sábado, 16 de abril de 2022

Vigilia Pascual. El Papa: Cristo está vivo y pasa, transforma y libera

 

La Noche Santa de este sábado, 16 de abril, el Santo Padre presidió en la Basílica de San Pedro, la celebración de la Vigilia Pascual en la cual después de bendecir el fuego nuevo, proclamar la Palabra, bautizar a un grupo de catecúmenos, recordó a toda la Iglesia que, “un cristianismo que busca al Señor entre los vestigios del pasado y lo encierra en el sepulcro de la costumbre es un cristianismo sin Pascua”.

Renato Martinez - Ciudad del Vaticano

“¡Celebremos la Pascua con Cristo! Él está vivo y también hoy pasa, transforma y libera”. Con Él, el mal no tiene más poder, el fracaso no puede impedir que empecemos de nuevo, la muerte se convierte en un paso para el inicio de una nueva vida”, lo dijo el Papa Francisco en su homilía en la Vigilia Pascual en la Noche Santa, en la Basílica de San Pedro, este sábado 16 de abril de 2022.

Con estas tres acciones entremos en la Pascua del Señor

El Santo Padre inició su homilía recordando que, muchos escritores han evocado “la belleza de las noches, iluminadas por las estrellas”, en cambio, hoy, dijo el Papa, “las noches de guerras están surcadas por luminosas estelas de muerte”. Por ello, en esta noche, el Pontífice invitó a dejarnos “tomar de la mano por las mujeres del Evangelio, para descubrir con ellas la manifestación de la luz de Dios que brilla en las tinieblas del mundo”. Esas mujeres, señaló el Santo Padre, mientras la noche se disipaba y las primeras luces del alba despuntaban sin clamores, se dirigieron al sepulcro para ungir el cuerpo de Jesús y allí vivieron una experiencia desconcertante que se puede resumir en tres acciones: ven, escuchan, anuncian.

“Allí vivieron una experiencia desconcertante: primero descubrieron que la tumba estaba vacía; después vieron dos figuras con vestiduras resplandecientes, que les dijeron que Jesús había resucitado; y rápidamente corrieron a anunciar la noticia a los demás discípulos (cf. Lc 24,1-10)”

viernes, 15 de abril de 2022

Francisco, Vía Crucis: "Donde haya odio, florezca la concordia"

 

En un ambiente de profundo recogimiento, el Santo Padre presidió el pío ejercicio del Vía Crucis en el Coliseo de Roma. En una Semana Santa especial, de “vuelta a la normalidad”, el evento regresó a su lugar tradicional, luego de la emergencia sanitaria del Coronavirus. Un “abrazo de paz” en tiempos de guerra.

Sebastián Sansón Ferrari – Vatican News

Una noche que quedará sellada en la memoria y el corazón de todos. Casi dos años después de aquel 19 de abril de 2019, este Viernes Santo, 15 de abril de 2022, el Vía Crucis volvió a celebrarse en el Coliseo de Roma. En 2020 y 2021, años signados por la pandemia del COVID-19, la célebre cita del segundo día del Triduo Pascual debió trasladarse a la Plaza de San Pedro y realizarse sin presencia de fieles a causa de las medidas restrictivas.

Cerca de 10.000 fieles y peregrinos -según la Questura de Roma- se congregaron en el Coliseo para acompañar al Papa Francisco en el conmovedor momento de oración y otros tantos se conectaron a la transmisión en directo a través de los medios y las redes sociales.

En el Año de la Familia “Amoris Laetitia” las meditaciones fueron confiadas por el Santo Padre a familias que han vivido experiencias distintas, estas narran escenas de la vida cotidiana, con sus dificultades, alegrías, esperanzas. Teniendo en cuenta la dolorosa situación en Ucrania, las reflexiones también cuentan las dificultades de los inmigrantes en los países de acogida.

Los textos fueron escritos por un joven matrimonio (estación I), una familia en misión (estación II), una pareja de ancianos sin hijos (estación III), una familia numerosa (estación IV), una familia con un hijo discapacitado (estación V), una familia que dirige un hogar- familia (estación VI), una familia con un padre enfermo (VII), una pareja de abuelos (VIII), una familia adoptiva (IX), una viuda con hijos (X), una familia con un hijo consagrado (XI), una familia que ha perdido una hija (XII), una familia ucraniana y otra rusa (XIII) y una familia de emigrantes (XIV).

“El dolor nos ha cambiado”

En la VI estación, preparada por una familia que coordina un centro de acogida, se da cuenta que su casa “es grande, no solo en términos de espacio, sino sobre todo por la riqueza humana que allí habita”.

Nunca, desde el comienzo del matrimonio -relatan- fuimos solo dos. Confiesan que su vocación de acoger el dolor “fue y sigue siendo aún ahora -con 42 años de matrimonio, tres hijos naturales, nueve nietos y cinco hijos adoptivos no autosuficientes y con graves dificultades psíquicas- todo lo contrario a triste”.

No merecemos -dicen- que la vida nos bendiga tanto. “Para el que cree que no es humano dejar solo al que sufre, el Espíritu Santo mueve en el interior la voluntad de actuar y de no permanecer indiferentes, ajenos”, indican.

El dolor los ha hecho volver a lo esencial, “ordena las prioridades de la vida y devuelve la sencillez de la dignidad humana en cuanto tal”. Para esta pareja, “en la ‘vía dolorosa’ de tantos flagelos y crucificados, junto a ellos, bajo el peso de sus cruces, descubrimos que el verdadero rey es aquel que se entrega y se da como alimento, en alma y cuerpo”.

Oración en silencio por la paz en el mundo

En la meditación de las XIII Estación del Vía Crucis se realizó una pausa de silencio orante por la paz en el mundo: "Ante la muerte, el silencio es más elocuente que las palabras. Hagamos, pues, una pausa en el silencio orante y recemos cada en nuestro corazón por la paz en el mundo".

“Tómanos de la mano como un Padre”

Al final, el Papa Francisco pronunció una potente oración, que compartimos a continuación:

Padre misericordioso,
que haces salir el sol sobre buenos y malos,
no abandones la obra de tus manos,
por la que no dudaste
en entregar a tu único Hijo,
que nació de la Virgen,
fue crucificado bajo Poncio Pilato,
murió y fue sepultado en las entrañas de la tierra,
resucitó de entre los muertos al tercer día,
se apareció a María Magdalena,
a Pedro, a los demás apóstoles y discípulos,
y siempre está vivo en la santa Iglesia,
que es su Cuerpo viviente en el mundo.

Mantén encendida en nuestras familias
la lámpara del Evangelio,
que ilumina alegrías y dolores,
cansancios y esperanzas;
que cada casa refleje el rostro de la Iglesia,
cuya ley suprema es el amor.
Por la efusión de tu Espíritu,
ayúdanos a despojarnos del hombre viejo,
corrompido por pasiones engañosas,
 y revístenos del hombre nuevo,
creado según la justicia y la santidad.

Tómanos de la mano, como un Padre,
para que no nos alejemos de Ti;
convierte nuestros corazones rebeldes a tu corazón,
para que aprendamos a seguir proyectos de paz;
haz que los adversarios se den la mano,
para que gusten del perdón recíproco;
desarma la mano alzada del hermano contra el hermano,
para que donde haya odio florezca la concordia.

Haz que no nos comportemos como enemigos de la cruz de Cristo,
para que participemos en la gloria de su resurrección.
Él, que vive y reina contigo,
en la unidad del Espíritu Santo,
por los siglos de los siglos.
Amén.

jueves, 14 de abril de 2022

El Papa en la Misa Crismal

 

https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2022-04/papa-francisco-misa-crismal-jueves-santo-sacerdotes.html

El Papa presidió en la mañana del Jueves Santo la Misa Crismal en la Basílica de San Pedro. En su homilía, Francisco señaló tres espacios de idolatría escondida en los que el Maligno utiliza sus ídolos para depotenciar la vocación de pastores: la mundanidad, el pragmatismo y el funcionalismo.

Cecilia Mutual - Ciudad del Vaticano

 “Ser sacerdotes es, queridos hermanos, una gracia, una gracia muy grande que no es en primer lugar una gracia para nosotros, sino para la gente”, lo afirmó el Papa Francisco en su homilía al presidir esta mañana, en la Basílica de San Pedro, la concelebración de la Misa Crismal con los patriarcas, cardenales, arzobispos, obispos y presbíteros presentes en Roma. Una celebración en la que el Pontífice bendice el óleo de los catecúmenos y de los enfermos, consagra el Crisma y los sacerdotes renuevan sus promesas sacerdotales.

Iniciando su homilía, el Papa se refiere a la lectura del profeta Isaías leída durante la celebración y recuerda que es el Señor mismo quien paga el salario del sacerdote, su recompensa, es decir, “su Amor y el perdón incondicional de nuestros pecados a precio de su sangre derramada en la Cruz”.

No hay salario mayor que la amistad con Jesús. No hay paz más grande que su perdón. No hay precio más costoso que el de su Sangre preciosa, que no debemos permitir que se desprecie con una conducta que no sea digna.

Es decir, subraya a continuación el Obispo de Roma, “estas son invitaciones del Señor a que le seamos fieles, a ser fieles a su Alianza, a dejarnos amar, a dejarnos perdonar; no sólo son invitaciones para nosotros mismos, sino también para poder así servir, con una conciencia limpia, al santo pueblo fiel de Dios”.

“Fijar los ojos en Jesús es una gracia que, como sacerdotes, debemos cultivar”

“Al terminar el día – es el consejo del Papa – hace bien mirar al Señor y que Él nos mire el corazón, junto con el corazón de la gente con la que nos encontramos. No se trata de contabilizar los pecados, sino de una contemplación amorosa en la que miramos nuestra jornada con la mirada de Jesús y vemos así las gracias del día, los dones y todo lo que ha hecho por nosotros, para agradecer. Y le mostramos también nuestras tentaciones, para discernirlas y rechazarlas”.

"Se trata de entender qué le agrada al Señor y qué desea de nosotros aquí y ahora, en nuestra historia actual, añade Francisco, y dejar que el Señor mire nuestros ídolos escondidos nos hace fuertes frente a ellos y les quita su poder”.


miércoles, 13 de abril de 2022

 

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PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Aula Pablo VI
Miércoles, 13 de abril de 2022

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La paz de Pascua

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Estamos en el centro de la Semana Santa, que va desde el Domingo de Ramos al Domingo de Pascua. Ambos domingos se caracterizan por la fiesta que se hace en torno a Jesús. Pero son dos fiestas diferentes.

El domingo pasado vimos a Cristo entrar solemnemente en Jerusalén, como una fiesta, acogido como Mesías: y por Él se extienden mantos a lo largo del camino (cfr. Lc 19,36) y ramos cortados de los árboles (cfr. Mt 21,8). La multitud exultante bendice a grandes voces al «Rey que viene», y aclama: «Paz en el cielo y gloria en las alturas» (Lc 19,38). Esa gente celebra porque ve en el ingreso de Jesús la llegada de un nuevo rey, que traería paz y gloria. Esta era la paz esperada por esa gente: una paz gloriosa, fruto de una intervención real, la de un mesías poderoso que liberaría Jerusalén de la ocupación de los romanos. Otros, probablemente, soñaban el restablecimiento de una paz social y veían en Jesús el rey ideal, que daría de comer a la multitud con el pan, como ya había hecho, y realizaría grandes milagros, trayendo así más justicia al mundo.

Pero Jesús nunca habla de esto. Tiene delante de sí una Pascua diferente, no una Pascua triunfal. Lo único que le preocupa para preparar su ingreso en Jerusalén es ir sobre «un pollino atado, sobre el que no ha montado todavía ningún hombre» (v. 30). Es así como Cristo trae la paz al mundo: a través de la mansedumbre y la docilidad, representadas en ese pollino atado, sobre el que no había montado nadie. Nadie, porque la forma de hacer de Dios es diferente a la del mundo. Jesús, de hecho, justo antes de Pascua, explica a los discípulos: «Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo» (Jn 14,27). Son dos modalidades diferentes: una forma como el mundo nos da la paz y una forma como Dios nos da la paz. Son diferentes.

La paz que Jesús nos da en Pascua no es la paz que sigue las estrategias del mundo, que cree obtenerla por la fuerza, con las conquistas y con varias formas de imposición. Esta paz, en realidad, es solo un intervalo entre las guerras: lo sabemos bien. La paz del Señor sigue el camino de la mansedumbre y de la cruz: es hacerse cargo de los otros. Cristo, de hecho, ha tomado sobre sí nuestro mal, nuestro pecado y nuestra muerte. Ha tomado consigo todo esto. Así nos ha liberado. Él ha pagado por nosotros. Su paz no es fruto de algún acuerdo, sino que nace del don de sí. Esta paz mansa y valiente, sin embargo, es difícil de acoger. De hecho, la multitud que alababa a Jesús es la misma que unos días después grita “Crucifícale” y, asustada y desilusionada, no mueve un dedo por Él.

En este sentido, siempre resulta actual un gran relato de Dostoievski, la llamada Leyenda del Gran Inquisidor. Narra que Jesús, después de varios siglos, vuelve a la Tierra. En seguida es acogido por la multitud alegre, que lo reconoce y lo aclama. “¡Ah, has vuelto! ¡Ven, ven con nosotros!”. Pero después es arrestado por el Inquisidor, que representa la lógica mundana. Este lo interroga y lo critica ferozmente. El motivo final del reproche es que Cristo, aun pudiendo, nunca quiso convertirse en César, el rey más grande de este mundo, prefiriendo dejar libre al hombre en vez de someterlo y resolver los problemas con la fuerza. Habría podido establecer la paz en el mundo, doblegando el corazón libre pero precario del hombre en virtud de un poder superior, pero no quiso: respetó nuestra libertad. «Si hubieses aceptado —dice el Inquisidor a Jesús—, la púrpura de César, habrías fundado el imperio universal y dado la paz al mundo» (Los hermanos Karamazov, Milán 2012, 345); y con sentencia cortante concluye: «Pues nadie ha merecido más que Tú la hoguera» (348). Este es el engaño que se repite en la historia, la tentación de una paz falsa, basada en el poder, que después conduce al odio y a la traición de Dios y a tanta amargura en el alma.

Al final, según este relato, el Inquisidor querría que Jesús «le dijera algo, quizá también algo amargo, terrible». Pero Cristo reacciona con un gesto dulce y concreto: «se le acerca en silencio, y lo besa dulcemente en los viejos labios ensangrentados» (352). La paz de Jesús no domina a los demás, nunca es una paz armada: ¡nunca! Las armas del Evangelio son la oración, la ternura, el perdón y el amor gratuito al prójimo, el amor a todo prójimo. Es así que se lleva la paz de Dios al mundo. Por esto la agresión armada de estos días, como toda guerra, representa un ultraje a Dios, una traición blasfema al Señor de la Pascua, un preferir el falso dios de este mundo a su rostro manso. La guerra siempre es una acción humana para llevar a la idolatría del poder.

Jesús, antes de su última Pascua, dijo a los suyos: «No se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Jn 14,27). Sí, porque mientras el poder mundano deja solo destrucción y muerte —lo hemos visto en estos días—, su paz edifica la historia, a partir del corazón de cada hombre que la acoge. Pascua es entonces la verdadera fiesta de Dios y del hombre, porque la paz, que Cristo ha conquistado sobre la cruz con el don de sí mismo, nos ha sido dada a nosotros. Por eso el Resucitado, el día de Pascua, se aparece a los discípulos y ¿cómo les saluda?: «La paz con vosotros» (Jn 20,19.21). Este es el saludo de Cristo vencedor, de Cristo resucitado.

Hermanos, hermanas, Pascua significa “paso”. Es, sobre todo este año, la ocasión bendecida para pasar del dios mundano al Dios cristiano, de la codicia que llevamos dentro a la caridad que nos hace libres, de la espera de una paz traída con la fuerza al compromiso de testimoniar concretamente la paz de Jesús. Hermanos y hermanas, pongámonos delante del Crucificado, fuente de nuestra paz, y pidámosle la paz del corazón y la paz en el mundo.


 

Saludos:

Saludo especialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los jóvenes que participan en el Encuentro internacional Univ 2022. En estos días santos acompañamos a Jesús en su Pasión, Muerte y Resurrección. Pidámosle que, así como Pascua significa “paso”, también nosotros seamos capaces de “dar pasos” de reconciliación. Y que su paz reine en nuestros corazones y en el mundo entero. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.


 

Resumen leído por el Santo Padre en español

Queridos hermanos y hermanas:

En la catequesis de hoy reflexionamos sobre la paz que Cristo nos da. El domingo pasado, domingo de Ramos, contemplábamos la entrada de Jesús en Jerusalén, aclamado por la gente como rey. Muchos esperaban un Mesías poderoso que instaurara una “paz social”, obtenida por medio de la imposición y la fuerza. Jesús, en cambio, recorre otro camino, su paz no es la paz que ofrece el mundo. El modo de actuar de Dios siempre nos sorprende.

Jesús nos da su paz como rey de mansedumbre y humildad, con la entrega de sí mismo. Mientras que el poder mundano trae destrucción y muerte, la paz de Cristo edifica la historia, transformando los corazones de los que acogen su presencia salvadora. En este momento difícil, de agresión armada, estamos llamados a ser portadores de la paz de Cristo con las “armas” del Evangelio, que son la oración, la ternura, el perdón y el amor gratuito a todos, sin distinción.



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domingo, 10 de abril de 2022

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor

 

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PAPA FRANCISCO

ÁNGELUS

Plaza de San Pedro
Domingo de Ramos en la Pasión del Señor, 10 de abril de 2022

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¡Queridos hermanos y hermanas!

Antes de finalizar esta celebración, deseo saludar a todos vosotros, en particular a los peregrinos venidos de diferentes países, entre los cuales numerosos jóvenes. A todos, también a los que están conectados a través de los medios de comunicación, ¡deseo una feliz Semana Santa!

Estoy cerca del querido pueblo de Perú, que está atravesando un momento difícil de tensión social. Os acompaño con la oración y animo a todas las partes a encontrar lo antes posible una solución pacífica por el bien del país, especialmente de los más pobres, en el respeto de los derechos de todos y de las instituciones.

Dentro de poco nos dirigiremos a la Virgen en la oración del Ángelus. Fue precisamente el ángel del Señor que, en la Anunciación, dijo a María: «porque ninguna cosa es imposible para Dios» (Lc 1,37). Nada es imposible para Dios. Tampoco hacer cesar una guerra de la que no se ve el final. Una guerra que cada día nos pone delante de los ojos masacres feroces y crueldades atroces cometidas contra civiles indefensos. Recemos por esto.

Estamos en los días que preceden a la Pascua. Nos estamos preparando para celebrar la victoria del Señor Jesucristo sobre el pecado y sobre la muerte. Sobre el pecado y sobre la muerte, no sobre alguno o contra algún otro. Pero hoy hay guerra. ¿Por qué se quiere vencer así, a la manera del mundo? Así solamente se pierde. ¿Por qué no dejar que venza Él? Cristo ha llevado la cruz para liberarnos del dominio del mal. Ha muerto para que reinen la vida, el amor, la paz.

¡Se depongan las armas! Se inicie una tregua pascual; pero no para recargar las armas y volver a combatir, ¡no!, una tregua para llegar a la paz, a través de una verdadera negociación, dispuestos también a algún sacrificio por el bien de la gente. De hecho, ¿qué victoria será esa que plante una bandera sobre un cúmulo de escombros?

Nada es imposible para Dios. Nos encomendamos a Él, por intercesión de la Virgen María.



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miércoles, 6 de abril de 2022

"Con una humanidad poco común"

 

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PAPA FRANCISCO

AUDIENCIA GENERAL

Aula Pablo VI
Miércoles, 6 de abril de 2022

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El Viaje apostólico a Malta

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

El sábado y domingo pasados estuve en Malta: un viaje apostólico que estaba programado desde hace tiempo; fue pospuesto hace dos años, por el covid y sus consecuencias. Pocos saben que Malta, aun siendo una isla en medio del Mediterráneo, recibió muy pronto el Evangelio. ¿Por qué? Porque el apóstol Pablo naufragó cerca de su costa y prodigiosamente se salvó con todos los que estaban en el barco, más de doscientas setenta personas. Cuenta el libro de los Hechos de los Apóstoles que los malteses les acogieron a todos, y dice esta palabra: con «una humanidad poco común» (28,2). Esto es importante, no olvidarlo: “con una humanidad poco común”. He elegido precisamente estas palabras: con una humanidad poco común, como lema de mi viaje, porque indican el camino a seguir no solo para afrontar el fenómeno de los migrantes, sino más en general para que el mundo se vuelva más fraterno, más vivible, y se salve de un “naufragio” que nos amenaza a todos nosotros, que estamos —como hemos aprendido— en la misma barca, todos. Malta es, en este horizonte, un lugar-clave.

Lo es sobre todo geográficamente, por su posición en el centro del Mar que está entre Europa y África, pero que baña también Asia. Malta es una especie de “rosa de los vientos”, donde se cruzan pueblos y culturas; es un punto privilegiado para observar a 360 grados la zona mediterránea. Hoy se habla a menudo de “geopolítica”, pero lamentablemente la lógica dominante es la de las estrategias de los Estados más poderosos para afirmar sus propios intereses extendiendo su área de influencia económica, o influencia ideológica o influencia militar: lo estamos viendo con la guerra. Malta representa, en este cuadro, el derecho y la fuerza de los “pequeños”, de las Naciones pequeñas pero ricas de historia y de civilización, que deberían llevar adelante otra lógica: la del respeto y de la libertad, la del respeto y también la lógica de la libertad, de la convivialidad de las diferencias, opuesta a la colonización de los más poderosos. Lo estamos viendo ahora. Y no solo de un lado: también de otros… Después de la segunda guerra mundial se ha intentado poner las bases de una nueva historia de paz, pero lamentablemente —no aprendemos— ha ido adelante la vieja historia de grandes potencias competidoras. Y, en la actual guerra en Ucrania, asistimos a la impotencia de la Organización de las Naciones Unidas.

Segundo aspecto: Malta es un lugar-clave en lo que se refiere al fenómeno de las migraciones. En el Centro de acogida Juan XXIII encontré numerosos migrantes, que desembarcaron en la isla después de viajes terribles. No hay que cansarse de escuchar sus testimonios, porque solo así se sale de la visión distorsionada que a menudo circula en los medios de comunicación y se pueden reconocer los rostros, las historias, las heridas, los sueños y las esperanzas de estos migrantes. Cada migrante es único: no es un número, es una persona; es único como cada uno de nosotros. Cada migrante es una persona con su dignidad, sus raíces, su cultura. Cada uno de ellos es portador de una riqueza infinitamente más grande que los problemas que implica. Y no olvidemos que Europa ha sido hecha con las migraciones.

Ciertamente, la acogida debe ser organizada —es verdad, esto— debe ser gobernada, y antes, mucho antes, debe ser proyectada juntos, a nivel internacional. Porque el fenómeno migratorio no puede ser reducido a una emergencia, es un signo de nuestros tiempos. Y como tal debe ser leído e interpretado. Se puede convertir en un signo de conflicto, o en un signo de paz. Depende de cómo lo tomemos, depende de nosotros. Quien en Malta ha dado vida al Centro Juan XXIII ha elegido la opción cristiana y por eso lo ha llamado “Peace Lab”: laboratorio de paz. Pero yo quisiera decir que ¡Malta en su conjunto es un laboratorio de paz! Toda la nación con su actitud, con su propia actitud, es un laboratorio de paz. Y puede realizar esta misión suya si, desde sus raíces, toma la savia de la fraternidad, de la compasión, de la solidaridad. El pueblo maltés ha recibido estos valores junto con el Evangelio, y gracias al Evangelio podrá mantenerles vivos.

Por esto, como Obispo de Roma, fui a confirmar a ese pueblo en la fe y en la comunión. De hecho —tercer aspecto— Malta es un lugar-clave también desde el punto de vista de la evangelización. De Malta y de Gozo, las dos diócesis del país, han salido muchos sacerdotes y religiosos, pero también fieles laicos, que han llevado a todo el mundo el testimonio cristiano. ¡Cómo si el paso de san Pablo hubiera dejado la misión en el ADN de los malteses! Por eso mi visita ha sido sobre todo un acto de reconocimiento, reconocimiento a Dios y a su santo pueblo fiel que está en Malta y en Gozo.

Sin embargo, también allí sopla el viento del secularismo y de la pseudocultura globalizada a base de consumismo, neocapitalismo y relativismo. También allí, por eso, es tiempo de nueva evangelización. La visita que, como mis predecesores, realicé a la Gruta de San Pablo ha sido como ir a la fuente, para que el Evangelio pueda brotar en Malta con la frescura de sus orígenes y reavivar su gran patrimonio de religiosidad popular que está simbolizada en el Santuario mariano nacional de Ta’ Pinu, en la isla de Gozo, donde celebramos un intenso encuentro de oración. Allí sentí latir el corazón del pueblo maltés, que confía tanto en su Santa Madre. María nos lleva siempre a lo esencial, a Cristo crucificado y resucitado, y esto por nosotros, a su amor misericordioso. María nos ayuda a reavivar la llama de la fe tomando del fuego del Espíritu Santo, que anima de generación en generación el alegre anuncio del Evangelio, ¡porque la alegría de la Iglesia es evangelizar! No olvidemos esa frase de san Pablo VI: la vocación de la Iglesia es evangelizar; la alegría de la Iglesia es evangelizar. No la olvidemos porque es la definición más bonita de la Iglesia.

Aprovecho esta ocasión para renovar mi agradecimiento al señor presidente de la República de Malta, tan cortés y hermano: gracias a él y a su familia; al señor primer ministro y a las otras autoridades civiles, que me han acogido con tanta gentileza; como también a los obispos y a todos los miembros de la comunidad eclesial, a los voluntarios y a los que me han acompañado con la oración. No quisiera dejar de mencionar al Centro de acogida para migrantes Juan XXIII: allí el monje franciscano que lo lleva adelante, el padre Dionisio Mintoff, tiene 91 años y sigue trabajando así, con la ayuda de los colaboradores de la diócesis. Es un ejemplo de celo apostólico y de amor a los migrantes, que hoy hace tanta falta. Nosotros, con esta visita, sembramos, pero es el Señor quien hace crecer. ¡Qué su bondad infinita conceda frutos abundantes de paz y de todo bien al querido pueblo maltés! Gracias a este pueblo maltés por su acogida tan humana, tan cristiana. Muchas gracias.


 

Saludos:

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Agradezco al Señor haberme permitido realizar este Viaje apostólico a Malta y también por todos los misioneros que desde esa nación han llevado al mundo el testimonio del Evangelio. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.


 

LLAMAMIENTOS


Las recientes noticias sobre la guerra en Ucrania, en lugar de traer alivio y esperanza, dan testimonio de nuevas atrocidades, como la masacre de Bucha: crueldades cada vez más horrendas, realizadas contra civiles, mujeres y niños indefensos. Son víctimas cuya sangre inocente grita hasta el Cielo e implora: ¡se ponga fin a esta guerra! ¡Callen las armas! ¡Se deje de sembrar muerte y destrucción! Recemos juntos por esto…

Y ayer, precisamente de Bucha, me trajeron esta bandera. Esta bandera viene de la guerra, precisamente de esa ciudad martirizada, Bucha. Y también, están aquí algunos niños ucranianos que nos acompañan. Saludémoslos y recemos junto a ellos.

Estos niños han tenido que huir y llegar a una tierra extranjera: este es uno de los frutos de la guerra. No les olvidemos, y no olvidemos al pueblo ucraniano.

* * *

Se celebra hoy la Jornada Mundial del Deporte por la Paz y el Desarrollo, convocada por las Naciones Unidas. Me dirijo a los hombres y mujeres del deporte, para que a través de su actividad puedan ser testigos constructores de fraternidad y de paz. El deporte, con sus valores, puede desarrollar un papel importante en el mundo, abriendo caminos de concordia entre los pueblos, siempre y cuando no pierda su capacidad de gratuidad: el deporte por el deporte, y no se vuelva comercial. Esa condición amateur propia del verdadero deporte. 

domingo, 3 de abril de 2022

Ángelus del Papa: Oremos por la paz en la martirizada Ucrania

 

En un sentido agradecimiento a los malteses por su acogida y nobles gestos, el Papa al concluir la Misa celebrada en Plaza de los Graneros en Floriana, pidió rezar por el fin de la guerra “sacrílega” en Ucrania.

Alina Tufani Díaz- Ciudad del Vaticano

“Pensando en la tragedia humanitaria de la atormentada Ucrania, todavía bajo el bombardeo de esta sacrílega guerra, no nos cansemos de rezar y ayudar a los que sufren”. Con estas palabras, antes del rezo mariano del Ángelus, Francisco nuevamente, esta vez desde la isla de Malta, recuerda el drama que en este momento viven millones de ucranianos y pide rezar por la paz en ese martirizado país.

 

Al concluir la Misa en la Plaza de los Graneros, en Floriana, el Papa expresó su gratitud a los malteses, a su presidente y sus autoridades, gratitud por quienes han organizado y trabajado por esta visita apostólica, gratitud a los obispos, sacerdotes, religiosos y laicos, por la acogida recibida en las islas de Malta y Gozo. El Santo Padre afirmó que se lleva guardado en el corazón “numerosos rostros y el rostro luminoso de Malta”.

“En estas islas se respira el sentido del Pueblo de Dios”, expresó el Papa al recordar que “la fe crece en la alegría y se fortalece en la entrega”, en una cadena de santidad que ha llevado a muchos malteses a entregarse, entre ellos, recordó el Papa, San Dun Ġorġ Preca, canonizado hace quince años.

 

Por último, antes de pedir a la Virgen protección y paz para los malteses y para “la amada y martirizada Ucrania”, Francisco se dirigió a los jóvenes con quienes compartió “lo más hermoso de la vida”:

“La alegría de desgastarse en el amor, que nos hace libres. Pero esta alegría tiene un nombre: Jesús. Les deseo la belleza de enamorarse de Jesús, Dios de la misericordia, que cree en ustedes, sueña con ustedes, ama sus vidas y no los defraudará jamás”.