miércoles, 30 de abril de 2025

La oración de los fieles para acompañar espiritualmente el proceso del Cónclave.

 

Cardenales piden a los fieles intensificar la oración hacia el Cónclave

En un comunicado de la Santa Sede, publicado el miércoles 30 de abril de 2025, se enfatiza la importancia de la oración de los fieles para acompañar espiritualmente el proceso del Cónclave. Los purpurados subrayan la necesidad de docilidad al Espíritu Santo y confían el camino de la Iglesia a la intercesión de María.

Sebastián Sansón Ferrari - Ciudad del Vaticano

En el marco de las Congregaciones Generales que se celebran en Roma como preparación al próximo Cónclave, el Colegio de Cardenales ha dirigido un mensaje al Pueblo de Dios, invitando a todos los fieles a vivir este momento eclesial con profundidad espiritual, como un verdadero "evento de gracia y discernimiento".

En su comunicado, los cardenales expresan con claridad la dimensión espiritual del proceso que se avecina, subrayando que la elección del nuevo Sucesor de Pedro no es solo un hecho organizativo o político, sino un acto profundamente ligado a la escucha de la voluntad de Dios.

Conscientes del peso de la responsabilidad que recae sobre sus hombros, los purpurados hacen un llamado explícito a la oración del pueblo cristiano. "La oración —afirman— es la verdadera fuerza que favorece la unidad en la Iglesia, uniendo a todos los miembros en un solo Cuerpo, el de Cristo", evocando las palabras de San Pablo en la primera carta a los Corintios (1 Cor 12,12).

Frente a la magnitud de la misión que les aguarda y los desafíos del mundo actual, los cardenales reconocen la necesidad de ser instrumentos humildes en manos de Dios, dóciles a la acción del Espíritu Santo, "protagonista de la vida del Pueblo de Dios", a quien se debe escuchar con un corazón abierto, atentos a lo que Él dice hoy a la Iglesia, como lo recuerda el libro del Apocalipsis: "Quien tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias" (Ap 3,6).

El comunicado concluye confiando este proceso de discernimiento a la intercesión de la Virgen María, pidiendo que acompañe, con su cercanía materna, la oración de toda la Iglesia en este tiempo crucial.

domingo, 27 de abril de 2025

Domingo de la Divina Misericordia, 27 de abril de 2025

 

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CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
EN EL SEGUNDO DÍA DE LOS NOVENDIALES

HOMÍLIA DEL CARDENAL PIETRO PAROLIN

Parvis de la basílica vaticana
Domingo de la Divina Misericordia, 27 de abril de 2025

[Multimedia]

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Queridos hermanos y hermanas:

Jesús Resucitado se presenta ante sus discípulos, mientras se encuentran en el cenáculo donde se han encerrado por miedo, atrancando las puertas (Jn 20,19). Su estado de ánimo está turbado y su corazón hundido en la tristeza, porque el Maestro y Pastor que habían seguido dejándolo todo, fue clavado en la cruz. Vivieron cosas terribles y se sienten huérfanos, solos, perdidos, amenazados e indefensos.

La imagen inicial que el Evangelio nos ofrece en este domingo puede representar el estado de ánimo de todos nosotros, de la Iglesia y del mundo entero. El Pastor que el Señor donó a su pueblo, el Papa Francisco, terminó su vida terrena y nos ha dejado. El dolor de su partida, el sentido de tristeza que nos embarga, la turbación que percibimos en el corazón, la sensación de pérdida, todo esto lo estamos viviendo, como los apóstoles acongojados por la muerte de Jesús.

Y, sin embargo, el Evangelio nos dice que precisamente en estos momentos de oscuridad el Señor se presenta ante nosotros con la luz de la resurrección, para iluminar nuestros corazones. El Papa Francisco nos lo ha recordado desde su elección y lo ha repetido con frecuencia, poniendo en el centro de su pontificado esa alegría del Evangelio que —como escribía en Evangelii gaudium— «llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría» (n. 1).

La alegría pascual, que nos sostiene en la hora de la prueba y de la tristeza, es algo que hoy se puede casi tocar en esta plaza; la vemos impresa sobre todo en los rostros de ustedes, queridos chicos y adolescentes que han llegado desde todo el mundo a celebrar el Jubileo. Vienen de muchas partes: de todas las diócesis de Italia, de Europa, de los Estados Unidos, de América Latina, de África, de Asia, de los Emiratos Árabes, etc., con ustedes se hace presente realmente el mundo entero.

A ustedes les dirijo un saludo especial, con el deseo de hacerles sentir el abrazo de la Iglesia y el afecto del Papa Francisco, que habría deseado encontrarlos, mirándolos a los ojos, y pasando entre ustedes para saludarlos.

Ante los numerosos desafíos que están llamados a afrontar —recuerdo, por ejemplo, el de la tecnología y de la inteligencia artificial que caracteriza en modo particular nuestra época— no olviden nunca alimentar su vida con la verdadera esperanza, que tiene el rostro de Jesucristo. Nada será demasiado grande o demasiado arduo con Él. Con Él no estarán nunca solos ni abandonados, ni siquiera en los momentos más duros. Él viene a encontrarse con ustedes allí donde están, para darles el coraje de vivir, de compartir sus experiencias, sus pensamientos, sus dones, sus sueños, de ver en el rostro de quien está cerca o lejos a un hermano y una hermana a quien amar, a los que tenemos tanto que dar y de los que tenemos tanto que recibir, para ayudarles a ser generosos, fieles y responsables en la vida que les espera, para hacerles comprender lo que realmente tiene valor en la vida: el amor que todo lo comprende y que todo lo espera (cf. 1 Co 13,7).

Hoy, segundo domingo de Pascua, domingo in Albis, celebramos la fiesta de la Misericordia.

Precisamente la misericordia del Padre, más grande que nuestros límites y que nuestros cálculos, es aquello que ha caracterizado el Magisterio del Papa Francisco y su intensa actividad apostólica, junto al deseo de anunciarla y compartirla con todos —el anuncio de la Buena noticia, la evangelización— que fue el programa de su pontificado. Él nos ha recordado que “misericordia” es el nombre mismo de Dios y, por lo tanto, nadie puede poner un límite a su amor misericordioso, con el que Él quiere volver a levantarnos y hacernos personas nuevas.

Es importante acoger como un tesoro precioso esta indicación sobre la que el Papa Francisco tanto insistió. Y —permítanme decirlo— nuestro afecto por él, que se está manifestando en estas horas, no debe quedar como una simple emoción del momento, debemos acoger su herencia y hacerla vida, abriéndonos a la misericordia de Dios y siendo nosotros también misericordiosos los unos con los otros.

La misericordia nos transporta al corazón de la fe. Nos recuerda que no debemos interpretar nuestra relación con Dios y nuestro ser Iglesia según categorías humanas o mundanas, porque la buena noticia del Evangelio es sobre todo el descubrirnos amados por un Dios que tiene entrañas de compasión y de ternura para cada uno de nosotros independientemente de nuestros méritos; nos recuerda, además, que nuestra vida está tejida por la misericordia. Nosotros podemos levantarnos después de caer y mirar al futuro sólo si tenemos a alguien que nos ama sin límites y nos perdona. Y, por eso, se nos pide comprometernos a no vivir ya nuestras relaciones según criterios de conveniencia o cegados por el egoísmo, sino abriéndonos al diálogo con el otro, acogiendo a quien encontramos en el camino y perdonando sus debilidades y sus errores. Sólo la misericordia sana y crea un mundo nuevo, apagando los fuegos de la desconfianza, del odio y de la violencia. Esta es la gran enseñanza del Papa Francisco.

Jesús nos muestra este rostro misericordioso de Dios en su predicación y en los gestos que realiza; y, como hemos escuchado, presentándose en el cenáculo después de la resurrección, ofrece el don de la paz y dice: «Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan» (Jn 20,23). Así, el Señor Resucitado establece que sus discípulos, su Iglesia, sean instrumentos de misericordia para la humanidad, para aquellos que desean acoger el amor y el perdón de Dios. El Papa Francisco fue testigo luminoso de una Iglesia que se inclina con ternura hacia quien está herido y sana con el bálsamo de la misericordia; y nos ha recordado que no puede haber paz sin que reconozcamos el valor del otro, sin la atención al que es más débil y, sobre todo, no puede haber nunca paz si no aprendemos a perdonarnos recíprocamente, usando entre nosotros la misma misericordia que Dios tiene para con nuestra vida.

Hermanos y hermanas, precisamente en el domingo de la misericordia recordamos con afecto a nuestro amado Papa Francisco. Este recuerdo está particularmente vivo entre los empleados y fieles de la Ciudad del Vaticano, muchos de los cuales están aquí presentes, a ellos les quiero agradecer el servicio que realizan cada día. A ustedes, a todos nosotros, al mundo entero, el Papa Francisco nos envía su abrazo desde el cielo.

Nos encomendamos a la Bienaventurada Virgen María, a la que Él estaba tan devotamente unido que ha elegido reposar en la Basílica de Santa María la Mayor. Que ella nos proteja, interceda por nosotros, vele por la Iglesia, y sostenga el camino de la humanidad en la paz y en la fraternidad. Amén.



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sábado, 26 de abril de 2025

Exequias del Santo Padre: Un Papa con el corazón abierto a todos

 

El Cardenal Giovanni Battista Re, Decano del Colegio Cardenalicio, preside la misa exequial por el difunto Santo Padre este sábado 26 de abril de 2025 en la Plaza de San Pedro, destacando su cercanía al pueblo y su legado de misericordia. “Recorrió el camino del servicio hasta el último día de su vida”, afirma ante miles de fieles en la Plaza de San Pedro y autoridades de diversos países.

Sebastián Sansón Ferrari - Ciudad del Vaticano

Bajo el cielo claro de una mañana primaveral, la Plaza de San Pedro fue escenario, este sábado 26 de abril de 2025, de la santa misa exequial por el difunto Papa Francisco, quien partió a la Casa del Padre el Lunes del Ángel, 21 de abril, a la edad de 88 años.

La celebración fue presidida por el Decano del Colegio Cardenalicio, el Cardenal Giovanni Battista Re, quien en su homilía trazó un retrato profundo y entrañable del pontífice argentino, resaltando su legado de humildad, cercanía y servicio. Una ceremonia sobria, como el mismo Francisco lo dispuso, a la que concurrieron más de 200.000 personas.

“Estamos reunidos en oración en torno a sus restos mortales con el corazón triste, pero sostenidos por las certezas de la fe”, expresó el Cardenal Re al inicio de su reflexión, evocando no solo el duelo de la Iglesia, sino también su esperanza. “La existencia humana no termina en la tumba, sino en la casa del Padre, en una vida de felicidad que no conocerá el ocaso”.

El homenaje fue tan global como íntimo: delegaciones de decenas de países, líderes de otras confesiones religiosas y miles de fieles de todo el mundo llenaron la plaza. “La masiva manifestación de afecto y participación que hemos visto en estos días […] nos muestra cuánto ha tocado mentes y corazones el intenso pontificado del Papa Francisco”, destacó el cardenal.

Uno de los momentos más emotivos de la homilía fue el recuerdo de la última aparición pública del Santo Padre: “Su última imagen, que permanecerá en nuestros ojos y en nuestro corazón, es la del pasado domingo, solemnidad de Pascua, cuando el Papa Francisco, a pesar de los graves problemas de salud, quiso impartirnos la bendición desde el balcón de la Basílica […] en un último abrazo con todo el Pueblo de Dios”.

Inspirado en el Evangelio proclamado durante la misa (Jn 21), el Cardenal Re vinculó la figura del Papa Francisco con la del apóstol Pedro, el primer pontífice: “Será esta la tarea constante de Pedro y de sus sucesores, un servicio de amor a imagen de Cristo, Señor y Maestro, que ‘no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud’”.

Y ese camino del servicio, afirmó el cardenal, fue precisamente el que eligió Francisco. “A pesar de su fragilidad y sufrimiento final, el Papa Francisco eligió recorrer este camino de entrega hasta el último día de su vida terrenal”. Como el buen pastor, “amó a sus ovejas hasta dar por ellas su propia vida”, remarcó, citando a su vez al apóstol Pablo: «La felicidad está más en dar que en recibir».

El Cardenal Re repasó también los momentos decisivos de su vida: su elección como pontífice el 13 de marzo de 2013, su paso por la Compañía de Jesús, y sus más de dos décadas de servicio pastoral en Buenos Aires. Destacó la elección de su nombre, Francisco, como una decisión “programática y de estilo”, inspirada en san Francisco de Asís y que marcaría el rumbo de su pontificado.

“Fue un Papa en medio de la gente con el corazón abierto hacia todos”, resumió Re. Su modo pastoral, añadió, “estableció un contacto directo con las personas y con los pueblos, deseoso de estar cerca de todos, con especial atención hacia las personas en dificultad”.

Uno de los ejes centrales de la homilía fue el énfasis del Papa Francisco en la misericordia, un concepto que definió su pontificado. “El Papa Francisco siempre puso en el centro el Evangelio de la misericordia, resaltando constantemente que Dios no se cansa de perdonarnos: Él perdona siempre”, dijo Re. Fue esa convicción la que motivó el Jubileo Extraordinario de la Misericordia en 2015-2016, en el que proclamó que la misericordia “es el corazón del Evangelio”.

También fue recordado por su atención a los excluidos: “Innumerables son sus gestos y exhortaciones a favor de los refugiados y desplazados”, dijo el cardenal, evocando su primer viaje a Lampedusa, símbolo de los dramas migratorios, y su valiente visita a Irak en 2021, donde “esa difícil Visita Apostólica fue un bálsamo sobre las heridas abiertas de la población iraquí”.

“El Papa Francisco fue un hombre profundamente sensible a los dramas actuales, que realmente compartió las preocupaciones, los sufrimientos y las esperanzas de nuestro tiempo de globalización.”

Su mensaje, continuó, supo llegar “al corazón de las personas de forma directa e inmediata”, y su carisma fue capaz de “despertar las fuerzas morales y espirituales” de una humanidad necesitada de consuelo y guía.

En su incansable defensa de la paz, Francisco denunció con firmeza la lógica de la guerra: “La guerra —decía— no es más que muerte de personas, destrucción de casas, hospitales y escuelas”. "La guerra -enfatizó el purpurado- siempre deja al mundo peor de como era en precedencia: es para todos una derrota dolorosa y trágica".

En ese espíritu, promovió la cultura del encuentro frente a “la cultura del descarte”, y proclamó con insistencia: “Construir puentes y no muros”.

“El primado de la evangelización fue la guía de su Pontificado”, recordó también Re, aludiendo a Evangelii gaudium, su primera exhortación apostólica, donde llamó a los fieles a anunciar el Evangelio con alegría y esperanza.

Hacia el final de la prédica, el Cardenal Re recogió una de las frases más características del Papa: “No se olviden de rezar por mí”. Y, con voz emocionada, añadió:

“Querido Papa Francisco, ahora te pedimos a ti que reces por nosotros y que desde el cielo bendigas a la Iglesia, bendigas a Roma, bendigas al mundo entero.”

Con ese mensaje de gratitud y esperanza, la Iglesia universal despidió al 266º sucesor de Pedro: un pastor sencillo, un servidor apasionado del Evangelio y un hombre que —como él mismo soñaba— supo vivir y morir “con olor a oveja”.


https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2025-04/misa-exequial-papa-francisco-26-abril-2025-plaza-san-pedro.html

viernes, 25 de abril de 2025

 

Rosario por el Papa Francisco en la basílica Santa María la Mayor

  • 25 de abril, 2025
  • Roma (Italia) (AICA)
El cardenal Tagle guió el rezo de la oración mariana en la templo romano elegido por el pontífice para su descanso eterno. El purpurado encomendó a Jorge Bergoglio a las manos tiernas de María.
Todo habla del pontífice en este lugar elegido para su descanso eterno. El rezo del Rosario,
 introducido por el cardenal Luis Tagle, proprefecto del Dicasterio para la Evangelización, estuvo precedido por el tañido de las campanas de la basílica y luego por la entonación del himno mariano "Iré a verla un día".

El purpurado filipino introdujo los Misterios Luminosos recordando las palabras de Jesús resucitado a sus discípulos turbados por los acontecimientos de la Pasión. "¿Por qué están turbados y por qué surgen dudas en sus corazones?".

"Jesús -recordó el cardenal Tagle- se da a conocer, los toca, come con ellos y continúa abriendo los horizontes de sus corazones a través de la explicación de las Escrituras para liberarlos del miedo a la muerte". Palabras, añadió dirigidas "a cada uno de nosotros para dar esperanza y certeza a nuestra vida".

"El Maestro y Señor vino a darnos la vida, la vida que no tendrá fin. Con este espíritu recemos por nuestro amado Santo Padre Francisco, confiándolo a las tiernas manos de María Santísima, Salus Populi Romani. Puerta del cielo intercede por nosotros", concluyó.


jueves, 24 de abril de 2025

Pobres tendrán privilegio de dar el último adiós al Papa antes de ser sepultado en Santa María la mayor

 Un grupo de pobres y necesitados estará presente en la escalinata de acceso a la Basílica Papal de Santa María la Mayor para presentar sus últimos respetos al Papa Francisco antes de la inhumación del féretro ABRIL 24, 2025 15:57REDACCIÓN ZENITPAPA FRANCISCO WhatsAppMessengerFacebookTwitterCompartir Share this Entry (ZENIT Noticias / Ciudad del Vaticano, 24.04.2025).- La Prefectura de la Casa Pontificia ha confirmado a la ONG “Mediterráne” lugares especiales para migrantes y refugiados en el funeral del Papa Francisco el próximo sábado 26 de abril. En un comunicado emitido por la Sala de Prensa de la Santa Sede se confirma además que “Los pobres ocupan un lugar privilegiado en el corazón de Dios. También en el corazón y en el Magisterio del Santo Padre, que eligió el nombre de Francisco para no olvidarlos nunca” Y agrega: “Por este motivo, un grupo de pobres y necesitados estará presente en la escalinata de acceso a la Basílica Papal de Santa María la Mayor para presentar sus últimos respetos al Papa Francisco antes de la inhumación del féretro”.




miércoles, 23 de abril de 2025

"Detener la guerra, abrir los caminos a la paz»

 ¿A quién hizo el Papa la última llamada telefónica? Fue el sábado 19 y ahora sabemos a quién «Nos amó», dijo Romanelli, «y el mundo no debe olvidar el mensaje que dejó: detener la guerra, abrir los caminos a la paz». ABRIL 23, 2025 15:43VALENTINA DI GIORGIOPAPA FRANCISCO, TIERRA SANTA WhatsAppMessengerFacebookTwitterCompartir Share this Entry (ZENIT Noticias / Roma, 23.04.2025).- En lo que ahora se conoce como uno de sus últimos actos de cuidado pastoral, el Papa Francisco realizó una discreta llamada telefónica a la única parroquia católica de Gaza la noche del 19 de abril. Era Sábado Santo, pocas horas antes de la Vigilia Pascual, y mientras la violencia se cernía afuera, una voz de paz se extendió por encima del caos. «Nos llamó como siempre», recordó el Padre Gabriel Romanelli, párroco de la Iglesia de la Sagrada Familia. «Con palabras de consuelo, una bendición y una oración por la paz». Sería la última vez que la asediada comunidad católica de Gaza supo de él. Durante 19 meses, el Papa Francisco estuvo presente en la vida de los fieles cristianos de Gaza, a través de llamadas telefónicas nocturnas, incluso desde una cama de hospital durante su propia enfermedad. Preguntó por los niños. Preguntó si tenían suficiente comida. Concluía cada conversación no con un consejo, sino con una oración. En una región a menudo absorbida por los titulares políticos y las cambiantes realidades militares, la relación del Papa con Gaza se perfilaba como algo completamente distinto: un vínculo forjado en la vulnerabilidad compartida y una fe serena. Tras su fallecimiento, el padre Romanelli habló con los medios del Vaticano en un profundo dolor. «Es un momento profundamente doloroso», declaró. «Incluso los vecinos ortodoxos y musulmanes vinieron a ofrecer sus condolencias. Sabían que él también era nuestro padre». El dolor resonó en las iglesias dañadas de Gaza. En la iglesia ortodoxa griega de San Porfirio, donde católicos y ortodoxos celebraron juntos la Pascua, los fieles se reunieron para rezar por el hombre que insistió en que la paz no era un sueño, sino una exigencia. Fue apropiado, quizás, que el mensaje final «Urbi et Orbi» del Papa —leído por el arzobispo Ravelli desde el balcón del Vaticano— incluyera una súplica por Gaza: no solo una oración, sino un claro llamamiento al alto el fuego, la liberación de los rehenes y la entrega inmediata de ayuda humanitaria. En el recinto de la Iglesia de la Sagrada Familia, estas palabras se recuerdan ahora como su bendición final. «Nos amó», dijo Romanelli, «y el mundo no debe olvidar el mensaje que dejó: detener la guerra, abrir los caminos a la paz».

https://es.zenit.org/2025/04/23/a-quien-hizo-el-papa-la-ultima-llamada-telefonica-fue-el-sabado-19-y-ahora-sabemos-a-quien/




martes, 22 de abril de 2025

ORACIÓN INTERRELIGIOSA

 

Buenos Aires: oración interreligiosa por el eterno descanso del Papa Francisco

  • 22 de abril, 2025
  • Buenos Aires (AICA)
Está prevista para este martes a las 16 en la catedral metropolitana. Asistirán referentes de los credos. Encabezará el presidente del Episcopado, monseñor Marcelo Colombo.
Una celebración interreligiosa en memoria del papa Francisco reunió el martes 22, a media tarde, en la catedral de Buenos Aires a autoridades de la Iglesia Católica, de distintas iglesias y confesiones cristianas, del judaísmo y el Islam, y de otras diferentes comunidades religiosas, en un acto de respetuoso y cálido homenaje a quien fue muchos años arzobispo porteño antes de asumir como Sumo Pontífice en Roma.

lunes, 21 de abril de 2025

El Papa Francisco ha partido a la Casa del Padre

 

El anuncio del cardenal Kevin Joseph Farrell, Camarlengo de la Santa Romana Iglesia desde la Casa Santa Marta: «A las 7:35 de esta mañana, el Obispo de Roma, Francisco, regresó a la casa del Padre. Dedicó toda su vida al servicio del Señor y de la Iglesia».

https://www.vaticannews.va/es/papa/news/2025-04/el-papa-francisco-ha-regresado-a-la-casa-del-padre.html

domingo, 20 de abril de 2025

Encomendémonos a Él, porque sólo Él puede hacer nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5).

 

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MENSAJE «URBI ET ORBI»
DEL SANTO PADRE FRANCISCO

PASCUA 2025

Plaza de San Pedro
Domingo, 20 de abril de 2025

[Multimedia]

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Cristo ha resucitado, ¡aleluya!

Hermanos y hermanas, ¡feliz Pascua!

Hoy en la Iglesia resuena finalmente el aleluya, se transmite de boca en boca, de corazón a corazón, y su canto hace llorar de alegría al pueblo de Dios en todo el mundo.

Desde el sepulcro vacío de Jerusalén llega hasta nosotros el sorprendente anuncio: Jesús, el Crucificado, «no está aquí, ha resucitado» (Lc 24,6). No está en la tumba, ¡es el viviente!

El amor venció al odio. La luz venció a las tinieblas. La verdad venció a la mentira. El perdón venció a la venganza. El mal no ha desaparecido de nuestra historia, permanecerá hasta el final, pero ya no tiene dominio, ya no tiene poder sobre quien acoge la gracia de este día.

Hermanas y hermanos, especialmente ustedes que están sufriendo el dolor y la angustia, sus gritos silenciosos han sido escuchados, sus lágrimas han sido recogidas, ¡ni una sola se ha perdido! En la pasión y muerte de Jesús, Dios ha cargado sobre sí todo el mal del mundo y con su infinita misericordia lo ha vencido; ha eliminado el orgullo diabólico que envenena el corazón del hombre y siembra por doquier violencia y corrupción. ¡El Cordero de Dios ha vencido! Por eso hoy exclamamos: «¡Cristo, mi esperanza, ha resucitado!» (Secuencia pascual).

Sí, la resurrección de Jesús es el fundamento de la esperanza; a partir de este acontecimiento, esperar ya no es una ilusión. No; gracias a Cristo crucificado y resucitado, la esperanza no defrauda. ¡Spes non confundit (cf. Rm 5,5)! Y no es una esperanza evasiva, sino comprometida; no es alienante, sino que nos responsabiliza.

Los que esperan en Dios ponen sus frágiles manos en su mano grande y fuerte, se dejan levantar y comienzan a caminar; junto con Jesús resucitado se convierten en peregrinos de esperanza, testigos de la victoria del Amor, de la potencia desarmada de la Vida.

¡Cristo ha resucitado! En este anuncio está contenido todo el sentido de nuestra existencia, que no está hecha para la muerte sino para la vida. ¡La Pascua es la fiesta de la vida! ¡Dios nos ha creado para la vida y quiere que la humanidad resucite! A sus ojos toda vida es preciosa, tanto la del niño en el vientre de su madre, como la del anciano o la del enfermo, considerados en un número creciente de países como personas a descartar.

 Cuánta voluntad de muerte vemos cada día en los numerosos conflictos que afectan a diferentes partes del mundo. Cuánta violencia percibimos a menudo también en las familias, contra las mujeres o los niños. Cuánto desprecio se tiene a veces hacia los más débiles, los marginados y los migrantes.

En este día, quisiera que volviéramos a esperar y a confiar en los demás —incluso en quien no nos es cercano o proviene de tierras lejanas, con costumbres, estilos de vida, ideas y hábitos diferentes de los que a nosotros nos resultan más familiares—; pues todos somos hijos de Dios.

Quisiera que volviéramos a esperar en que la paz es posible. Que desde el Santo Sepulcro —Iglesia de la Resurrección—, donde este año la Pascua será celebrada el mismo día por los católicos y los ortodoxos, se irradie la luz de la paz sobre toda Tierra Santa y sobre el mundo entero. Me siento cercano al sufrimiento de los cristianos en Palestina y en Israel, así como a todo el pueblo israelí y a todo el pueblo palestino. Es preocupante el creciente clima de antisemitismo que se está difundiendo por todo el mundo. Al mismo tiempo, mi pensamiento se dirige a la población y, de modo particular, a la comunidad cristiana de Gaza, donde el terrible conflicto sigue llevando muerte y destrucción, y provocando una dramática e indigna crisis humanitaria. Apelo a las partes beligerantes: que cese el fuego, que se liberen los rehenes y se preste ayuda a la gente, que tiene hambre y que aspira a un futuro de paz.

Recemos por las comunidades cristianas del Líbano y de Siria —este último país está afrontando un momento delicado de su historia—, que ansían la estabilidad y la participación en el destino de sus respectivas naciones. Exhorto a toda la Iglesia a acompañar con atención y con la oración a los cristianos del amado Oriente Medio.

Dirijo también un recuerdo especial al pueblo de Yemen, que está viviendo una de las peores crisis humanitarias “prolongadas” del mundo a causa de la guerra, e invito a todos a buscar soluciones por medio de un diálogo constructivo.

Que Cristo resucitado infunda el don pascual de la paz a la martirizada Ucrania y anime a todos los actores implicados a proseguir los esfuerzos dirigidos a alcanzar una paz justa y duradera.

En este día de fiesta pensemos en el Cáucaso Meridional y recemos para que se llegue pronto a la firma y a la actuación de un Acuerdo de paz definitivo entre Armenia y Azerbaiyán, que conduzca a la tan deseada reconciliación en la región.

Que la luz de la Pascua inspire propósitos de concordia en los Balcanes occidentales y sostenga a los actores políticos en el esfuerzo por evitar que se agudicen las tensiones y las crisis, como también a los aliados de la región en rechazar comportamientos peligrosos y desestabilizantes.

Que Cristo resucitado, nuestra esperanza, conceda paz y consuelo a los pueblos africanos víctimas de agresiones y conflictos, sobre todo en la República Democrática del Congo, en Sudán y Sudán del Sur, y sostenga a cuantos sufren a causa de las tensiones en el Sahel, en el Cuerno de África y en la Región de los Grandes Lagos, como también a los cristianos que en muchos lugares no pueden profesar libremente su fe.

Allí donde no hay libertad religiosa o libertad de pensamiento y de palabra, ni respeto de las opiniones ajenas, la paz no es posible.

La paz tampoco es posible sin un verdadero desarme. La exigencia que cada pueblo tiene de proveer a su propia defensa no puede transformarse en una carrera general al rearme. La luz de la Pascua nos invita a derribar las barreras que crean división y están cargadas de consecuencias políticas y económicas. Nos invita a hacernos cargo los unos de los otros, a acrecentar la solidaridad recíproca, a esforzarnos por favorecer el desarrollo integral de cada persona humana.

Que en este tiempo no falte nuestra ayuda al pueblo birmano, atormentado desde hace años por conflictos armados, que afronta con valentía y paciencia las consecuencias del devastador terremoto en Sagaing, que ha causado la muerte de miles de personas y es motivo de sufrimiento para muchos sobrevivientes, entre los que se encuentran huérfanos y ancianos. Recemos por las víctimas y por sus seres queridos, y agradezcamos de corazón a todos los generosos voluntarios que están realizando actividades de socorro. El anuncio del alto el fuego por parte de los actores implicados en ese país es un signo de esperanza para todo Myanmar.

Hago un llamamiento a cuantos tienen responsabilidades políticas a no ceder a la lógica del miedo que aísla, sino a usar los recursos disponibles para ayudar a los necesitados, combatir el hambre y promover iniciativas que impulsen el desarrollo. Estas son las “armas” de la paz: las que construyen el futuro, en lugar de sembrar muerte.

Que nunca se debilite el principio de humanidad como eje de nuestro actuar cotidiano. Ante la crueldad de los conflictos que afectan a civiles desarmados, atacando escuelas, hospitales y operadores humanitarios, no podemos permitirnos olvidar que lo que está en la mira no es un mero objetivo, sino personas con un alma y una dignidad.

Y que en este Año jubilar, la Pascua sea también ocasión propicia para liberar a los prisioneros de guerra y a los presos políticos.

Queridos hermanos y hermanas:

En la Pascua del Señor, la muerte y la vida se han enfrentado en un prodigioso duelo, pero el Señor vive para siempre (cf. Secuencia pascual) y nos infunde la certeza de que también nosotros estamos llamados a participar en la vida que no conoce el ocaso, donde ya no se oirán el estruendo de las armas ni los ecos de la muerte. Encomendémonos a Él, porque sólo Él puede hacer nuevas todas las cosas (cf. Ap 21,5).

¡Feliz Pascua a todos!

¡Cristo ha resucitado, está vivo!

 

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DOMINGO DE RESURRECCIÓN

SANTA MISA DEL DÍA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO
LEÍDA POR EL CARDENAL ANGELO COMASTRI

Plaza de San Pedro
Domingo de Pascua, 20 de abril de 2025

[Multimedia]

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María Magdalena, al ver que la piedra del sepulcro había sido retirada, salió corriendo para avisárselo a Pedro y a Juan. También los dos discípulos, al recibir la desconcertante noticia, salieron y —dice el Evangelio— «corrían los dos juntos» (Jn 20,4). ¡Todos los protagonistas de los relatos pascuales corren! Y este “correr” expresa, por un lado, la preocupación de que se hubieran llevado el cuerpo del Señor; pero, por otro lado, la carrera de la Magdalena, de Pedro y de Juan manifiesta el deseo, el impulso del corazón, la actitud interior de quien se pone en búsqueda de Jesús. Él, de hecho, ha resucitado de entre los muertos y, por eso, ya no está en el sepulcro. Hay que buscarlo en otra parte.

Este es el anuncio de la Pascua: hay que buscarlo en otra parte. ¡Cristo ha resucitado, está vivo! La muerte no lo ha podido retener, ya no está envuelto en el sudario, y por tanto no se le puede encerrar en una bonita historia que contar, no se le puede reducir a un héroe del pasado ni pensar en Él como una estatua colocada en la sala de un museo. Al contrario, hay que buscarlo, y por eso no podemos quedarnos inmóviles. Debemos ponernos en movimiento, salir a buscarlo: buscarlo en la vida, buscarlo en el rostro de los hermanos, buscarlo en lo cotidiano, buscarlo en todas partes menos en aquel sepulcro.

Buscarlo siempre. Porque si ha resucitado de entre los muertos, entonces Él está presente en todas partes, habita entre nosotros, se esconde y se revela también hoy en las hermanas y los hermanos que encontramos en el camino, en las situaciones más anónimas e imprevisibles de nuestra vida. Él está vivo y permanece siempre con nosotros, llorando las lágrimas de quien sufre y multiplicando la belleza de la vida en los pequeños gestos de amor de cada uno de nosotros.

Por eso la fe pascual, que nos abre al encuentro con el Señor Resucitado y nos dispone a acogerlo en nuestra vida, está lejos de ser una solución estática o un instalarse tranquilamente en alguna seguridad religiosa. Por el contrario, la Pascua nos impulsa al movimiento, nos empuja a correr como María Magdalena y como los discípulos; nos invita a tener ojos capaces de “ver más allá”, para descubrir a Jesús, el Viviente, como el Dios que se revela y que también hoy se hace presente, nos habla, nos precede y nos sorprende. Como María Magdalena, cada día podemos sentir que hemos perdido al Señor, pero cada día podemos correr a buscarlo de nuevo, sabiendo con seguridad que Él se deja encontrar y nos ilumina con la luz de su resurrección.

Hermanos y hermanas, esta es la esperanza más grande de nuestra vida: podemos vivir esta existencia pobre, frágil y herida, aferrados a Cristo, porque Él ha vencido a la muerte, vence nuestras oscuridades y vencerá las tinieblas del mundo, para hacernos vivir con Él en la alegría, para siempre. Hacia esa meta, como dice el apóstol Pablo, también nosotros corremos, olvidando lo que se queda a nuestras espaldas y proyectándonos hacia lo que está por delante (cf. Flp 3,12-14). Apresurémonos, pues, a salir al encuentro de Cristo, con el paso ágil de la Magdalena, de Pedro y de Juan.

El Jubileo nos llama a renovar en nosotros el don de esta esperanza, a sumergir en ella nuestros sufrimientos e inquietudes, a contagiar con ella a quienes encontramos en el camino, a confiarle a esta esperanza el futuro de nuestra vida y el destino de la humanidad. Y por eso no podemos aparcar el corazón en las ilusiones de este mundo ni encerrarlo en la tristeza; debemos correr, llenos de alegría. Corramos al encuentro de Jesús, redescubramos la gracia inestimable de ser sus amigos. Dejemos que su Palabra de vida y de verdad ilumine nuestro camino. Como dijo el gran teólogo Henri de Lubac, «debe bastarnos con comprender esto: el cristianismo es Cristo. No es, en verdad, otra cosa. En Jesucristo lo tenemos todo» (Las responsabilidades doctrinales de los católicos en el mundo de hoy, Madrid 2022, 254).

Y este “todo”, que es Cristo resucitado, abre nuestra vida a la esperanza. Él está vivo, Él quiere renovar también hoy nuestra vida. A Él, vencedor del pecado y de la muerte, le queremos decir:

“Señor, en la fiesta que hoy celebramos te pedimos este don: que también nosotros seamos nuevos para vivir esta perenne novedad. Límpianos, oh Dios, del polvo triste de la costumbre, del cansancio y del desencanto; danos la alegría de despertarnos, cada mañana, con ojos asombrados al ver los colores inéditos de ese amanecer, único y distinto a todos los demás. […] Todo es nuevo, Señor, y nada se repite, nada es viejo.” (cf. A. Zarri, Quasi una preghiera).

Hermanas, hermanos, en el asombro de la fe pascual, llevando en el corazón toda esperanza de paz y de liberación, podemos decir: contigo, Señor, todo es nuevo. Contigo, todo comienza de nuevo.



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sábado, 19 de abril de 2025

SÁBADO SANTO

 https://www.exaudi.org/es/el-silencio-sagrado-del-sabado-de-gloria-esperanza-en-la-espera/


¿Qué se celebra en el Sábado Santo?

El Sábado Santo es el segundo día del Triduo Pascual y se sitúa entre la Pasión del Viernes Santo y la alegría de la Resurrección en la Vigilia Pascual. Es un día de profundo silencio, marcado por la ausencia de celebraciones eucarísticas, en el que la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte, y esperando en oración la victoria definitiva de Cristo sobre la muerte.

Durante este día no se celebra la Misa ni se administra la Eucaristía, salvo como Viático. El altar permanece desnudo, y el ambiente litúrgico es de luto y espera. Sin embargo, ya se vislumbra la esperanza: Cristo ha muerto, pero no para ser vencido, sino para vencer al pecado y a la muerte.

¿Por qué se celebra?

El Sábado Santo tiene un profundo significado teológico y espiritual. Es el día en que Cristo, después de morir en la cruz, desciende al «lugar de los muertos» —el «sheol» o «infierno» entendido como el lugar donde esperaban los justos— para anunciar la salvación a quienes le precedieron. Este misterio, conocido como el «descenso al infierno», está contenido en el Credo: «descendió a los infiernos».

La Iglesia celebra este día como un tiempo de espera confiada. María, la madre de Jesús, se convierte en modelo de fe y esperanza: aunque su Hijo ha muerto, ella mantiene viva la esperanza de la promesa. El Sábado Santo es también, por tanto, un día profundamente mariano.

Historia del Sábado Santo en la tradición de la Iglesia

Desde los primeros siglos, el Sábado Santo fue un día en que los cristianos guardaban el ayuno más riguroso del año, en actitud de recogimiento y espera. San Epifanio, en el siglo IV, ya hablaba del «gran silencio» que dominaba la tierra ese día. Los fieles acompañaban a Cristo en su descanso en el sepulcro, esperando la Vigilia Pascual, que se celebraba durante la noche y era la más solemne del año, con el encendido del cirio pascual, el canto del Exsultet y la renovación de las promesas bautismales.

El Catecismo de la Iglesia Católica resume así este día:

«Jesús conoció la muerte como todos los hombres y se unió a ellos con su alma en el reino de la muerte. Pero ha descendido como Salvador» (CIC 632).

Oraciones para el Sábado Santo

Aunque la liturgia oficial permanece en silencio hasta la noche, los fieles pueden unirse en oración personal y comunitaria. Estas son algunas oraciones tradicionales para el Sábado Santo:

Oración de espera confiada:

Señor Jesús, en el silencio de este día santo, permanecemos contigo junto al sepulcro. Haznos fuertes en la fe, firmes en la esperanza, constantes en el amor. Concédenos esperar, como María, la luz de tu Resurrección. Amén.

Oración a la Virgen María en el Sábado Santo:

María Santísima, Madre del Redentor, tú que sufriste el dolor más profundo al ver morir a tu Hijo, enséñanos a esperar en la oscuridad, a confiar cuando todo parece perdido, a permanecer fieles como tú. Ruega por nosotros, Madre de la esperanza. Amén.

Oración por los difuntos, en comunión con Cristo sepultado:

Dios de misericordia, que entregaste a tu Hijo a la muerte por nuestra salvación, te pedimos por todos los que han partido de este mundo. Que por la victoria de Cristo sobre la muerte, lleguen a contemplarte cara a cara en el cielo. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

El Sábado Santo es el día del «gran silencio». Un silencio lleno de amor, de espera y de esperanza. Un día para permanecer junto a María, esperando la luz que transforma la noche en Pascua. La Vigilia Pascual, al caer la noche, romperá ese silencio con el canto de victoria: ¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!

VÍA CRUCIS EN EL COLISEO

 

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VÍA CRUCIS EN EL COLISEO

LAS MEDITACIONES Y ORACIONES PARA EL VÍA CRUCIS 2025
ESCRITAS POR EL SANTO PADRE FRANCISCO

Coliseo
Viernes Santo, 18 de abril de 2025

[Multimedia]


Introducción

La vía del Calvario pasa por nuestras calles de todos los días. Nosotros, Señor, por lo general vamos en dirección opuesta a la tuya. Precisamente de ese modo puede ocurrir que nos encontremos con tu rostro, que nos crucemos con tu mirada. Nosotros avanzamos como siempre y tú vienes hacia nosotros. Tus ojos nos leen el corazón. Entonces dudamos si continuar como si nada hubiera sucedido. Podemos darnos la vuelta, mirarte, seguirte. Podemos identificarnos con tu camino e intuir que es mejor cambiar de dirección.

Evangelio según san Marcos (10,21)
Jesús lo miró con amor y le dijo: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme».

Jesús es tu nombre y en ti verdaderamente «Dios salva». El Dios de Abrahán que llama, el Dios de Isaac que provee, el Dios de Jacob que bendice, el Dios de Israel que libera; en tu mirada, Señor que atraviesas Jerusalén, hay toda una revelación. En tus pasos que salen de la ciudad está nuestro éxodo hacia una tierra nueva. Has venido a cambiar el mundo; esto significa para nosotros cambiar de dirección, ver la bondad de tus pasos, dejar trabajar en nuestro corazón la memoria de tus ojos.

El Vía Crucis es la oración del que se mueve; interrumpe nuestros recorridos habituales, para que del cansancio vayamos hacia la alegría. Es verdad, el camino de Jesús nos cuesta; en este mundo que calcula todo, la gratuidad tiene un alto precio. Pero en el don todo vuelve a florecer: una ciudad dividida en facciones y lacerada por los conflictos se encamina hacia la reconciliación; una religiosidad árida redescubre la fecundidad de las promesas de Dios; incluso un corazón de piedra puede convertirse en un corazón de carne. Sólo es necesario escuchar la invitación: «¡Ven! ¡Sígueme!». Y confiar en esa mirada de amor.

 

I estación
Jesús es condenado a muerte

Evangelio según san Lucas (23,13-16)
Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo, y les dijo: «Ustedes me han traído a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión. Pero yo lo interrogué delante de ustedes y no encontré ningún motivo de condena en los cargos de que lo acusan; ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal. Como ven, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad».

No fue así. No te dejó en libertad. Sin embargo, hubiera podido ser diferente. Es el dramático juego de nuestra libertad. Aquello por lo cual, Señor, tanto nos estimaste. Diste confianza a Herodes, a Pilato, a amigos y a enemigos. Eres irrevocable en la confianza con la que te pones en nuestras manos. Podemos obtener de ella maravillas: liberando a quien es acusado injustamente, profundizando en la complejidad de las situaciones, contrastando los juicios que matan. Incluso Herodes hubiera podido seguir la santa inquietud que lo atraía hacia ti; no lo hizo, ni siquiera cuando se encontró finalmente en tu presencia. Pilato hubiera podido liberarte; ya te había absuelto. No lo hizo. Jesús, el camino de la cruz es una posibilidad que ya hemos dejado pasar demasiadas veces. Lo confesamos: prisioneros de roles de los que no hemos querido salir, preocupados por las molestias de un cambio de dirección. Tú sigues estando ante nosotros, silenciosamente, en cada hermana y en cada hermano expuestos a juicios y prejuicios. Vuelven argumentos religiosos, objeciones jurídicas, el aparente sentido común que no se involucra en la suerte de los demás; miles de razones nos ponen de la parte de Herodes, de los sacerdotes, de Pilato y de la multitud. Sin embargo, puede ser diferente. Jesús, tú no te lavas las manos. Sigues amando, en silencio. Has tomado tu decisión, y ahora nos toca a nosotros. 

Oremos diciendo: Abre mi corazón, Jesús

Cuando ante mí hay una persona juzgada. Abre mi corazón, Jesús
Cuando mis certezas son prejuicios. Abre mi corazón, Jesús
Cuando me condiciona la rigidez. Abre mi corazón, Jesús
Cuando el bien me atrae secretamente. Abre mi corazón, Jesús
Cuando quisiera tener valor, pero tengo miedo de perder. Abre mi corazón, Jesús

 

II estación
Jesús carga la cruz

Evangelio según san Lucas (9,43b-45)
Mientras todos se admiraban por las cosas que hacía, Jesús dijo a sus discípulos: «Escuchen bien esto que les digo: El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres». Pero ellos no entendían estas palabras: su sentido les estaba velado de manera que no podían comprenderlas, y temían interrogar a Jesús acerca de esto.

Desde hacía meses, quizás años, ese peso estaba sobre tus hombros, Jesús. Cuando hablabas de eso, nadie te prestaba atención; resistencia invencible, incluso al intuirlo. No la buscaste, pero sentiste que la cruz venía hacia ti, cada vez de una manera diferente. Si la acogiste, fue porque advertiste, más allá del peso, su responsabilidad. Jesús, el camino de tu cruz no es sólo en subida; es tu abajamiento hacia aquellos que has amado, hacia el mundo que Dios ama; es una respuesta, es asumir una responsabilidad. Cuesta, como cuestan los vínculos más auténticos, los amores más hermosos. El peso que llevas describe el aliento que te mueve, ese Espíritu “que es Señor y da la vida”. Quién sabe por qué tememos incluso interrogarte sobre esto. En realidad, somos nosotros los que tenemos dificultad para respirar, a fuerza de evitar responsabilidades. Sería suficiente con no escapar y permanecer junto a aquellos que nos has dado, en los contextos donde nos has puesto. Unirnos, sintiendo que sólo así dejamos de ser prisioneros de nosotros mismos. Lo había anunciado el profeta: “Los jóvenes se fatigan y se agotan, los adultos tropiezan y caen; pero los que esperan en ti renuevan sus fuerzas, despliegan alas como las águilas; corren y no se agotan, avanzan y no se fatigan” (cf. Is 40,30-31).

Oremos diciendo: Líbranos del cansancio, Señor

Si nos angustiamos mirando a nuestro alrededor. Líbranos del cansancio, Señor
Si nos parece no tener fuerzas para dedicarnos a los demás. Líbranos del cansancio, Señor
Si buscamos excusas para evadir las responsabilidades. Líbranos del cansancio, Señor
Si tenemos talentos y capacidades para poner en juego. Líbranos del cansancio, Señor
Si nuestro corazón sigue vibrando frente a la injusticia. Líbranos del cansancio, Señor

 

III estación
Jesús cae por primera vez

Evangelio según san Lucas (10,13-15)
«¡Ay de ti, Corozaín! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros realizados entre ustedes, hace tiempo que se habrían convertido, poniéndose cilicio y sentándose sobre ceniza. Por eso Tiro y Sidón, en el día del Juicio, serán tratadas menos rigurosamente que ustedes. Y tú, Cafarnaúm, ¿acaso crees que serás elevada hasta el cielo? No, serás precipitada hasta el infierno».

Fue como un primer “tocar fondo” y pronunciaste palabras duras, Jesús, contra esos lugares que eran tan queridos para ti. La semilla de tu palabra parecía caer en el vacío y, del mismo modo, cada uno de tus gestos de liberación. Todo profeta se sintió caer en el vacío del fracaso, para seguir avanzando, después, en los caminos del Señor. Tu vida, Jesús, es una parábola; nunca cae en vano en nuestra tierra. Incluso esa primera vez, la decepción pronto fue interrumpida por la alegría de los tuyos, a los que habías enviado; regresaban de su misión y te narraban los signos del Reino de Dios. Entonces tú exaltaste de alegría espontánea, exuberante, que hace saltar con una energía contagiosa. Bendijiste al Padre, que esconde sus designios a los sabios y entendidos, y los revela a los pequeños. También la vía de la cruz ha sido trazada de manera profunda en la tierra; los grandes se apartan de ella, quisieran tocar el cielo. Pero el cielo está aquí, ha descendido, es posible encontrarlo aun cayendo, aun permaneciendo en el suelo. Los constructores de Babel nos dicen que no es posible equivocarse y que el que cae está perdido; es la obra del infierno. La economía de Dios, por el contrario, no mata, no descarta, no aplasta; es humilde, fiel a la tierra. Tu camino, Jesús, es el camino de las Bienaventuranzas: no destruye, sino que cultiva, repara, protege.

Oremos diciendo: Que venga tu Reino

Por aquellos que se sienten fracasados. Que venga tu Reino
Para desafiar una economía que mata. Que venga tu Reino
Para devolver la fuerza al que ha caído. Que venga tu Reino
En las sociedades competitivas y entre los que buscan los primeros puestos. Que venga tu Reino
Por los que están en las fronteras y sienten que su viaje ha terminado. Que venga tu Reino

 

IV estación

Jesús encuentra a su madre

Evangelio según san Lucas (8,19-21)
Su madre y sus hermanos fueron a verlo, pero no pudieron acercarse a causa de la multitud. Entonces le anunciaron a Jesús: «Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren verte». Pero él les respondió: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la practican».

Tu madre está en la vía de la cruz; ella fue tu primera discípula. Con delicada determinación, con esa inteligencia de las cosas que le hace conservarlas y meditarlas en el corazón, tu madre está. Desde el instante en el que le fue propuesto acogerte en su seno hizo un cambio, se convirtió a ti. Unió sus caminos a los tuyos. No fue una renuncia, sino un descubrimiento continuo, hasta el Calvario. Seguirte es dejar que sigas tu camino; tenerte es dar espacio a tu novedad. Lo sabe toda madre: un hijo sorprende. Hijo amado, tú reconoces que tu madre y tus hermanos son aquellos que escuchan y se dejan cambiar. No hablan, sino que hacen. En Dios las palabras son hechos, las promesas son realidades. En la vía de la cruz, oh Madre, estás entre las pocas que lo recuerda. Ahora es el Hijo el que te necesita. Él percibe que tú no desesperas, que sigues engendrando la Palabra en tu seno. También nosotros, Jesús, logramos seguirte generados por quien te ha seguido. También nosotros hemos venido al mundo por la fe de tu madre y de innumerables testigos que generan vida incluso allí donde todo habla de muerte. Aquella vez, en Galilea, fueron ellos los que querían verte. Ahora, subiendo al Calvario, tú mismo buscas la mirada del que te escucha y lo pone en práctica. Acuerdo indescriptible. Alianza indisoluble.

Oremos diciendo: He aquí a mi madre

María escucha y habla. He aquí a mi madre
María pregunta y reflexiona. He aquí a mi madre
María sale de su casa y viaja decidida. He aquí a mi madre
María se alegra y consuela. He aquí a mi madre
María acoge y cuida. He aquí a mi madre
María se arriesga y protege. He aquí a mi madre
María no teme juicios ni insinuaciones. He aquí a mi madre
María espera y permanece. He aquí a mi madre
María orienta y acompaña. He aquí a mi madre
María no concede nada a la muerte. He aquí a mi madre

 

V estación
Jesús es ayudado por el Cirineo a llevar la cruz

Evangelio según san Lucas (23,26)
Cuando lo llevaban, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús.

No se ofreció, lo detuvieron. Simón regresaba de trabajar y lo cargaron con la cruz de un condenado. Habrá tenido el físico adecuado, cierto, pero su camino era otro, su plan era otro. Con Dios nos podemos tropezar con una situación así. Quién sabe por qué, Jesús, ese nombre ―Simón de Cirene― se hizo rápidamente imborrable entre tus discípulos. En el camino de la cruz no estaban ellos, tampoco nosotros, Simón, en cambio, sí. Sigue siendo válido hoy que mientras alguien ofrece todo de sí, nosotros, o podemos estar en otra parte, incluso tratando de huir; o bien, podemos involucrarnos. Jesús, nosotros creemos recordar el nombre de Simón porque aquel incidente lo cambió para siempre. No cesó nunca de pensar en ti. Se volvió parte de tu cuerpo, testigo de primera mano de la diferencia entre ti y cualquier otro condenado. Simón de Cirene se encontró cargando con tu cruz, sin haberla pedido, como el yugo del que tú hablaste un día: «mi yugo es suave y mi carga liviana» (Mt 11,30). También los animales trabajan mejor si avanzan juntos. Y tú, Jesús, amas involucrarte con tu trabajo, que prepara la tierra para que sea nuevamente sembrada. Necesitamos esa sorprendente delicadeza. Necesitamos a alguien que nos detenga, a veces, y ponga sobre nuestros hombros algún trozo de realidad que simplemente necesita ser cargado. Se puede trabajar el día entero, pero sin ti, se desperdicia. En vano se cansan los constructores, en vano vigila el centinela de la ciudad que Dios no construye (cf. Sal 127). Por eso, en el camino de la cruz surge la nueva Jerusalén. Y nosotros, como Simón de Cirene, cambiamos rumbo y trabajamos contigo.

Oremos diciendo: Detén nuestra carrera, Señor

Cuando vamos por nuestro propio camino, desinteresándonos de los demás. Detén nuestra carrera, Señor
Cuando las noticias no nos conmueven. Detén nuestra carrera, Señor
Cuando las personas se vuelven números. Detén nuestra carrera, Señor
Cuando nunca hay tiempo para escuchar. Detén nuestra carrera, Señor
Cuando tenemos prisa por decidir. Detén nuestra carrera, Señor
Cuando los cambios de programa no son permitidos. Detén nuestra carrera, Señor

 

VI estación
La Verónica enjuga el rostro de Jesús

Evangelio según san Lucas (9,29-31)
Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante. Y dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén.

Salmo 27 (27,8-9a)
Mi corazón sabe que dijiste: «Busquen mi rostro».
Yo busco tu rostro, Señor, no lo apartes de mí.

En tu rostro, Jesús, vemos tu corazón. Tu decisión se lee en tus ojos, traspasa tu semblante, vuelve tus facciones expresión de una atención inconfundible. Te fijas en Verónica y también en mí. Yo busco tu rostro, que describe la decisión de amarnos hasta el último suspiro: incluso más allá, porque fuerte como la muerte es el amor (cf. Ct 8,6). Tu rostro, que quisiera imprimir y conservar, nos cambia el corazón. Tú te entregas a nosotros, día tras día, en el rostro de cada ser humano, memoria viva de tu encarnación. Cada vez que nos acercamos al más pequeño, en efecto, nos interesamos por tus miembros y tú permaneces con nosotros. De esta forma nos iluminas el corazón y la expresión de nuestro semblante. En vez de rechazar, ahora acogemos. En el camino de la cruz nuestro rostro, como el tuyo, puede volverse finalmente resplandeciente y derramar bendiciones. Has grabado en nosotros la memoria, presentimiento de tu regreso, cuando nos reconocerás con la primera mirada, uno a uno. Entonces, tal vez, te asemejaremos. Y estaremos cara a cara, en un diálogo sin fin, en la intimidad de la que nunca nos cansaremos, familia de Dios.

Oremos diciendo: Graba en nosotros tu recuerdo, Jesús

Si nuestro rostro es inexpresivo. Graba en nosotros tu recuerdo, Jesús
Si nuestros proyectos excluyen. Graba en nosotros tu recuerdo, Jesús
Si nuestro corazón es indiferente. Graba en nosotros tu recuerdo, Jesús
Si nuestras actitudes causan división. Graba en nosotros tu recuerdo, Jesús
Si nuestras elecciones lastiman. Graba en nosotros tu recuerdo, Jesús

 

VII estación
Jesús cae por segunda vez

Evangelio según san Lucas (15, 2-6)
Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos». Jesús les dijo entonces esta parábola: «Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: “Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido”»
.

Caer y levantarse; caer y volver a levantarse. Así nos has enseñado a leer, Jesús, la aventura de la vida humana. Humana porque es abierta. A las máquinas no les permitimos equivocarse, las pretendemos perfectas. En cambio, las personas dudan, se distraen, se pierden. Y, sin embargo, conocen la alegría: aquella de los nuevos inicios, aquella de los renacimientos. Los humanos no se generan mecánicamente, sino artesanalmente: somos piezas únicas, un entrelazado de gracia y responsabilidad. Jesús, te hiciste uno de nosotros; no tuviste temor de tropezar y de caer. Quien se avergüenza de ello, quien hace alarde de infalibilidad, quien oculta sus propias caídas y no perdona las de los demás, reniega del camino que tú has elegido. Tú eres, Jesús, el Señor de la alegría. En ti todos nos encontramos y somos llevados a casa, como la única oveja que se había perdido. Deshumana es la economía en la que noventa y nueve valen más que uno. Sin embargo, hemos construido un mundo que funciona de ese modo; un mundo de cálculos y algoritmos, de frías lógicas e intereses implacables. La ley de tu casa, economía divina, es otra, Señor. Volvernos a ti, que caes y te levantas, es un cambio de ruta y un cambio de paso. Conversión que devuelve alegría y nos lleva a casa.

Oremos diciendo: Levántanos, oh Dios, nuestra salvación

Somos niños que a veces lloran. Levántanos, oh Dios, nuestra salvación
Somos adolescentes que se sienten inseguros. Levántanos, oh Dios, nuestra salvación
Somos jóvenes que muchos adultos desprecian. Levántanos, oh Dios, nuestra salvación
Somos adultos que se han equivocado. Levántanos, oh Dios, nuestra salvación
Somos ancianos que aún quieren soñar. Levántanos, oh Dios, nuestra salvación

 

VIII estación
Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén

Evangelio según san Lucas (23,27-31)
Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: «¡Hijas de Jerusalén!, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos. Porque se acerca el tiempo en que se dirá: “¡Felices las estériles, felices los senos que no concibieron y los pechos que no amamantaron!” Entonces se dirá a las montañas: “¡Caigan sobre nosotros!”, y a los cerros: “¡Sepúltennos!” Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?».

En las mujeres has reconocido desde siempre, Jesús, una particular correspondencia con el corazón de Dios. Por eso, en la gran multitud del pueblo que aquel día cambió dirección y te seguía, inmediatamente viste a las mujeres y, una vez más, estableciste con ellas una conexión especial. La ciudad es distinta cuando se lleva en el vientre a sus habitantes, cuando se amamanta a los niños: en definitiva, cuando no se conoce solamente el registro del dominio, sino que las cosas se viven desde dentro. A las mujeres que por deber llevan a cabo el rito de la compasión, tú les golpeas el corazón. En efecto, es en el corazón donde se enlazan los acontecimientos y nacen los pensamientos y las decisiones. «No lloren por mí». El corazón de Dios vibra por su pueblo, genera una nueva ciudad. «Lloren más bien por ustedes y por sus hijos». En realidad, existe un llanto donde todo renace. Pero son necesarias lágrimas de reconsideración, de las que no hay que avergonzarse, lágrimas que no se pueden esconder en lo íntimo. Nuestra convivencia herida, oh Señor, en este mundo hecho trizas, necesita lágrimas sinceras, no de circunstancia. De lo contrario, se realizará lo que predijeron los apocalípticos: ya no generaremos nada y todo se derrumbará. En cambio, la fe mueve montañas. Los montes y las colinas no se derrumban sobre nosotros, sino que en medio a ellos se abre un camino. Es tu camino, Jesús: un camino en salida, en el que los apóstoles te abandonaron, pero tus discípulas ―madres de la Iglesia― te siguieron.

Oremos diciendo: Danos un corazón materno, Jesús

Has poblado de santas mujeres la historia de la Iglesia. Danos un corazón materno, Jesús
Has repudiado la prepotencia y el dominio.  Danos un corazón materno, Jesús
Has reunido y consolado las lágrimas de las madres. Danos un corazón materno, Jesús
Has confiado a las mujeres el mensaje de la resurrección. Danos un corazón materno, Jesús
Has inspirado en la Iglesia nuevos carismas y sensibilidad. Danos un corazón materno, Jesús

 

IX estación
Jesús cae por tercera vez

Evangelio según san Lucas (7,44-49)
[Jesús] dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entré, no cesó de besar mis pies. Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor. Pero aquel a quien se le perdona poco, demuestra poco amor». Después dijo a la mujer: «Tus pecados te son perdonados». Los invitados pensaron: «¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?».

No sólo una o dos veces, tú caes de nuevo, Jesús. Te caías cuando eras niño, como todo niño. Así abarcaste y acogiste nuestra humanidad, que cae una y otra vez. Si el pecado nos aleja, tu existir sin pecado te acerca a todo pecador, te une indisolublemente a las caídas. Y esto mueve a la conversión. Escándalo para quien toma distancia de los demás y de sí mismo. Escándalo para quien vive dividido en dos, entre lo que debería ser y lo que realmente es. En tu misericordia, Jesús, cae toda hipocresía. Las máscaras, las fachadas hermosas no sirven más. Dios ve el corazón. Ama el corazón. Enciende el corazón. Y de esta manera me levantas y me colocas en caminos nunca antes recorridos, audaces, generosos. ¿Quién eres, Jesús, que perdonas también los pecados? De nuevo caído por tierra, en el camino de la cruz, eres el Salvador de esta tierra nuestra. No sólo la habitamos, sino que hemos sido plasmados con ella. Tú, por tierra, nos sigues modelando, como un hábil alfarero.

Oremos diciendo: Nosotros somos arcilla en tus manos

Cuando las cosas parecen no poder cambiar, acuérdate de nosotros: Nosotros somos arcilla en tus manos
Cuando de los conflictos no se ve el final, acuérdate de nosotros: Nosotros somos arcilla en tus manos
Cuando la tecnología nos engaña haciéndonos creer omnipotentes, acuérdate de nosotros: Nosotros somos arcilla en tus manos
Cuando los éxitos nos despeguen de la tierra, acuérdate de nosotros: Nosotros somos arcilla en tus manos
Cuando nos preocupa más la apariencia que el corazón, acuérdate de nosotros: Nosotros somos arcilla en tus manos

 

X estación
Jesús es despojado de sus vestiduras

Libro de Job (1,20-22)
Entonces Job se levantó y rasgó su manto; se rapó la cabeza, se postró con el rostro en tierra y exclamó: «Desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo volveré allí. El Señor me lo dio y el Señor me lo quitó: ¡bendito sea el nombre del Señor!». En todo esto, Job no pecó ni dijo nada indigno contra Dios.

No te desnudas, te desnudan. La diferencia está clara para todos nosotros, Jesús. Sólo quien nos ama puede acoger nuestra desnudez entre sus manos y en su mirada. Tememos, en cambio, la mirada de quien no nos conoce y sólo sabe poseer. Estás desnudo y expuesto a todos, pero tú transformas incluso la humillación en familiaridad. Quieres revelarte íntimo incluso a quien te destruye, miras a quien te desnuda como a una persona amada que el Padre te ha dado. Aquí hay más que la paciencia de Job, incluso más que su fe. En ti está el Esposo que se deja tomar, tocar y trueca todo en bien. Nos dejas tus vestiduras, como reliquias de un amor consumado. Están en nuestras manos, porque has estado en casa, has estado con nosotros. Nosotros tomamos tus vestiduras y ahora las echamos a suerte, pero la suerte, aquí, no favorece a uno, sino a todos. Nos conoces uno a uno, para salvar a todos, todos, todos. Y si la Iglesia te parece hoy como una vestidura rasgada, enséñanos a recoser nuestra fraternidad, fundada sobre tu entrega. Somos tu cuerpo, tu túnica indivisible, tu Esposa. Lo somos juntos. Para nosotros la suerte ha caído en un lugar de delicias, estamos contentos con nuestra herencia (cf. Sal 16,6).

Oremos diciendo: Concede a tu Iglesia paz y unidad

Señor Jesús, que ves divididos a tus discípulos. Concede a tu Iglesia paz y unidad
Señor Jesús, que llevas las heridas de nuestra historia. Concede a tu Iglesia paz y unidad
Señor Jesús, que conoces la fragilidad de nuestro amor. Concede a tu Iglesia paz y unidad
Señor Jesús, que nos quieres miembros de tu Cuerpo. Concede a tu Iglesia paz y unidad
Señor Jesús, que vistes la túnica de la misericordia. Concede a tu Iglesia paz y unidad

 

XI estación
Jesús es clavado en la cruz

Evangelio según san Lucas (23,32-34a)
Con él llevaban también a otros dos malhechores, para ser ejecutados. Cuando llegaron al lugar llamado «del Cráneo», lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».

Nada nos asusta más que la inmovilidad. Y tú estás clavado, inmovilizado, bloqueado. Lo estás, pero junto a otros, nunca solo; estás determinado a revelarte también en la cruz como el Dios con nosotros. La revelación no se detiene, no se clava. Tú, Jesús, nos muestras que en cualquier circunstancia hay una decisión que tomar. Y este es el vértigo de la libertad. Ni siquiera en la cruz estás neutralizado, tú decides para quién estás ahí. Tú prestas atención tanto a uno como a otro de los que están crucificados contigo; dejas deslizar los insultos de uno y acoges la invocación del otro. Tú prestas atención a quien te crucifica y sabes leer el corazón de quien no sabe lo que hace. Tú prestas atención al cielo, lo quisieras más claro, pero rasgas la barrera de la oscuridad con la luz de la intercesión. Clavado, de hecho, intercedes, te pones en medio de las partes, entre los opuestos. Y los llevas a Dios, porque tu cruz derriba los muros, cancela las deudas, anula las sentencias, establece la reconciliación. Eres el verdadero Jubileo. Conviértenos a ti, Jesús, que clavado todo lo puedes.

Oremos diciendo: Enséñanos a amar

Cuando nos sentimos con fuerzas y cuando parece que nos faltan. Enséñanos a amar
Cuando nos vemos inmovilizados por leyes y decisiones injustas. Enséñanos a amar
Cuando nos vemos contrastados por quien no quiere la verdad y la justicia. Enséñanos a amar
Cuando estamos tentados de perder la esperanza. Enséñanos a amar
Cuando se dice que “no hay nada más que hacer”. Enséñanos a amar

 

XII estación
Jesús muere en la cruz

Evangelio según san Lucas (23,44b-49)
El sol se eclipsó […] El velo del Templo se rasgó por el medio. Jesús, con un grito, exclamó: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Y diciendo esto, expiró. Cuando el centurión vio lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando: «Realmente este hombre era un justo». Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba golpeándose el pecho. Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido.

En el Calvario, ¿dónde estamos nosotros?, ¿bajo la cruz?, ¿a cierta distancia?, ¿lejos? O tal vez, como los apóstoles, ya no estamos. Tú expiras, y este respiro, último y primero, sólo pide ser acogido. Señor Jesús, orienta nuestros caminos hacia tu don. No permitas que tu soplo de vida se disipe. Nuestra oscuridad busca luz. Nuestros templos quieren permanecer definitivamente abiertos. Ahora el Santo ya no está detrás del velo, su secreto se ofrece a todos. Lo percibe un militar, que observando de cerca cómo mueres reconoce un nuevo tipo de fuerza. Lo comprende la multitud que había gritado contra ti; antes estaba distante, pero ahora encuentra el espectáculo de un amor jamás visto, de una belleza que la hace volver a creer. A quienes te ven morir, Señor, tú les das el tiempo de volver, golpeándose el pecho, golpeándose el corazón, para que su dureza se haga pedazos. A nosotros, Jesús, que frecuentemente te miramos todavía desde lejos, concédenos vivir acordándonos de ti, para que un día, cuando vengas, también la muerte nos encuentre vivos.

Oremos diciendo: ¡Ven, Espíritu Santo!

Nos hemos mantenido a distancia de las llagas del Señor. ¡Ven, Espíritu Santo!
Ante el hermano caído hemos mirado hacia otro lado. ¡Ven, Espíritu Santo!
Los misericordiosos y los pobres en el espíritu parecen unos perdedores. ¡Ven, Espíritu Santo!
Creyentes y no creyentes están frente al crucificado. ¡Ven, Espíritu Santo!
El mundo entero busca comenzar de nuevo. ¡Ven, Espíritu Santo!

 

XIII estación
Jesús es bajado de la cruz

Evangelio según san Lucas (23,50-53a)
Llegó entonces un miembro del Consejo, llamado José, hombre recto y justo, que había disentido con las decisiones y actitudes de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios. Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Después [lo bajó] de la cruz.

Finalmente, tu cuerpo está en las manos de un hombre bueno y justo. Tú estás envuelto en el sueño de la muerte, Jesús, pero el que se hace cargo de ti es un corazón vivo, que ha hecho una elección. José no era de aquellos que dicen y no hacen. “Había disentido con las decisiones y actitudes de los demás”, dice el Evangelio. Y esto es una buena noticia: te abraza, Jesús, uno que no ha abrazado la opinión común. Se hace cargo de ti uno que ha asumido las propias responsabilidades. Estás en tu sitio, Jesús, en el seno de José de Arimatea, que “esperaba el Reino de Dios”. Estás en tu sitio entre quien espera todavía, entre quien no se resigna a pensar que la injusticia es inevitable. Tú rompes la cadena de lo ineludible, Jesús. Rompes los automatismos que destruyen la casa común y la fraternidad. A quienes esperan tu Reino les das el valor de presentarse a las autoridades, como Moisés al Faraón, como José de Arimatea a Pilatos. Nos habilitas para grandes responsabilidades, nos haces audaces. Así, aun estando muerto, sigues reinando. Y para nosotros, Jesús, servirte es reinar. 

Oremos diciendo: Servirte es reinar

Dando de comer a los hambrientos. Servirte es reinar
Dando de beber a los sedientos.  Servirte es reinar
Vistiendo al desnudo. Servirte es reinar
Hospedando a los forasteros. Servirte es reinar
Visitando a los enfermos. Servirte es reinar
Visitando a los encarcelados. Servirte es reinar
Enterrando a los muertos. Servirte es reinar

 

XIV estación
Jesús es colocado en el sepulcro

Evangelio según san Lucas (23,53b-56)
Lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro cavado en la roca, donde nadie había sido sepultado. Era el día de la Preparación, y ya comenzaba el sábado. Las mujeres que habían venido de Galilea con Jesús siguieron a José, observaron el sepulcro y vieron cómo había sido sepultado. Después regresaron y prepararon los bálsamos y perfumes, pero el sábado observaron el descanso que prescribía la Ley.

En un sistema que nunca se detiene, Jesús, tú vives tu sábado. Lo viven también las mujeres, a las que aromas y perfumes quisieran ya hablar de resurrección. Enséñanos a no hacer nada, cuando únicamente se nos pide esperar. Edúcanos en los tiempos de la tierra, que no son los del artificio. Colocado en el sepulcro, Jesús, compartes la condición que nos acomuna a todos y alcanzas los abismos que tanto nos asustan. Ves cómo los rehuimos, multiplicando nuestras actividades. Giramos frecuentemente en círculos, pero el sábado brilla con sus luces, nos educa y nos pide descanso. Vida divina, vida a la medida del hombre, la que conoce la paz del sábado. «Cada uno se sentará bajo su parra y bajo su higuera, sin que nadie lo perturbe» (Mi 4,4), profetizaba Miqueas. Y Zacarías se hace eco de esta palabra: «Aquel día –oráculo del Señor de los ejércitos– ustedes se invitarán unos a otros debajo de la parra y de la higuera» (Za 3,10). Jesús, que pareces dormir en un mundo tempestuoso, llévanos a todos a la paz del sábado. Entonces la creación entera nos parecerá muy buena y hermosa, destinada a la resurrección. Y habrá paz para tu pueblo y entre todas las naciones.

Oremos diciendo: Que venga tu paz

Para la tierra, el aire y el agua. Que venga tu paz
Para los justos y los injustos. Que venga tu paz
Para quien es invisible y carece de voz. Que venga tu paz
Para quien no tiene poder ni dinero.  Que venga tu paz
Para quien espera un brote justo. Que venga tu paz

 

Invocación final

«“Laudato si’, mi’ Signore” – “Alabado seas, mi Señor”, cantaba san Francisco de Asís. En ese hermoso cántico nos recordaba que nuestra casa común es también como una hermana […]. Esta hermana clama por el daño que le provocamos» (Carta enc. Laudato si’, 1-2).

«“Fratelli tutti”, escribía san Francisco de Asís para dirigirse a todos los hermanos y las hermanas, y proponerles una forma de vida con sabor a Evangelio» (Carta enc. Fratelli tutti, 1).

«“Nos amó”, dice san Pablo refiriéndose a Cristo […], para ayudarnos a descubrir que de ese amor nada “podrá separarnos”» (Carta enc. Dilexit nos, 1).

Hemos recorrido la vía de la Cruz; nos hemos dirigido al amor del que nada podrá separarnos. Ahora, mientras el Rey duerme y un gran silencio cubre toda la tierra, haciendo nuestras las palabras de san Francisco invoquemos el don de la conversión del corazón.

¡Oh alto y glorioso Dios!,
ilumina las tinieblas de mi corazón.
Concédeme fe recta,
esperanza cierta,
caridad perfecta
y humildad profunda.
Concédeme, Señor, sabiduría y discernimiento
para cumplir tu santa voluntad. Amén.



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