miércoles, 3 de abril de 2019

“Servir a la esperanza, es tender puentes entre civilizaciones”

 La Visita Apostólica a Marruecos, tema de la catequesis del Papa Francisco en la Audiencia General del miércoles 4 de abril de 2019.

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano
“Con el lema ‘Servidor de Esperanza’, pude dar otro paso en el camino del diálogo interreligioso con nuestros hermanos musulmanes, recordando aquel encuentro entre san Francisco de Asís con el sultán al-Malik al-Kamil hace 800 años, y el viaje del Papa Juan Pablo II hace más de tres décadas”, lo dijo el Papa Francisco en la Audiencia General del primer miércoles de abril de 2019, explicando su 28° Viaje Apostólico a Marruecos, realizado el pasado 30 y 31 de marzo.

Un paso más en el camino del diálogo interreligioso

En su catequesis, el Santo Padre agradeció a Su Majestad el Rey Mohammed VI y a las demás autoridades marroquíes por la cálida acogida y por toda la colaboración, especialmente al Rey, que ha sido muy fraterno, muy amigo y cercano. “Doy gracias sobre todo al Señor – precisó el Pontífice – que me ha permitido dar un paso más en el camino del diálogo y del encuentro con los hermanos y hermanas musulmanes. Mi peregrinación siguió los pasos de dos santos: San Francisco de Asís y Juan Pablo II. Hace 800 años Francisco llevó el mensaje de paz y fraternidad al sultán Al-Malik Al-Kamil; en 1985 el Papa Wojtyła hizo su memorable visita a Marruecos, después de haber recibido al Rey Hassan II en el Vaticano, el primero entre los Jefes de Estado musulmanes”.

¿Por qué el Papa va a los musulmanes y no sólo a los católicos?

El Papa Francisco interviniendo espontáneamente, se preguntó: Pero ¿por qué el Papa va a los musulmanes y no sólo a los católicos? ¿Por qué hay tantas religiones? “Con los musulmanes – subrayó el Pontífice – somos descendientes del mismo Padre, Abraham”. ¿Por qué Dios permite que existan tantas religiones? Pero, Dios quiso permitir esto: los teólogos Escolásticos decían las volutas permissiva de Dios. Él quiso permitir esta realidad: hay muchas religiones que algunas nacen de la cultura, pero siempre miran al cielo, miran a Dios. Pero lo que Dios quiere es la fraternidad entre nosotros y de manera especial – por eso, este Viaje – con nuestros hermanos, hijos de Abraham, como nosotros, los musulmanes. No debemos tener miedo de la diferencia: Dios lo ha permitido. Pero sí, debemos tener miedo si no trabajamos por la fraternidad, para ir juntos en la vida.

Servir a la esperanza, es tender puentes entre civilizaciones

En este sentido, el Santo Padre dijo que, fue una alegría y un honor  poder hacerlo con el noble Reino de Marruecos, encontrando a su pueblo y a sus gobernantes, con quienes hemos recordado algunas importantes cumbres internacionales celebradas en ese país en los últimos años, y con el Rey Mohammed VI reafirmamos el papel esencial de las religiones en la defensa de la dignidad humana y la promoción de la paz, la justicia y el cuidado de la creación, nuestra casa común. “Servir la esperanza quiere decir crear puentes entre las civilizaciones y, junto con el rey Mohammed VI, reiteramos que las religiones son esenciales para defender la dignidad humana, promover la paz y el cuidado de la creación. De forma conjunta, hicimos un llamamiento por Jerusalén, para que sea preservada como patrimonio de la humanidad y lugar de encuentro pacífico, de modo particular para los fieles de las tres religiones monoteístas”.

Respeto por las otras religiones y rechazo a la violencia

El sábado – explicó el Pontífice – visité el mausoleo de Mohammed V y rendí homenaje a su memoria como a la de Hassan II; además estuve en el Instituto de formación de los imanes y predicadores, que promueve un islam respetuoso y rechaza la violencia y el integrismo. De manera especial, presté atención a la cuestión migratoria, ofreciendo un camino a través de cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar.

Especial atención a la cuestión de la migración

Por ello, he prestado especial atención a la cuestión de la migración, tanto hablando con las autoridades como especialmente en el Encuentro dedicado a los migrantes. “Algunos de ellos han testificado que la vida de los que emigran cambia y vuelve a ser humana cuando encuentran una comunidad que los acoge como personas. Esto es fundamental. En Marrakech, Marruecos, el pasado mes de diciembre se ratificó el “Pacto Mundial por una Migración Segura, Ordenada y Regular”. Un paso importante en el asumir la responsabilidad de la Comunidad Internacional. Como Santa Sede hemos ofrecido nuestra contribución que se resume en cuatro verbos: acoger, proteger, promover e integrar.
“No se trata de bajar los programas de bienestar desde lo alto, sino de hacer un camino juntos a través de estas cuatro acciones, para construir ciudades y países que, preservando sus respectivas identidades culturales y religiosas, estén abiertos a las diferencias y sepan valorarlas en el signo de la fraternidad humana”

“¡Son personas y no migrantes!”

En este sentido, el Papa Francisco dijo que, la Iglesia en Marruecos está muy comprometida con la cercanía a los migrantes y por ello quise agradecer y animar a aquellos que generosamente se ponen a su servicio realizando la palabra de Cristo: “Fui forastero y ustedes me acogieron”. “No me gusta decir migrantes; me gusta decir personas migrantes. ¿Saben por qué? Porque migrante es un adjetivo, en cambio las personas son sustantivos. Nosotros hemos caído en la cultura del adjetivo: usamos muchos adjetivos y a menudo olvidamos los sustantivos, es decir, la sustancia. El adjetivo debe ir unido a un sustantivo, a una persona, es decir, no a un migrante: una persona migrante. Así hay respeto. Para no caer en esta cultura del adjetivo que es demasiado líquido, demasiado gaseoso”.

El Pueblo de Dios en el corazón de un país islámico

El domingo estuvo dedicado a la comunidad cristiana. Visité el Centro Rural de Servicios Sociales, gestionado por las Hijas de la Caridad; después en la catedral de Rabat tuve un encuentro con sacerdotes, personas consagradas y el Consejo ecuménico de las Iglesias. La presencia de ellos en ese país es como la sal o la levadura que puede dar sabor y hacer crecer la masa. Concluí mi visita con la celebración de la Eucaristía en la que participaron miles de personas de unas 60 naciones diferentes, siendo esta una epifanía particular del Pueblo de Dios en el corazón de un país islámico.

Fomentar los lazos de fraternidad

Antes de concluir su catequesis, el Papa Francisco saludó cordialmente a los peregrinos de lengua española venidos de España y Latinoamérica. “Pidamos que Dios, el Clemente y Misericordioso –como lo invocan nuestros hermanos musulmanes, alentó el Papa – impulse el diálogo interreligioso y fomente los lazos de fraternidad que nos unen como hijos de un mismo Dios”.

domingo, 31 de marzo de 2019

“Arriesgarnos a vivir no como enemigos sino como hermanos”

Homilía del Papa en Rabat

(ZENIT – 31 marzo 2019).- El Papa Francisco ha hecho un llamamiento a la fraternidad, en la Misa celebrada en Rabat, Marruecos, este domingo, 31 de marzo de 2019: “Sólo si cada día somos capaces de levantar los ojos al cielo y decir Padre nuestro podremos entrar en una dinámica que nos posibilite mirar y arriesgarnos a vivir no como enemigos sino como hermanos”.
La Eucaristía celebrada por el Santo Padre ha sido la más numerosa hasta ahora, en este país de mayoría musulmana, en el que los fieles católica representan solo el 0.7%, esto es, unas 25.000 personas. Según los organizadores de la visita, cerca de 10.000 creyentes han participado en la Misa, en el estadio Príncipe Moulay Abdellah, situado en Rabat, capital de Marruecos.
Homilía del Papa Francisco
«Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo abrazó y lo besó» (Lc 15,20). 
Así el evangelio nos pone en el corazón de la parábola que transparenta la actitud del padre al ver volver a su hijo: tocado en las entrañas no lo deja llegar a casa cuando lo sorprende corriendo a su encuentro. Un hijo esperado y añorado. Un padre conmovido al verlo regresar. 
Pero no fue el único momento en que el padre corrió. Su alegría sería incompleta sin la presencia de su otro hijo. Por eso también sale a su encuentro para invitarlo a participar de la fiesta (cf. v. 28). Pero, al hijo mayor parece que no le gustaban las fiestas de bienvenida, le costaba soportar la alegría del padre, no reconoce el regreso de su hermano: «ese hijo tuyo» afirmó (v. 30). Para él su hermano sigue perdido, porque lo había perdido ya en su corazón. 
En su incapacidad de participar de la fiesta, no sólo no reconoce a su hermano, sino que tampoco reconoce a su padre. Prefiere la orfandad a la fraternidad, el aislamiento al encuentro, la amargura a la fiesta. No sólo le cuesta entender y perdonar a su hermano, tampoco puede aceptar tener un padre capaz de perdonar, dispuesto a esperar y velar para que ninguno quede afuera, en definitiva, le cuesta tener un padre capaz de sentir compasión. 
En el umbral de esa casa parece manifestarse el misterio de nuestra humanidad: por un lado, estaba la fiesta por el hijo encontrado y, por otro, un cierto sentimiento de traición e indignación por festejar su regreso. Por un lado, la hospitalidad para aquel que había experimentado la miseria y el dolor, que incluso había llegado a oler y a querer alimentarse con lo que comían los cerdos; por otro lado, la irritación y la cólera por darle lugar a quien no era digno ni merecedor de tal abrazo. 
Así, una vez más sale a la luz la tensión que se vive al interno de nuestros pueblos y comunidades, e incluso de nosotros mismos. Una tensión que desde Caín y Abel nos habita y que estamos invitados a mirar de frente: ¿Quién tiene derecho a permanecer entre nosotros, a tener un puesto en nuestras mesas y asambleas, en nuestras preocupaciones y ocupaciones, en nuestras plazas y ciudades? Parece continuar resonando esa pregunta fratricida: acaso ¿soy guardián de mi hermano? (cf. Gn 4,9). 
En el umbral de esa casa aparecen las divisiones y enfrentamientos, la agresividad y los conflictos que golpearán siempre las puertas de nuestros grandes deseos, de nuestras luchas por la fraternidad y para que cada persona pueda experimentar desde ya su condición y dignidad de hijo. 
Pero a su vez, en el umbral de esa casa brillará con toda claridad, sin elucubraciones ni excusas que le quiten fuerza, el deseo del Padre: que todos sus hijos tomen parte de su alegría; que nadie viva en condiciones no humanas como su hijo menor, ni en la orfandad, el aislamiento o en la amargura como el hijo mayor. Su corazón quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tm 2,4). 
Es cierto, son tantas las circunstancias que pueden alimentar la división y la confrontación; son innegables las situaciones que pueden llevarnos a enfrentarnos y a dividirnos. No podemos negarlo. Siempre nos amenaza la tentación de creer en el odio y la venganza como formas legítimas de brindar justicia de manera rápida y eficaz. Pero la experiencia nos dice que el odio, la división y la venganza, lo único que logran es matar el alma de nuestros pueblos, envenenar la esperanza de nuestros hijos, destruir y llevarse consigo todo lo que amamos. 
Por eso Jesús nos invita a mirar y contemplar el corazón del Padre. Sólo desde ahí podremos redescubrirnos cada día como hermanos. Sólo desde ese horizonte amplio, capaz de ayudarnos a trascender nuestras miopes lógicas divisorias, seremos capaces de alcanzar una mirada que no pretenda clausurar ni claudicar nuestras diferencias buscando quizás una unidad forzada o la marginación silenciosa. Sólo si cada día somos capaces de levantar los ojos al cielo y decir Padre nuestro podremos entrar en una dinámica que nos posibilite mirar y arriesgarnos a vivir no como enemigos sino como hermanos. 
«Todo lo mío es tuyo» (Lc 15,31), le dice el padre a su hijo mayor. Y no se refiere tan sólo a los bienes materiales sino a ser partícipes también de su mismo amor y compasión. Esa es la mayor herencia y riqueza del cristiano. Porque en vez de medirnos o clasificarnos por una condición moral, social, étnica o religiosa podamos reconocer que existe otra condición que nadie podrá borrar ni aniquilar ya que es puro regalo: la condición de hijos amados, esperados y celebrados por el Padre. 
«Todo lo mío es tuyo», también mi capacidad de compasión, nos dice el Padre. No caigamos en la tentación de reducir nuestra pertenencia de hijos a una cuestión de leyes y prohibiciones, de deberes y cumplimientos. Nuestra pertenencia y nuestra misión no nacerá de voluntarismos, legalismos, relativismos o integrismos sino de personas creyentes que implorarán cada día con humildad y constancia: venga a nosotros tu Reino. 
La parábola evangélica presenta un final abierto. Vemos al padre rogar a su hijo mayor que entre a participar de la fiesta de la misericordia. El evangelista no dice nada sobre cuál fue la decisión que este tomó. ¿Se habrá sumado a la fiesta? Podemos pensar que este final abierto está dirigido para que cada comunidad, cada uno de nosotros pueda escribirlo con su vida, con su mirada y actitud hacia los demás. El cristiano sabe que en la casa del Padre hay muchas moradas, sólo quedan afuera aquellos que no quieran tomar parte de su alegría. 
Queridos hermanos, quiero darles las gracias por el modo en que dan testimonio del evangelio de la misericordia en estas tierras. Gracias por los esfuerzos realizados para que sus comunidades sean oasis de misericordia. Los animo y aliento a seguir haciendo crecer la cultura de la misericordia, una cultura en la que ninguno mire al otro con indiferencia ni aparte la mirada cuando vea su sufrimiento (cf. Carta ap. Misericordia et misera, 20). Sigan cerca de los pequeños y de los pobres, de los que son rechazados, abandonados e ignorados, sigan siendo signo del abrazo y del corazón del Padre. 
Que el Misericordioso y el Clemente —como lo invocan tan a menudo nuestros hermanos y hermanas musulmanas— los fortalezca y haga fecundas las obras de su amor. 

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jueves, 28 de marzo de 2019

Este es el tiempo de la misericordia


Durante la celebración de la Misa matutina del último jueves de marzo el Santo Padre invitó a preguntarnos cómo va nuestra fidelidad al Señor. E invitó con fuerza a la conversión. Insistiendo en su reflexión sobre la Palabra propuesta por la Liturgia del día

Ciudad del Vaticano
Durante la Misa de la mañana celebrada en la capilla de la Casa de Santa Marta el Santo Padre Francisco se refirió a la fidelidad al Señor, tanto de un pueblo como de cada uno de nosotros. E invitó con fuerza a la conversión. Insistiendo en su reflexión sobre la Palabra propuesta por la Liturgia del día. El Papa advirtió acerca de lo que comporta tener un corazón que no escucha la voz del Señor, puesto que si lo hacemos durante “días, meses y años”, se vuelve “como la tierra sin agua”. “Se endurece”. Y cuando hay algo que no nos gusta, desacreditamos y calumniamos al Señor. De ahí que haya destacado que en el Evangelio Jesús es claro: “Quien no está conmigo está contra mí”. “O tienes un corazón obediente, o has perdido la fidelidad”.

El riesgo de perder la fidelidad

Un pueblo sin fidelidad, que ha perdido el sentido de la fidelidad. Y ésta es la pregunta que la Iglesia quiere que nos hagamos hoy, cada uno de nosotros: ‘Yo, ¿he perdido la fidelidad al Señor?’. –  ‘No, no, voy a misa todos los domingos...’. –  Sí, sí, pero esa fidelidad de corazón: ¿He perdido esa fidelidad, o mi corazón es duro, es testarudo, es sordo, no deja entrar al Señor, se arregla con tres o cuatro cosas y luego hace lo que quiere?’. Esta es una pregunta para cada uno de nosotros: Todos debemos hacérnosla, porque la Cuaresma sirve para esto, para reexaminar nuestro corazón.
‘Escuchar hoy la voz del Señor’ es la invitación de la Iglesia. ‘No endurezcan su corazón’. Cuando uno vive con un corazón duro, que no escucha al Señor, va más allá de no escucharlo y cuando hay algo del Señor que no le gusta, deja de lado al Señor bajo algún pretexto, desacredita al Señor, calumnia al Señor, difama al Señor.

Jesús dice: el que no está conmigo, está contra mí

“Es lo que le sucedió a Jesús con la gente”, afirmó el Papa, refiriéndose a la página del Evangelio de San Lucas, para dejar claro lo que significa desacreditar al Señor. Jesús hizo milagros, sanó a los enfermos “para demostrar que él tenía el poder de sanación, también de las almas, de nuestros corazones”. ¿Y qué dijo esta gente obstinada? Que es a través de Belcebú, la cabeza de los demonios, que Él expulsa a los demonios”, recordó Francisco. Y señaló que “desacreditar al Señor” es “el penúltimo paso de este rechazo del Señor”. Primero, no escucharlo dejando que el corazón se endurezca, y luego desacreditarlo. Sólo falta “el último paso que no tiene vuelta atrás, y que es la blasfemia contra el Espíritu Santo”, dijo aludiendo a las fuertes palabras de Jesús, al final de este Evangelio:
“ Me importa que vengas a mí. Esto es lo que me importa ”
Jesús trata de convencerlos, pero no va...Y al final, así como el profeta termina con esta frase clara –  ‘la fidelidad se ha ido’ – Jesús termina con otra frase que puede ayudarnos: ‘Quien no está conmigo, está contra mí’. ‘No, no, estoy con Jesús, pero a cierta distancia, no me acerco demasiado’: No, esto no existe. O estás con Jesús, o estás en contra de Jesús; o eres fiel o eres infiel; o tienes un corazón obediente o has perdido la fidelidad.
Cada uno de nosotros piense hoy, durante la Misa y luego durante el día: Piense un poco. ‘¿Cómo está mi fidelidad? Para rechazar al Señor, ¿busco algún pretexto, algo y desacredito al Señor?...’. No pierdas la esperanza. Y estas dos palabras – ‘la fidelidad ha desaparecido’ y ‘quien no está conmigo está contra mí’ – porque aún dejan espacio para la esperanza, también para nosotros.

Volver al Señor

El Papa Francisco concluyó su homilía recordando que estamos llamados a volver al Señor, tal como exhorta la Aclamación al Evangelio: “Vuelvan a mí con todo su corazón”, dice el Señor, “porque soy misericordioso y compasivo”. “Sí, tu corazón es tan duro como esta piedra”, “muchas veces me has desacreditado para no obedecerme”, “pero aún hay tiempo”:
Pero todavía hay tiempo: ‘Vuelvan a mí con todo el corazón’, dice el Señor, ‘porque yo soy misericordioso y compasivo: Yo olvido todo’. ‘Me importa que vengas a mí. Esto es lo que me importa’, dice el Señor. Y olvida todo lo demás. Este es el tiempo de la misericordia, es el tiempo de la compasión del Señor: Abramos nuestro corazón para que Él venga en nosotros.

miércoles, 27 de marzo de 2019

“Danos hoy nuestro pan de cada día”

Francisco saluda a unos niños en la audiencia genera, 27 marzo 2019 © Vatican Media
Francisco Saluda A Unos Niños En La Audiencia Genera, 27 Marzo 2019 © Vatican Media

MARZO 27, 2019 17:24AUDIENCIA GENERAL

(ZENIT – 27 marzo 2019).- “La comida no es propiedad privada – sino providencia que debe compartirse, con la gracia de Dios”, ha insistido el Santo Padre en la audiencia general. “El pan que el cristiano pide en oración no es ‘mío’, sino ‘nuestro’. Jesús “nos en  (Pasaje bíblico: Evangelio según San Mateo, 14, 15-19).

Catequesis del Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas, buenos días :
Hoy pasamos a analizar la segunda parte del “Padre nuestro”, en la que presentamos nuestras necesidades a Dios. Esta segunda parte comienza con una palabra que huele a vida cotidiana: el pan.
La oración de Jesús comienza con una petición impelente, que se parece mucho a la imploración de un mendigo: “¡Danos nuestro pan de cada día!” Esta oración proviene de una evidencia que a menudo olvidamos, es decir, que no somos criaturas autosuficientes y que necesitamos alimentarnos todos los días.
Las Escrituras nos muestran que para tanta gente, el encuentro con Jesús se realiza partiendo de una petición. Jesús no pide invocaciones refinadas, al contrario, toda existencia humana, con sus problemas más concretos y cotidianos, puede convertirse en oración. En los evangelios encontramos una multitud de mendigos que suplican liberación y salvación. Hay quien pide pan, hay quien pide curación; algunos la purificación, otros la vista. o que un ser querido pueda volver a vivir … Jesús nunca pasa indiferente ante estas peticiones y estos dolores.
Así, Jesús nos enseña a pedirle al Padre el pan de cada día. Y nos enseña a hacerlo unidos con tantos hombres y mujeres para quienes esta oración es un grito, – que a menudo  se lleva dentro- y que acompaña la ansiedad de cada día. ¡Cuántas madres y padres, incluso hoy, se van a dormir con el tormento de no tener mañana pan suficiente para sus hijos! Imaginemos esta oración rezada no en la seguridad de un apartamento cómodo, sino en la precariedad de una habitación en la que uno se  las arregla,  donde falta lo necesario para vivir. Las palabras de Jesús adquieren nueva fuerza. La oración cristiana comienza desde este nivel. No es un ejercicio para ascetas; parte de la realidad, del corazón y de la carne de las personas que viven en necesidad, o que comparten la condición de quienes no tienen lo necesario para vivir. Ni siquiera los más altos místicos cristianos pueden prescindir de la simplicidad de esta pregunta. “Padre, haz que tengamos hoy el pan necesario para nosotros y para todos”. Y “pan” es también para agua, medicinas, hogar, trabajo… Pedir lo necesario para vivir.
El pan que el cristiano pide en oración no es “mío”, sino “nuestro”. Esto es lo que quiere Jesús. Nos enseña a pedirlo no solo para nosotros, sino para toda la fraternidad del mundo. Si no se reza de esta manera, el “Padre Nuestro” deja de ser una oración cristiana. Si Dios es nuestro Padre, ¿cómo podemos presentarnos a Él sin tomarnos de la mano? Todos nosotros. Y si el pan que Él nos da nos lo robamos entre nosotros ¿cómo podemos llamarnos hijos suyos ? Esta oración contiene una actitud de empatía una actitud de solidaridad. En mi hambre, siento el hambre de las multitudes, y por eso rezaré a Dios hasta que no obtengan lo que piden.
Así, Jesús educa a su comunidad, a su Iglesia, para poner ante Dios  las necesidades de todos: “¡Todos somos tus hijos, Padre, ten piedad de nosotros!”. Y ahora nos hará bien detenernos unos momentos y pensar en los niños hambrientos. Pensemos en los niños que están en los países en guerra: en los niños hambrientos de Yemen, en los niños hambrientos de Siria, en los niños hambrientos de todos esos países donde no hay pan, en Sudán del Sur. Pensemos en esos niños y pensando en ellos digamos juntos, en voz alta, la oración: “Padre, danos hoy nuestro pan de cada día”. Todos juntos.
El pan que pedimos al Señor en la oración es el mismo que un día nos acusará. Nos reprochará la poca costumbre de partirlo con los que nos rodean, la poca costumbre de compartirlo. Era un pan regalado a la humanidad y, en cambio, solamente lo han comido algunos: el amor no puede soportarlo. Nuestro amor no puede soportarlo; y tampoco el amor de Dios puede soportar este egoísmo de no compartir el pan.
Una vez había una gran multitud ante Jesús; era gente que tenía hambre. Jesús preguntó si alguien tenía algo, y solo se encontró un niño dispuesto a compartir lo que tenía: cinco panes y dos peces. Jesús multiplicó ese gesto generoso (ver Jn 6: 9). Ese niño había entendido la lección del “Padre Nuestro”: que los alimentos no son propiedad privada, -metamos este en nuestra mente: la comida no es propiedad privada – sino providencia que debe compartirse, con la gracia de Dios.
El verdadero milagro realizado por Jesús ese día no es tanto la multiplicación – que es verdad- sino el compartir: dad lo que tengáis y yo haré el milagro. Él mismo, multiplicando aquel pan ofrecido, anticipó la ofrenda de  sí mismo en el Pan Eucarístico. Efectivamente, solo la Eucaristía es capaz de saciar el hambre de  infinito y el deseo de Dios que anima a cada hombre, también en la búsqueda del pan de cada día.
© Librería Editorial Vaticano

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martes, 26 de marzo de 2019

La Virgen María, la joven llena de gracia, sigue hablando a las nuevas generaciones



El Papa visita Loreto en la fiesta de la Anunciación del Señor © Vatican Media
El Papa Visita Loreto En La Fiesta De La Anunciación Del Señor © Vatican Media

Discurso del Papa en la plaza de la iglesia

(ZENIT – 25 marzo 2019).
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Discurso del Papa Francisco
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Y gracias por vuestro calurosa bienvenida, ¡gracias!
Las palabras del ángel Gabriel a María: “Alégrate, llena de gracia” (Lc 1, 28), resuenan de manera singular en este Santuario, un lugar privilegiado para contemplar el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. Aquí, de hecho, están las paredes que, según la tradición, provienen de Nazaret, entre las cuales  la Santísima Virgen pronunció su “sí”, convirtiéndose en la madre de Jesús. Desde que  la llamada “casa de María” se convirtió en una presencia venerada y amada en este lugar, la Madre de Dios no ha dejado de conseguir beneficios espirituales para aquellos que, con fe y devoción, vienen aquí para rezar. Entre estos, hoy también me coloco yo,  y agradezco a Dios el habérmelo concedido  precisamente en la fiesta de la Anunciación.
Saludo a las Autoridades, con gratitud por su acogida y su colaboración. Saludo al arzobispo Fabio Dal Cin, que ha expresado los sentimientos de todos vosotros. Con él saludo a los otros prelados, a los sacerdotes, a las personas consagradas, con un pensamiento especial para los Padres capuchinos, a quienes está confiada la custodia de este insigne santuario tan querido por el pueblo italiano. ¡Son buenos estos capuchinos! Siempre en el confesionario, siempre, hasta el punto de que entras en el santuario y siempre hay allí, uno, o dos, o tres o cuatro, pero siempre; tanto por la mañana como por la tarde  y es un trabajo difícil. Son buenos y les agradezco especialmente este precioso ministerio del confesionario continuo durante toda la jornada. ¡Gracias! Y a todos vosotros, ciudadanos de Loreto y peregrinos reunidos aquí, extiendo mi cordial saludo.
A este oasis de silencio y piedad, vienen muchos, de Italia y de todo el mundo, para conseguir fortaleza y esperanza. Pienso en particular en los jóvenes, las familias y los enfermos.
La Santa Casa es la casa de los jóvenes,porque aquí la Virgen María, la joven llena de gracia, sigue hablando a las nuevas generaciones, acompañando a cada uno en la búsqueda de su propia vocación. Por eso he querido firmar aquí la Exhortación Apostólica, fruto del Sínodo dedicado a los jóvenes. Se titula “Christus vivit – Cristo vive”. En el evento de la Anunciación, aparece la dinámica de la vocación, expresada en los tres momentos que marcaron el Sínodo: 1) escucha del proyecto de la Palabra de Dios; 2) discernimiento; 3) decisión.
El primer momento, el de la escucha, se manifiesta con las palabras del ángel: “No temas María, […] concebirás un hijo, le darás a luz y le pondrás por nombre Jesús” (vv. 30-31). Siempre es Dios quien toma la iniciativa de llamar para que lo sigamos. Dios es quien toma la iniciativa. Él  nos precede siempre, nos precede, abre camino en nuestra vida. La llamada a la fe y al camino coherente de vida cristiana o a la consagración especial es una irrumpir discreto pero fuerte de Dios en la vida de un joven, para ofrecerle su amor como un regalo. Es necesario estar listos y dispuestos a escuchar y aceptar la voz de Dios, que no se reconoce en el ruido y la agitación. Su diseño sobre  nuestra vida personal y social no se percibe quedándose en la superficie, sino bajando a un nivel más profundo, donde actúan las fuerzas morales y espirituales. Es allí donde María invita a los jóvenes a bajar y entra en sintonía con la acción de Dios.
El segundo momento de cada vocación es el discernimiento, expresado en las palabras de María: “¿Cómo será esto?” (V. 34). María no duda; su pregunta no es una falta de fe; de hecho, expresa el deseo de descubrir las “sorpresas” de Dios. Ella está atenta para captar todas las exigencias  del plan de Dios para su vida, para conocerlo en todas sus facetas, para que su colaboración sea más completa y más responsable. Es la actitud propia del discípulo: toda colaboración humana con la iniciativa gratuita de Dios debe inspirarse en una profundización de las propias capacidades y actitudes, conjugadas con el saber  que siempre es Dios es el que da, el que  actúa; así también la pobreza y la pequeñez de aquellos a quienes el Señor llama a seguirlo en el camino del Evangelio se transforma en la riqueza de la manifestación del Señor y en la fuerza del Todopoderoso.
La decisión es el tercer pasaje que caracteriza toda vocación cristiana y se hace explícita en  la respuesta de María al ángel: “Hágase en mí según tu palabra” (v. 38). Su “sí” al proyecto de salvación de Dios, actuado  a través de la Encarnación, es la entrega a Él de toda su vida. Es el “sí” de la plena confianza y la total disponibilidad a la voluntad de Dios. María es el modelo de cada vocación y la inspiradora de toda pastoral vocacional: los jóvenes que buscan o se preguntan  sobre su futuro, pueden encontrar en María aquella que los ayuda a discernir el plan de Dios para sí mismos y la fuerza para adherirse a él.
¡Pienso en Loreto como en un lugar privilegiado donde los jóvenes pueden venir en busca de su vocación, a la escuela de María! Un polo espiritual al servicio de la pastoral vocacional. Por lo tanto, espero que se relance el Centro “Juan Pablo II” al servicio de la Iglesia en Italia e internacionalmente, en continuidad con las indicaciones surgidas del Sínodo. Un lugar donde los jóvenes y sus educadores puedan sentirse bienvenidos, acompañados y ayudados a discernir. Por este motivo, también pido encarecidamente a los frailes capuchinos un servicio más: el servicio de ampliar el horario de apertura de la basílica y de la Santa Casa a última hora de la tarde y también a primera de la noche cuando haya grupos de jóvenes que vienen a orar y discernir su vocación.
El Santuario de la Santa Casa de Loreto, también debido a su ubicación geográfica en el centro de la península, se presta a convertirse, para la Iglesia que está en Italia, en un lugar de propuesta para la continuación de  los encuentros mundiales de los jóvenes y de la familia. Es necesario, en efecto, que el entusiasmo de la preparación y celebración de estos eventos se corresponda con la actualización pastoral, lo que da sustancia a la riqueza de los contenidos, a través de propuestas de profundización, oración y compartición
La casa de María es también la casa de la familia. En la delicada situación del mundo actual, la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer asume una importancia y una misión esenciales. Es necesario redescubrir el plan trazado por Dios para la familia, reafirmar su grandeza y su carácter insustituible al servicio de la vida y de  la sociedad. En la casa de Nazaret, María vivió la multiplicidad de las relaciones familiares como hija, novia, esposa y madre.
Por eso, cada familia, en sus diferentes componentes, encuentra aquí acogida e inspiración para vivir su identidad. La experiencia doméstica de la Virgen Santa indica que la familia y los jóvenes no pueden ser dos sectores paralelos de  la  pastoral de nuestras comunidades, sino que deben caminar juntos, porque muy a menudo los jóvenes son aquella que una familia les ha dado durante su crecimiento. Esta perspectiva recompensa  en unidad una pastoral vocacional atenta a expresar el rostro de Jesús en sus muchos aspectos, como sacerdote, como esposo, como pastor.
La casa de María es la casa de los enfermos. Aquí encuentran acogida los que sufren en cuerpo y espíritu, y la Madre da a todos la misericordia del Señor de generación en generación. La enfermedad hiere a la familia y los enfermos deben ser acogidos dentro de la familia. Por favor, no caigamos en esa cultura del descarte que proponen las múltiples colonizaciones ideológicas que hoy nos atacan. La casa y la familia son la primera cura del enfermo para amarlo, apoyarlo, alentarlo y cuidarlo. Por eso el santuario de la Santa Casa es el símbolo de cada casa acogedora y santuario de los enfermos. Desde aquí les envío a todos, en cualquier parte del mundo, un pensamiento afectuoso y les digo: Vosotros estáis en el centro de la obra de Cristo, porque compartís y lleváis de manera más concreta la cruz de cada día detrás de Él. Vuestro sufrimiento puede convertirse en una colaboración decisiva para la venida del Reino de Dios.
Queridos hermanos y hermanas: Dios, a través de María, confía una misión en nuestro tiempo a vosotros y a quienes están vinculados a este Santuario: Llevar el Evangelio de la paz y de la vida a nuestros contemporáneos a menudo distraídos, atrapados por intereses terrenales o inmersos en un clima de aridez espiritual. Hay necesidad de personas sencillas y sabias, humildes y valientes, pobres y generosas.
En resumen, personas que, según  la escuela de María, acojan el Evangelio sin reservas en sus vidas. Así, a través de la santidad del pueblo de Dios, desde este lugar seguirán difundiéndose en Italia, en Europa y en el mundo testimonios de santidad en cada estado de vida, para renovar la Iglesia y animar a la sociedad con la levadura del Reino de Dios.
¡Qué la Santísima Virgen ayude a todos, especialmente a los jóvenes, a recorrer el camino de la paz y la fraternidad fundadas en la acogida y el perdón, en el respeto a los demás y en el amor, que es entrega de uno mismo! Nuestra Madre, estrella luminosa de alegría y serenidad, conceda  a las familias, santuarios del amor, la bendición y la alegría de la vida. María, fuente de todo consuelo, brinde ayuda y confortación a los que están sometidos a duras pruebas.
Con estas intenciones, ahora nos unimos en la oración del Ángelus.
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