, no, comparte el drama de los emigrantes, Dios está con ellos, con los migrantes, sufre con ellos, con los migrantes, llora y espera con ellos, con los migrantes. Nos hará bien, hoy, pensar: El Señor está con nuestros migrantes en el mare nostrum, el Señor está con ellos, no con lo que les rechazan.

Hermanos y hermanas, en una cosa podremos estar todos de acuerdo: en esos mares y desiertos mortíferos, los migrantes de hoy no deberían estar – y están, desafortunadamente. Pero no es mediante leyes más restrictivas, no es mediante la militarización de las fronteras, no es mediante rechazos como lo conseguiremos. Por el contrario, lo conseguiremos ampliando las rutas de acceso seguras y las vías de acceso legales para los migrantes, facilitando el refugio a quienes huyen de la guerra, de la violencia, de la persecución y de tantas calamidades; lo conseguiremos fomentando por todos los medios una gobernanza mundial de la migración basada en la justicia, la fraternidad y la solidaridad. Y aunando esfuerzos para combatir el tráfico de seres humanos, para detener a los traficantes criminales que se aprovechan sin piedad de la miseria ajena.

Queridos hermanos y hermanas, pensad en tantas tragedias de migrantes: Cuántos mueren en el Mediterráneo. Pensad en Lampedusa, en Crotone… Cuántas cosas feas y tristes. Y quisiera concluir reconociendo y alabando los esfuerzos de tantos buenos samaritanos, que hacen todo lo posible por rescatar y salvar a los migrantes heridos y abandonados en las rutas de la esperanza desesperada, en los cinco continentes. Estos hombres y mujeres valientes son signo de una humanidad que no se deja contagiar por la malvada cultura de la indiferencia y el descarte: lo que mata a los migrantes es nuestra indiferencia y esa actitud de descartar.  Y quienes no pueden estar como ellos «en primera línea», - pienso en tantos buenos que están ahí en primera línea, como Mediterranea Saving Humans y tantas otras asociaciones - no están excluidos de esta lucha por la civilización: nosotros no podemos estar en primera línea, pero no estamos excluidos; hay muchas formas de contribuir, ante todo la oración. Y os pregunto a vosotros: ¿Vosotros rezáis por los migrantes, por los que vienen en nuestras tierras para salvar la vida? Y “vosotros” queréis echarles.

Queridos hermanos y hermanas, unamos nuestros corazones y nuestras fuerzas, para que los mares y los desiertos no sean cementerios, sino espacios donde Dios pueda abrir caminos de libertad y fraternidad.
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Saludos

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos al Señor por tantas personas que se ven obligadas a dejar sus hogares en busca de un porvenir, y por quienes los reciben y acompañan, devolviéndoles la esperanza y abriendo nuevos caminos de libertad y fraternidad. Que Jesús los bendiga y la Virgen Santa, Consuelo de los migrantes, los cuide. Muchas gracias.
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Resumen en español

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy he querido hacer un paréntesis en nuestro ciclo de catequesis habitual para que podamos reflexionar sobre la realidad de tantas personas que tienen que dejar su tierra buscando un lugar donde poder vivir en paz y con mayor seguridad. En los testimonios de migrantes que he escuchado se repiten con frecuencia las palabras “mar” y “desierto”. Lamentablemente, los mares y los desiertos de las rutas migratorias son lugares donde mueren muchas personas y, por eso, —como dije en otras ocasiones— se han convertido en cementerios.

También en la Biblia el mar y el desierto son lugares de sufrimiento, de miedo, de desesperación; pero, al mismo tiempo, son pasajes que el pueblo debe atravesar para alcanzar la libertad y el cumplimiento de las promesas de Dios. Por eso, unamos nuestras fuerzas para que estos lugares sean “de paso” —sean siempre de paso— para los migrantes, es decir, que sean vías de acceso seguras, donde se combata la trata de personas y se construya un futuro de esperanza para toda la humanidad.



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domingo, 25 de agosto de 2024

“Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

 

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PAPA FRANCISCO

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro
Domingo, 25 de agosto de 2024

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Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

Hoy el Evangelio de la liturgia (Jn 6,60-69) nos refiere la célebre respuesta de San Pedro, que dice a Jesús: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68). ¡Hermosa respuesta! Es una expresión muy hermosa, que testimonia la amistad y la confianza que lo unen a Cristo, junto con los demás discípulos. “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”. ¡Hermoso!

Pedro la pronuncia en un momento crítico, porque Jesús acaba de terminar un discurso en el que ha dicho que es “el pan bajado del cielo” (cf. Jn 6,41): este es un lenguaje difícil de entender para la gente, y muchos, también los discípulos que lo seguían, lo abandonaron, porque no entendían.

Los Doce, en cambio, no: se quedaron, porque en Él encontraron “palabras de vida eterna”. Lo han escuchado predicar, han visto los milagros que llevó a cabo y continúan compartiendo con Él los momentos públicos y la intimidad de la vida cotidiana (cf. Mc 3,7-19).

No siempre los discípulos comprenden lo que el Maestro dice y hace; a veces les cuesta aceptar las paradojas de su amor (cf. Mt 5,38-48), las exigencias extremas de su misericordia (cf. Mt 18,21-22), la radicalidad de su modo de entregarse a todos. No es fácil para ellos entender, pero son leales. Las elecciones de Jesús van a menudo más allá de la mentalidad común, más allá de los cánones mismos de la religión institucional y de las tradiciones, hasta el punto de crear situaciones provocadoras y embarazosas (cf. Mt 15,12). No es fácil seguirlo.

Y, sin embargo, entre los muchos maestros de aquel tiempo, Pedro y los demás apóstoles encontraron solo en Él la respuesta a la sed de vida, a la sed de alegría, a la sed de amor que los anima; solo gracias a Él experimentan la plenitud de vida que buscan, más allá de los límites del pecado e incluso de la muerte. Por eso no se van, al contrario, todos, excepto uno, incluso entre muchas caídas y arrepentimientos, permanecen con Él hasta el final (cf. Jn 17,12).

Y, hermanos y hermanas, esto también nos concierne a nosotros: tampoco para nosotros es fácil seguir al Señor, comprender su modo de actuar, hacer nuestros sus criterios y sus ejemplos. Tampoco para nosotros es fácil. Pero, cuanto más nos acercamos a Él - cuanto más nos adherimos a su Evangelio, recibimos su gracia en los Sacramentos, estamos en su compañía en la oración, lo imitamos en la humildad y en la caridad -, más experimentamos la belleza de tenerlo como Amigo, y nos damos cuenta de que solo Él tiene “palabras de vida eterna”.

Entonces, preguntémonos: ¿Hasta qué punto está presente Jesús en mi vida? ¿Hasta qué punto me dejo tocar y provocar por sus palabras? ¿Puedo decir que son también para mí “palabras de vida eterna”? A ti, hermano, hermana, pregunto: ¿Las palabras de Jesús, son para ti – también para mí – palabras de vida eterna?

Que María, que acogió a Jesús, Verbo de Dios, en su carne, nos ayude a escucharlo y a no dejarlo nunca.

Palabras después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Deseo manifestar mi solidaridad a las miles de personas afectadas por la viruela del mono, que es ya una emergencia sanitaria global. Rezo por todas las personas contagiadas, especialmente por la población de la República Democrática del Congo tan probada. Expreso mi cercanía a las Iglesias locales de los países más afectados por esta enfermedad y aliento a los gobiernos y a las industrias privadas a que compartan la tecnología y los tratamientos disponibles, para que a nadie le falte una asistencia médica adecuada.

Al amado pueblo de Nicaragua: os animo a renovar vuestra esperanza en Jesús. Recordad que el Espíritu Santo guía siempre la historia hacia proyectos más altos. Que la Virgen Inmaculada os proteja en los momentos de prueba y os haga sentir su ternura materna. Que la Virgen acompañe al amado pueblo de Nicaragua.

Continúo siguiendo con dolor los combates en Ucrania y en la Federación Rusa, y pensando en las normas de ley adoptadas recientemente en Ucrania me asalta un temor por la libertad de quien reza, porque quien reza de verdad reza siempre por todos. No se hace mal por rezar. Si alguien hace mal a su pueblo, será culpable de esto, pero no puede haber hecho mal por haber rezado. Y entonces que se deje rezar a quien quiere rezar en la que considera su Iglesia. Por favor, que ninguna Iglesia Cristiana sea abolida, directa o indirectamente. ¡Las Iglesias no se tocan!

Y continuemos rezando porque se ponga fin a las guerras, en Palestina, en Israel, en Myanmar y en cualquier otra región. ¡Los pueblos piden paz! Recemos para que el Señor nos dé, a todos, la paz.

Os saludo a todos vosotros, romanos y peregrinos de Italia y de tantos países. En particular, saludo a los nuevos seminaristas del Colegio Norteamericano y les deseo un buen camino formativo; y les deseo también que vivan su sacerdocio con alegría, porque la verdadera oración nos da la alegría. Saludo a los muchachos con discapacidades motoras y cognitivas, que participan en los “relevos de la inclusión” para afirmar que las barreras pueden superarse. Saludo a los amigos, a los muchachos de la Inmaculada.

Y deseo a todos un feliz domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

 



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