domingo, 17 de diciembre de 2017

Más frases seleccionadas de hoy del Papa Francisco. Domingo 17/12/2017

 
aciprensa
_La alegría de los niños es un tesoro.

_Debemos hacer lo que sea para que los niños se sientan siempre alegres. La Navidad se hace para ellos. No entristezcáis nunca a los niños, deben crecer siempre con alegría: cuando los niños ven que hay problemas en casa, que los padres discuten, sufren.

_La alegría es como una tierra buena que hace crecer bien la vida, con buenos frutos.

_Para que los niños crezcan felices deben hablar con los abuelos, porque son los dos extremos de la vida: los abuelos tienen memoria y tienen raíces, y serán ellos los que den las raíces a los niños, para que no sean niños desenraizados, sin memoria de pueblo, sin memoria de fe, sin memoria de tantas cosas preciosas que han hecho la historia, sin memoria de los valores,... Y si los abuelos ya se han ido, hay otros muchos ancianos que hacen el papel de abuelos y pueden hablar con ellos.

_Enseñad a los niños a hablar con Dios, que aprendan a rezar y a decir lo que sienten en el corazón.

viernes, 15 de diciembre de 2017

4ª catequesis del nuevo ciclo sobre la Misa


Audiencia general 13/12/2017 © L´Osservatore Romano
Audiencia general 13/12/2017 © L´Osservatore Romano
(ZENIT – 13 Dic. 2017).
Catequesis del Santo Padre
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Reanudando el camino de la catequesis sobre la misa, hoy nos preguntamos: ¿Por qué ir a misa los domingos?
La celebración dominical de la Eucaristía tiene un papel principalísimo en la vida de la Iglesia (véase Catecismo de la Iglesia Católica, n.° 2177). Los cristianos vamos a misa los domingos para encontrarnos con el Señor resucitado, o mejor para dejar que Él nos encuentre, para escuchar su palabra, alimentarnos  en su mesa y así convertirnos en Iglesia, es decir, en su Cuerpo místico viviente hoy en el mundo.
Lo entendieron desde el primer momento los discípulos de Jesús, que celebraban el encuentro eucarístico con el Señor el día de la semana que los judíos llamaban “el primero de la semana” y los romanos el “día del sol”, porque ese día Jesús resucitó de entre los muertos y se apareció a sus discípulos, hablando con ellos, comiendo con ellos, dándoles el Espíritu Santo (cf. Mt 28,1; Mc 16,9.14; Lc 24,1.13; Jn 20,1.19). También la gran efusión del Espíritu en Pentecostés ocurrió un domingo, el quincuagésimo día después de la resurrección de Jesús. Por estas razones, el domingo es un día sagrado para nosotros, santificado por la celebración eucarística, la presencia viva del Señor entre nosotros y por nosotros. Por lo tanto ¡es la Misa lo que hace cristiano el domingo ! ¿Qué domingo es, para un cristiano, ese en el que falta el encuentro con el Señor?

Hay comunidades cristianas que, desgraciadamente, no pueden disfrutar de la misa todos los domingos; sin embargo, también ellas, en este día sagrado, están llamadas a recogerse en oración en el nombre del Señor, escuchando la Palabra de Dios y manteniendo vivo el deseo de la Eucaristía.
Algunas sociedades secularizadas han perdido el significado cristiano del domingo iluminado por la Eucaristía. ¡Es una pena! En estos contextos, es necesario reavivar esta conciencia, para recuperar el sentido de la fiesta, el sentido de la alegría, de la comunidad parroquial, de  la solidaridad, del reposo  que descansa el alma y el cuerpo (Catecismo cfr de la Iglesia Católica, nn. 2177-2188).

De todos estos valores es maestra la Eucaristía, domingo tras domingo. Por eso el Concilio Vaticano II reiteró  que “es la fiesta primordial, que debe presentarse e inculcarse a la piedad de los fieles, de modo que sea también día de alegría y de liberación del trabajo”. (Const. Sacrosanctum Concilium, 106).
La liberación dominical del trabajo no existía en los primeros siglos: es una aportación específica del cristianismo. Según la tradición bíblica, los judíos descansan el sábado, mientras que en la sociedad romana no estaba previsto  un día semanal de liberación del trabajo servil. Fue el sentido cristiano de vivir como hijos y no como esclavos, animados por la Eucaristía, lo que hizo del domingo, casi universalmente, el día de descanso.

Sin Cristo estamos condenados a ser dominados por la fatiga de la vida cotidiana, con sus preocupaciones, y del miedo al mañana. El encuentro  dominical con el Señor nos da la fuerza de vivir el presente con confianza y coraje y de avanzar con esperanza. Por eso, los cristianos vamos a encontrar al Señor el domingo, en la celebración eucarística.
La comunión eucarística con Jesús, resucitado y viviente en eterno, anticipa el domingo sin ocaso, cuando ya no habrá más fatiga, ni dolor, ni dolor ni lágrimas, sino solo la alegría de vivir plenamente y para siempre con el Señor. También de este bendito reposo nos habla la misa dominical, enseñándonos, mientras fluye la semana, a confiarnos a las manos del Padre que está en el cielo.

¿Qué podemos responder a los que dicen que no hay necesidad de ir a misa, ni siquiera los domingos, porque lo importante es vivir bien, amar al prójimo? Es cierto que la calidad de la vida cristiana se mide por la capacidad de amar, como dijo Jesús: “Por esto sabrán todos que sois mis discípulos: si os amáis los unos a los otros” (Jn 13, 35). Pero ¿cómo podemos practicar el Evangelio sin sacar la energía necesaria para hacerlo, un domingo tras otro, de la fuente inagotable de la Eucaristía? No vamos a Misa para darle algo a Dios, sino para recibir de Él lo que realmente necesitamos. Lo recuerda la oración de la Iglesia, que así se dirige a Dios: “Pues aunque no necesitas nuestra alabanza, ni nuestras bendiciones te enriquecen, tú inspiras y haces tuya nuestra acción de gracias, para que nos sirva de salvación” (Misal Romano, Prefacio común IV).

En conclusión, ¿por qué ir a misa los domingos? No es suficiente responder que es un precepto de la Iglesia; esto ayuda a defender su valor, pero no es suficiente por sí solo. Los cristianos necesitamos participar en la misa dominical porque solo con la gracia de Jesús, con su presencia viva en nosotros y entre nosotros, podemos poner en práctica sus mandamientos y ser así sus testigos creíbles.
© Librería Editorial Vaticano

martes, 12 de diciembre de 2017

Papa Francisco celebra a la Virgen de Guadalupe con Misa en el Vaticano

VATICANO, Dic 12, 2017 / 12:30PM (EWTN Noticias)


En una Basílica de San Pedro del Vaticano rebosante de fieles procedentes del continente americano, el Papa Francisco preside la Misa por la Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe en la que hizo un llamado a “defender a nuestros pueblos de una colonización ideológica que cancela lo más rico de ellos”. En su homilía, el Papa pidió mirar a “la riqueza y la diversidad cultural de nuestros pueblos de América Latina y el Caribe, ella es signo de la gran riqueza que somos invitados no sólo a cultivar sino, especialmente en nuestro tiempo, a defender valientemente de todo intento homogeneizador”. 

 El Papa advirtió que ese intento de homogeneizar “termina imponiendo, bajo slogans atrayentes, una única manera de pensar, de ser, de sentir, de vivir, que termina haciendo inválido o estéril todo lo heredado de nuestros mayores; que termina haciendo sentir, especialmente a nuestros jóvenes, poca cosa por pertenecer a tal o cual cultura”. El Pontífice reflexionó en su homilía sobre el “Benedictus” de Zacarías, esposo de Santa Isabel, que se recordó en el Evangelio del día. “A mí me gusta llamarlo ‘el cántico de Isabel o de la fecundidad’”, señaló. “Isabel, la mujer bajo el signo de la esterilidad y bajo el signo de la fecundidad”, destacó. Isabel la mujer estéril En la época de Jesús, “la esterilidad estaba considerada como un castigo divino fruto del propio pecado o el del esposo”, explicó el Papa, para resaltar la trascendencia que supuso el embarazo de la prima de María.

 “Un signo de vergüenza llevado en la propia carne o por considerarse culpable de un pecado que no cometió o por sentirse poca cosa al no estar a la altura de lo que se esperaba de ella. Imaginemos, por un instante, las miradas de sus familiares, de sus vecinos, de sí misma… Esterilidad que cala hondo y termina paralizando toda la vida”, dijo el Santo Padre. No obstante, esta “esterilidad puede tomar muchos nombres y formas cada vez que una persona siente en su carne la vergüenza al verse estigmatizada o sentirse poca cosa”.

 Como ejemplo de ello, ese sentimiento “podemos vislumbrarlo en el indiecito Juan Diego cuando le dice a María ‘yo en verdad no valgo nada, soy mecapal, soy cacaxtle, soy cola, soy ala, sometido a hombros y a cargo ajeno, no es mi paradero ni mi paso allá donde te dignas enviarme’”. Esa “esterilidad” también puede estar hoy “en nuestras comunidades indígenas y afroamericanas, que, en muchas ocasiones, no son tratadas con dignidad e igualdad de condiciones”. También está “en muchas mujeres, que son excluidas en razón de su sexo, raza o situación socioeconómica”; o en jóvenes, “que reciben una educación de baja calidad y no tienen oportunidades de progresar en sus estudios ni de entrar en el mercado del trabajo para desarrollarse y constituir una familia”. 

 Asimismo, se puede ver ese sentimiento en “muchos pobres, desempleados, migrantes, desplazados, campesinos sin tierra, quienes buscan sobrevivir en la economía informal; niños y niñas sometidos a la prostitución infantil, ligada muchas veces al turismo sexual”. Isabel la mujer fecunda-asombrada Isabel es “la primera en reconocer y bendecir a María. Es ella la que en la vejez experimentó en su propia vida, en su carne, el cumplimiento de la promesa hecha por Dios. La que no podía tener hijos llevó en su seno al precursor de la salvación”. “En ella, entendemos que el sueño de Dios no es ni será la esterilidad, ni estigmatizar o llenar de vergüenza a sus hijos, sino hacer brotar en ellos y de ellos un canto de bendición”. “De igual manera lo vemos en Juan Diego –indicó regresando a la historia de las apariciones de la Virgen de Guadalupe–.

 Fue precisamente él, y no otro, quien lleva en su tilma la imagen de la Virgen: la Virgen de piel morena y rostro mestizo, sostenida por un ángel con alas de quetzal, pelícano y guacamayo; la madre capaz de tomar los rasgos de sus hijos para hacerlos sentir parte de su bendición”. De esta manera, “pareciera que una y otra vez Dios se empecina en mostrarnos que la piedra que desecharon los constructores se vuelve la piedra angular”. “La Madre de Dios es figura de la Iglesia y de ella queremos aprender a ser Iglesia con rostro mestizo, con rostro indígena, afroamericano, rostro campesino, rostro cola, ala, cacaxtle. Rostro pobre, de desempleado, de niño y niña, anciano y joven para que nadie se sienta estéril ni infecundo, para que nadie se sienta avergonzado o poca cosa”. 

 Por el contrario, “para que cada uno al igual que Isabel y Juan Diego pueda sentirse portador de una promesa, de una esperanza y pueda decir desde sus entrañas: ‘¡Abba!, es decir, ¡Padre!’ desde el misterio de esa filiación que, sin cancelar los rasgos de cada uno, nos universaliza constituyéndonos pueblo”, concluyó. Este martes, a través de su cuenta de Twitter, el Papa Francisco también se refirió a la Fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe. “Mirar la Guadalupana es recordar que la visita del Señor pasa siempre por medio de aquellos que buscan ‘hacer carne’ su Palabra”, aseguró el Santo Padre a través de @pontifex_es.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Hablar con dulzura, para preparar la venida de Cristo dulce y humilde de corazón



“El Salvador es capaz de transformar nuestra vida por la fuerza del amor”

Ángelus 10/12/2017 Captura pantalla CTV
Ángelus 10/12/2017 Captura Pantalla CTV
(ZENIT – 10 dic. 2017).-
Esta es la traducción de las palabras pronunciadas, en italiano, antes de la oración del Ángelus

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días!
El domingo pasado, comenzamos el Adviento con la invitación de vigilar. Hoy segundo domingo de este tiempo de preparación para la Navidad, la liturgia nos indica contenidos específicos, es un tiempo para reconocer los caminos que colmen nuestras vidas, suavizar las asperezas del orgullo y hacer espacio a Jesús que viene. El profeta Isaías se dirige al pueblo anunciando el fin del exilio en Babilonia y el retorno a Jerusalén. Profetiza: “Una voz grita: `en el desierto, preparad el camino al Señor`[…]. Que todo valle sea elevado”(40,3). Los valles elevados representan todos los vacíos de nuestro comportamiento delante de Dios, todos nuestros pecados de omisión.
Un vacío de nuestra vida puede ser el hecho de que no oremos o de que oremos poco. Entonces el adviento es el momento favorable para orar más intensamente, para reservar a la vida espiritual el lugar importante que le corresponde.
Otro vacío podría ser la falta de caridad hacía el prójimo, sobre todo hacia las personas que más necesidad tienen de ayuda, no solamente material, sino también espiritual. Estamos llamados a estar más atentos a las necesidades de los otros, de los más cercanos.
Como Juan Bautista, de esta manera podemos abrir caminos de esperanza en el desierto de los corazones áridos de tantas personas.
“Que todo monte y cerro sea rebajado” (v.4), exhorta Isaías. Las montañas y las colinas que deben de estar rebajadas son el orgullo, la soberbia, la dominación, allá donde hay orgullo, dominación y soberbia, el Señor no puede entrar porque este corazón está lleno de orgullo, de dominación, de soberbia, debemos abajar este orgullo.
Debemos asumir actitudes de dulzura y de humildad, sin grandezas: escuchar hablar con dulzura, y así preparar la venida del Salvador que es dulce y humilde de corazón (Mt. 11-29).
Y después se nos pide eliminar todos los obstáculos que ponemos en nuestra unión con el Señor “Vuélvase lo escabroso llano y las cimas en amplios valles!, entonces se revelará la Gloria del Señor, dice Isaías, y todos los hombres juntos la verán. (Is 40, 4-5). Pero estas acciones deben estar hechas con alegría, porque se enfocan a la preparación de llegada de Jesús. Cuando nosotros esperamos en casa la visita de una persona querida, nosotros preparamos todo con mucho cuidado y felicidad. De la misma manera queremos prepararnos para la venida del Señor: esperarlo cada día con solicitud, para ser llenos de su gracia cuando venga.
El Salvador que estamos esperando es capaz de transformar nuestra vida por la fuerza del Espíritu Santo, por la fuerza del amor. El Espíritu Santo difunde el amor de Dios en los corazones, una fuente inagotable de purificación, vida nueva y libertad.
La Virgen María ha vivido esta realidad en plenitud dejándose “guiar” en el Espíritu Santo que la ha inundado de su poder. Que ella, que ha preparado la venida de Cristo por la totalidad de su existencia, nos ayude a seguir su ejemplo y que guie nuestros pasos al encuentro del Señor que viene.
Angelus Domini nuntiavit Mariae…
© Traducción de ZENIT, Raquel Anillo

viernes, 8 de diciembre de 2017

Fiesta de la Inmaculada: El cumplido más hermoso


La Inmaculada es “siempre joven”, explica el Papa en el Ángelus


Angelus del 08/12/2017, Captura CTV
Angelus Del 08/12/2017, Captura CTV
(ZENIT – 8 dic. 2017)
Palabras del Papa antes del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas, buenos días y buena fiesta!
Hoy contemplamos la belleza de María Inmaculada. El Evangelio, que relata el episodio de la Anunciación, nos ayuda a comprender lo que celebramos, especialmente a través del saludo del ángel. Se dirige a María con una palabra que no es fácil de traducir, que significa “llena de gracia”, “creada por la gracia”, “llena de gracia” (Lc 1,28). Antes de llamarla María, él la llama llena de gracia, y así revela el nuevo nombre que Dios le ha dado y que le conviene más que el nombre que le ha sido dado por sus padres. Nosotros también la llamamos así en cada Ave María.
 ¿Qué quiere decir llena de gracia? Que María está llena de la presencia de Dios. Y si está totalmente habitada por Dios, no hay lugar en ella para el pecado. Es una cosa extraordinaria, porque todo en el mundo, por desgracia, está contaminado por el mal. Cada uno de nosotros, mirándonos hacia adentro, vemos aspectos  oscuros. Incluso los más grandes santos eran  pecadores y todas las realidades, incluso las más bellas, se ven afectadas por el mal: todos excepto María. Ella es la única, “oasis” siempre verde de la humanidad, la única que no ha sido contaminada, creada Inmaculada para acoger plenamente, con su “sí” a Dios que viene al mundo y para iniciar también así una historia nueva.
 Cada vez que nosotros la reconocemos llena de gracia, le hacemos el mayor cumplido, el mismo que hizo Dios. Un bello cumplimiento hecho a una mujer, es decirle amablemente que ella tiene un aire joven, cuando nosotros decimos a María llena de gracia, en cierto sentido, le estamos diciendo esto a un nivel más alto, en efecto nosotros la reconocemos siempre joven porque jamás envejece por el pecado, hay una sola cosa que hace verdaderamente envejecer, envejecer interiormente, no son los años, sino el pecado. El pecado  nos envejece porque endurece el corazón, lo cierra, lo hace inerte, lo hace desvanecer. Pero la “llena de gracia” está vacía de pecado. Así que siempre es joven, es” más joven que el pecado” es la “más joven del género humano” (G. Bernanos, Diario de un cura rural, II, 1988, p 175.).
Hoy la Iglesia felicita a María llamándola la toda hermosa, toda pulcra. Como su juventud no es una cuestión de edad, así su belleza no es exterior. María, como se muestra en el Evangelio de hoy, no sobresale en apariencia, de una familia sencilla, ella vivió humildemente en Nazaret, un pueblo casi desconocido. Ella no era conocida, incluso cuando el ángel la visitó nadie lo supo, ese día no había ningún periodista. La Virgen María no tenía ni siquiera una vida cómoda, sino preocupaciones y temores: ella “se turbó” (v. 29), dice el Evangelio, y cuando el ángel “se alejó de ella”, (v. 38) los problemas comenzaron a aumentar
Sin embargo la “llena de gracia” ha vivido una vida bella. ¿Cuál era su secreto? Todavía podemos verlo mirando la escena de la Anunciación. En muchas pinturas de María aparece sentado delante del ángel con un pequeño libro en la mano. Este libro es la Escritura. Así María tenía la costumbre de escuchar a Dios y pasar tiempo con él. La Palabra de Dios era su secreto: cerca de su corazón, y luego se hizo carne en su vientre. Permaneciendo con Dios, conversando con él en todas las circunstancias, María ha embellecido su vida. No es la apariencia, no es lo que pasa, sino que es el corazón vuelto hacia Dios lo que hace la vida hermosa. Hoy miremos con alegría a la llena de gracia. Pidámosle que nos ayude a permanecer jóvenes  diciendo, “no” al pecado y vivir una vida hermosa, diciendo “sí” a Dios.
© Traducción de ZENIT, Raquel Anillo

miércoles, 6 de diciembre de 2017

“Gracias de todo corazón a los birmanos y a los bengalíes”



Audiencia general en Adviento 6/12/2017 © L'Osservatore Romano
Audiencia General En Adviento 6/12/2017 © L'Osservatore Romano
(ZENIT – 6 Dic. 2017).- 
Catequesis del Papa Francisco
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
Hoy me gustaría hablar sobre el viaje apostólico que hice en los últimos días a Myanmar y Bangladesh. Ha sido un gran regalo de Dios, y por eso le doy gracias por todo, especialmente por los encuentros  que tuve. Renuevo la expresión de mi gratitud a las autoridades de los dos países y a los respectivos obispos, por todo el trabajo de preparación y por la acogida que me reservaron junto con mis colaboradores. Un “gracias de todo corazón” a los birmanos y a los bengalíes, que me han demostrado tanta fe y tanto cariño: ¡gracias!
Era la primera vez  que un sucesor de Pedro visitaba Myanmar, y ha sido poco después de que se establecieran las relaciones diplomáticas entre ese país y la Santa Sede.
También en este caso quise expresar la cercanía de Cristo y de la Iglesia a un pueblo que ha sufrido a causa de conflictos y represiones, y que ahora lentamente camina hacia una nueva condición de libertad y paz. Un pueblo en el que la religión budista está fuertemente enraizada, con sus principios espirituales y éticos, y donde los cristianos están presentes como un pequeño rebaño y como levadura del Reino de Dios. Tuve el gozo de confirmar en la fe y en la comunión a esta Iglesia, viva y ferviente, durante el encuentro con los obispos del país y en las dos celebraciones eucarísticas. La primera fue en la gran zona deportiva en el centro de Yangon, y el Evangelio de ese día recordó que las persecuciones por la fe en Jesús son normales para sus discípulos, como ocasión de testimonio , pero que “ni siquiera uno de sus cabellos se perderá ” (ver Lc 21: 12-19). La segunda misa, el último acto de la visita a Myanmar, estuvo dedicada a los jóvenes: un signo de esperanza y un regalo especial de la Virgen María, en la catedral que lleva su nombre. En los rostros de esos jóvenes, llenos de alegría, vi el futuro de Asia: un futuro que no será de los que construyen armas, sino de los que siembran  fraternidad. Y siempre en señal de esperanza, bendije las primeras piedras de 16 iglesias, del seminario y de la nunciatura: ¡dieciocho!
Además de la comunidad católica, pude reunirme con las autoridades de Myanmar, alentando los esfuerzos de pacificación del  país y esperando que todos los diferentes componentes de la nación, ninguno excluido, puedan cooperar en este proceso en el respeto mutuo. Con este espíritu, quise encontrarme con los representantes de las diferentes comunidades religiosas presentes en el país. En particular, en el Consejo Supremo de monjes budistas expresé la estima de la Iglesia por su antigua tradición espiritual y la confianza de que juntos cristianos y budistas puedan ayudar a las personas a amar a Dios y al prójimo, rechazando toda violencia y oponiéndose al mal con el bien.
Dejado Myanmar, fui a Bangladesh, donde, en primer lugar, rendí homenaje a los mártires de la lucha por la independencia y al “Padre de la Nación”. La población de Bangladesh es en gran medida de religión musulmana, por lo que mi visita, -siguiendo las huellas de las del beato Pablo VI y de San Juan Pablo II-  fue un paso más a favor del respeto y el diálogo entre el cristianismo y el Islam.
Recordé a las autoridades del país que la Santa Sede sostuvo desde el principio la voluntad del pueblo bengalí de constituirse como una nación independiente, así como la necesidad de salvaguardar siempre en ella la libertad religiosa. En particular, quise expresar mi solidaridad con Bangladesh en su esfuerzo  de socorrer a los refugiados Rohingya llegados en masa a su territorio, donde la densidad de población es ya una de las más altas del mundo.
La misa celebrada en un parque histórico en Dacca se enriqueció  con la ordenación de dieciséis sacerdotes, y este fue uno de los eventos más significativos y alegres del viaje. Efectivamente, tanto en Bangladesh como en Myanmar y en otros países del sudeste asiático, gracias a Dios,  vocaciones no faltan;  un signo de comunidades vivas  donde resuena la voz del Señor que llama a seguirlo. Compartí esta alegría con los obispos de Bangladesh, y los alenté en su generoso trabajo en favor de  las familias, los pobres, la educación, el diálogo y la paz social. Y compartí esta alegría con tantos sacerdotes, consagrados  yconsagradas del país, así como con los seminaristas, las  novicias y novicios, en quienes vi los brotes de la Iglesia en esa tierra.
En Dacca vivimos  un momento fuerte de diálogo interreligioso y ecuménico, que me dio la oportunidad de subrayar la apertura del corazón como base de la cultura del encuentro, de la armonía y de la paz. También visité la “Casa Madre Teresa“, donde se alojaba la santa cuando estaba en esa ciudad, y que acoge a muchos huérfanos y personas con discapacidades. Allí, de acuerdo con su carisma, las hermanas viven todos los días la oración de adoración y el servicio a Cristo, pobre y que sufre. Y nunca, nunca,  de sus labios falta  la sonrisa: monjas que rezan tanto, que sirven a los que sufren y continuamente con una sonrisa. Es un hermoso testimonio. Muchas gracias a estas hermanas.
El último evento fue con los jóvenes bengalíes, repleto de testimonios, canciones y danzas. ¡Pero qué bien bailan, estos bengalíes! ¡Saben bailar muy bien! Una fiesta que manifestó la alegría del Evangelio acogido por esa cultura; una alegría fecundada por los sacrificios de tantos misioneros, de tantos catequistas y padres cristianos.  En el encuentro  había también  jóvenes musulmanes y  de otras religiones : un signo de esperanza para Bangladesh, Asia y el mundo entero. Gracias.
© Librería Editorial Vaticano

martes, 5 de diciembre de 2017

“La humildad sin humillaciones no es humildad”


Reflexión del Papa en la Misa del 5 de diciembre de 2017


Misa en Santa Marta © L´Osservatore Romano
Misa En Santa Marta © L´Osservatore Romano
(ZENIT – 5 Dic. 2017).- “Hay un signo, una señal única: aceptar las humillaciones. La humildad sin humillaciones no es humildad”, exhorta el Papa Francisco.
Esta mañana, del martes 5 de diciembre, en la Misa celebrada en la capilla de Santa Marta, el Santo Padre ha tomado un pasaje del profeta Isaías para reflexionar sobre la humildad, “una dote indispensable en la vida del cristiano”, recordó el Papa Francisco.
“¿Y cuál es el estilo de vida del cristiano?”, ha planteado el Pontífice. “Un estilo –ha respondido– como el de Jesús, de humildad”: “Humilde es aquel hombre, aquella mujer, que es capaz de soportar las humillaciones como las ha soportado Jesús, el gran humillado”, anunció el Santo Padre.
Pequeño brote
Francisco ha recordado que todo cristiano es como “un pequeño brote donde se posará el Espíritu del Señor, Espíritu de sabiduría y de inteligencia, Espíritu de consejo y de fortaleza, Espíritu de conocimiento y de temor del Señor”, y el deber del cristiano debe ser sencillamente “custodiar el brote que crece en nosotros, custodiar el crecimiento, custodiar al Espíritu”.
“Se necesita fe y humildad para creer que este brote, este don tan pequeño llegará a la plenitud de los dones del Espíritu Santo. Se necesita humildad para creer que el Padre, Señor del Cielo y de la Tierra, como dice el Evangelio de hoy, ha escondido estas cosas a los sabios, a los doctos, y las ha revelado a los pequeños”, ha explicado el Papa Francisco.
“Humildad es ser pequeño, como el brote pequeño, que crece cada día, pequeño, que tiene necesidad del Espíritu Santo para poder ir adelante, hacia la plenitud de la propia vida”, ha indicado.
“Algunos creen que ser humilde – observó el Papa Francisco – es ser educado, cortés, cerrar los ojos en la oración”… “No, ser humilde no es eso”.