domingo, 18 de noviembre de 2018

Con responsabilidad hacia el encuentro definitivo con el Señor”

En el Ángelus del XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario y Jornada Mundial de los Pobres, el Papa Francisco invitó a reflexionar “si la Palabra del Hijo de Dios ha iluminado nuestra existencia personal, o si le hemos dado la espalda y hemos preferido confiar en nuestras propias palabras”.

Renato Martinez – Ciudad del Vaticano
“Invocamos la intercesión de la Virgen María, para que la constatación de nuestra temporalidad en la tierra y de nuestro límite no nos sumerja en la angustia, sino que nos haga volver a nuestra responsabilidad hacia nosotros mismos, hacia nuestro prójimo, hacia el mundo entero”, lo dijo el Papa Francisco en su alocución antes de rezar la oración mariana del Ángelus del XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario, Domingo en el cual la Iglesia celebra la Jornada Mundial de los Pobres y la Dedicación de las Basílicas de San Pedro y San Pablo.

La luz de Jesús, única y nueva, una luz sin fin

En el pasaje del Evangelio de este domingo, señala el Papa Francisco, el Señor quiere instruir a sus discípulos sobre los acontecimientos futuros. “No se trata en primer lugar de un discurso sobre el fin del mundo – afirma el Papa – sino más bien es una invitación a vivir bien en el presente, a estar atentos y siempre listos para cuando se nos llame a rendir cuentas de nuestra vida”.
Las palabras que Jesús dice en los versículos 24 y 25, señala el Pontífice, nos hacen pensar en la primera página del libro del Génesis, la historia de la creación: el sol, la luna, las estrellas, que desde el principio de los tiempos brillan en su orden y traen luz, signo de vida, aquí – precisa el Papa – se describen en su decadencia, mientras se hunden en la oscuridad y el caos, es un signo del fin. “En cambio, la luz que brillará en ese último día será única y nueva: será la luz del Señor Jesús que vendrá en la gloria con todos los santos. En ese encuentro veremos finalmente su rostro en la plenitud de la luz de la Trinidad; un rostro radiante de amor, ante el cual todo ser humano se manifestará también en total verdad”.


La meta de la humanidad: el encuentro definitivo con el Señor

Por ello, el Papa Francisco invita a reflexionar que la historia de la humanidad, como la historia personal de cada uno de nosotros, no puede entenderse como una simple sucesión de palabras y hechos que no tienen sentido. Tampoco puede interpretarse a la luz de una visión fatalista, como si todo estuviera ya establecido según un destino que quita cualquier espacio de libertad, impidiéndonos tomar decisiones que son el resultado de una decisión real.
“En el Evangelio de hoy – señala el Pontífice – Jesús dice que la historia de los pueblos y la de los individuos tiene un fin y una meta que alcanzar: el encuentro definitivo con el Señor. No sabemos ni el tiempo ni la manera en que sucederá; el Señor ha reiterado que nadie sabe, ni los ángeles en el cielo ni el Hijo; todo se guarda en el secreto del misterio del Padre. Sabemos, sin embargo, un principio fundamental con el que debemos confrontarnos: El cielo y la tierra pasarán – dice Jesús – pero mis palabras no pasarán”. El verdadero punto central es éste, afirma el Santo Padre, en ese día, cada uno de nosotros tendrá que comprender si la Palabra del Hijo de Dios ha iluminado nuestra existencia personal, o si le ha dado la espalda y ha preferido confiar en sus propias palabras. Será más que nunca el momento de abandonarnos definitivamente al amor del Padre y de confiarnos a su misericordia.

Vivamos el presente con responsabilidad

 Nadie puede escapar de este momento definitivo, precisa el Papa Francisco, pero la astucia que a menudo ponemos en nuestro comportamiento para dar crédito a la imagen que queremos ofrecer ya no servirá; de la misma manera, el poder del dinero y los medios económicos con los que pretendemos comprar todo y a todos, ya no pueden ser utilizados. “No tendremos con nosotros nada más que lo que hemos logrado en esta vida creyendo en su Palabra: todo y nada de lo que hemos vivido o dejado de hacer”.
Antes de concluir su alocución, el Papa Francisco invitó a que, invoquemos “la intercesión de la Virgen María, para que la constatación de nuestra temporalidad en la tierra y de nuestro límite no nos sumerja en la angustia, sino que nos haga volver a nuestra responsabilidad hacia nosotros mismos, hacia nuestro prójimo, hacia el mundo entero”.

jueves, 15 de noviembre de 2018

“La Iglesia crece por testimonio, por oración, no por los eventos”


 Se produce en el silencio


(ZENIT – 15 nov. 2018).- El Papa Francisco ha reflexionado en la Eucaristía celebrada esta mañana en la Casa Santa Marta: “La Iglesia crece por testimonio, por oración, por atracción del Espíritu que está dentro, no por los eventos”.
Inspirado por el pasaje del Evangelio según san Lucas, el Santo Padre ha recordado que la Iglesia se manifiesta “en la Eucaristía y en las buenas obras”. Así lo ha dicho en la homilía de la Misa matutina, que ha tenido lugar a primera hora, en la Capilla de la Residencia de Santa Marta, este jueves, 15 de noviembre de 2018, informa ‘Vatican News’ en español.
A pesar de los eventos “ayudan” –ha dicho el Santo Padre– “el crecimiento propio de la Iglesia, la que da fruto, se produce en el silencio, a escondidas con las buenas obras y la celebración de la Pascua del Señor, la alabanza de Dios”.
Así, el Pontífice ha matizado que la Iglesia se manifiesta “en la Eucaristía y en las buenas obras”, si bien, aparentemente, no “hacen noticia”. La Esposa de Cristo tiene un temperamento silencioso, genera frutos “sin ruido”, sin “sonar la trompeta como los fariseos”.
Francisco ha compartido con los fieles presentes en la Misa: “El Señor nos ha explicado cómo crece la Iglesia con la parábola del sembrador. El sembrador siembra y la semilla crece de día y de noche… – Dios da el crecimiento – y después se ven los frutos. Pero esto es importante: primero, la Iglesia crece en silencio, a escondidas; es el estilo eclesial. ¿Y cómo se manifiesta la Iglesia? Por los frutos de las buenas obras, para que la gente vea y glorifique al Padre que está en los cielos – dice Jesús – y en la celebración – la alabanza y el sacrificio del Señor – es decir en la Eucaristía. Allí se manifiesta la Iglesia; en la Eucaristía y en las buenas obras”.
“Que el Señor nos ayude a no caer en la tentación de la seducción. “Nosotros querríamos que la Iglesia se viera más; ¿qué cosa podemos hacer para que se vea?”. Y se suele caer en una Iglesia de los eventos que no es capaz de crecer en silencio con las buenas obras, a escondidas”, ha planteado el Papa.

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miércoles, 14 de noviembre de 2018

8º mandamiento: Es grave vivir de “comunicaciones” no auténticas, dice el Papa


El Papa habla sobre el 8º mandamiento en la Audiencia General © Vatican Media
El Papa Habla Sobre El 8º Mandamiento En La Audiencia General © Vatican Media

Resumen de la catequesis en español


(ZENIT – 14 nov. 2018).- “Es grave vivir de ‘comunicaciones’ no auténticas, porque impide las relaciones recíprocas y el amor al prójimo”, ha advertido el Santo Padre esta mañana de miércoles, 14 de noviembre de 2018, en la audiencia general.
Miles de fieles procedentes de diferentes países del mundo esperaban al Papa Francisco en la Plaza de San Pedro bajo el sol radiante de Roma, esta mañana a las 9:30 horas.
Gestos y actitudes
Hoy, el Pontífice ha dedicado la catequesis –pronunciada en italiano y resumida en español y otros idiomas– al 8º mandamiento: «No dirás falso testimonio ni mentirás»; este mandamiento prohíbe falsear la verdad en las relaciones con los demás, ha señalado.
Francisco ha subrayado que es “grave” vivir una comunicación “no auténtica” y ha aclarado que la “comunicación” entre las personas “no es solo con palabras, sino también con gestos, con actitudes y hasta con silencios y ausencias; se comunica con todo lo que uno hace y dice”.
¿Qué es la Verdad?
“Entonces, ¿qué es la verdad?”: Esta fue la pregunta que hizo Pilatos a Jesús en el proceso que lo llevaría a morir en la cruz. Jesús había afirmado: «Para esto he nacido y he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad», ha relatado el Papa.
Con su pasión y su muerte, demuestra que él mismo es la “realización plena de la Verdad”, pues su vida fue un reflejo de la relación con el Padre. En su manera de vivir y morir, cada acto humano, por pequeño o grande que sea, afirma o niega esta verdad, ha explicado el Obispo de Roma en la audiencia.
«No dar falso testimonio, ni mentir», implica vivir como hijos de Dios, dejando que en cada acto se refleje que él es nuestro Padre y que confiamos en él.

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lunes, 12 de noviembre de 2018

“¡Invirtamos en la paz, no en la guerra!”


Las campanas de San Pedro suenan a las 13:30

(ZENIT – 11 nov. 2018).- “¡Vamos a invertir en paz, no en guerra! Esta es la exhortación del Papa Francisco este 11 de noviembre de 2018, para el centenario del fin de la Primera Guerra Mundial.
En el Ángelus que presidió al mediodía en la Plaza de San Pedro, el Papa mencionó este aniversario, citando a su predecesor Benedicto XVI, quien describió esta guerra como una “masacre inútil”.
“Hoy a las 13:30 hora italiana, sonarán las campanas de todo el mundo, incluidas las de la Basílica de San Pedro”, dijo el Papa Francisco.
“La página histórica de la Primera Guerra Mundial es una fuerte advertencia a todos para que rechacen la cultura de guerra y busquen todos los medios legítimos para poner fin a los conflictos que aún hoy afectan a muchas partes del mundo”, dijo. Continuó antes de lamentar: “parece que nunca aprendimos”.
Y el Papa insta: “Mientras oramos por todas las víctimas de esta gran tragedia, decimos con fuerza: ¡invirtamos en la paz, no en la guerra!”
Como un “signo emblemático”, el Papa invitó a tomar “la del gran San Martín de Tours, cuya memoria se celebra hoy: se cortó el abrigo en dos para compartirlo con un hombre pobre. Este gesto de solidaridad humana nos indica a todos el camino para construir la paz”.
© Traducción de ZENIT, Raquel Anillo

jueves, 8 de noviembre de 2018

El 7º mandamiento significa “ama con tus bienes”
(ZENIT – 7 nov. 2018).-
Catequesis del Papa Francisco
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Continuando con la explicación del Decálogo, hoy llegamos a la Séptima Palabra: “No robarás”. Al escuchar este mandamiento, pensamos en el robo y el respeto por la propiedad de otros. No hay cultura en la que el robo y el abuso de bienes sean lícitos; en efecto,  la sensibilidad humana es muy susceptible por lo que respecta a la defensa de la posesión.
Pero vale la pena abrirnos a una lectura más amplia de esta Palabra, centrándonos en el tema de la propiedad de los bienes a la luz de la sabiduría cristiana.
En la doctrina social de la Iglesia se habla del destino universal de los bienes. ¿Qué significa esto? Escuchemos lo que dice el Catecismo: “Al comienzo Dios confió la tierra y sus recursos a la administración común de la humanidad para que tuviera cuidado de ellos, los dominara mediante su trabajo y se beneficiara de sus frutos (cf. Gen 1, 26-29). Los bienes de la creación están destinados a todo el género humano “(No. 2402). Y nuevamente: “El destino universal de los bienes continúa siendo primordial, aunque la promoción del bien común exija el respeto de la propiedad privada, de su derecho y de su ejercicio”. (No. 2403). [1]
La Providencia, sin embargo, no ha organizado un mundo en “serie”, existen diferencias, condiciones diversas, culturas distintas, por lo que se puede vivir ayudándose unos a otros. El mundo es rico en recursos para asegurar a todos los bienes primarios. Sin embargo, muchos viven en una situación de pobreza escandalosa y los recursos naturales, mal utilizados, se van deteriorando. ¡Pero el mundo es uno solo! ¡La humanidad es solo una! [2] La riqueza del mundo, hoy, está en manos de una minoría, de pocos, y la pobreza, todavía más, la miseria y el sufrimiento, de tantos, de la mayoría.
Si hay hambre en la tierra, ¡no es porque falten alimentos! De hecho las necesidades del mercado a veces llevan a destruirlos, a tirarlos. Lo que falta es una iniciativa empresarial libre y con visión de futuro, que garantice una producción adecuada y un enfoque solidario que asegure una distribución equitativa. El Catecismo también dice: “El hombre, al servirse de esos bienes, debe considerar las cosas externas que posee legítimamente no sólo como suyas, sino también como comunes, en el sentido de que puedan aprovechar no sólo a él, sino también a los demás” ( Nº 2404). Toda riqueza, para ser buena, debe tener una dimensión social.
En esta perspectiva, aparece el significado positivo y amplio del mandamiento No robarás. “La propiedad de un bien hace de su dueño un  administrador de la  providencia” (ibíd.).  Nadie es dueño absoluto de los bienes: es un administrador de los bienes. La posesión es una responsabilidad: “Pero yo soy rico de todo…” – esta es una responsabilidad que tienes-. Y todo bien sustraído a la lógica de la Providencia de Dios es traicionado, traicionado, en su sentido más profundo. Lo que poseo realmente es lo que sé dar. Esta es la medida para saber si administro bien o mal las riquezas; esta palabra es importante: lo que realmente poseo es lo que sé dar. Si yo sé dar, si estoy abierto, entonces soy rico, no solamente de lo que poseo, sino también de generosidad, generosidad también como un deber de dar riqueza para que todos participen de ella. De hecho, si no puedo dar algo, es porque eso me posee, tiene poder sobre mí y me esclaviza. La posesión de los bienes es una oportunidad para multiplicarlos con creatividad y usarlos con generosidad, y así crecer en amor y libertad.
Cristo mismo, a pesar de ser Dios, “no retuvo ávidamente el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mimo” (Fil. 2: 6-7) y nos enriqueció con su pobreza (cf. 2 Co 8,9).
Mientras la humanidad se afana por tener más, Dios la redime haciéndose pobre: ​​ese Hombre Crucificado ha pagado por todos un rescate inestimable por parte de Dios Padre, “rico en misericordia” (Ef. 2, 4, ver St.5, 11). Lo que nos hace ricos no son los bienes sino el amor. Muchas veces hemos escuchado lo que dice el Pueblo de Dios: “El diablo se cuela por los bolsillos”. Se empieza por el amor al dinero, la fama que hay que poseer; luego llega la vanidad: “Ah, soy rico y presumo de ello”; y al final, el orgullo y la soberbia. Así actúa el diablo en nosotros. Pero la puerta son los bolsillos.
Queridos hermanos y hermanas, una vez más Jesucristo nos revela el pleno sentido de las Escrituras. «No robarás» significa: ama con tus bienes, aprovecha tus medios para amar como puedas. Entonces tu vida será buena y la posesión se convertirá verdaderamente en un don. Porque la vida no es el tiempo de poseer sino de amar. Gracias
___________________
[1] Ver Enc. Laudato si ‘, 67: ” Cada comunidad puede tomar de la bondad de la tierra lo que necesita para su supervivencia, pero también tiene el deber de protegerla y de garantizar la continuidad de su fertilidad para las generaciones futuras. Porque, en definitiva, «la tierra es del Señor » (Sal 24,1), a él pertenece « la tierra y cuanto hay en ella » (Dt. 10,14). Por eso, Dios niega toda pretensión de propiedad absoluta: « La tierra no puede venderse a perpetuidad, porque la tierra es mía, y vosotros sois forasteros y huéspedes en mi tierra » (Lev, 25 33)
[2] Ce. San Pablo VI, Enc. Populorum progressio, 17: “Pero cada uno de los hombres es miembro de la sociedad, pertenece a la humanidad entera. Y no es solamente este o aquel hombre sino que todos los hombres están llamados a este desarrollo pleno.. […]Herederos de generaciones pasadas y beneficiándonos del trabajo de nuestros contemporáneos, estamos obligados para con todos y no podemos desinteresarnos de los que vendrán a aumentar todavía más el círculo de la familia humana. La solidaridad universal, que es un hecho y un beneficio para todos, es también un deber”.
© Librería Editorial Vaticano

domingo, 4 de noviembre de 2018

ESTE ES UN BLOG CON EXPRESIONES DE NUESTRO PAPA FRANCISCO

“Dios, que es amor, nos creó por amor y para que podamos amar a los demás permaneciendo unidos a Él. Sería ilusorio pretender amar al prójimo sin amar a Dios; y también sería ilusorio pretender amar a Dios sin amar al prójimo. Las dos dimensiones del amor, a Dios y al prójimo, en su unidad, caracterizan al discípulo de Cristo”
Patricia Ynestroza-Ciudad del Vaticano
Con estas palabras el Papa se dirigió a los fieles presentes en la Plaza san Pedro para recordar el Evangelio de hoy, que nos invita a todos a proyectarnos no sólo hacia las urgencias de nuestros hermanos más pobres, sino sobre todo a estar atentos a su necesidad de cercanía fraterna, de sentido de la vida y de ternura. Se trata de evitar, dijo el Papa, el riesgo de ser comunidades que viven de muchas iniciativas, pero con pocas relaciones: "estaciones de servicio" pero con poca compañía, en el sentido pleno y cristiano del término.

“Al centro del Evangelio de este domingo (cf. Mc 12, 28b-34) está el mandamiento del amor: el amor a Dios y el amor al prójimo. Un escriba le pregunta a Jesús: "¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?". Él responde citando esa profesión de fe con la que todo israelita abre y cierra su día y que comienza con las palabras "¡Escucha, Israel! El Señor nuestro Dios es el único Señor" (Dt 6, 4)”.
De esta manera, dijo el Pontífice en su alocución, Israel conserva su fe en la realidad fundamental de todo su credo: hay un solo Señor y ese Señor es "nuestro" en el sentido de que se ha unido a nosotros con una alianza indisoluble, nos ha amado, nos ama y nos amará para siempre. De esta fuente deriva para nosotros el doble mandamiento: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Amarás a tu prójimo como a ti mismo".

El amor a Dios y al prójimo son inseparables

Más adelante el Santo Padre, dijo que al elegir estas dos palabras dirigidas por Dios a su pueblo y unirlas, Jesús enseñó de una vez por todas que el amor a Dios y el amor al prójimo son inseparables; de hecho, lo que es más importante, se apoyan mutuamente. Incluso si se colocan en secuencia, son las dos caras de una misma medalla: ¡vividas juntas son la verdadera fuerza del creyente! Amar a Dios es vivir por Él y para Él, por lo que Él es y por lo que Él hace.
“Nuestro Dios es una donación sin reservas, un perdón ilimitado, una relación que promueve y hace crecer. Amar a Dios significa invertir cada día sus energías para ser su colaborador en el servicio al prójimo sin reservas, en la búsqueda del perdón sin límites y en el cultivo de relaciones de comunión y fraternidad”. Y el prójimo dijo el Papa es la persona que encuentro en el camino de mis días. No se trata de preseleccionar a mi prójimo, sino de tener ojos para verlo y corazón para amarlo. Si practicamos, añadió, el ver con la mirada de Jesús, siempre escucharemos y estaremos al lado de los necesitados.
Las necesidades del siguiente ciertamente requieren respuestas efectivas, pero antes de que lo hagan, requieren que se compartan. Con una imagen, dijo por último, podemos decir que los hambrientos necesitan no sólo un plato de sopa, sino también una sonrisa, para ser escuchados y también una oración, quizás hecha juntos. Francisco pidió luego que la Virgen María nos ayude a acoger y testimoniar esta enseñanza luminosa en nuestra vida cotidiana.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Fiesta de Todos los Santos: “Ellos han ganado”


“La Santidad o nada”


(ZENIT – 
Palabras del Papa Francisco antes del Ángelus.
Queridos hermanos y hermanas, hola y buena fiesta!
La primera lectura de hoy, del libro del Apocalipsis, nos habla del cielo y nos coloca ante “una inmensa multitud”, incalculable, “de cada nación, tribu, pueblo y lengua” ( Apocalipsis 7, 9). Estos son los santos. ¿Qué están haciendo “allá arriba”? Cantan juntos, alaban a Dios con alegría. Sería bueno escuchar su canto … Pero podemos imaginarlo: ¿sabes cuándo? Durante la misa, cuando cantamos ”  Santo, santo, santo, el Señor Dios del universo …”. Es un himno, dice la Biblia, que viene del cielo, que cantamos allí (ver Is 6,3, Ap. 4,8). Entonces, al cantar el “Sanctus”, no solo pensamos en los santos, sino que hacemos lo que ellos hacen: en ese momento de la misa, estamos más que nunca unidos a ellos.
Y estamos unidos a todos los santos: no solo los más conocidos, del calendario, sino también de los que tenemos “al lado”, los miembros de nuestras familias y nuestros conocidos que ahora forman parte de esta inmensa multitud. Por eso hoy es una celebración familiar . Los santos están cerca de nosotros, de hecho, son nuestros hermanos y hermanas verdaderos. Nos entienden, nos aman, saben cuál es nuestro verdadero bien, nos ayudan y nos esperan. Son felices y quieren que seamos felices con ellos en el paraíso.
Por eso nos invitan en el camino de la felicidad, indicado en el Evangelio de hoy, tan hermoso y tan conocido: “Bienaventurados los pobres de espíritu […] Bienaventurados los dulces […] Bienaventurados los corazones puros … (Ver Mt.5, 3-8). Pero cómo? El Evangelio proclama a los pobres bienaventurados, mientras que el mundo dice que los ricos son bendecidos. El Evangelio proclama bendito a los dulces, mientras que el mundo dice que los arrogantes son bendecidos. El Evangelio proclama bienaventurados a los puros, mientras que el mundo dice que los malvados y los que disfrutan son bendecidos. Este camino de bienaventuranza, de santidad, parece conducir a la derrota. Y sin embargo, la primera lectura nos recuerda otra vez, los santos sostienen “palmas en su mano” (v. 9), es decir, los símbolos de la victoria. Son ellos los que han ganado, no el mundo. Y nos invitan a elegir su lado, el de Dios que es Santo.
¿Preguntémonos de qué lado estamos: de el del cielo o de la tierra? ¿Vivimos para el Señor o para nosotros mismos, para la felicidad eterna o para alguna satisfacción inmediata? Preguntémonos: ¿realmente queremos la santidad? O nos contentamos con ser cristianos “sin vergüenza ni alabanza”[cf. Dante, The Divine Comedy , Hell III, 35-36, ndlr ], ¿Que creen en Dios y valora a su prójimo pero sin exagerar? El Señor “lo pide todo, y lo que ofrece es la verdadera vida, lo ofrece todo, la felicidad para la que fuimos creados” (Exhortación apostólica Gaudete et exsultate, 1). En resumen, ¡santidad o nada! Es bueno dejarnos provocar por los santos, que no hayan tenido medias tintas aquí y allí son nuestros “partidarios”, para que elijamos a Dios, la humildad, la amabilidad, la misericordia, la pureza, para que seamos apasionados por el cielo más que por la tierra.
Hoy, estos hermanos y hermanas no nos piden que escuchemos una vez más un bello evangelio, sino que lo pongamos en práctica, que nos comprometamos en el camino de las Bienaventuranzas. No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de seguir cada día este camino que nos lleva al cielo, nos lleva en familia y nos lleva a casa. Hoy entrevemos nuestro futuro y celebramos aquello por lo que nacimos: hemos nacido para no morir nunca más, ¡nacemos para disfrutar de la felicidad de Dios! El Señor nos alienta, y a quien toma el camino de las Bienaventuranzas, les dice: “Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo” ( Mt.5,12). Que la Madre de Dios, Reina de los Santos, nos ayude a recorrer con determinación el camino de la santidad. Que ella, que es la Puerta del Cielo, introduzca a nuestros queridos difuntos en la familia celestial.
Angelus Domini nuntiavit Mariae …